sábado, 22 de septiembre de 2018

Las Siete Excelencias de la Sotana




Congregación del Clero.

   Es verdad que  “el hábito no hace al monje” pero también es verdad que lo ayuda, y mucho más, en los tiempos posmodernos en que vivimos, en los cuales, se ha perdido profundamente el sentido de lo religioso, hasta tal grado que, ver un sacerdote con sotana, llama la atención –y en el peor de los casos- incita a la persecución. La sotana, como decía el padre Meinvielle, es una bandera, y podemos aventurarnos a decir que es más que una bandera, es la vestimenta que separa del mundo a quién se ha consagrado a Dios, y es quien le recuerda su deber como religioso. Además, no sólo protege al monje, sino que da un testimonio a quienes lo vean portándola.

Las Siete Excelencias de la Sotana.

Estudio que la Congregación del Clero ha publicado (29/07/2009), en «Annus Sacerdotalis», página oficial del Año Sacerdotal 2009-2010.


1º – La sotana es el recuerdo constante del sacerdote.

Ciertamente que, una vez recibido el orden sacerdotal, no se olvida fácilmente. Pero nunca viene mal un recordatorio: algo visible, un símbolo constante, un despertador sin ruido, una señal o bandera. El que va de paisano es uno de tantos, el que va con sotana, no. Es un sacerdote y él es el primer persuadido. No puede permanecer neutral, el traje lo delata. O se hace un mártir o un traidor, si llega el caso. Lo que no puede es quedar en el anonimato, como un cualquiera. Y luego… ¡Tanto hablar de compromiso! No hay compromiso cuando exteriormente nada dice lo que se es. Cuando se desprecia el uniforme, se desprecia la categoría o clase que éste representa.



2º – La sotana facilita la presencia de lo sobrenatural en el mundo.

No cabe duda que los símbolos nos rodean por todas partes: señales, banderas, insignias, uniformes… Uno de los que más influjo produce es el uniforme. Un policía, un guardián, no hace falta que actúe, detenga, ponga multas, etc. Su simple presencia influye en los demás: conforta, da seguridad, irrita o pone nervioso, según sean las intenciones y conducta de los ciudadanos.

Una sotana siempre suscita algo en los que nos rodean. Despierta el sentido de lo sobrenatural. No hace falta predicar, ni siquiera abrir los labios. Al que está a bien con Dios le da ánimo, al que tiene enredada la conciencia le avisa, al que vive apartado de Dios le produce remordimiento.

Las relaciones del alma con Dios no son exclusivas del templo. Mucha, muchísima gente no pisa la Iglesia. Para estas personas, ¿qué mejor forma de llevarles el mensaje de Cristo que dejándoles ver a un sacerdote consagrado vistiendo su sotana? Los fieles han levantado lamentaciones sobre la desacralización y sus devastadores efectos. Los modernistas claman contra el supuesto triunfalismo, se quitan los hábitos, rechazan la corona pontificia, las tradiciones de siempre y después se quejan de seminarios vacíos; de falta de vocaciones. Apagan el fuego y luego se quejan de frío. No hay que dudarlo: la desotanización lleva a la desacralización.



3º – La sotana es de gran utilidad para los fieles.

El sacerdote lo es no sólo cuando está en el templo administrando los sacramentos, sino las veinticuatro horas del día. El sacerdocio no es una profesión, con un horario marcado: es una vida, una entrega total y sin reservas a Dios. El pueblo de Dios tiene derecho a que lo asista el sacerdote. Esto se les facilita si pueden reconocer al sacerdote de entre las demás personas, si éste lleva un signo externo. El que desea trabajar como sacerdote de Cristo debe poder ser identificado como tal para el beneficio de los fieles y el mejor desempeño de su misión.



4º – La sotana sirve para preservar de muchos peligros.

¡A cuántas cosas se atreverán los clérigos y religiosos si no fuera por el hábito! Esta advertencia, que era sólo teórica cuando la escribía el ejemplar religioso P. Eduardo F. Regatillo, S. I., es demasiadas veces una terrible realidad.

Primero, fueron cosas de poco bulto: entrar en bares, sitios de recreo, alternar con seglares, pero poco a poco se ha ido cada vez a más.

Los modernistas quieren hacernos creer que la sotana es un obstáculo para que el mensaje de Cristo entre en el mundo. Pero al suprimirla, han desaparecido las credenciales y el mismo mensaje. De tal modo que ya algunos piensan que al primero que hay que salvar es al mismo sacerdote que se despojó de la sotana supuestamente para salvar a otros.

Hay que reconocer que la sotana fortalece la vocación y disminuye las ocasiones de pecar para el que la viste y los que lo rodean. De los miles que han abandonado el sacerdocio después del Concilio Vaticano II, prácticamente ninguno abandonó la sotana el día antes de irse: lo habían hecho ya mucho antes. 



