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sábado, 21 de febrero de 2026

ELIGE TU VIDA

 



«Bienaventurado el varón que tiene en la ley del Señor su complacencia» (Sal. 1, 1-2).



— Exhortando Moisés al pueblo de Israel a ser fiel a Dios, le coloca delante de una gran alternativa: o amar al Señor, cumplir sus mandamientos y así alcanzar sus bendiciones, o volverse atrás siguiendo otros dioses y preparándose por lo tanto a encontrarse con las maldiciones divinas. «Os pongo delante de la vida y de la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás» (Dt 30, 19). Sólo Dios es el «viviente», la fuente de la vida y sólo quien le escoge, a él y a su palabra escoge la vida y de esta vida vivirá. No basta una elección hecha una vez para siempre, debe ser una elección que se renueva y se vive día a día, tanto en las circunstancias más especiales como en las más sencillas; todo tiene que ser visto, meditado y elegido a la luz de la fe, en relación con Dios, en armonía con su palabra.

   La debilidad humana por una parte y las preocupaciones de la vida cotidiana por otra apartan frecuentemente al hombre de este empeño esencial; por eso la Iglesia durante la Cuaresma invita a todos a recogerse más profundamente, a escuchar con más frecuencia la palabra de Dios, a una oración más intensa, para que cada uno examine su comportamiento y procure siempre conformarlo más a la ley, a la voluntad del Señor. La Cuaresma debe ser una época de verdaderos ejercicios espirituales orientados a la revisión y a la reforma de la vida, que dispongan a celebrar con mayor pureza y fervor el misterio pascual en el que culmina y se cumple la obra de la salvación.

   Sería triste engañarse: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24). El cristianismo no admite componendas: no se puede elegir a Dios y al mismo tiempo seguir al mundo, condescender con las pasiones, fomentar el egoísmo, favorecer los malos deseos y la ambición. Quien vacila y no sabe colocarse totalmente de parte de Dios, del Evangelio, de Cristo, demuestra que no está firmemente convencido de que Dios es el único Señor digno de ser amado y servido con todo el corazón. Es necesario repensar aquellas palabras de la Escritura: «Escoge la vida para que vivas... amando al Señor tu Dios, obedeciendo su voz y adhiriéndote a Él porque en eso está tu vida» (Dt 30,20).


— Apenas había acabado Jesús de anunciar su pasión, cuando decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lc 9, 23). Antes había dicho de sí: «Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho y que sea rechazado... y sea muerto y resucite al tercer día» (Lc 9,22). De esta manera y por primera vez había revelado el Señor el misterio de su Pascua, de su paso del sufrimiento y de la muerte a la resurrección, a la vida eterna. Y este paso no lo puede esquivar ningún discípulo de Cristo: tomar la propia cruz y seguir a Cristo hasta morir con él y con él y en él después resucitar. Y éste es también el único modo de celebrar el misterio pascual no como meros espectadores sino como actores que participan en él personalmente, vitalmente. La cruz, las tribulaciones que siempre acompañan la vida del hombre, recuerdan al cristiano el único itinerario de la salvación y por lo tanto de la verdadera vida. «Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien perdiere su vida por amor de mí la salvará» (Lc 9,24). Quien se rebela contra la cruz, rechaza la mortificación, condesciende con las pasiones y pretende a toda costa llevarse una vida cómoda, placentera, va en busca del pecado y de la muerte espiritual. Quien por el contrario está dispuesto anegarse a sí mismo hasta sacrificar su propia vida gastándola con generosidad en el servicio de Dios y de los hermanos, aunque la perdiera temporalmente, la salvará para la eternidad. «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde y se condena?» (Lc 9,25).

   Elegir la vida es seguir a Cristo negándose a sí mismo y llevando la cruz. Pero no es la mortificación y la renuncia las que valen por sí mismas, sino el abrazarlas «por mí», ha dicho el Señor: abrazarlas por su amor, con deseo de hacerse semejantes a su pasión, muerte y resurrección. Esto es verdad no sólo pensando en la propia salvación eterna, sino especialmente como exigencia íntima del amor, que por su fuerza impulsa a con dividir del todo la vida de la persona amada. Si Jesús padeció, murió y resucitó por la salvación de todos los hombres, el cristiano ha de querer participar en su misterio para cooperar con él en la salvación delos hermanos.


