sábado, 8 de diciembre de 2018

A LA INMACULADA CONCEPCIÓN. (Oración de San Pío X)




    ¡Oh Virgen Santísima! que habéis sido agradable al Señor y os convertisteis en su Madre; Virgen Inmaculada en vuestro cuerpo y en vuestra alma, en vuestra fe y en vuestro amor, mirad con ojos benévolos a los infelices que imploran vuestra poderosa protección.

   La serpiente infernal, contra quien fue lanzada la maldición primera, continúa combatiendo y tentando a los pobres hijos de Eva. Vos, Madre nuestra bendita, nuestra Reina y Abogada, Vos que habéis aplastado la cabeza del enemigo desde el primer instante de vuestra concepción, acoged las plegarias que, unidos a Vos en un solo corazón, os rogamos presentéis ante el Trono de Dios, para que jamás nos dejemos arrastrar por las emboscadas que nos son preparadas, sino que todos alcancemos el puerto de salvación, y que en medio de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de la liberación, de la victoria y de la paz.
Amén.  


MISAL DIARIO
Católico Apostólico Romano —1962.

viernes, 7 de diciembre de 2018

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD. Viernes de la primera semana.




Conviene advertir que todo ser inteligente obra por una idea de su entendimiento que llamamos verbo. Así, un arquitecto o un artista cualquiera que realiza una obra, la hace conforme a la forma que concibió en su mente. Si, pues, el Hijo de Dios es el mismo Verbo de Dios, síguese que Dios lo ha hecho todo por medio del Hijo.

   I. Todas las cosas se hacen y se reparan por la misma idea. Pues si una casa se derrumba se la repara según el plan con que fue construida en un principio.
   Entre los seres que Dios ha creado por su Verbo, ocupa el primer lugar la criatura racional, mientras que todas las demás criaturas están al servicio de ésta y aparecen como creadas para él. Esto es muy legítimo, porque la criatura racional tiene el dominio de sus actos por el libre albedrío, mientras que las demás criaturas no obran por libre dictamen. En todas partes lo que es libre, impera sobre lo que es esclavo y los esclavos están para servir a los hombres libres y son gobernados por los hombres libres. Luego la caída de la criatura racional debe juzgarse mucho más grave que la defección de la criatura irracional. Es, por tanto, conveniente que la sabiduría divina repare principalmente la caída de la criatura racional más que si se arruinase el cielo o cualquier otro accidente que se realizase en las cosas corpóreas.


   II. Hablo de la caída de la criatura racional no en cuanto ésta se aparta de su ser mismo, sino en cuanto se aparta de la rectitud de la voluntad. Pues la caída o defección de un ser debe considerarse principalmente según el principio de operación; así decimos que el artista yerra, si falla en su arte; y decimos que una cosa falla y se arruina, si se corrompe la capacidad natural por qué obra; es el caso de una planta que pierde su capacidad germinativa, o el caso de la tierra que pierde su fuerza productiva, Ahora bien, la criatura racional obra por la voluntad en la cual reside el libre albedrío. Luego la caída de la criatura racional consiste en un defecto de rectitud en su voluntad, lo cual se verifica cuando peca. Así, pues, conviene principalmente a Dios remover el defecto del pecado, que no es otra cosa que una perversión de la voluntad, y verificar dicha remoción por su Verbo, por el cual creó todas las cosas.
   El pecado de los ángeles no pudo tener remedio; porque, en la inmutabilidad de su naturaleza, les es imposible arrepentirse y apartarse de aquello que una vez han elegido. Los hombres, en cambio, poseen una voluntad mudable, según la condición de su naturaleza, de tal modo que no sólo pueden elegir entre cosas diversas, sino que, después de haber elegido una cosa, pueden arrepentirse y volver a otra.
   Siendo, pues, reparable la naturaleza, correspondió a la bondad de Dios repararla, una vez caída, por medio de su Hijo.


(Contra Saracenos, cap. V)
Santo Tomás de Aquino.

jueves, 6 de diciembre de 2018

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD. (Jueves de la primera semana)




LA ENCARNACIÓN DEL SEÑOR ES UN REMEDIO MUY CONVENIENTE


   Este misterio fue muy convenientemente ordenado para la salvación del hombre, porque aun cuando Dios podía hacerlo de otro modo, ninguno fue tan adecuado, pues convenía al mismo Reparador, a aquel a quien debía ofrecerse la reparación y a la reparación misma.