5º – La sotana supone una ayuda desinteresada a los demás.

El pueblo cristiano ve en el sacerdote el hombre de Dios que no busca su bien particular sino el de sus feligreses. La gente abre de par en par las puertas del corazón para escuchar al padre que es común del pobre y del poderoso. Las puertas de las oficinas y de los despachos por altos que sean se abren ante las sotanas y los hábitos religiosos. ¿Quién le niega a una monjita el pan que pide para sus pobres o sus ancianitos? Todo esto viene tradicionalmente unido a unos hábitos. Este prestigio de la sotana se ha ido acumulando a base de tiempo, de sacrificios, de abnegación. Y ahora, ¿se desprenden de ella como si se tratara de un estorbo? 



6º – La sotana impone la moderación en el vestir.

La Iglesia preservó siempre a sus sacerdotes del vicio de aparentar más de lo que se es y de la ostentación dándoles un hábito sencillo en que no caben los lujos. La sotana es de una pieza (desde el cuello hasta los pies), de un color (negro) y de una forma (túnica). Los armiños y ornamentos ricos se dejan para el templo, pues esas distinciones no adornan a la persona sino al ministro de Dios para que dé realce a las ceremonias sagradas de la Iglesia.

Pero, vistiendo de paisano, le acosa al sacerdote la vanidad como a cualquier mortal: las marcas, calidades de telas, de tejidos, colores, etc. Ya no está todo tapado y justificado por el humilde sayal. Al ponerse al nivel del mundo, éste lo zarandeará, a merced de sus gustos y caprichos. Habrá de ir con la moda y su voz ya no se dejará oír como la del que clamaba en el desierto cubierto por el palio del profeta tejido con pelos de camello.



7º – La sotana es ejemplo de obediencia al espíritu y legislación de la Iglesia.

Como uno que comparte el Santo Sacerdocio de Cristo, el sacerdote debe ser ejemplo de la humildad, la obediencia y la abnegación del Salvador. La sotana le ayuda a practicar la pobreza, la humildad en el vestuario, la obediencia a la disciplina de la Iglesia y el desprecio a las cosas del mundo. Vistiendo la sotana, difícilmente se olvidará el sacerdote de su papel importante y su misión sagrada o confundirá su traje y su vida con la del mundo.

Estas siete excelencias de la sotana podrán ser aumentadas con otras que le vengan a la mente a usted. Pero, sean las que sean, la sotana por siempre será el símbolo inconfundible del sacerdocio, porque así la Iglesia, en su inmensa sabiduría, lo dispuso y ha dado maravillosos frutos a través de los siglos.


Nota:

Conviene recordar: Muchos sacerdotes y religiosos mártires han pagado con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado en las terribles persecuciones religiosas de los últimos siglos. Muchos fueron asesinados sencillamente por vestir la sotana. El sacerdote que viste su sotana es para todos un modelo de coherencia con los ideales que profesa, a la vez que honra el cargo que ocupa en la sociedad cristiana.
Si bien es cierto que el hábito no hace al monje, también es cierto que el monje viste hábito y lo viste con honor. ¿Qué podemos pensar del militar que desprecia su uniforme? ¡Lo mismo que del cura que desprecia su sotana!














jueves, 20 de septiembre de 2018

ÁNGELES DEL ALTAR.




Guía de Acólitos para el servicio del Señor

Preliminares

   Llámese Acólito el Clérigo que recibió la orden menor del Acolitado, por la cual tiene el poder de servir en las Misas solemnes y rezadas.
   También se llama comúnmente Acólito o Monaguillo al ministro que sirve y ayuda al Sacerdote en las funciones de la Sagrada Liturgia, especialmente en el santo sacrificio de la Misa, aunque dicho ministro carezca de toda Orden sagrada.

   Los Acólitos se llaman Ángeles del Altar, porque asisten al Sacerdote en el altar a modo como los Ángeles asisten en el cielo ante el trono de Dios.



   Además, el Sacerdote en el altar es ministro y representante de Jesucristo; y así, el Acólito, sirviendo al Sacerdote, sirve y asiste más de cerca al mismo Jesucristo.
   Durante el sacrificio de la Misa los Ángeles asisten invisiblemente, adorando a Jesucristo, presente en el altar. A imitación de ellos, el Acólito asiste a Jesucristo  al servir a su ministro el Sacerdote.

   El ministerio del Acólito es dignísimo. Después de la función del Sacerdote que consagra, no hay otra función tan noble como el oficio del ministro que le asiste.
   El Acólito representa a todos los fieles, en cuyo nombre responde al Sacerdote.
   Mediante su oficio, el Acólito está en un contacto más íntimo y frecuente con las cosas santa.

   Dos condiciones ha de reunir el Acólito:
1—ha de ser un buen Acólito.
2—ha de ser un Acólito bueno.

