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sábado, 21 de febrero de 2026

EL TIEMPO DE CUARESMA

 



Se da el nombre de Cuaresma al período de oración y penitencia con que la Iglesia prepara a las almas para celebrar el misterio de la Redención.



    A los fieles, aun a los mejores, propone nuestra Madre la Iglesia este tiempo litúrgico como retiro anual que les brinde la ocasión de reparar todos los descuidos de otros tiempos, y volver a encender en su corazón la llama del fervor.

   A los penitentes, les llama la atención sobre la gravedad del pecado, inclina su corazón al arrepentimiento y a los buenos propósitos, y les promete el perdón del Corazón de Dios.

   Recomienda San Benito a sus monjes que durante este santo tiempo se entreguen a la oración acompañada de lágrimas de contrición. Todos los fieles, de cualquier estado y condición, hallarán en las Misas de cada día de Cuaresma las fórmulas más admirables de oración con que dirigirse a Dios, y que se adaptan a las aspiraciones y necesidades de cada uno.




Misterio del Tiempo de Cuaresma.



   No nos maravillemos de que un tiempo tan sagrado como el de Cuaresma esté lleno de misterios. La Iglesia, que lo ha dispuesto como preparación a la fiesta de Pascua, ha querido que este período de recogimiento y penitencia estuviera aureolado de señalados detalles, propios para despertar la fe de los fieles y sostener su perseverancia en la obra de expiación anual.

1º El número cuarenta y su significado.  En el período de Septuagésima hallamos el número septuagenario que rememora los setenta años de la cautividad de Babilonia, tras los que el pueblo de Dios, purificado de su grosera idolatría, debía ver de nuevo a Jerusalén, y allí celebrar la Pascua. Ahora la Iglesia propone a nuestra religiosa atención el número cuarenta, que al decir de San Jerónimo es propio siempre de pena y aflicción. Recordemos la lluvia de cuarenta días y cuarenta noches que Dios envió al arrepentirse de haber creado al hombre, y que anegó bajo sus olas al género humano, a excepción de una familia. Consideremos también al pueblo hebreo errante cuarenta años en el desierto, como castigo de su ingratitud.

   No es, pues, difícil comprender por qué el Hijo de Dios, encarnado para salvación del hombre, y queriendo someter su carne divina a los rigores del ayuno, haya elegido el número de cuarenta días para este solemne acto. La institución de la Cuaresma se nos presenta así en su majestuosa severidad, como medio eficaz para aplacar la ira de Dios y purificar nuestras almas.



Veamos, pues, en estos días, al conjunto de almas fieles que ofrecen al Señor irritado este amplio cuadragenario de expiación, y esperemos que, como en tiempo de Jonás, se digne una vez más ser misericordioso con su pueblo.


2º El Ejército de Dios.  Para lograr la regeneración que nos haga dignos de recuperar las alegrías santas del Aleluya, hemos de triunfar sobre nuestros tres enemigos: demonio, carne y mundo. Unidos al Redentor que, en la montaña, lucha contra la triple tentación y contra el mismo Satanás, debemos estar armados y velar sin tregua. Para sostenernos con la esperanza de la victoria y alentar nuestra confianza en el divino amparo, nos propone la Iglesia el Salmo 90, que incluye en el primer domingo de Cuaresma y del que toma cada día varios versículos en las diversas horas del Oficio.

   Quiere la Iglesia, pues, que contemos con la protección que Dios extiende sobre nosotros «como un escudo»; que nos protejamos bajo «la sombra de sus alas»; que en El confiemos, porque nos apartará de los «lazos del cazador infernal», que nos roba la santa libertad de los hijos de Dios; que estemos seguros del valimiento de los santos ángeles, nuestros hermanos, a quienes el Señor «ha ordenado que nos guarden en todos nuestros caminos»; ellos, testigos respetuosos del combate que el Salvador soportó contra Satanás, se le acercaron después de la victoria para servirle y honrarle.