   1º) Al Reparador, a quien era oportuno mostrar su sabiduría, poder y bondad. ¿Qué cosa más poderosa que unir extremos sumamente distantes? Grande fue el poder para unir elementos dispares; mayor, para unirlos a un espíritu creado; máximo, para su unión al espíritu increado, donde la disparidad es extrema. ¿Qué cosa más sabia para el colmo de perfección de todo el universo que se verificase la unión del primero y del último, esto es, del Verbo de Dios, que es el principio de todas las cosas, y de la naturaleza humana, que en las obras de los seis días fue la última de las criaturas? ¿Qué cosa más llena de bondad que haber querido el Creador de todos los seres comunicarse a las cosas creadas? Esa benignidad fue grande al unirse con todas las cosas por unión de presencia; mayor, al comunicarse a los buenos por medio de la gracia; y máxima, al unirse a Cristo hombre, y, por consiguiente, a los géneros de cada uno en la unidad de persona.


   2º) Fue también este modo muy conveniente al mismo que debía recibir la reparación, pues el hombre por el pecado vino a caer en la debilidad, en la ignorancia y en la malicia, por todo lo cual se hizo incapaz de imitar la virtud divina, conocer su verdad, y amar su bondad; por lo tanto, Dios, al hacerse hombre, se entregó al hombre para que le imitase, le conociese y le amase.


   3º) Fue también muy conveniente a nuestra reparación que el Señor en forma de siervo procurase la salvación del esclavo y que se encarnase el Hijo. Esa conveniencia es evidente, ya se consideren las cosas propias del Hijo, ya las que se le apropian.

   Si se atiende a las cosas propias del Hijo es evidente, porque es el Verbo, la imagen y el Hijo de Dios; ahora bien, el hombre perdió por el pecado tres cosas, a saber: el conocimiento de la sabiduría, la semejanza de la gracia y la herencia de la gloria. Por eso fue enviado el Verbo, Imagen e Hijo.

   Si se consideran las que se le apropian, también fue muy conveniente porque en la obra de la creación resplandece principalmente el poder; en la obra de la restauración, la sabiduría; y en la obra de la retribución, la bondad.


(De Huntanitate Christi)
Santo Tomás de Aquino.

domingo, 2 de diciembre de 2018

¿QUÉ ES EL ADVIENTO?




   Toda la liturgia de Adviento es una gran expectación  de la venida del Salvador. La Iglesia nos recuerda los ardientes deseos del Mesías, que continuamente estuvieron resonando a través del Antiguo Testamento, y nos invita a repetirlos con ella de una forma cada vez más apremiante a medida que se acerca Navidad.

   Ya en el primer domingo, el profeta Isaías anuncia al pueblo de Israel el Mesías que aguarda: “Miro a lo lejos, y he ahí que veo a Dios venir en su poder; una nube cubre toda la tierra. Id a su encuentro y preguntad: Dinos si eres Tú el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel. Vosotros todos, habitantes de la tierra, hijos de los hombres, ricos y pobre juntos. Id a su encuentro y preguntad: Pastor de Israel, que guías a José como rebaño, atiéndenos. Dinos si eres Tú. Alzáos, ¡oh puertas!; abríos, ¡oh antiguas entradas!, que va a pasar el Rey de la gloria. El que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.”

Profeta Asíais 


   En verdad que el Salvador ha venido ya; pero nosotros le esperamos de nuevo. Para nosotros y para nuestro tiempo esperamos sus gracias redentoras y santificadoras que han de transformar nuestras vidas humanas en imagen de la suya. Para todas las generaciones de hombres que han de sucederse sobre la tierra, esperamos, al fin de los tiempos, la vuelta gloriosa de Cristo, Redentor del mundo, quien llevará consigo  a todos los elegidos al reino de su Padre. Toda la obra de Cristo, hasta en sus más lejanas resonancias, la evoca ahora la Iglesia a la luz de los textos de la revelación.

   El Mesías esperado es Rey no solamente de Israel, su pueblo, sino también de todas las naciones. Es el propio Hijo de Dios, hecho hombre para salvar a todos los hombres, y para llevarlo consigo al reino de su Padre. A los que le hayan recibido aquí como a su Salvador, les dirá un día: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo”.