   Para ser buen Acólito debe saber las ceremonias de las funciones sagradas que le corresponden; y ha de ejecutarlas bien y con el espíritu propio de las mismas.
   Para ser Acólito bueno ha de amar mucho a Nuestro Señor Jesucristo y evitar todo pecado.

   Las cualidades del buen Acólito son: la piedad, la obediencia y el respeto o reverencia.

   La piedad se manifiesta en la digna y frecuente recepción de los santos Sacramentos, en la asidua y devota oración, en el gusto por las cosas del culto, en la compostura recogida durante las funciones.

   La obediencia se practica haciendo con prontitud todo lo que se manda, y asistiendo con puntualidad a todas las funciones.

   El respeto se debe al Sacerdote y a todos los ministros del culto.

   La reverencia se debe a Dios, a los Santos, al templo y a todos los objetos que sirven para el culto divino.

   La urbanidad es una manifestación de este respeto y reverencia. El buen Acólito practica la urbanidad:

1—presentándose siempre con el vestido bien aseado, con la cara y las manos bien limpias;
2—ejecutando exactamente todas las ceremonias;
3—siendo muy atento con todos en la sacristía, en la iglesia y en los lugares próximos a ésta.  




   Acuérdate siempre que eres el que de entre los niños se acerca más al buen Jesús; el que le hace la guardia de honor; el que en la Misa representa a todos los fieles ¡Como te obliga esto a ser puro, educado, distinguido…,! ¡ANGEL DEL ALTAR!


  
ÁNGELES DEL ALTAR
Gregorio Martínez de Antoñana, C.M.F.
Censor de la Academia Litúrgica de Roma (1957).



miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA VIRTUD DE LA CASTIDAD




LA CASTIDAD ES UNA VIRTUD VIRIL.


Por Sor Clotilde García

La castidad es una virtud que dimana de la virtud cardinal de la templanza, por la cual el hombre respeta las Leyes impuestas por el Creador en la generación.

A.- La castidad es para todos. La castidad es una virtud moral cuya práctica rechaza al pecado capital de la lujuria, siendo por ello fundamental en la estructura espiritual del ser humano.

1.- La castidad para los esposos, porque, aún dentro de la libertad de su entrega, tienen limitaciones impuestas por Dios y por la misma naturaleza y porque, una vez casados, no tienen derecho a desear o mirar indebidamente a alguien que no sea el propio cónyuge. Preciosamente expone la Castidad Conyugal el Papa Pío XI en su Encíclica “Casti Connubii” (21): "Hasta las mutuas relaciones familiares entre los cónyuges deben estar ordenadas con la nota de la Castidad, para que el beneficio de la fidelidad resplandezca con el decoro debido , de suerte que los cónyuges se conduzcan en todas las cosas conforme a la Ley de Dios y de la naturaleza y procuren cumplir la voluntad del Creador Sapientísimo y Santísimo, con entera y sumisa reverencia a la divina obra".

2.- La castidad para los célibes, entre los que incluyo a los viudos de buena edad, tienen obligación de guardar Castidad absoluta mientras no contraigan nupcias, y de huir de todo aquello que pueda conducirlos a faltar a su estado.

3.- La castidad para los consagrados a Dios, quienes tenemos perpetúa obligación de guardar para siempre y en toda su plenitud la Castidad; ya que voluntariamente nos hemos consagrado con voto al Señor.

Y porque la castidad obliga a todos, San Agustín la compara a las variadas flores de un jardín: “El huerto del Señor es fecundo. No sólo tiene rosas de martirio; tiene también lirios de virginidad, hiedras de matrimonio y violetas de viudez.” (Sermón 304).

B.- ¿Es posible la Castidad? ¡Claro que sí es posible!:

1.- Dios mismo, quien nos ha creado, es quien nos la ha impuesto sellándola con leyes indelebles en la propia naturaleza;

2.- Cristo Hijo de Dios, que es también Dios, nos dio ejemplo de virginidad y tuvo predilección por las almas vírgenes como San Juan;

3.- Hay funciones orgánicas indispensables como el respirar, comer, digerir, etc.; que el no realizarlas causaría la muerte al hombre. Pero jamás hemos visto morir, ni siquiera enfermar, a alguna persona por no realizar el apetito de la carne; antes al contrario, las almas vírgenes presentan en su rostro una expresión singular y sus nervios y facultades superiores se encuentran en perfecto equilibrio; y si algunas dieran otra impresión, no es porque la castidad perjudique, sino porque, aunque vírgenes, a veces no han elegido con acierto su vocación o no han amado con ardor su ideal de Vida Consagrada.

C.- ¿Cómo guardar la castidad? Usando de todos los medios que da Dios, la naturaleza, la sociedad...