   ¡Oh Señor!, yo era un necio y no sabía nada; era para ti como un bruto animal. Pero yo estaré siempre a tu lado, pues tú me has tomado de la diestra. Me gobiernas con tu consejo y al fin me acogerás en gloria.

   ¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, en nada me complazco sobre la tierra... Mi porción eres tú por siempre. Porque los que se alejan de ti perecerán... Pero mi bien es estar apegado a ti, ¡oh Dios mío! (Salmo 73, 22-28).

   Te elijo a ti, Dios mío; prefiero amarte, seguir tus caminos, guardar tus preceptos, mandatos y decretos, para vivir y crecer y para que tú me bendigas. Haz que mi corazón no se resista, que no me deje arrastrar a pros ternarme dando culto a dioses extranjeros. Quiero amarte, Señor, mi Dios, escuchar y obedecer tu voz, mantenerme pegado a ti, porque tú eres mi vida. (Cf. DEUTERONOMIO, 30, 16-20).


 ¡Oh Verbo, Cordero desangrado y abandonado en la cruz!..., tú dijiste: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y nadie puede ir al Padre sino por ti. Abre los ojos de nuestro entendimiento para que veamos... y nuestros oídos para escuchar la doctrina que nos enseñas...

   

   Tu doctrina es ésta: pobreza voluntaria, paciencia ante las injurias, devolver bien por mal; permanecer pequeños, ser humildes, aceptar ser pisoteados y abandonados en el mundo; con tribulaciones, persecuciones por parte del mundo y del demonio visible e invisible; con tribulaciones hasta por parte de la propia carne, la cual, como rebelde que es, se revela siempre contra su Creador y lucha contra el espíritu. Ahora bien, ésta es tu doctrina: llevarlo todo con paciencia y resistir al pecado con las armas del odio [contra el mal] y del amor.

   ¡Oh dulce y suave doctrina! Tú eres el tesoro que Cristo eligió para sí y legó a sus discípulos. Esta fue la mayor riqueza que pudo dejar... Haz que yo me vista de ti, ¡oh Cristo hombre!, es decir, de tus penas y oprobios; haz que no quiera deleitarme en otra cosa. (STA. CATALINA DE SIENA, Epistolario, 226)



TIEMPO DE CUARESMA

P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D

martes, 9 de diciembre de 2025

MARTIROLOGIO ROMANO DÍA 9 DE DICIEMBRE.

 

1.San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y fervor, que logró que se construyera un santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe, en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, en donde se le había aparecido la Madre de Dios. 





2. En Toledo, en España, santa Leocadia, virgen y mártir, insigne por la confesión de Cristo. 



3. En Pavía, de la provincia de Liguria, san Siro, primer obispo de la ciudad (s. IV). 




4. En Nazianzo, de Capadocia, santa Gorgonia, madre de familia, que fue hija de santa Nonna y hermana de san Gregorio el Teólogo y de san Cesáreo. Fue el mismo Gregorio quien escribió sus virtudes.




5. En el monasterio de Geneouillac, cerca de Perigueux, en la Galia, san Cipriano, abad, preclaro por el cuidado de los enfermos (s. VI). 






6. Cerca de Schonungen, a orillas del río Main, de Baviera, en Alemania, beato Liborio Wagner, presbítero y mártir, quien, eximio por su caridad, coronó con el derramamiento de su sangre la cura pastoral, tanto de católicos como de disidentes (1631). 




7. En Gray, de la Borgoña, en donde se había retirado al ser desterrado, tránsito de san Pedro Fourier, presbítero, que escogió para sí la pobrísima parroquia de Mattaincourt, en la Lorena, a la que sirvió admirablemente, y renovó los Canónigos Regulares del Salvador, así como fundó el Instituto de Canonesas Regulares de Nuestra Señora, para la educación gratuita de las niñas (1640). 




8. En Moricone, de la provincia de Sabina, en Italia, beato Bernardo María de Jesús (César) Silvestrelli, presbítero de la Congregación de la Pasión, el cual, elegido superior general, se empeñó con entusiasmo en su incremento y difusión (1911). 




9. En el lugar de Llombay, en la región de Valencia, en España, beato José Ferrer Esteve, presbítero de la Orden de Clérigos Regulares de las Escuelas Pías y mártir, el cual fue fusilado por odio al sacerdocio (1936). 