   Las perspectivas del Adviento son, pues, inmensas. La Iglesia nos pone delante de los ojos toda la obra de la Redención. A medida que se suceden las generaciones humanas va extendiéndose el Reino de Dios, hasta el día en que Cristo, reuniendo de los cuatro extremos del mundo a sus elegidos, les presente a su Padre como su conquista, para darles participación en su Reino glorioso.  

   Clamemos, pues, con nuestros deseos por este doble advenimiento, de gracia para la vida presente, de gloria para la futura. La Encarnación del Señor es fuente de toda la esperanza cristiana. Al prepararnos a celebrar su venida a este mundo, como un hecho pasado, nos convida la Iglesia a trabajar con ella en la extensión de su Reino, esperando al mismo tiempo con invencible confianza su segunda venida.

   Este tiempo de espera que nos separa del cumplimiento final se ha dado a la Iglesia para que anuncie la buena nueva de la salvación hasta en los confines de la tierra.

   La liturgia del tiempo se desarrolla alrededor de tres grandes figuras: Isaías, San Juan Bautista, la Santísima Virgen. A través de la misión que la Providencia les encomendara, se nos presenta la maravillosa evocación de la preparación divina, lejana y próxima, de la salvación prometida por Dios al mundo a raíz del pecado de nuestros primeros padres.

   Isaías es el gran profeta del Adviento. En el siglo VIII antes de Jesucristo, en el momento más patético de la historia del pueblo judío, quiere que se confié únicamente en Dios y que se espere la salvación del Mesías que ha de venir. Después de un duro destierro, salvará el Mesías los restos de Israel, hará reinar sobre la tierra la paz y la justicia perfecta, y extenderá a las naciones el conocimiento del verdadero Dios.



   Juan Bautista, el último de los profetas y el primero de los testigos de la venida del Mesías, nos muestra a Cristo y nos impele a seguirle: “He ahí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Hay que hacer penitencia y convertirse.



   Finalmente, aparece la Virgen María, la madre del Salvador, en quien se cumple el misterio de la gracia, con plenitud sin igual, antes de extenderse al resto de los hombres. Por su fe y su consentimiento en los designios de Dios sobre Ella, personifica la espera y la acogida de la Iglesia.



   Ojalá que las insistentes llamadas del gran profeta, las exhortaciones del Precursor y la intercesión de la Santísima Virgen nos preparen para celebrar el nacimiento del Salvador con el ardiente amor que a ellos conmovía ante la realización del plan salvífico de Dios.  


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO.



PROPIO DEL TIEMPO.

Primera Parte del Año Litúrgico.
El ciclo de Navidad
(El misterio de la Encarnación)


TIEMPO DE ADVIENTO.
—Desde el primer domingo de Adviento hasta el 24 de diciembre.

   Este primer domingo de Adviento o el cuarto antes de Navidad, es el primer día del año litúrgico. En Navidad nacerá Jesús en nuestras almas, y a petición de la Iglesia nos dará las mismas gracias que a Pastores y Magos. Toda la Misa de este día nos dispone a este advenimiento (adventus) de misericordia y de justicia. Algunas oraciones se refieren al nacimiento de nuestro Divino Redentor, que tuvo lugar en la humildad; otras hablan de su venida como rey con todo el aparato de su poderío y majestad. El recibimiento que hagamos a Jesús ahora que viene a rescatarnos condicionará el que Él nos haga cuando venga a juzgarnos.


   Durante el Adviento abrimos un camino directo para que Jesucristo entre en nuestras almas, y contemplamos a Nuestro Señor, que vendrá en Navidad.


jueves, 29 de noviembre de 2018

Historia del dogma de la Inmaculada Concepción de María.




DAVID SUÁREZ LEOZ

  

   En la constitución Ineffabilis Deus, de 8 de diciembre de 1854, el beato Pío IX pronuncia y define que la Santísima Virgen María «en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original ». La atribución de la Inmaculada Concepción a María armoniza con su maternidad divina y santa, lo mismo que con su función de colaboradora en la obra del Hijo único redentor. La Inmaculada es un ejemplo de justificación por pura gracia, que sin embargo no permanece inerte en ella, sino que provoca una respuesta de fe total al Dios santo que la ha purificado.