1.- Medios naturales:

a) recto criterio;
b) firme voluntad;
c) apasionamiento por un ideal sublime;
d) constante laboriosidad;
e) la entrega amorosa al cumplimiento del deber;
f) combatir la tristeza y el tedio, fruto de una vida sin Dios y sin ideales;
g) austeridad y amor al sacrificio en la vida diaria;
h) buscar, asistir a diversiones que tonifiquen, que eleven y que, cuando menos, sean indiferentes y no nos conduzcan o empujen, de alguna manera, al pecado;
i) escoger siempre buenas lecturas. La vida es tan bella, tiene tantas cosas lícitas que nos proporcionan alegría y satisfacción y que, no sólo no son pecaminosas, sino que nos libran de caer en el pecado, nos conforman en nuestra alma y nos conducen al cielo. Todo depende de que sepamos ver y amar rectamente la vida; ya que a veces el mismo sufrimiento nos motiva a vivir, siempre que se sepa ver a Dios en toda la cosas.

2.- Medios sobrenaturales:

a) la oración;
b) frecuencia, de Sacramentos;
c) presencia de Dios;
d) Santo Temor de Dios;
e) cultivo de las virtudes teologales;
f) mortificación de las pasiones;
g) ejercicio de las Obras de Misericordia.

Sin estos medios nadie, absolutamente nadie, puede ser casto; sin llevar a cabo estas orientaciones, no es posible guardar la Castidad. En cambio, quien toma estas prácticas y lucha con ellas, alcanza la Gracia de Dios y por ello llegará a ver en el sexo algo optativo y jamás necesario.

Claro que como el mundo vive al contrario de todo lo expuesto, no guarda la Castidad y para apoyar su licenciosa vida niega que otros la guarden.


martes, 18 de septiembre de 2018

ORÍGENES DEL CELIBATO SACERDOTAL P. Bernard Lorber.




   Es una  ironía pretender que hoy se debate la cuestión del celibato eclesiástico, ya que se trata más de un enfrentamiento que de un debate. Esta disposición de la Iglesia que es el celibato forma parte de las cuestiones candentes de la hora actual, que dan lugar a salvas de ataques disparadas por la prensa y por todos los reivindicadores y “cristianos adultos” con que cuenta la Iglesia oficial. Lo que nos asombra es que siempre se oye hablar de impugnación del celibato y raramente de su defensa, hasta el punto de que se diría que muchos obispos y sacerdotes se complacen secretamente en ello, sea porque se ven desbordados por los acontecimientos, o porque la nueva forma de sacerdocio introducida por la nueva misa les ha hecho perder la identidad de su sacerdocio.
   Esforcémonos primero por desapasionar el debate. El “yo pienso que...” del monseñor Fulano de Tal o del cura Mengano no tiene mucho interés, que digamos.
   Veamos más bien lo que ha pensado la Iglesia al respecto durante 2000 años, cómo ha practicado el celibato y por qué razones, y si el celibato forma parte del Sacerdocio de Cristo a título de parte constitutiva esencial o sólo de elemento accidental (una opción superior, pues, para los más exigentes).


Vicisitudes históricas del celibato


   Indagar lo que dice la historia referente a esto es apelar también al Derecho de la Iglesia, ya que la cuestión no estriba tanto en saber si el celibato ha sido siempre vivido de facto desde los primeros tiempos del Cristianismo, cuanto en conocer si la Iglesia lo ha rodeado de consideraciones y lo ha codificado desde sus orígenes.
   No obstante, para comprender bien el papel del derecho eclesiástico en esta materia, recordemos un importante principio suyo, ya que no se puede apelar a dicha ciencia como a ninguna otra si se hace abstracción de las reglas que la rigen. Así pues, distingamos primeramente entre la ley escrita y el derecho consuetudinario: un derecho (o una obligación) no se funda siempre en una ley escrita; sólo desde la época moderna adquirieron los hombres el hábito de regir mediante leyes escritas todas las relaciones humanas, sea cual fuere su tipo. Durante siglos fue el derecho consuetudinario el que regulaba una parte importante de las relaciones sociales. Así, el derecho romano tardó siglos en ser elaborado por escrito; del mismo modo, el derecho consuetudinario era un fundamento jurídico esencial en el Antiguo Régimen. Apoyarse en el derecho consuetudinario o en el derecho oral es propio de las sociedades que nacen y de las que tienen desarrollada la conciencia moral personal.
   En las sociedades y en los periodos decadentes, en cambio, es en donde los contratos orales no tienen sino poquísimo valor, o en donde la palabra dada se la lleva el viento. Así pues, en la Iglesia naciente y creciente, estaba escrita sólo una parte comparativamente pequeña de la legislación. Presa de persecuciones, aún no había llegado para ella la hora de codificar las santas prácticas legadas por los Apóstoles y sus dignos sucesores. Por otra parte, la Iglesia siempre ha tenido la costumbre de reaccionar con precisión y firmeza, y de codificar con seguridad, sólo a partir del momento en que el mal se evidencia.
   Como conclusión de dicho razonamiento se puede afirmar que sería un grave error metodológico establecer que la época en que apareció el celibato eclesiástico coincide con la de la redacción de los primeros escritos relativos a él.


