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miércoles, 7 de agosto de 2019

ANTIGÜEDAD DE LA CONFESIÓN.





Adán fué el primer penitente; se confesó diciendo: “He comido el fruto de aquel árbol” (Gen, 3, 12). Eva se confesó: “La serpiente me ha engañado” dijo, (Gen. 3, 13). Caín se confesó; pero su confesión fué nula, porque la hizo con desesperación: “Mi iniquidad, dijo, es tan grande, que no puedo yo esperar perdón”.  (Gen. 4, 13)

Heridos de las serpientes, los hebreos confiesan en el desierto sus pecados… El mismo Faraón declaró sus crímenes, pero sin arrepentimiento… David confesó su falta al profeta Nathan. El pródigo se humilló a los pies de su Padre y le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y en vuestra presencia.
Samaritana y Magdalena se confiesan a Jesucristo. Pedro igualmente: Alejaos de mí, Señor, dijo, porque soy un pecador. El buen ladrón en la cruz hace también una confesión pública.

En la Sagrada Escritura encontramos la confesión ya pública, ya particular......

Se dice en el libro de las Actas do los Apóstoles, que muchos de los fieles venían a confesar y a declarar aquello que habían hecho de mal.

Se trata aquí de una confesión hecha a un hombre, esto es, a S. Pablo, de una confesión que tiene por objeto obtener el perdón de los pecados. ¿No es ésta la confesión sacramental?

He aquí lo que, en el primer siglo de la Iglesia S. Clemente, sucesor de S. Pedro, dice de la confesión: Todo el que tenga cuidado de su alma no se avergüence de confesar sus pecados al que presida, para obtener su perdón. S. Pedro, añade, obligaba a descubrir a los sacerdotes hasta los malos pensamientos. Mientras que estamos en la tierra, convirtámonos, porque una vez estemos en la eternidad, ya no podremos confesarnos ni hacer penitencia. (Epist. II. ad Cor.).

En el siglo II, Tertuliano dice: Muchos evitan declarar sus pecados porque cuidan más de su honra que de su salvación. Imitan a los que heridos de una enfermedad secreta, ocultan su mal al médico y se atraen la muerte. ¿No vale más salvaros confesando vuestros pecados, que condenaros ocultándolos? (De Poenit., c. X)

En el siglo III, escribe el célebre Orígenes: Si nos arrepentimos de nuestros pecados y los confesamos no sólo a Dios, sino también a aquellos que pueden curar las llagas que nos han hecho, estos pecados nos serán perdonados. (Homil. II, in psal. XXXVII).


 
En el siglo IV, S. Atanasio se expresa así: De la misma manera que el hombre bautizado está iluminado por el Espíritu Santo, así también el que confiesa sus pecados en el tribunal de la Penitencia, obtiene la remisión por el Sacerdote. (Collect. choisie des Pères, t. II). En el mismo siglo dice S. Basilio: Es absolutamente preciso descubrir nuestros pecados a los que han recibido la dispensación de los misterios de Dios. (Libermann, c. IV).
En el siglo V, S. Ambrosio, según S. Paulino, lloraba de tal manera cuando un penitente se confesaba con él, que le incitaba también a derramar lágrimas. S. Agustín, en el mismo siglo, pronunciaba estas palabras: Nadie diga: Hago penitencia en secreto a los ojos de Dios, y bastante es que Aquel que debe concederme el perdón, conozca la penitencia que hago en el fondo de mi corazón; si fuese así, inútilmente habría dicho Jesucristo: Lo que desataréis en la tierra, será desatado en el cielo; y en vano también habría confiado las llaves a su Iglesia. No es pues bastante confesarse con Dios, es preciso confesarse también con los que de él han recibido el poder de atar y de desatar. (Serm. II. in Psal., c. I).