   Sin embargo, ningún otro dogma de la Iglesia ha pasado por dificultades mayores a la hora de ser fijado, siendo así que el misterio de la Concepción Inmaculada, tan antiguo como el hombre, gozaba ya en el siglo XVII del mayor grado de certeza moral y unánime consentimiento, por lo que en las próximas líneas intentamos acercarnos a los avatares que han acompañado este dogma mariano.


   La doctrina de la santidad perfecta de María desde el primer instante de su concepción encontró cierta resistencia en Occidente, y eso se debió al modo en que, en algunos casos, fueron interpretadas las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado original y sobre la universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor por san Agustín. El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la condición de María, madre de un Hijo completamente santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria, y en De natura et gratia mantiene que la santidad de María constituye un don excepcional de gracia, pero no logró entender cómo la afirmación de una ausencia total de pecado en el momento de la concepción podía conciliarse con la doctrina paulina de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la Redención para todos los descendientes de Adán.


   Desde el siglo VII la Iglesia oriental celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción, aunque no fuera universalmente. Sobre el significado de la fiesta oigamos a san Juan de Eubea: «Si se celebra la dedicación de un nuevo templo, ¿cómo no se celebrará con mayor razón esta fiesta tratándose de la edificación del templo de Dios, no con fundamentos de piedra, ni por mano de hombre? Se celebra la concepción en el seno de Ana, pero el mismo Hijo de Dios la edificó con el beneplácito de Dios Padre, y con la cooperación del santísimo y vivificante Espíritu ». Como se observará, en estas palabras se menciona la creación de María y, asimismo, su santificación, como insinúa la alusión al Espíritu Santo a quien se apropia.


   En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Italia, y luego en Inglaterra. Hacia el año 1128, un monje de Canterbury, Eadmero, escribe el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, De Conceptu virginali, en el que rechaza la objeción de san Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. Argumenta Eadmero que María permaneció libre de toda mancha por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo».


   A pesar de la celebración litúrgica, el significado de la solemnidad no estaba teológicamente fijado. Y no deja de llamar la atención que fuese el santo quizá más devoto de María quien frenase los impulsos del pueblo cristiano, suscitando la discusión teológica más enconada de la historia de los dogmas. Me refiero a san Bernardo.


   Habiendo llegado a sus oídos que los monjes de Lyon, en 1140, introdujeron la fiesta, el santo abad les escribió una carta vehementísima, reprobando lo que él llama una innovación «ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua». La carta es uno de los mejores documentos para probar la gran devoción del santo a María. Cada vez que la nombra, la pluma le rezuma unción, y con la inimitable galanura de estilo que le caracteriza, convence al lector de que en todo el raciocinio no hay ni brizna de pasión. Impugna el privilegio porque así cree deber hacerlo.


   Los grandes teólogos del siglo XIII hicieron suyas las dificultades de san Agustín, argumentando que si Cristo es el redentor de todos, si ningún pecado se perdona sin la Redención de Cristo en la cruz, María tenía que ser también pecadora para ser redimida por Cristo y la Redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. El Doctor Angélico, santo Tomás, afirma y repite con insistencia en varias partes de sus obras, escritas en diversas épocas, que María contrajo el pecado de origen. Citemos sólo lo que escribe en su obra máxima, la Summa. «A la primera pregunta de si María fue santificada antes de recibir el alma», responde que no, porque la culpa no puede borrarse más que por la gracia, cuyo sujeto es sólo el alma. «A la segunda, es decir, si lo fue en el momento de recibir el alma», responde que ha de decirse que «si el alma de María no hubiese sido jamás manchada con el pecado original, esto derogaría la dignidad de Cristo que está en ser el Salvador universal de todos».


   El beato Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII, brindó la clave para superar estas objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María, a través de la denominada redención preservadora, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado. No obstante, contamos con la afirmación de autores como el padre Juan Mir y Noguera, que adelantan las consideraciones de Escoto a Raimundo Lulio, de quien aquel afirma que le toca de derecho el honor de haber apadrinado la Concepción Inmaculada antes que el inmortal Escoto, y ello porque éste sacó la prerrogativa de la Virgen en 1300, mientras que el teólogo balear lo trata en sus obras desde 1273: (Padre Juan Mir y Noguera: La Inmaculada Concepción, Madrid, Saenz de Jubera hnos., 1905, p. 103.).


1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original?
Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso, para él.
2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original?
Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.
3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? Todos respondieron: «Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace».