Su evolución en la Iglesia latina


   El primer documento escrito que poseemos sobre dicho asunto son los cánones del Concilio de Elvira, en el primer decenio del siglo IV. Mencionan la disciplina del celibato: «Los Padres son unánimes sobre la obligación del celibato impuesta a los obispos, a los sacerdotes y a los diáconos; es decir: a todos los clérigos al servicio del altar, quienes deben guardarse de conocer a sus esposas y de engendrar hijos. Quien sin embargo haga eso, debe ser excluido del estado eclesiástico».


Este canon requiere dos observaciones:


1) En los primeros siglos, los clérigos eran viri probati [varones probados], o mejor dicho, hombres maduros; es decir: de cierta edad. ¿Y eso por qué? Porque al comienzo no existía en la Iglesia esa santa institución destinada a la formación del sacerdote que es el seminario. Ahora bien, en griego, “presbítero” [sacerdote] significa “anciano”; el sacerdocio supone una formación, confiere una autoridad, exige una prudencia. Tales elementos no podían hallarse en la juventud en una época en que los seminarios no existían; así pues, la Iglesia apeló a hombres de edad madura que, de hecho, estaban ya casados; pero todos los textos de que disponemos, así como la Tradición de la Iglesia, confirman que estaban obligados a separarse de sus esposas.

2) Dicho canon del Concilio particular de Elvira no constituye una nueva ley, sino más bien un recuerdo de la ley a causa de ciertos abusos. Una novedad anunciada de manera tan lapidaria, en un canon perdido en medio de otros, tocante a una materia tan sensible, que supondría -en el caso de una novedad— hábitos contrarios adquiridos e implantados (no olvidemos que estamos ya en el siglo IV), habría desencadenado una ola de protestas; mejor dicho, una confrontación, de la que habría oído hablar la historia de la Iglesia. Se puede suponer en tal caso, sin incurrir en exageración, que habría salido a la luz un cisma (¡los hubo por mucho menos en la historia de la Iglesia!); por consiguiente, ese canon del concilio de Elvira supone una praxis antecedente del celibato.
   Por otro lado, ¿cómo podría constituir dicho canon una novedad para el sacerdote que lee y practica el Evangelio? ¿No leemos en el Evangelio de San Mateo el siguiente pasaje, no ambiguo, referente a nuestro asunto? Tras la marcha del joven rico, «entonces, tomando Pedro la palabra, le dijo: “Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué tendremos?”. Jesús les dijo: “En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente sobre el trono de su gloria, os sentaréis también vosotros sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que dejare hermanos o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por amor de mi nombre, recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna”» (Mt. 19, 27-29).
   Volvamos a los concilios: el segundo texto nos lo proporciona un concilio africano celebrado en Cartago en el 390. El texto se halla en el Codex canonum Ecclesiae Africanae: «Estamos todos de acuerdo sobre este punto: que los obispos, sacerdotes y diáconos, los guardianes de la castidad, se guarden a sí mismos de su propia esposa, a fin de que la castidad sea conservada en todo y por todos los que trabajan en el altar. (...) Así guardamos lo que enseñaron los Apóstoles y es considerado como un uso antiguo».


Observaciones:


1) Por un lado, la castidad se fundamenta aquí en el servicio del altar. Por eso, dicho texto es precioso, ya que nos entrega uno de los grandes pensamientos de la Iglesia al respecto, que ciertos autores desarrollarán. Así pues, la Iglesia no se detuvo en motivos secundarios, como los que se invocan hoy con gusto: la falta de tiempo para ocuparse de una familia, las dificultades presupuestarias, etc.
2) El segundo fundamento invocado en dicho texto es la práctica de los Apóstoles y la observancia de la Tradición. Es evidente que si a finales del siglo IV el celibato hubiese sido un uso introducido recientemente, los Padres del susomentado concilio no habrían podido invocar la Tradición.
3) Por último, tal texto fue aprobado por Roma en la persona del legado Faustino, lo que le confiere una autoridad moral superior a la de un concilio particular.
   Otros concilios repetirán esas disposiciones evocadas por el concilio de Elvira y de Cartago. Incluso podemos citar el Concilio ecuménico de Nicea, celebrado bastante antes que el de Cartago (325), que en su canon 3 prohíbe a los obispos, sacerdotes y diáconos que alojen en su casa a mujeres que no sean su madre, su hermana o su tía (las únicas personas que escapan a toda sospecha). A su vez, el gran concilio africano de Hipona, en el 393, recuerda: «Que ninguna extraña habite con un clérigo, sea éste quien fuere, sino sólo las madres, abuelas, tías, hermanas, sobrinas». El Concilio de Toledo (400) invoca la autoridad del de Nicea; a continuación prohíbe a todo clérigo que tenga en su casa a ninguna mujer que no sea su propia hermana. El Concilio de Arles (siglo V) repite los términos de Nicea y precisa que la obligación de la continencia rige a partir del diaconado, y ello so pena de excomunión, y que la cohabitación está prohibida incluso con una “esposa convertida”, es decir, con una esposa que, de concierto con su marido ordenado, ha hecho voto de continencia perpetua.