10. En el pueblo Picadero de Paterna, también en la región de Valencia, beatos Ricardo de los Ríos Fabregat, Julián Rodríguez Sánchez y José Giménez López, presbíteros de la Sociedad Salesiana y mártires, los cuales, en la persecución contra la fe, lucharon ardientemente por Cristo (1936). 



beatos Ricardo de los Ríos Fabregat, Julián Rodríguez Sánchez y José Giménez López, 

lunes, 8 de diciembre de 2025

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. —8 de diciembre.

 


   El 8 de diciembre de 1854 Pío IX definió oficialmente tan gran dogma, haciéndose fiel interprete de toda la tradición cristiana resumida en las palabras del Ángel: “Dios te salve, María, llena de gracia; el Señor es contigo, y bendita tú eres entre todas las mujeres”.

   Con toda verdad, pues, exclama el Verso del Aleluya: “Toda hermosa eres, María, y el pecado original no se halla en ti”. Como la aurora anuncia al día, así María precede al astro divino, que pronto iluminará a nuestras almas, y  se presenta primera en el ciclo litúrgico, como que ella es la que deberá introducir en él a su Hijo. Como gracia propia de esta fiesta de la Inmaculada, pidamos a Dios que nos sane y libre de todos los pecados, para que de ese modo, nos hallemos dispuestos a recibir en nuestros corazones a Jesús, cuando en ellos se presente el día de Navidad.

   Míranos cargados de culpas propias, Virgen sin mancilla, no consientas que los hijos sean tan disimiles de su madre, tan santa y tan pura.

   El párroco celebra hoy la Misa por sus feligreses.


   INTROITO


   Mucho me gozaré en el Señor, y se regocijará mi alma en mi Dios: porque me vistió el vestido de salud; y con mano de justicia me rodeo, como a esposa con sus joyeles (Salmo). Te ensalzare, Señor, porque me has amparado; y no has permitido que triunfen mis enemigos sobre mí. Gloria al Padre. Mucho me gozaré…


MISAL DIARIO
Católico Apostólico Romano —1962.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA.

 



 
   EL 8 DE DICIEMBRE de 1854, en el ejercicio de su poder pontificio de enseñar infaliblemente la verdad, Pío IX promulgó la bula “Ineffabilis Deus”, en la que expuso y definió como “doctrina revelada por Dios y que todos los fieles deben creer firme y constantemente, que la santísima Virgen María fue preservada de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio únicos que le concedió Dios todopoderoso en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano” . Esto significa que el alma de María, en el momento en que fue creada e infundida, estaba adornada de la gracia santificante.

   La gracia no toma posesión de los hijos de Adán sino hasta después del nacimiento. Se cree piadosamente que Jeremías y San Juan Bautista fueron santificados antes de nacer, pero después de haber sido concebidos. En el alma de María no existió jamás la mancha del pecado original. Doscientos cincuenta años antes de la definición de esta verdad, la universal Iglesia creía ya firmemente en la Inmaculada Concepción de María (naturalmente dicha verdad está implícita en el depósito de la fe).

   Estaba prohibido hablar en público contra la doctrina de la Inmaculada Concepción. Sin embargo, antes de la definición, no era todavía una doctrina “de fe”, como no lo era la de la Asunción de María antes de que fuese definida en 1950.

   Por ello, nada tiene de extraño que Alban Butler, al hablar de la “Concepción de la Bienaventurada Virgen María”, haya escrito que “es una creencia muy general, aunque no un artículo de fe, que (María) fue concebida sin mancha. Numerosos prelados y gran número de universidades católicas se han declarado vigorosamente en favor de esta doctrina, y varios Papas han prohibido severamente que se la impugne, se la discuta y se escriba contra ella. Sin embargo, está igualmente prohibido considerarla como doctrina de fe definida y censurar a quienes ‘creen lo contrario en privado’ .

   Alban Butler añade que basta con que la Iglesia haya favorecido abiertamente la doctrina de la Inmaculada Concepción para que, aquéllos que desean distinguirse por su fidelidad a la Iglesia se atengan a esa orientación. . . . “El respeto que debemos a la madre de Dios y el honor que debemos a su divino Hijo, nos mueven a pensar que ese privilegio conviene altamente a su santidad sin mácula.”

 Después de que Pío IX habló en 1854, las reservas mencionadas por Butler dejaron de existir. Actualmente, todo católico está obligado a creer como artículo de fe la doctrina de la Inmaculada Concepción.



