RESPUESTA A UN JOVEN QUE PIDE CONSEJO ACERCA DEL ESTADO DE VIDA QUE DEBE ELEGIR – Por San Alfonso María de Ligorio.




Su carta de usted me da a entender que desde hace algún tiempo se siente inspirado por Dios a abrazar la vida religiosa. A la vez me dice que se han despertado algunas dudas en su espíritu, y especialmente aquélla de que si podrá santificarse en el siglo sin hacerse religioso.

   Le responderé brevemente; porque si usted desea más larga respuesta, puede leer con provecho el librito que con el título: Avisos sobre la vocación religiosa he publicado.

   Aquí solamente le diré en pocas palabras que el negocio de la elección de estado es de capital importancia, por depender de él la salvación eterna. El que abraza el estado a que Dios lo llama, fácilmente se salvará; pero el que desoye la voz del Señor, será difícil, mejor diré, será moralmente imposible que se salve. La mayor parte de los réprobos están en el infierno por no haber correspondido al llamamiento de Dios.

   Por tanto, si usted quiere elegir aquel género de vida en el cual asegure mejor su salvación, que es lo único que nos debe importar, considere que su alma es inmortal, y que Dios lo ha puesto en el mundo, no a buen seguro para atesorar riquezas, ni conquistar honores, ni llevar vida cómoda y regalada, sino únicamente para alcanzar la vida eterna por medio de la práctica de la virtud. Tenéis por fin, dice San Pablo a los romanos, la vida eterna. En el día del juicio de nada le servirá el haber puesto en buen pie su casa y haberse aventajado sobre los demás en el mundo; lo único que entonces le aprovechará será el haber servido y amado a Jesucristo, que lo ha de juzgar.

   Cree usted que permaneciendo en el siglo podrá también santificarse. Sin duda que lo podrá, señor mío, pero con no poca dificultad. Pero si Dios lo llama a usted a la vida religiosa y quiere permanecer en el mundo, su santificación, como he dicho, será moralmente imposible; porque en el siglo se verá privado de las luces y auxilios que Dios le dispensará en la religión y sin unos y otros no logrará usted salvarse.

   Para alcanzar la santidad hay que emplear los medios que a ella le conducen, como son la huida de las ocasiones peligrosas, el desprendimiento de los bienes de la tierra, la unión con Dios y la vida de recogimiento. Además, para no cansarse en el camino emprendido, debe frecuentar los sacramentos, hacer todos los días oración mental, leer algún libro piadoso y ejercitarse en otras prácticas devotas, sin las cuales no es fácil conservar el fervor. Ahora bien, ejercitarse en todas estas obras de piedad en medio del bullicio y tráfago del mundo es harto difícil, por no decir imposible. Los cuidados de la familia, las necesidades de la casa, los lamentos y quejas de los parientes, los pleitos, las persecuciones de que está lleno el mundo, tendrán su ánimo tan preocupado y tan cargado de temores, que apenas le será posible encomendarse a Dios por la noche, y esto en medio de mil distracciones. Bien quisiera usted hacer oración, y leer un libro espiritual, y comulgar con frecuencia y visitar todos los días el Santísimo Sacramento, pero tan buenos propósitos se los estorbarán los negocios del mundo, y lo poco que haga será con mucha imperfección, por tenerlo que hacer entre sinnúmero de ocupaciones y con el espíritu disipado. De suerte que su vida será muy desasosegada, y su muerte también muy turbada e inquieta.

   Los amigos del mundo, por su parte, no tendrán reparo en inspirarle temor a la vida religiosa, pintándosela como insoportable y llena de sinsabores. Por otra parte, el mundo le brindará con sus riquezas, placeres y diversiones: piénselo bien y no se deje engañar, porque el mundo es un traidor, que sabe prometer, pero no sabe cumplir. Le ofrece bienes de la tierra; y aunque le diese todo lo que ofrece, ¿serían poderosos todos ellos para calmar las ansias de su alma? No, porque sólo Dios puede darle la paz verdadera. El alma ha sido creada únicamente para Dios, para amarlo en esta vida y después gozarlo en la eterna, y por esto sólo Él puede satisfacer los deseos de su corazón. Todos los placeres y riquezas del mundo no son poderosos para damos la verdadera paz; al contrario, el que mayor caudal de estos bienes posee en el mundo, anda más turbado y afligido, como confiesa Salomón, quien después de haber gozado tanto, exclama: Todo es vanidad y aflicción de espíritu
 