Testimonios de los Papas de los primeros siglos


   Mencionemos en primer lugar una carta del Papa San Siricio al obispo Himerio de Tarragona (385), carta en la que escribe que los sacerdotes y diáconos que sigan engendrando hijos tras su ordenación vulneran una ley inviolable que, desde el comienzo de la Iglesia, ata a los clérigos que han recibido las órdenes sagradas. Agrega que «si dichos sacerdotes apelan a la Ley antigua, en que los sacerdotes y levitas hacían uso del matrimonio fuera del tiempo consagrado al servicio del altar, son refutados por la ley nueva, que quiere que los clérigos que han recibido la órdenes sagradas desempeñen sus funciones en el altar todos los días, y es por eso por lo que vivirán el celibato desde el día de su ordenación».
   Una segunda carta del mismo Papa (386) a los obispos de África evoca igualmente dicho asunto. El Papa San Siricio les participa las conclusiones de un sínodo romano, en el cual se dice que, en el caso del celibato, no se trata de una obligación nueva, sino más bien de una obligación descuidada por falta de buena voluntad; que es importante observarla de nuevo, ya que se trata de una santa disposición de la Tradición (en el sentido de una enseñanza oral de los Apóstoles). Estaba claro que las disposiciones de la Tradición oral tenían legalmente tanta fuerza de ley como una ley escrita. El Papa San Siricio recuerda nueve disposiciones relativas a diversas materias. La disposición novena estipula:

Que los sacerdotes y los levitas no tengan relaciones conyugales, porque sirven en el altar todos los días.
Que San Pablo pide a los corintios que practiquen la continencia para darse a la plegaria, y si se les aconseja aquélla a los laicos para que se den a su plegaria con mayor eficacia, cuánto más deben practicarla los sacerdotes a fin de poder en todo momento ofrecer el sacrificio del altar o administrar los otros sacramentos.
No es raro ver invocada esta frase de San Pablo como un argumento contra el celibato eclesiástico: «Oportet episcopum irreprehensibilem esse, unius uxoris virum» [el obispo debe ser irreprensible, casado una sola vez] (I Tim. 3, 2). Se la podría traducir más fielmente así: «que el obispo no haya sido esposo más que de una sola mujer» (se sobreentiende que antes de su ordenación). Comprendida así en su verdadero sentido, esta frase es un argumento en favor del celibato; en efecto, si el candidato al episcopado ha estado casado varias veces antes de su ordenación o su consagración (poligamia sucesiva), manifestará por tal hecho que no es capaz de vivir en continencia durante un tiempo prolongado, ya que una nueva boda, o varias, no parecen ofrecer garantías de que dicho candidato guardará la continencia ni de que respetará la ley del celibato.
   El Papa San Inocencio I (401-417), a petición de los obispos de la Galia, en un sínodo romano dio su parecer sobre un conjunto de puntos concretos referentes a la disciplina. La tercera de las dieciséis cuestiones concierne a nuestro tema: «En primer lugar, tocante a los obispos, los sacerdotes y los diáconos, que participan de los santos misterios o los realizan, por cuyas manos se confiere la gracia del bautismo y se ofrece el Cuerpo sagrado de Cristo, se decreta que no sólo nosotros, sino también la Sagrada Escritura y los Padres, obligamos a guardar la castidad y la continencia».
   Otras tres cartas renuevan dicha enseñanza: una carta al obispo Vitricio de Ruán, del 15 de febrero del 404; otra a Exuperio de Tolosa de Francia, del 20 de febrero del 405; y, por fin, una última a los obispos Máximo y Severo de Calabria, cuya datación no es segura. En cada una se dice que los que contravengan formalmente dichas disposiciones, los que no quieran obedecer en ningún caso, deben ser excluidos del estado eclesiástico.
    Los Papas siguientes obrarán en el mismo sentido: San León Magno, en 456, en su carta al obispo Rústico de Narbona, escribe: «La ley del celibato es la misma tanto para los diáconos cuanto para los obispos y los sacerdotes. Cuando aún eran laicos o lectores [órdenes menores], podían seguir casándose y engendrando hijos legalmente. Pero a partir del momento en que alcanzaron los elevados grados del diaconado y del sacerdocio, ya no les está permitido lo mismo que antes. A fin de que de una unión carnal se haga otra espiritual, es necesario no que dejen a su esposa, sino que vivan como si no la tuvieran, para que así se preserve el amor conyugal, pero para que al mismo tiempo cese el uso del matrimonio». Precisemos que la Iglesia se creía en la obligación de proveer a la satisfacción de las necesidades de las esposas, sea que entraran en religión, sea que se afiliaran a una comunidad de mujeres destinada a este efecto, mantenida por la Iglesia; pero ya no se permitía la vida en común a causa del peligro, harto grande, de transgresión de la ley.
   San Gregorio Magno (590-604) atestigua la observancia de la ley del celibato en la Iglesia romana. Zanja en favor del celibato la cuestión relativa al subdiaconado, la cual ya empezó a tratar su predecesor.
   El estudio de la historia de la Iglesia muestra la unidad de fe y de disciplina que reinaba en la Iglesia romana desde el comienzo, por oposición a la parte oriental de la Iglesia, y los intercambios frecuentes entre las diferentes partes de esta misma Iglesia por la participación de legados de la Sede romana en los concilios particulares. La unidad se manifiesta claramente en los actos de los concilios particulares. De ello resulta que el primado de Pedro se manifiesta más claramente todavía desde el fin de las persecuciones: el Papa es quien zanja las cuestiones y quien juzga sin apelación, lo que garantiza la conservación del dogma y de la moral. Si el celibato de los clérigos se observó y se conservó a pesar de transgresiones puntuales, a pesar de periodos de relajación, se debió a que los Papas montaban guardia y vigilaban. La mejor prueba de ello la constituye la Iglesia de Oriente, que, al haberse distanciado insensiblemente de Roma (a partir del siglo VI, hasta la consumación del cisma en 1054) tanto en el plano jurídico cuanto en el teológico, se privó por eso mismo de lo que podía corregir sus yerros, lo que explica por qué se alteró en ella la práctica del celibato.
   Dicha modificación carece de apoyatura teológica: fue un simple estado de hecho que ninguna autoridad local pudo reformar; y como ya no se aceptaba la influencia del Papa, dicho estado de hecho acabó siendo avalado por un concilio ilegítimo. Más adelante hablaremos otra vez del asunto.