   Según parece, desde muy antiguo se celebraba en Palestina una fiesta para conmemorar la concepción de María; pero no se afirmaba que hubiese sido concebida sin pecado original. No faltan razones para suponer que dicha fiesta tuvo su origen en la de la concepción de San Juan Bautista, que se celebraba ya a principios del siglo VII. Durante mucho tiempo, la expresión “Concepción de María” se empleaba para significar el momento en que María, por obra del Espíritu Santo, concibió al Verbo encarnado (fiesta de la Anunciación).

   Por ello, la nueva fiesta se llamó al principio la Concepción de Santa Ana. Con ese nombre y sin referencia alguna a la inmaculada Concepción, la fiesta pasó de Constantinopla a Sicilia y el sur de Italia en el siglo IX. (La fiesta ha conservado ese nombre en el oriente, aun entre los católicos bizantinos que siguen llamándola oficialmente “la concepción de Santa Ana, madre de la Madre de Dios”, y la celebran el 9 de noviembre (fecha original en el oriente). Naturalmente, se trata de la fiesta que nosotros llamamos de la Inmaculada Concepción. Las iglesias orientales disidentes no tienen una doctrina oficial sobre este punto; algunos teólogos defienden la Inmaculada Concepción, en tanto que otros la atacan. Probablemente el pueblo cree implícitamente en la Inmaculada Concepción. Se dice que la secta rusa de “Los viejos creyentes” profesaba formalmente esa doctrina. En el calendario litúrgico anglicano se lee el 8 de diciembre: “La Concepción de la Virgen María.”el primer vestigio claro de la fiesta de “ la Concepción de Nuestra Señora” , en el occidente, se encuentra en Irlanda en el siglo IX, dos siglos después en Inglaterra de donde se propagó a Germania, Francia y España. Dicha fiesta se celebraba el 8 de diciembre, lo cual pone de manifiesto la influencia oriental, ya que en Jerusalén y Constantinopla, así como en Nápoles, la fecha de la celebración era el 9 de diciembre.

   En occidente, lo mismo que en el oriente, la fiesta comenzó a celebrarse en los monasterios. Las dos primeras menciones de la festividad se encuentran en sendos calendarios de la abadía de New Minster de Winchester. La innovación encontró al principio cierta oposición; pero un discípulo de San Anselmo, el monje Eadmero, escribió un importante tratado sobre la concepción de Nuestra Señora, y un sobrino del santo arzobispo, llamado Anselmo como él, introdujo la fiesta de la Concepción en su abadía de Bury St. Edmund’s. Pronto adoptaron la fiesta las abadías de Saint Alban’s, Reading, Gloucester y otras. El prior de Westminster, Osberto de Clare, estaba en favor de la fiesta; pero algunos de los monjes estaban en contra. Finalmente, la fiesta fue aprobada por el sínodo de Londres de 1129. Por el mismo tiempo, la fiesta empezó a popularizarse en Normandia, aunque no sabemos si la costumbre provenía de Inglaterra, que estaba entonces ocupada por los normandos* o del sur de Italia.



   Hacia el año de 1140, la catedral de Lyon adoptó la fiesta. Con esa ocasión, San Bernardo desató una controversia teológica, que había de durar tres siglos, acerca del momento en que la Virgen María había recibido la gracia santificante. Sin embargo, en tanto que la opinión de los teólogos fluctuaba de un extremo al otro, la fiesta de la Concepción de María iba ganando terreno.

   En 1263, fue adoptada por todos los franciscanos, quienes se convirtieron en sus más ardientes defensores, en tanto que los teólogos dominicos se oponían generalmente a ella. En 1476, Sixto IV, que era franciscano, impuso la fiesta en la diócesis de Roma. La fiesta se llamaba entonces de la Concepción de la Inmaculada y no de la Inmaculada Concepción; pero, como lo hace notar acertadamente Butler, el objeto de la devoción de la Iglesia es la santificación de María y no simplemente el hecho de que haya sido concebida.

   En 1661, el Papa Alejandro VII declaró que la fiesta celebraba la inmunidad de María de toda mancha de pecado desde el momento en que su alma fue creada e infundida en su cuerpo, es decir desde el momento en que la Madre de Dios fue concebida. En 1708, Clemente XI impuso a toda la Iglesia de occidente la obligación de celebrar la Inmaculada Concepción como fiesta de precepto.