Nunca se ha oído, dice S. Juan Clímaco, que vivía en el siglo VI, nunca se ha oído que los pecados cuya confesión se ha hecho en el tribunal de la Penitencia hayan sido divulgados. Así lo ha permitido Dios, a fin de que los pecadores no se apartasen de la confesión, y no se viesen privados de la única esperanza de salvación que les queda. (Vit. Patr.).
En los siglos VII, VIII, IX y X, hallamos pruebas ciertas de la existencia de la confesión auricular. En el siglo XI, dice S. Anselmo: Descubrid fielmente a los Sacerdotes, con una humilde confesión, todas las manchas de la lepra que lleváis en vuestro interior, y quedaréis purificados. (Homil, in decem lepr.). Poco más tarde, S. Bernardo habla así: ¿De qué sirve declarar parte de nuestros pecados y callar otros? ¿No lo conoce todo Dios? ¡Qué! ¡os atrevéis a ocultar algo al que ocupa el lugar de Dios en un tan grande Sacramento! (Opusc. in septem grad. Confess.)

En todas las épocas, desde Jesucristo hasta nuestros días, la existencia de la confesión auricular está atestiguada de una manera irrecusable......

La confesión auricular y sacramental ha subsistido y subsistirá siempre, porque es de creación divina; la confesión pública, que era de origen eclesiástico, ya no tiene lugar, porque ya no existen las razones que la habían hecho establecer......


Cuando Jesucristo vino a la tierra, dice el autor de las Recherches, etc., ya encontró la confesión establecida, y al imponer a sus discípulos la obligación de confesarse, no dio una ley nueva, no hizo más que confirmar y perfeccionar una ley ya existente. Así como elevó el rito del matrimonio a la dignidad de Sacramento, de la misma manera eleva a semejante dignidad el rito de la confesión. Unió a la confesión gracias especiales, haciéndola parte esencial del sacramento de la Penitencia. Esto explica como el precepto de la confesión no excitó ningún murmullo, ni entre los Judíos, ni entre los Gentiles: estaban ya acostumbrados a ella, y nada les parecía más natural: una tradición constante y universal les hacía sentir su necesidad indispensable.

“TESOROS”
DE
CORNELIO Á LÀPIDE.


miércoles, 17 de julio de 2019

CONFESIÓN.




Divinidad De la confesión.

El día de la resurrección, Jesucristo se presentó en medio de sus discípulos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y les, repitió: La paz sea con vosotros. Así como mi Padre me envió, así os envió yo también a Vosotros. Y después que hubo pronunciado estas palabras, alentó hacia ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonáreís; y quedan retenidos a los que se los retuviereis.


Cuenta S. Mateo que Jesucristo dijo a sus discípulos: Os empeño mi palabra, que todo lo que atáreis sobre la tierra, será ese mismo atado en el cielo; y todo lo que desatáreis sobre la tierra, será eso mismo desatado en el cielo.

De aquí se infiere que para perdonar o retener los pecados, para; atar o desatar las conciencias, es necesario conocer las fallas que se han cometido. Y ¿cómo conocerlas sin la confesión? ....
Las palabras formales de Jesucristo establecen la confesión del modo más claro y más evidente; esta, por consiguiente, es divina....

Por esto S. Pablo, escribiendo a los de Corinto, les dice: Dios nos ha confiado el ministerio de la reconciliación:(II, 18). Y él es el que nos ha encargado a nosotros el predicar la reconciliación: (II. Cor., 19).


Si la confesión no reconociera una fundación divina, nadie se confesaría. El uso de la confesión prueba la divinidad de su origen La confesión es un dogma católico fundado en palabras precisas de Jesucristo: es la creencia de toda la Iglesia, de todos los siglos, de todos los Padres, de todos los Concilios, de todos los Teólogos y de todos los Santos......

Hasta el mismo famoso Voltaire dice: La confesión es una institución divina que sólo ha tenido principio en la misericordia infinita de su Autor; la obligación de arrepentirse se remonta al día en que el hombre fué culpable; mas, para manifestar arrepentimiento, es preciso empezar por declarar los pecados.



“TESOROS”
DE
CORNELIO Á LÀPIDE.



domingo, 7 de julio de 2019

DE LAS DISPOSICIONES NECESARIAS PARA ENTRAR EN RELIGIÓN—Por San Alfonso María de Ligorio.