Entonces Escoto exclamó:

Luego
1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.
2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha.
3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace. (Pascual Rambla, OFM: Historia del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Puede consultarse en www.franciscanos.org/virgen/rambla.html)


   Desde el tiempo de Escoto la fiesta se expandió a lo largo de aquellos países donde no había sido previamente adoptada. Con excepción de los dominicos, todas o casi todas las órdenes religiosas la asumieron: los franciscanos en el Capítulo General de Pisa en 1263 adoptaron la fiesta de la Concepción de María en toda la orden; esto, sin embargo, no significa que profesasen en este tiempo la doctrina de la Inmaculada Concepción. Siguiendo las huellas de Duns Escoto, sus discípulos Pedro Aureolo y Francisco de Mayrone fueron los más fervientes defensores de la doctrina, aunque sus antiguos maestros (san Buenaventura incluido) se hubiesen opuesto a ella. La controversia continuó, pero los defensores de la opinión opuesta fueron la mayoría de ellos miembros de la Orden dominicana.


   En 1439 la disputa fue llevada ante el Concilio de Basilea, donde la Universidad de París, anteriormente opuesta a la doctrina, demostrando ser su más ardiente defensora, pidió una definición dogmática: los obispos declararon la Inmaculada Concepción como una pía doctrina, concorde con el culto católico, con la fe católica, con el derecho racional y con la Sagrada Escritura; de ahora en adelante, dijeron, no estaba permitido predicar o declarar algo en contra.


   Por un decreto de 28 de febrero de 1476, Sixto IV adoptó por fin la fiesta para toda la Iglesia latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos asistieran a los oficios divinos de la solemnidad. Como el reconocimiento público de la fiesta por Sixto IV no calmó suficientemente el conflicto, publicó en 1483 una constitución en la que penaba con la excomunión a todo aquel que acusara de herejía a la opinión contraria (Grave nimis, 4 de septiembre de 1483). En 1546 el Concilio de Trento, cuando la cuestión fue abordada, declaró que «no fue intención de este Santo Sínodo incluir en un decreto lo concerniente al pecado original de la Santísima e Inmaculada Virgen María Madre de Dios» (Ses. V, De peccato originali). Como quiera que este decreto no definió la doctrina, los teólogos opositores del misterio, aunque reducidos en número, no se rindieron.


   San Pío V no sólo condenó la proposición 73 de Bayo según la cual «no otro sino Cristo fue sin pecado original y que, además, la Santísima Virgen murió a causa del pecado contraído en Adán, y sufrió aflicciones en esta vida, como el resto de los justos, como castigo del pecado actual y original», sino que también publicó una constitución en la que negaba toda discusión pública del sujeto.


   Mientras duraron estas disputas, las grandes universidades y la mayor parte de las grandes órdenes se convirtieron en baluartes de la defensa del dogma. Las universidades más famosas de entonces: la de la Sorbona en París, las de Bolonia y Nápoles en Italia, las de Salamanca y Alcalá en España y la de Maguncia en Alemania, declararon solemnemente estar totalmente de acuerdo con la idea de que María Santísima fue preservada de toda mancha de pecado, y en 1497 la Universidad de París decretó que en adelante no fuese admitido como miembro de la Universidad quien no jurase que haría cuanto pudiese para defender y mantener la Inmaculada Concepción de María. (Enciclopedia Católica, término «Inmaculada Concepción », puede consultarse en www.enciclopediacatolica.com/ i/inmaconcepcion.htm).


   Pablo V (1617) decretó que no debería enseñarse públicamente que María fue concebida en pecado original, y Gregorio V (1622) impuso absoluto silencio (in scriptis et sermonibus etiam privatis) sobre los adversarios de la doctrina hasta que la Santa Sede definiese la cuestión. Para poner fin a toda ulterior cavilación, Alejandro VI promulgó el 8 de diciembre de 1661 la famosa constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum, definiendo el verdadero sentido de la palabra conceptio, y prohibiendo toda ulterior discusión contra el común y piadoso sentimiento de la Iglesia. Declaró que la inmunidad de María del pecado original en el primer momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo era objeto de fe.


   Desde el tiempo de Alejandro VII hasta antes de la definición final, no hubo dudas por parte de los teólogos de que el privilegio estaba entre las verdades reveladas por Dios. La Inmaculada Concepción fue declarada el 8 de septiembre de 1760 como principal patrona de todas las posesiones de la Corona de España, incluidas las de América. El decreto del primer Concilio de Baltimore (1846), eligiendo a María en su Inmaculada Concepción patrona principal de los Estados Unidos, fue confirmado el 7 de febrero de 1847.