   Después de la solemne definición del dogma en 1854, la fiesta tomó el nombre de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Nueve años más tarde, fueron promulgados el oficio nuevo y la nueva misa. Desde entonces, aunque sería mejor decir desde antes, la devoción a la Inmaculada Concepción fue uno de los aspectos más difundidos de la devoción mariana. Francia se puso bajo su patrocinio y diez de las dieciocho diócesis de Inglaterra y Gales tuvieron a la Inmaculada Concepción como patrona principal. Ocho años antes de la definición del dogma, seis naciones de la América Latina habían adoptado a la Inmaculada Concepción como patrona, y el Concilio de Baltimore la declaró patrona de los Estados Unidos. En todo el mundo hay centenares de iglesias dedicadas a este privilegio de Nuestra Señora. 



VIDAS DE LOS SANTOS


DE BUTLER—  1965


domingo, 2 de noviembre de 2025

LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS. — 2 de noviembre.

 


    Después que la santa Iglesia en el día de ayer celebró la fiesta de todos los santos, hoy extiende su caridad, y ayuda con sus oraciones y sufragios a las almas del purgatorio. 

   Pues es dogma de fe que para poder entrar en el cielo, han de purificarse y acrisolarse las almas de los que murieron en gracia de Dios con pecados veniales, o sin haber satisfecho en vida enteramente por los mortales que cometieron, y cuanto a la culpa les fueron perdonados. Las obras con que podemos socorrerlas son tres:

  

—la primera y principal es el santo sacrificio de la misa;





—la segunda, la oración; 






—y la tercera, todas las obras penales con que se satisface a la divina justicia, como son la limosna, ayunos, penitencias, peregrinaciones, y cosas semejantes. 




 
  Además de estos modos con que las personas particulares socorren a las almas del purgatorio, el Sumo Pontífice concede indulgencias aplicables a ellas, no por vía de absolución, sino por modo de sufragio, y como dispensador del tesoro de la Iglesia, que son las obras y satisfacciones de Cristo y de los santos. Ganando por las benditas almas estas indulgencias, y haciéndoles otros sufragios, ejercitamos con ellas las obras de misericordia. 




   Porque damos de comer al hambriento, y de beber al sediento, aliviamos con nuestra caridad el hambre y la sed que aquellas santas almas tienen de Dios. 




   Consolamos al enfermo, porque mucho padecen las almas del purgatorio en aquel lugar de tormentos. 




   Rescatamos al cautivo, porque cautivas están en aquella cárcel de expiación, y las redimimos con indulgencias y limosnas. 





   Vestimos al desnudo, alcanzándoles de la bondad de Dios la vestidura nupcial y sin mancha, que han menester para entrar en el cielo. 






   Hospedamos al peregrino, rogando al Señor que por los méritos de Cristo les abra las puertas, de su palacio divino; y en fin, ¿no es mayor obsequio el llevar aquellas almas al eterno descanso del paraíso, que el dar a sus cuerpos sepultura? 





   Pero aunque nos debemos compadecer de todos los que están en el purgatorio; especialmente hemos de socorrer a nuestros deudos y amigos, a los padres e hijos, a los maridos y mujeres, a los hermanos carnales y otras personas, con quienes  tuvimos algún lazo más estrecho de sangre o amistad.


    Finalmente mucho mayor cuidado debemos poner en cumplir las obligaciones de justicia que pertenecen a ellos, ejecutando sus testamentos y mandas pías, y todo lo que dispusieron para bien de sus almas.





   Reflexión: Mientras que el Señor nos da tiempo, procuremos ajustar nuestra vida con la ley de Dios, y llorar nuestras culpas, y satisfacer por ellas en esta vida: aceptemos las tribulaciones, como de su bendita mano, en penitencia de nuestras culpas: y ayudemos a nuestros hermanos con las buenas obras que pudiéremos, para que salgan del purgatorio puros y afinados; y cuando gocen de Dios nos ayuden con sus oraciones y nos den la mano para llegar al puerto de salud, y gozar juntamente con ellos de la eterna bienaventuranza.




  

   Oración: Oh Dios, creador y Redentor de todos los fieles, concede la remisión de los pecados a las almas de tus siervos y siervas, para que consigan, por nuestras humildes súplicas, el perdón que siempre desearon. Que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.





FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA. 1946.