3º Pedagogía de la Iglesia.  La Iglesia no se limita a darnos solamente una consigna contra las trampas del enemigo; sino que, alimentando nuestros pensamientos, presenta ante nuestros ojos tres grandes espectáculos que van a desarrollarse hasta la fiesta de Pascua, cada uno de los cuales nos produce emociones piadosas unidas a una instrucción solidísima.

   En la primera de estas escenas vamos a presenciar el desenlace de la conspiración de los judíos contra el Redentor; conspiración que empieza a urdirse desde ahora, pero que estallará el Viernes Santo, cuando veamos al Hijo de Dios alzado en el árbol de la Cruz.

   La dignidad, sabiduría y mansedumbre de la augusta Víctima, se nos muestran cada vez más sublimes y dignas de un Dios. El divino drama que empezó en el portal de Belén, irá desenvolviéndose hasta el Calvario; para seguirlo nos bastará meditar las lecturas del Evangelio que la Iglesia nos propone día tras día.

   En segundo lugar, recordándonos que la Pascua es para los Catecúmenos el día del nuevo nacimiento, volará nuestro pensamiento a aquellos primeros siglos del cristianismo en que la Cuaresma era la última preparación para los aspirantes al Bautismo.

   Daremos entonces gracias a Dios, que se dignó hacernos nacer en tiempos en que el niño ya no necesita aguardar a la edad madura para experimentar las divinas misericordias. Pensaremos asimismo en el conjunto de catecúmenos que, en nuestros días, aguardan la gran solemnidad del Salvador vencedor de la muerte, para bajar, como en tiempos antiguos, a la sagrada piscina y salir de ella con el nuevo ser de la gracia.

   Debemos, por último, pensar en aquellos penitentes públicos que, solemne-mente expulsados de la asamblea de los fieles el miércoles de Ceniza, eran, en el transcurso de la Cuaresma, objeto de la preocupación materna de la Iglesia, que debía admitirlos, si lo merecían, a la reconciliación el Jueves Santo.

   Nos acordaremos entonces con qué facilidad nos ha perdonado Dios maldades que, en siglos pasados, sólo se perdonaban tras duras y solemnes expiaciones. Pensando en la justicia del Señor que permanece inmutable, cualesquiera que sean los cambios introducidos en la disciplina por la condescendencia de la Iglesia, sentiremos más vivamente la necesidad de ofrecer a Dios el sacrificio de un corazón verdaderamente contrito, y de animar con sincero espíritu penitente las menguadas satisfacciones que ofrecemos a la Majestad divina.




Práctica del Tiempo de Cuaresma.



   ¡Qué disparatada es la ilusión de tantos cristianos que piensan ser irreprensibles, sobre todo al olvidar su vida pasada, o al compararse con otros, y que, satisfechos de sí mismos, no piensan ya en los pecados de otros tiempos! ¿Acaso, se dicen, no los han confesado sinceramente? La abstinencia les molesta, el ayuno se les presenta como incompatible con la salud, quehaceres y deberes del día. Incapaces siquiera de tener la idea de suplir por otras prácticas de penitencia las que la Iglesia prescribe, sucede que, insensiblemente y sin darse cuenta, dejan de ser cristianos.



1º Temor saludable.  Para no caer en tal ceguera, la Iglesia, durante las tres semanas pasadas, nos hizo aplicarnos a reconocer las dolencias de nuestra alma y sondear las heridas que el pecado nos ha causado. Hizo que resonaran en nuestros oídos las maldiciones lanzadas por Dios contra el hombre pecador, a fin de que tembláramos ante el recuerdo de las venganzas divinas. «El temor del Señor es el principio de la sabiduría»; y por habernos sentido sobrecogidos de miedo, se despertó en nosotros el sentimiento de la penitencia. Ahora debemos sentirnos dispuestos a hacer penitencia. Conocemos mejor la justicia y santidad de Dios, y los peligros que corre el alma impenitente; y para que el retorno de nuestra alma a Dios sea sincero y duradero, hemos roto con las vanas alegrías y futilidades del mundo. La ceniza ya ha sido impuesta en nuestras cabezas, y nuestro orgullo se ha humillado ante la sentencia de muerte que ha de cumplirse en nosotros.