   El que se siente llamado por Dios a una religión observante (y digo observante, porque mejor sería permanecer en el mundo que entrar en una Orden relajada) no debe olvidar que el fin e instituto de toda religión observante es seguir de cerca, y en cuanto lo consienta nuestra flaqueza, las huellas y ejemplos de la vida sacrosanta de Jesucristo, el cual llevo en el mundo vida de mortificación y desprendimiento, cargada de trabajos y desprecios. Por consiguiente, el que se decide a entrar en una religión observante es menester que también se determine a padecer y negarse a sí mismo en todas las cosas, como lo declara el mismo Jesucristo a los que quieren entrar a su servicio: Si alguno quiere venir en pos de mí, dice, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga (Mt. 16, 24). El que desee entrar en religión debe estar persuadido de que ha de padecer y sufrir mucho, porque de lo contrario se expone, una vez en religión, a dejarse vencer de la tentación cuando sienta caer sobre sus hombros todo el peso de la vida pobre y mortificada que se lleva en el claustro.

   Muchos hay que, al entrar en una religión observante, no se acuerdan de buscar en ella la paz de la conciencia y la santidad de vida, y solo se detienen pensando en las ventajas de la vida común, como la soledad, el descanso, el alejamiento y desembarazo de los parientes, al verse libre de los pleitos y otros cuidados, y, finalmente, de no tener que preocuparse de la casa, del alimento y de los vestidos.

   Sin duda que el religioso debe estar muy agradecido a su instituto, porque se libra de mil cuidados y le proporciona tantos medios de servir a Dios con mucha paz y perfección, suministrándole innumerables medios de adelantar cada dia en la virtud, como son los buenos ejemplos que recibe de sus hermanos de religión, los avisos de los Superiores, que se desvelan por su espiritual aprovechamiento, y los ejercicios espirituales, tan a propósito para alcanzar la salvación.

   Todo es muy cierto; pero, esto, no obstante, si se quiere no perder tantos provechos y ventajas, hay que abrazarse generosamente con todos los trabajos y padecimientos inherentes a la vida religiosa; y el que no los acepta con amor y generosidad, se verá privado de aquella paz y pleno contento que Dios tiene reservados para los que por complacerlo se vencen y mortifican. Al que venciere, dice, le daré a gustar el maná escondido. (Apocalipsis, 2, 17). Porque la paz que Dios da a gustar a sus leales servidores esta oculta a las miradas de las gentes del mundo, y por eso, al ver la vida mortificada que llevan, lejos de envidiar su suerte les tienen lástima y los llaman desventurados, por no encontrar placer en la vida. “Estos tales, dice SAN BERNARDO, ven la cruz, pero no ven el óleo que suaviza su peso; ven que los siervos de Dios se mortifican, pero no aciertan a comprender los gustos y contentos con que el Señor los regala”.

   No hay duda de que padecen las almas que se dedican a la piedad; pero también es cierto que, como dice SANTA TERESA, “cuando uno se determina a padecer, está acabado el trabajo”. Abrazándose con ellas, las mismas penas se convierten en francas alegrías. Cierto dia dijo el Señor a Santa Brigada: “Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas; basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras”. Y ¿Quién acertará a comprender, sino el que las prueba, las inefables delicias que Dios da a gozar a sus escogidos en la oración, en la comunión, en la soledad? ¿Quién podrá rastrear las luces interiores, los grandes incendios de amor, los tiernos abrazos, la paz de la conciencia y los gustos anticipados del cielo que da el Señor a las almas, sus amantes?

