Cristo tomó la naturaleza humana para reparar
la caída del hombre. Fue,
por lo tanto, necesario que Cristo padeciese y ejecutase según la naturaleza humana todo
aquello que puede darse como remedio contra la caída del pecado.
El
pecado del hombre consiste en que el hombre se da a los bienes corporales, y
abandona los bienes espirituales.
Fue, así, conveniente que el Hijo de Dios, por lo que hizo y padeció en la
naturaleza humana que había tomado, se mostrase tal que los hombres tuviesen
por nada los bienes y los males temporales, y no se diesen menos intensamente a
los bienes espirituales, impedidos por el desordenado afecto hacia los
temporales.
Por eso eligió Cristo padres pobres pero
perfectos en virtud, para que nadie se gloriase de la sola nobleza de la carne
y de las riquezas de los padres.
Llevó
vida pobre, para enseñarnos a despreciar las riquezas.
Vivió privado de dignidades, para apartar a
los hombres del apetito desordenado de los honores.
Padeció
trabajos, sed, hambre y azotes del cuerpo, para que los hombres, tentados por
las delicias y voluptuosidades, no se desviasen del bien de la virtud a causa
de las asperezas de esta vida.
Sufrió, por último, la muerte, para que no
abandonasen algunos la verdad, por el temor de la muerte. Y para que nadie
temiese padecer muerte ignominiosa por la verdad, eligió el género de muerte
más ignominioso, esto es, la muerte de cruz.
Fue, también, conveniente que el Hijo de Dios hecho
hombre sufriese la muerte, para excitar a los hombres con su ejemplo a la virtud,
a
fin de que de este modo fuera verdad lo que dice San Pedro: Cristo padeció también por
nosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas (I Ped 2, 21)
(Contra Armen. Sarac., VII)
Mas Cristo padeció por nosotros, dejando
ejemplo de tribulación, de afrentas, de azotes, de cruz, para que sigamos sus
pisadas. Si sufriéremos tribulaciones y padecimientos por Cristo, reinaremos
también con él en la eterna bienaventuranza. A
este respecto dice San
Bernardo: “Qué pocos, Señor, quieren ir detrás de ti, siendo así que no
hay nadie que no quiera llegar a ti, sabiendo todos que los deleites están a tu
diestra hasta el fin; por eso todos quieren gozarte, pero no quieren imitarte
de la misma manera; desean reinar contigo, pero no sufrir contigo; no se cuidan
de buscar, a quien, sin embargo, desean hallar, ansiando conseguir, pero no
seguir.”
(De Humanitate Christi, cap. 47)
MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino
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