2º Conversión del corazón.  El principio de la verdadera penitencia radica en el corazón, como nos lo enseña el Evangelio en los ejemplos del hijo pródigo, del publicano Zaqueo y de San Pedro. El corazón ha de romper en absoluto con el pecado, deplorarlo amargamente, concebir horror hacia él, y evitar las ocasiones. Es lo que la Escritura llama conversión. El cristiano debe, por lo tanto, ejercitarse durante la Cuaresma en la penitencia del corazón y considerarla como fundamento esencial de todas las demás prácticas propias de este santo tiempo.

EL HIJO PRÓDIGO


Pero a la contrición del corazón debe unirse necesariamente la mortificación del cuerpo; estos dos elementos son esenciales a la penitencia. El corazón del hombre ha elegido el pecado, y el cuerpo le ha prestado ayuda para cometerlo. Estando compuesto el hombre de uno y otro, ha de unirlos en el homenaje que tributa a DiosEl cuerpo ha de participar necesariamente de las delicias eternas o de los tormentos del infierno. No hay, por tanto, vida cristiana completa, ni tampoco expiación acabada, si ambos no participan en una y otra. Por eso la Iglesia nos advierte que no será aceptada la penitencia de nuestro corazón si no la unimos a la práctica exacta de la abstinencia y del ayuno.





3º Ejemplo de Cristo. — El mismo Enmanuel será el modelo de nuestra penitencia, mostrándose a nosotros, no ya en apariencia de aquel tierno Niño que adoramos en el pesebre, sino semejante al pecador que tiembla y se humilla ante la soberana majestad ofendida por nuestros pecados, y ante la cual se declara fiador nuestro. A efectos del amor que nos profesa, viene a alentarnos con su presencia y sus ejemplos.


   Vamos a dedicarnos durante cuarenta días al ayuno y a la abstinencia; Él, la inocencia personificada, va a consagrar el mismo tiempo a mortificar su cuerpo. Nos alejamos de placeres y sociedades mundanales; Él se retira de la compañía y vista de los hombres. Queremos nosotros acudir asiduamente a la casa de Dios, y darnos con mayor ahínco a la oración; Él pasará cuarenta días con sus noches conversando con su Padre en actitud suplicante. Nosotros repasaremos nuestros años en la amargura de nuestro corazón gimiendo y lamentando nuestros pecados; Él los va a expiar por el sufrimiento y llorarlos en el silencio del desierto, como si Él mismo los hubiera cometido.



   Apenas sale de las aguas del Jordán, santificándolas y fecundándolas, el Espíritu lo lleva al desierto. Antes de manifestarse al mundo, quiere Jesús darnos un magnífico ejemplo; y sustrayéndose a las miradas del Precursor y de la muchedumbre, dirige sus pasos al desierto. A corta distancia del río se levanta una escarpada montaña que las generaciones cristianas llamarán después «Monte de la Cuarentena». De su abrupta cresta se domina la llanura de Jericó, el curso del Jordán y el Mar Muerto, que recuerda la ira de Dios. Allí, al fondo de una gruta, va a cobijarse el Hijo del Eterno, sin más compañía que las alimañas. Jesús penetra sin alimento alguno para el sostén de sus humanas fuerzas; el agua misma que pudiera refrescarle no se halla en aquel desierto. Sólo se ve la desnuda piedra donde reposarán sus cansados miembros.



   Así, pues, el Salvador nos precede en la santa carrera de la Cuaresma, y la lleva a cabo ante nosotros para parar en seco con su ejemplo todos los pretextos, angustias y repugnancias de nuestra debilidad y orgullo. Aceptemos la lección en toda su amplitud, y comprendamos finalmente la ley de la expiación. Bajando de esa austera montaña el Hijo de Dios iniciará su predicación con esta sentencia que dirige a todos los hombres: «Haced penitencia, porque se acerca el Reino de Dios». Abramos nuestros corazones a esta invitación, para que el Redentor no se vea forzado a sacudir nuestra pereza con la amenaza escalofriante que profirió en otras ocasiones: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis».



(Extractos de El Año Litúrgico, de DOM PROSPER GUÉRANGER)


EL AYUNO QUE AGRADA AL SEÑOR.