   Finalmente, el beato Pío IX, rodeado por una espléndida multitud de cardenales y obispos, promulgó el dogma el 8 de diciembre de 1854. En una emotiva homilía, monseñor Óscar Romero lo explicaba con gran sencillez: «Cristo es el Redentor de todos los hombres, también María es redimida, pero hay dos clases de redención: una redención, la que salva de la caída, uno que ha caído y le sacan del hoyo donde cayó, del abismo donde cayó, es un redimido, y así nos ha redimido a todos Cristo porque todos hemos caído en el abismo del pecado original, todos nacemos manchados con esa desobediencia de Adán. Pero hay una segunda clase de redención que se llama una redención de preservación, una redención que consiste en no dejar caer, en decirle: antes de que caigas al abismo, te recojo en mis brazos y te mantengo elevada; como todos los que han caído, tú no has caído, pero debías haber caído, yo te he preservado por un amor especial». Cristo quería una Madre que no tuviera la vergüenza de decir: fui concebida en pecado. Él le adelantó los méritos de su Redención.
   «Te voy a preservar, Madre mía, porque de tus entrañas purísimas voy a tomar carne yo, el Redentor ». (Homilía pronunciada el día 8 de diciembre de 1977 por Óscar Arnulfo Romero y Galdamez, arzobispo de San Salvador. Puede consultarse en www.supercable.es/~gato/ rome-2.htm).


CRISTIANDAD
“Al reino de Cristo por los corazones de Jesús y de María”


miércoles, 28 de noviembre de 2018

HISTORIA DE LA MEDALLA MILAGROSA.




   El 27 de noviembre se celebra la fiesta de la Medalla Milagrosa, que debía ser para los pobres humanos una fuente perpetua de gracias físicas y morales, materiales y espirituales. Todo el mundo conoce esta Medalla, pero a menudo se ignora la riqueza de las apariciones que enmarcan la revelación en que la Virgen la entregó a Santa Catalina Labouré, y su contenido doctrinal. Expliquémoslas brevemente.


1º Santa Catalina Labouré.


   Catalina nació el 2 de mayo de 1806 en el pueblito de Fain-lès-Moutiers, en Borgoña (Francia), y era la novena hija de una familia que contaría con once. Sus padres, Pedro Labouré y Luisa Magdalena Gontard, propietarios de la granja que ellos mismos trabajaban, eran profundamente cristianos. Formaron a su numerosa familia en el temor y amor de Dios.


Por desgracia, la señora de Labouré murió en 1815, cuando Catalina no tenía más que nueve años. Huérfana de su madre terrenal, la niña se buscó otra madre en la Santísima Virgen. En efecto, poco tiempo después, una criada de la granja la sorprendió subida sobre la mesa, con la estatua de María que había tomado de la chimenea, a la que estrechaba entre sus brazos.
A los doce años su padre le confió el cuidado de la casa, y a partir de los catorce, pese a sus trabajos agotadores, Catalina empezó a ayudar los viernes y sábados en el Hospicio de Moutiers Saint-Jean, distante tres kilómetros.


   Desde su primera comunión había oído el llamado de Dios y soñaba con la vida religiosa. Sentía dudas, sin embargo, sobre qué comunidad elegir. Un sueño la ayudó a orientarse.


Se vio en Fain, rezando sola según su costumbre en la capilla de la Santísima Virgen, cuando de repente vio salir de sacristía a un venerable sacerdote, al que no conocía, revestido para celebrar la Misa. El sacerdote, que detenía en ella su mirada cada vez que se volvía para el Dominus vobiscum, al acabar le hizo señas de que lo siguiera a la sacristía; pero Catalina, asustada, salió de la iglesia, y pasó por casa de una amiga para visitar a una persona enferma. Apenas hubo entrado, vio tras de sí al venerable sacerdote, que la había seguido, el cual le dijo: «Está bien curar a los enfermos. Tú ahora huyes de mí, pero un día vendrás a mí. Dios tiene planes sobre ti, no lo olvides».