   “Vale más, dice SANTA TERESA, una gota de celestial consuelo que un mar de alegrías y placeres mundanos”. Nuestro Dios, que por naturaleza es agradecido, aun en este valle de lágrimas sabe dar a gustar por anticipado algo de las dulzuras de la gloria a los que padecen por complacerlo, que de esta suerte se cumplen aquellas palabras de David: Qui fingis laborem in precepto. Al darnos a la vida interior nos exige el Señor que estemos dispuestos a soportar toda suerte de angustias, de trabajos y hasta la misma muerte, y al parecer solo nos convida con fatigas y sinsabores, y en realidad no es así, porque basta entregarse del todo a Dios para que la vida espiritual traiga consigo al alma aquella paz que, como dice San Pablo, sobrepuja a todo encarecimiento (Fil. 4, 7), y que vence a la que el mundo puede brindar a los mundanos. Y la experiencia atestigua que los religiosos viven más felices en sus pobres celdas que los monarcas en sus regias moradas. Gustad y ved, dice el Salmista, cuan suave es el Señor. (Sal. 33, 9). El que no lo experimente no lo acertara a comprender.

   Con todo, hay que convencerse de que no gozará jamás de paz verdadera el que al entrar en religión no se determina a padecer y a vencerse en todo lo que contraría a la naturaleza. Al que venciere, dice el Señor, le daré a gustar maná escondido. El que desee entrar en una religión observante no gozara de paz verdadera si no está determinado a vencerse en todo, a purificar su corazón de todas sus malas inclinaciones y a desear lo que Dios quiere y como Dios lo quiere.

   Por consiguiente, debe desprenderse de todo, y señaladamente de cuatro cosas:

1ª, de las comodidades;

2ª, de los parientes;

3ª, de su propia estima; y

4ª, de su propia voluntad.


LA VOCACIÓN RELIGIOSA”
“Editorial ICTION” Bs. As. Argentina. Año 1981.

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viernes, 14 de junio de 2019

LA VIUDA CRISTIANA.




Por San Francisco de Sales.




Querida Hermana mía, me ha venido a la memoria que los doctores señalan como la virtud más propia de las viudas la santa humildad. Las vírgenes tienen la suya, los apóstoles, mártires, doctores, pastores, cada uno la suya, como el orden de sus caballerías, y todos han debido tener la humildad, pues no habrían sido exaltados, si antes no hubieran sido humillados. Pero a las viudas pertenece sobre todo la humildad; pues ¿Qué puede henchir a la viuda de orgullo? Ya no tiene su integridad…, ni lo que confiere el más alto precio a este sexo según la estima de este mundo; ya no tiene a su marido, que era su honra y de quien ha tomado el nombre. ¿Qué le resta para gloriarse sino Dios? ¡Oh, gloria bienaventurada! ¡Oh corona preciosa!

   En el jardín de la iglesia, las viudas son comparables a las violetas; flores pequeñitas y bajas, de un color nada llamativo, de olor poco penetrante, pero que son, sin embargo, maravillosamente suaves. ¡Oh, qué hermosa flor es la viuda cristiana! Pequeña y baja por la humildad, ya no es llamativa a los ojos del mundo, pues los rehúye y no se prepara ya para atraer su mirada. ¿Para qué desearía los ojos de los que ya no quiere el corazón? El Apóstol manda a su querido discípulo que honre a las viudas que son realmente viudas. Y ¿quiénes son las viudas que son realmente viudas, sino las que lo son de corazón y de espíritu, es decir, las que no tienen su corazón desposado con ninguna criatura?



Carta a Juana de Chantal

(1 de noviembre de 1604). 

miércoles, 12 de junio de 2019

LA CONFESIÓN. (A LOS SACERDOTES).




Por San Francisco de Sales.


   En principio, antes de examinar la conciencia ajena, el confesor ha de examinarse a sí mismo: “Tened una gran limpieza y pureza de conciencia, ya que pretendéis limpiar y purgar las de los demás, para que el viejo refrán no os sirva de reproche: ‘Médico, cúrate a ti mismo’; y las palabras del apóstol: ‘Cuando juzgas a los demás, te estás condenando a ti mismo’. Si, pues, cuando os llaman para confesar os encontráis en estado de pecado mortal (Dios no la quiera), PRIMERO DEBEIS IR VOSOTROS A CONFESAROS Y A RECIBIR LA ABSOLUCIÓN…”.