 Si el mundo con todos sus tesoros pudiera llenar los senos del corazón humano, los ricos, los grandes, los reyes, que nadan en la abundancia, que gozan de placeres, que son por todos honrados, serían plenamente felices; pero la experiencia nos enseña lo contrario; nos enseña que mientras más encumbrados y enaltecidos están, tanto mayores son las angustias, los pesares y las aflicciones que experimentan. Un pobre lego capuchino, vestido con burdo sayal y ceñido con ceñidor de cuerda, que come pobremente y duerme sobre la paja en celda estrecha, vive más feliz y contento que un príncipe que viste telas recamadas de oro y posee tesoros sin cuento. Se sentará todos los días a opípara mesa, dormirá en mullido lecho bajo ricos pabellones, pero los cuidados y las angustias de espíritu ahuyentarán el sueño de sus párpados. “¡Cuán loco es, exclama San Felipe Neri, el que por amar al mundo no ama a Dios!"

   Pero si los mundanos llevan una vida de sobresaltos y congojas, mayores los experimentarán en la hora de la muerte, cuando el Sacerdote que los asista les intime la orden de partir de esta vida, diciéndoles: “Alma cristiana, sal de este mundo”, abrázate con el crucifijo, porque el mundo ya se acabó para ti. El mal está en que los mundanos apenas si piensan en Dios ni en la otra vida, donde han de vivir por toda la eternidad. Casi todos sus pensamientos van a parar en las cosas de la tierra, y por eso llevan vida desgraciada y mueren con muertes desastrosas.

   Por tanto, si usted quiere acertar en la elección de estado, procure que no se le caiga de la consideración la hora de la muerte, y, puesto en aquel duro trance, mire bien el género de vida que hubiera querido llevar. Entonces ya no podrá corregir el yerro, si tiene ahora la mala fortuna de equivocarse, menospreciando el divino llamamiento por seguir su libertad y sus caprichos. Considere que todo lo de este mundo pasa y desaparece, como dice San Pablo por estas palabras: La escena de este mundo pasa en un momento. Todo se acaba, y la muerte nos sale al encuentro, de suerte que a cada paso que damos nos acercamos a ella y nos aproximamos a la eternidad, para la cual hemos nacido. Porque escrito está: Irá el hombre a la casa de su eternidad. Cuando estemos más descuidados nos sorprenderá la muerte, y en aquel duro lance todos los bienes del mundo nos parecerán vana ilusión, mentira, engaño, vanidad. ¿De qué le aprovechará entonces al hombre —pregunta Jesucristo— haber ganado todo el mundo, si pierde su alma?  Sólo servirá para acabar con muerte desgraciada una vida infeliz.

   Por el contrario, un joven que ha abandonado el mundo para seguir las huellas de Cristo, vivirá feliz y contento, pasando sus días en una celda solitaria, lejos del bullicio del mundo y de los frecuentes peligros que se corren en él de perder a Dios. Verdad es que en el monasterio no tendrá ni conciertos, ni bailes, ni comedias, ni otras mundanas diversiones, pero tendrá a Dios, que lo recreará con mil regalos y le dará a gustar aquella paz que se puede gozar en este valle de lágrimas, lugar de trabajos y padecimientos, donde hemos sido puestos para conquistar, a fuerza de paciencia, aquella otra verdadera y cumplida paz que Dios nos tiene deparada en la gloria. Cuando se vive alejado de las diversiones del mundo, una amorosa mirada dirigida de cuando en cuando al crucifijo, un Dios mío y todas las cosas, pronunciado con fervor, un Dios mío, que se escapa del corazón, proporciona al alma más consuelo que todos los pasatiempos y banquetes del mundo, que después de gustados traen en pos de sí no pocos dejos de amargura.

Y si por haber abrazado el estado religioso vivirá contento durante la vida, mayor contento experimentará en la hora de la muerte. ¡Qué consuelos no experimentará entonces al recordar que ha gastado su vida en la oración, la lectura espiritual, la mortificación y otros ejercicios devotos, y especialmente si en la religión ha empleado sus mejores años, salvando almas por medio del ministerio de la predicación y confesión! Todo esto aumentará a la hora de la muerte la confianza que tiene puesta en Jesucristo, el cual, como muy agradecido, sabe premiar con largueza a los que han trabajado por aumentar su gloria.