¿Quién era ese sacerdote? ¿Qué querían decir sus palabras? El misterio no tardaría en revelarse. Algún tiempo después Catalina tuvo la oportunidad de visitar la Casa de las Hijas de la Caridad en Châtillon-sur-Seine. Al entrar en el locutorio, su mirada se detuvo en un cuadro adosado a la pared. « ¡Ese –exclamó– es el sacerdote al que vi en mi sueño! ¿Cómo se llama?» Le dijeron que era San Vicente de Paúl. Vivamente impresionada por esta respuesta, manifestó su sueño al párroco de Châtillon, que le dijo decididamente: «Sí, hija mía, creo que el sacerdote anciano que se te apareció en el sueño era San Vicente de Paúl, y lo que quiere es que seas Hija de la Caridad».

   Así fue como, después de esperar dos años el consentimiento de su padre, ingresaba, en abril de 1830, en el Noviciado de las Hijas de la Caridad en París, situado en la Calle du Bac. Algunos días después tenía la dicha de asistir a la traslación solemne de las reliquias de San Vicente de Paúl.

   Su noviciado transcurrió en el fervor, como lo certifican las gracias extraordinarias con que fue favorecida, y su alma mariana apreció profundamente la devoción que las Hijas de San Vicente tenían a la Inmaculada Concepción. Sin embargo, nada en ella llamó la atención de los que la rodeaban.





2º La gran visión de la Medalla Milagrosa.


   El 27 de noviembre de 1830, estando en oración en la capilla del convento, Santa Catalina Labouré tuvo una visión de la Virgen María enteramente resplandeciente, que de sus manos derramaba hermosos rayos de luz hacia la tierra. La visión se desarrolló en dos momentos o escenas.



Primer momento: el anverso de la Medalla.

   La Santísima Virgen estaba de pie sobre la mitad de un globo terráqueo, aplastando con sus pies a una serpiente. Tenía un vestido cerrado de seda, con mangas lisas; un velo blanco le cubría la cabeza y le caía por ambos lados. En sus manos sostenía un globo con una pequeña cruz en su parte superior. La Santísima Virgen, en tono suplicante, ofrecía ese globo al Señor. En sus dedos tenía anillos con piedras preciosas; algunas despedían luz y otras no. Catalina oyó que la Virgen le decía: «Este globo que ves, representa al mundo y a cada uno en particular. Los rayos de luz son el símbolo de las gracias que obtengo para quienes me las piden. Las piedras que no arrojan rayos, son las gracias que dejan de pedirme». El globo desapareció entonces, y la Santísima Virgen extendió sus manos, resplandecientes de luz, hacia la tierra; los haces de luz no dejaban ver sus pies. Se formó después un óvalo en torno a la aparición, y Catalina vio cómo, comenzando en la mano derecha de la Virgen, pasando sobre su cabeza y terminando en su mano izquierda, se inscribía en semicírculo una invocación escrita en letras de oro: «Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos».




Segundo momento: el reverso de la Medalla.

   Luego, el óvalo se dio vuelta mostrando la letra M, coronada con una Cruz apoyada sobre una barra, y, debajo de la letra, los Sagrados Corazones de Jesús y de María, que Catalina distinguió porque uno estaba coronado de espinas y el otro traspasado por una espada. Alrededor del monograma había doce estrellas.
Catalina oyó una voz que le decía: «Haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven al cuello recibirán grandes gracias; abundantes serán las gracias para las personas que la llevaren con confianza». 





En diciembre de ese mismo año, Santa Catalina fue favorecida con una nueva aparición en que la Santísima Virgen le reiteraba la orden de hacer acuñar la Medalla según el modelo que le había mostrado el 27 de noviembre, y que volvió a mostrarle en esa nueva aparición. Quiso la Santísima Virgen que su vidente tuviera muy claros los simbolismos de su aparición, por lo que volvió a recordárselos y explicárselos. Es lo que vamos a hacer a continuación.



3º Simbolismo de la Medalla Milagrosa.


   La Medalla Milagrosa es realmente un pequeño y completo catecismo sobre la persona y la obra de la Santísima Virgen. 





EN EL ANVERSO vemos a la Virgen María irradiando luz, con la inscripción: «Oh María, sin pecado concedida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos». Se nos revela aquí explícitamente la identidad de María: Ella es inmaculada desde su concepción. De este privilegio, que le viene de los méritos de la Pasión de su Hijo Jesucristo, proviene su inmenso poder de intercesión que ejerce en favor de quienes le dirigen sus súplicas.