   Una segunda recomendación define el estado de espíritu en que ha de encontrarse el medico de almas: “Desead ardientemente la salvación de las almas, y especialmente de las de cuantos acuden a la penitencia, rogando a Dios que tenga a bien cooperar en su conversión y progreso espiritual”.

    Bondad paternal, prudencia de médicos: estas dos advertencias recomendadas a los confesores se completan con algunas alusiones precisas al estado de ánimo o a los estados de espíritu de los penitentes, tales que nos dejan intuir la larga y rica experiencia del maestro espiritual. De hecho, se podría decir que en sus recomendaciones se dibuja, por así decir, una larga procesión de seres humanos, sufrientes, desamparados, perdidos, en busca de un amor que les acoja y les reconcilie consigo mismo:

   “Recordad que los pobres penitentes, desde el comienzo de su confesión, os llaman padre y que, en efecto, debéis cultivar un corazón paterno, acogiéndolos con sumo amor, soportando con paciencia su tosquedad, ignorancia, debilidad, lentitud y otras imperfecciones, sin cansaros nunca de ayudarlos y socorrerlos, mientras quede en ellos esperanza de enmendarse. Seguid el consejo de san Bernardo, que dice que los pastores no deben preocuparse de las almas fuertes, sino de las flacas y débiles…  

   Tened la prudencia de un médico, porque también los pecados son enfermedades y heridas espirituales, y considerad atentamente la disposición de vuestro penitente… Así pues, si le veis atormentado por el oprobio y la vergüenza, transmitidle seguridad y confianza mostrándole que tampoco vosotros sois ángeles, no más que él; que no os extraña el que los hombres pequen; que la confesión y la penitencia hacen infinitamente más digno al hombre, que reprobable le había vuelto el pecado…, que los pecados, en la confesión, son sepultados ante Dios y el confesor, de suerte que ya no serán nunca recordados…

   Si le veis dominado por el miedo, abatido y desconfiando de obtener el perdón de sus pecados haced que recupere el ánimo, mostrándole el inmenso gozo que le produce a Dios la penitencia de los grandes pecadores…; que los más grandes santos han sido grandes pecadores: san Pedro, san Mateo, María Magdalena, David, etc.; y, finalmente, que el mayor agravio que podemos hacer a la bondad de Dios y a la muerte y pasión de Jesucristo es no tener confianza en que obtendremos el perdón de nuestras iniquidades”. (Oeuvres complètes, Visitación de Annecy 1892-1964).

martes, 7 de mayo de 2019

MEDITANDO CON SAN AGUSTÍN: NECESIDAD DE LA PENITENCIA.




   Toda culpa, grave o leve, tiene que ser necesariamente expiada, o por la penitencia o por el castigo divino. El arrepentimiento es ya un castigo. Castiga, pues, tus pecados si buscas la misericordia de Dios. No hay medio: o los castigas tú o los castigará El. ¿Quieres que no los castigue Dios? Castígalos tú.


1º La penitencia es la medicina de nuestros pecados.


   Muchos hay que no se avergüenzan de pecar y, en cambio, se avergüenzan de hacer penitencia. ¡Qué locura! ¡No tienes pudor por tu llaga y te avergüenzas de la venda! ¿Acaso no es más repugnante la llaga cuando se muestra descubierta? Corre, pues, en busca del médico.

   Muy conveniente hubiera sido para ti observar las prescripciones del médico cuando estabas sano, a fin de no necesitar sus servicios. Mucho mejor aún gozar siempre de buena salud. Pero ya que por abandono y a causa de tus abusos e intemperancias has caído enfermo, atiende al menos ahora los consejos del médico, a fin de poder salir del estado en que te postró la culpa.


2º Dios es quien cura nuestras heridas, cuando las confesamos por la penitencia.


   Vete en busca del médico, no te avergüences. Cuanto mayor es la llaga de tu corazón, con tanto más anhelo debes buscar al médico.