   Pero vengamos ya a tratar más de propósito la elección que debe usted hacer. Ya que el Señor lo mueve a dejar el mundo para darse todo a Él en la religión, tiene sobrados motivos para alegrarse y temblar a la vez. Alégrese, pues, y dé gracias a Dios, porque el ser llamado a una vida más perfecta, es una gracia especialísima que el Señor no dispensa a todos. No ha hecho otro tanto —dice el salmista— con las demás naciones. Pero a la vez tiemble, porque si no obedece a la voz divina, pone en gran peligro su eterna salvación. No puedo detenerme a referirle aquí los muchos ejemplos de jóvenes, que por no haber hecho caso de la vocación divina, han llevado vida desgraciada, acabándola con muerte desastrosa. Tenga por cierto que si, a pesar de la inspiración que usted siente de abrazar la vida religiosa, permanece en el mundo, llevará una vida sin paz ni sosiego, preludio de la muerte inquieta que lo aguarda, pues en aquel trance se sentirá despedazado por los remordimientos, a causa de haber desoído la voz de Dios, que lo llamaba al claustro.

   Al fin de su carta me pregunta usted que, si en el caso de no tener bastante ánimo para entrar en religión, sería mejor casarse, como quieren sus padres, o hacerse sacerdote secular.

   A lo primero le diré que no puedo aconsejarle que abrace el estado del matrimonio,

porque San Pablo tampoco lo aconseja a nadie, a no ser en el caso de remediar una habitual incontinencia, y cierto estoy que usted no se halla en semejante caso.

   En cuanto a hacerse sacerdote secular, advierta que el sacerdote en el siglo tiene todas las cargas del sacerdocio, y además las distracciones y peligros de los seglares, puesto que, viviendo en medio del mundo, no puede evitar los tropiezos y dificultades que le causan los negocios de su casa o de sus parientes, ni puede verse libre de los peligros que rodean su alma. Lo cercarán las tentaciones en su propia casa, puesto que no podrá impedir que entren en ella mujeres, ya sean de la familia, ya sean criadas, ya otras mujeres extrañas. Debería usted vivir en una habitación retirada, para no pensar más que en las cosas         del divino servicio; mas este género de vida     es muy difícil en la práctica, y por lo mismo son muy contados los sacerdotes que, viviendo en su propia casa, aspiran a la perfección.

Por el contrario, si usted entra en un Instituto religioso donde reina la observancia regular, se verá libre de los cuidados que ocasiona el pensar en la comida y en el vestido, porque de todo le proveerá la religión; allí vivirá lejos de los parientes, que de continuo lo molestarían con los negocios y asuntos de la casa; allí no encontrará mujeres que puedan turbar su espíritu; allí, alejado del ruido del mundo, nada le impedirá vivir recogido y dedicado a la oración.

Le hablo de una religión donde “reine la observancia regular”; porque si usted quisiera entrar en un Instituto del cual ha desaparecido el fervor, mejor sería que permaneciera en su casa, cuidando como mejor pudiera de la salvación de su alma; puesto que dando su nombre a un Instituto que ha caído en la relajación, se expone al peligro de condenarse; pues dado caso que entrase resuelto a dedicarse a la oración y a no pensar más que en Dios, arrastrado, sin embargo, por los malos ejemplos de los compañeros, y ridiculizado por ellos y tal vez hasta perseguido, por no querer llevar su manera de vida, acabaría por abandonar todas sus devociones y seguir los derroteros que le señalaren los demás, como lo prueba la experiencia.

En fin, si Dios se digna concederle la gracia de la vocación, esfuércese por conservarla, encomendándose sin descanso a Jesús y a María en sus oraciones, y no olvide que, si se determina a entregarse totalmente a Dios, el demonio se esforzará cada día más por hacerlo caer en pecado, y sobre todo para hacerle perder la vocación.

Termino ofreciéndole todos mis respetos y pidiendo al Señor lo haga todo suyo.


“LA VOCACIÓN RELIGIOSA”

“Editorial ICTION” Bs. As. Argentina. Año 1981.


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