Los Padres de la Iglesia


   Sería demasiado largo efectuar una exposición sobre los comentarios de los Padres tocante a nuestro asunto. Citemos algunos a pesar de todo:
  Clemente de Alejandría (150-221) atestigua que Pedro y varios Apóstoles más estaban casados en el momento en que Jesús los llamó a su servicio; agrega que si después a dichos Apóstoles los acompañaron sus mujeres en sus viajes misioneros, «no era en calidad de esposas, sino a título de hermanas». San Ambrosio afirma que el celibato constituye un nuevo mandamiento para los sacerdotes del Nuevo Testamento respecto de los del Antiguo; indica la razón: los sacerdotes del Nuevo Testamento deben darse todos los días a la plegaria y al servicio del altar, mientras que los sacerdotes del Antiguo Testamento sólo desempeñaban su oficio estrictamente sacerdotal en el templo algunas semanas al año. San Jerónimo (segunda mitad del siglo IV) conocía la práctica de la Iglesia tanto en Oriente como en Occidente, por haber sido, sucesivamente, estudiante de derecho en Roma, monje en Siria, sacerdote en Constantinopla, secretario del Papa San Dámaso, y abad en Belén. No indica diferencia alguna en cuanto a la práctica de su época; se apoya en un pasaje de San Pablo (I Cor. 7, 5: hablaremos de él otra vez más adelante) para probar la legitimidad del celibato, y comenta: «si semper orandum et ergo semper carendum matrimonio» [esto es: si el sacerdote debe rogar siempre, entonces debe privarse siempre del uso del matrimonio]. En otro lugar, se encoleriza contra Vigilancio: « ¿Qué hacen -le pregunta- las Iglesias de Oriente? ¿Qué hacen las de Egipto y las de la Sede Apostólica? Escogen para clérigos a hombres vírgenes o continentes. Y si tienen una mujer, cesan de ser maridos». Escribe contra Joviniano: «Jesucristo y María, al haber sido siempre vírgenes, consagraron la virginidad en uno y otro sexo. Los Apóstoles eran vírgenes, o al menos guardaron la continencia si estaban casados; los obispos, los sacerdotes y los diáconos deben ser o vírgenes o viudos antes de ser ordenados, o, por lo menos, vivir siempre en continencia tras su ordenación. (...) Jesucristo, ciertamente, prohíbe repudiar a la propia mujer, y no se puede separar lo que Dios ha unido, salvo por consentimiento mutuo».
   Finalmente, he aquí el último texto de la pluma de San Jerónimo que citaremos: «Digo con toda franqueza que la Ley evangélica permite casarse, pero que, no obstante, los que se casan y cumplen con los deberes [carnales] del matrimonio no pueden aspirar ni al mérito ni a la gloria de la continencia. Si dicho parecer indigna a los casados, no es conmigo con quien deben tomarla, sino con la Sagrada Escritura, con los obispos, con los sacerdotes, con los diáconos y con todo el estamento eclesiástico, que están fuertemente persuadidos de que no está permitido ofrecer sacrificios al Señor y, al mismo tiempo, cumplir con los deberes impuestos por el matrimonio».
   Como conclusión a esta breve exposición de las fuentes escritas de los primeros siglos, se puede decir que los primeros textos datan del siglo III, pero que dichos pasajes hacen referencia a una práctica de origen apostólico. «Aunque los propios textos escriturarios no permiten saber cuál fue el género de vida de los Apóstoles inmediatamente después de su vocación, los Padres, en cambio, se muestran unánimes esta vez al declarar que los que pudieron haber estado casados de aquéllos, suspendieron a continuación la vida conyugal y practicaron la continencia perfecta» (cf. P. Cochin, Origines apostoliques du célibat sacerdotal).