   Sea Dios quien vende tus llagas, no tú; si por vergüenza pretendes ocultarlas tú, no te las curará el médico. El médico es el que debe vendarlas y curarlas con sus medicamentos. Cuando es el médico el que venda las llagas, se curan. ¿Y a quién tratas de ocultarlas? ¡Al que lo sabe todo!

   Los fariseos, que se tenían por justos, reprendían al Señor, que venía como médico, porque se mezclaba con los enfermos, y decían: «¡He aquí con quiénes come vuestro Maestro: con los pecadores y publicanos!» El médico respondió, dirigiéndose a los enfermos: «Los sanos no tienen necesidad del médico, los que le necesitan son los enfermos; y yo he venido no para llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt. 11, 12).

   Que fue como decir: «Porque vosotros os vanagloriáis de vuestra justicia, cuando en realidad sois pecadores, y blasonáis de salud, estando enfermos, por ello rechazáis la medicina y no conseguís la salud».



3º María Magdalena, la pecadora, ejemplo maravilloso de penitencia.


   Y así también, el fariseo que había invitado a comer al Señor se creía sano; por el contrario, aquella mujer enferma, que entró en su casa sin estar invitada, y a quien el deseo de salud hizo aparecer descortés, se acercó al Señor, y no lo hizo a la cabeza o a las manos, sino a los pies, que lavó con sus lágrimas y enjugó con sus cabellos, besándolos y ungiéndolos; y de este modo volvió a los pasos del Señor aquella pecadora.

   El fariseo, que estaba sentado a la mesa y se creía sano, tomó de esto motivo para decir consigo mismo: «Si éste fuera profeta, sabría qué mujer es la que toca sus pies».

   La duda de que la conociera provino de que no la rechazó al tocarle con sus manos impuras; el Señor, sin embargo, la conocía bien, y permitió que le tocara para que con su contacto sanase. Entonces el Señor, que leía también en el corazón del fariseo, le propuso una parábola:

   «Cierto acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de ellos le amará más? Respondió Simón: Me parece que aquel a quien se perdonó más. Volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Yo entré en tu casa y no me has dado agua con que lavar mis pies; ésta, en cambio, los ha lavado con sus lágrimas y enjugado con sus cabellos. Tú no me has dado el ósculo de paz; pero ésta, desde que llegó, no ha cesado de besar mis pies. Tú no has ungido con óleo mi cabeza; mas ésta ha derramado sus perfumes sobre mis pies. Por todo lo cual te digo que le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. En cambio, ama menos aquel a quien menos se le perdona» (Lc. 7, 41).


    Que fue como decirle: «Tú estás más enfermo que ésta y te juzgas sano; crees que tienes poco de qué pedir perdón, cuando eres más deudor que ella».

   ¡Oh fariseo, que invitas al Señor y te ríes de él! Das de comer al Señor y no sabes de quién debes alimentarte tú.

   ¿De dónde sabes que Jesús no conoce a esa mujer? Crees que lo ignora porque le permite acercarse a él, porque consiente que le bese los pies, que se los seque y que se los unja. ¿No debió permitir que hiciera esto en los pies limpios la mujer manchada?

   Si en vez de acercarse a los pies de Cristo, la pecadora se hubiera acercado a los pies del fariseo, es indudable que le hubiera dicho lo que en labios de los soberbios pone el Profeta: «Apártate de mí y no me toques, porque estoy limpio» (Is. 65, 5).

  Pero esa mujer inmunda se acercó al Señor, y se retiró purificada; se acercó enferma, y se retiró sana; se acercó confesando sus delitos, y se retiró de allí haciendo profesión de fe.



4º Aplicación del caso de María Magdalena a cada una de nuestras almas.


   Si quieres verte libre, por la gracia del Señor, de tus numerosos y grandes pecados, y deseas purificarte en la Iglesia de tu inmunda prostitución, cree, acércate a los pies de Jesús, busca sus huellas, riégalos con tus lágrimas, y límpialos con tus cabellos.