Por eso la Virgen María invita a todos a acudir a Ella en cualquier trance. Sus pies en medio del globo aplastan la cabeza de una serpiente. Este globo representa a la tierra, el mundo; la serpiente personifica a Satanás y las fuerzas del mal. La Virgen María toma parte en el combate espiritual, en la lucha contra el demonio y el pecado, cuyo campo de batalla es nuestro mundo.

Los rayos de luz nos recuerdan que todas las gracias divinas pasan por las manos de María para llegar hasta nuestros corazones. Es la mediación universal de María. Los quince anillos de sus dedos, ornados de piedras preciosas, son un símbolo de los quince misterios del Rosario, fuente de gracias para quienes los rezan con devoción.

EN EL REVERSO hay una letra M coronada con una Cruz. La M es la inicial de María, la Cruz es la de Cristo. Los dos signos enlazados muestran el vínculo indisoluble que existe entre Cristo y su Madre Santísima. María ha sido asociada por su Hijo Jesús a la obra de redención de la humanidad, y por su compasión participa del mismo sacrificio redentor de Cristo.

• Bajo la barra vertical de la M se representan dos corazones: el Sagrado Corazón coronado de espinas, y el Corazón Inmaculado de María traspasado por la espada de que habla Simeón (Lc. 2, 35). La unión del Corazón Inmaculado al Sagrado Corazón significa la Corredención de María, que no es sino la unión de sus dolores a los dolores del Corazón de Jesús, y de sus méritos a los méritos de la Encarnación redentora.

• Alrededor de estos signos sagrados hay doce estrellas, alusión a la gran visión del Apocalipsis (12, 1): «Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer revestida del sol, la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas». Corresponden a los doce apóstoles, y representan a la Iglesia. También son figura de los doce principales privilegios de María Santísima.




4º Difusión y eficacia de la Medalla Milagrosa.


   Después de vencer Santa Catalina todos los obstáculos y contradicciones que le había anunciado la Santísima Virgen, las autoridades eclesiásticas aprobaron en 1832 la acuñación de la Medalla, la cual se difundió rápidamente. Fueron tantos y tan abundantes los milagros obtenidos a través de ella, que se la empezó a llamar la Medalla que cura, la Medalla que salva, la Medalla que obra milagros, y finalmente la Medalla Milagrosa.


En febrero de 1832 se declaró en París una terrible epidemia de cólera, que dejaría más de 20.000 muertos. Las Hijas de la Caridad empezaron a distribuir en junio las 2.000 primeras medallas acuñadas a petición del padre Aladel. Las curaciones, así como las protecciones y conversiones, fueron tan numerosas, que el pueblo de París calificó a la Medalla de «milagrosa».

En el otoño de 1834 ya se habían distribuido más de 500.000 medallas, y en 1835, más de un millón en todo el mundo. En 1839 la Medalla se había propagado hasta alcanzar más de diez millones de ejemplares. A la muerte de Santa Catalina, en 1876, el cómputo superaba los cien millones de medallas.


   La Iglesia aprobó la Medalla primero de manera genérica, y luego, habiendo estudiado minuciosamente las diversas circunstancias de sus múltiples manifestaciones, le concedió una Misa especial para el 27 de noviembre, día en que Nuestra Señora la manifestó y mandó acuñar.

   Esta Medalla, que parece un signo irrisorio, ha manifestado indiscutiblemente, por los milagros espectaculares realizados a través de ella, que quien vino desde el cielo para dárnosla no es otra que la Virgo potens, la Virgen todopoderosa.




«Parece ser que no hay enfermedad que le resista. A su contacto, súbitamente o después de una novena, vemos desaparecer la locura, la lepra, el escorbuto, la tuberculosis, los tumores, la hidropesía, la epilepsia, las hernias, la parálisis, la fiebre tifoidea y demás fiebres, el chancro, las fracturas, la escrófula, las palpitaciones de corazón, el cólera. En el orden espiritual se da la misma variedad: conversiones de pecadores endurecidos, de protestantes, de judíos, de apóstatas, de incrédulos, de masones, de malhechores, de comediantes. Una tercera categoría engloba los hechos de protección y de preservación: la Medalla limitó los efectos desastrosos de la guerra, y evitó naufragios, accidentes y duelos» (Padre Coste).


Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
Moreno, Pcia. de Buenos Aires