   La objeción clásica que afirma que estos primeros textos son bastante tardíos, lo que demostraría que la práctica del celibato data sólo del siglo IV y no del tiempo de los Apóstoles, carece de solidez. Por un lado, como ya dijimos, la metodología jurídica nos veda extraer una conclusión tan apresurada; por otro, si la razón alegada fuese válida, la Iglesia habría creído en la presencia real, por ejemplo, sólo a partir del siglo XVI (Concilio de Trento). En efecto, la práctica constante de la Iglesia consiste en exponer más ampliamente el dogma y en precisar la moral, cuando el uno o la otra son atacados por teorías o prácticas contrarias, no antes.
   En punto al celibato, es fácil comprender por qué los primeros textos datan del siglo IV. En efecto, la Cristiandad primitiva fue una Cristiandad ferviente: por un lado, en razón de su proximidad temporal al Redentor; por otro, a causa de las persecuciones (la práctica disciplinaria sacramental, por ejemplo, es un testimonio elocuente de dicho fervor). El comienzo del siglo IV ve el fin de las persecuciones y un aumento rápido de las conversiones, puesto que a partir de ese momento christianus licet esse [estaba permitido ser cristiano, según el derecho romano]. Al cobrar proporciones importantes las conversiones y, por ende, el número de cristianos, se hizo menester, como consecuencia de ello, ordenar sacerdotes, quizás un poco rápidamente a veces; y al disminuir insensiblemente el fervor, se comprende que se abrieran camino las transgresiones de la ley del celibato; pero no se harán esperar las reacciones de los Papas y de los concilios particulares. De ahí los textos que hemos citado, que nunca se entendieron en el sentido de una novedad.
   La reacción de la Iglesia correrá también en otro sentido; en efecto, se esforzará al hilo de los decenios por favorecer el acceso de hombres no casados a las Órdenes, y se hará cada vez más reticente, como consecuencia de las experiencias pasadas, con los hombres casados aspirantes al sacerdocio.
   La vida de los clérigos sufrió una grave crisis en los siglos X y XI; en efecto, el concubinato de los clérigos -que se llamaba entonces nicolaísmo- estaba bastante extendido. Su causa radicó esencialmente en las investiduras laicas. Es menester saber que, en aquel tiempo, a todo puesto eclesiástico se ligaba un beneficio; además, los cargos eclesiásticos de alto rango eran inamisibles. Tamañas ventajas los convirtieron en objeto de la codicia de muchos oportunistas; es decir, de personas indignas del sacramento del Orden. Pero el mayor mal estribaba en el hecho de que el poder temporal nombraba a los obispos, a los abades de los monasterios y a los curas; el obispo sólo daba el sacramento del Orden, pero no la jurisdicción, la cual confería (ilegítimamente) el titular local del poder temporal. Sus amargos frutos no se hicieron esperar; la Iglesia fue azotada por dos males: por un lado, la simonía (venta de los puestos y de las Órdenes); por otro, el nicolaísmo, consecuencia de la indignidad de los elegidos para las funciones sagradas.
   Será el gran Papa San Gregorio VII quien logre devolver su prestigio a la dignidad sacerdotal gracias a una valiente reforma que deberá pasar, necesariamente, por la abolición de las investiduras laicas y la selección de los futuros candidatos al sacerdocio.
   Si mencionamos este episodio de la historia de la Iglesia, que no entra, de suyo, en el marco de nuestro tema (al ser nuestro objetivo más bien el de considerar el origen apostólico del celibato), es a fin de dar un ejemplo típico en el cual vemos que no respetar la ley del celibato eclesiástico fue cosa de los periodos de decadencia. Se podría añadir que es también una de las características de las Iglesias cismáticas.