   Los pies del Señor son los predicadores del Evangelio. Los cabellos de la mujer, los bienes superfluos. Limpia, pues, los pies de Jesús, sécalos totalmente, haciendo obras de misericordia, y después de secarlos, bésalos; recibe la paz y conseguirás la caridad.

   No te avergüences; haz penitencia. El corazón contrito será curado; el soberbio será burlado. Por tanto, obtendrás la salud si tu corazón está contrito. El Señor sana a los contritos y a los humildes de corazón, da su gracia a los arrepentidos, a los castigadores de sí mismos y a todos los que se juzgan con severidad, a fin de conseguir su misericordia.

   No te avergüences de manifestar tu contrición; humíllate; es a los humildes a quienes cura el Señor. Si tú no ocultas nada, será el Señor quien lo oculte. Si recusas humillarte confesando tu iniquidad, serás humillado bajo el peso de la mano de Dios. Es necesario que confieses tu debilidad si deseas acercarte a la divinidad.

   Busca el remedio en tu Redentor. El unirá las partes rotas y vendará las fracturas, dándote al mismo tiempo la salud. De este modo te resultará posible lo que al presente te parece imposible. Arrójate en los brazos del Señor; no temas que él se retire y caigas; abandónate con confianza, que Él te recibirá y te sanará.



Afectos y súplicas.


   ¡Oh Señor! Ya que no he querido obedecerte a ti, mi médico, para no enfermar, que te obedezca para verme libre de la enfermedad. Tú, como médico, me has dado prescripciones cuando estaba sano, para no tener necesidad del médico. Cuando gozaba de salud, desprecié tus prescripciones, tocándome la triste suerte de tener que experimentar la miseria a que he sido reducido por haber despreciado tales avisos. He empezado a enfermar, y ahora en medio de mis sufrimientos, tendido en el lecho del dolor, no desespero. Siendo yo impotente para acudir al médico, tú, Señor, te has dignado venir a mí; no quisiste abandonarme enfermo, a pesar de que sano te había despreciado.

   Y aún más, has seguido dando prescripciones para que no desfallezca el que no quiso sujetarse a las que le dieron para que no enfermara. Aquel menosprecio fue el principio de mi mal, y ahora no puedo sanar sin beber el amargo cáliz, el cáliz de las tentaciones en que abunda la vida, el cáliz de las tribulaciones, de las angustias, de los padecimientos.

   «Bebe, me dijiste, bebe para que puedas seguir con vida». Y para que no te respondiera, presa ya de gran languidez: «No puedo, no lo soporto, no bebo», bebiste primero tú, siendo el médico y sano, a fin de que me animara yo, enfermo, a beber también.

   ¿Qué amargura hubo en aquel cáliz que no bebieras tú? Si son amargos los dolores, tú fuiste atado, y azotado, y crucificado. Si es amarga la muerte, también tú pasaste por ella. Si mi flaqueza se estremece ante la muerte, nada había entonces tan ignominioso como la muerte de cruz.

   ¿Qué habría sido de mí sin tu socorro? ¡Grande habría sido mi desesperación, si tú no me hubieses curado! ¡En verdad que era bien triste mi situación, si tú no hubieras venido! Tu misericordia se ha adelantado conmigo. Todo lo que soy, lo debo a tu misericordia.



¿Esperas a hacer penitencia para cuando estás en trance de muerte? La experiencia testifica que muchos han muerto con la esperanza de reconciliarse. Si difieres el hacer penitencia para el tiempo en que no puedas pecar, no serás tú el que dejas los pecados, sino ellos los que te dejan a ti. San Agustín



Poco importa separarse del pecado si no te ocupas de reparar el pasado, según está escrito en el Eclesiástico: «Hijo, ¿pecaste? Pues no vuelvas a pecar». Y para que no se considere seguro con esto, añade: «Ruega por tu pasado para que se te perdone». Aírate contra ti mismo por tus pecados pasados y deja ya de pecar. San Agustín



Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora.
Moreno, Pcia. de Buenos Aires.