 


«Mi sacrificio, oh Señor, es un espíritu contrito. Un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias» (Sal. 51, 19).



— « ¿A qué ayunar, si tú no lo ves? ¿A qué humillar nuestras almas, si no te das por entendido?» (Is 58, 3).De esta manera, siempre tan escrupuloso cumplidor del ayuno legal, levantaba el pueblo de Israel su voz, pretendiendo exigir unos derechos en fuerza de unas prácticas penitenciales que estaban vacías, de verdadero espíritu de piedad. Y la palabra del Señor respondía: «Ayunáis para mejor reñir y disputar y para herir inicuamente con el puño... ¿Es acaso así el ayuno que yo escogí?» (Is 58, 4-5). A través de la palabra del Señor la Iglesia adoctrina a sus hijos sobre el verdadero sentido de la penitencia cuaresmal: «inútilmente se quita al cuerpo el alimento si el espíritu no se aleja del pecado» (S. León M. 4 Sr. de Quadr.). Si la penitencia no lleva al esfuerzo interior que elimina el pecado y a practicar las virtudes no puede ser agradable a Dios, que quiere ser servido con corazón humilde, puro, sincero. El egoísmo y la tendencia a afirmar el propio yo impulsan al hombre a querer ser como el centro del mundo, pisoteando la ley de los derechos de los demás y trasgrediendo por lo tanto la ley fundamental del amor fraterno. Por eso cuando los hebreos se privaban del alimento, se acostaban con saco y ceniza, pero seguían maltratando al prójimo, fueron severamente recriminados por el Señor y sus actos penitenciales despreciados. Poco o nada vale imponerse privaciones corporales si uno después es incapaz de renunciar a los intereses propios para respetar y favorecer los del prójimo, dejar los puntos de vista personales para seguir los de los demás, si no se busca vivir pacíficamente con todos y soportar con paciencia los reveses que recibimos. La Sagrada Escritura señala con precisión que es la caridad lo que hace agradables los actos de penitencia: « ¿Sabéis qué ayuno quiero yo? Dice el Señor: partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano. Entonces brotará tu luz como aurora, y pronto germinará tu curación» (Is 58, 6-8). Así la luz de la buena conciencia resplandecerá delante de Dios y de los hombres y la herida del pecado será curada por un amor verdadero a Dios y a los hermanos.


— Un día los discípulos del Bautista, sorprendidos de que los seguidores de Jesús no observasen como ellos el ayuno, preguntaron: ¿Cómo es que tus discípulos no ayunan? Y Jesús les contestó: ¿por ventura pueden los compañeros del novio llorar mientras está el novio con ellos?» (Mt 9, 15). Para los hebreos el ayuno era señal de dolor, de penitencia; y se practicaba especialmente en las épocas de desgracia con el fin de alcanzar la misericordia de Dios o para manifestar el arrepentimiento de sus pecados. Pero ahora cuando el Hijo de Dios se encuentra en la tierra celebrando sus bodas con la humanidad, el ayuno parece un contrasentido: de los discípulos de Jesús es más propio la alegría que el llanto. El mismo Cristo vino a liberarles del pecado; por eso su salvación más que en las penitencias corporales está en la apertura total a la palabra y a la gracia del Salvador. Esto no quiere decir que Jesús haya desterrado el ayuno; antes bien, el mismo Jesús nos enseñó con qué pureza de intención debe ser practicado, huyendo de toda forma de ostentación externa que busque la alabanza de los demás: «Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre... y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 17-18). Y ahora el Señor dice a los discípulos del Bautista: «Pero vendrán días en que les será arrebatado el novio, y entonces ayunarán» (Mt. 9, 15). El festín de bodas, de que Jesús habla comparándose a sí mismo con el novio y a sus discípulos con los invitados, no durará mucho; una muerte violenta arrebatará al novio y entonces los invitados, sumergidos en el llanto, ayunarán. Sin embargo el ayuno cristiano no es sólo señal de dolor por la lejanía del Señor; es también señal de fe y de esperanza en él que se queda invisiblemente en medio de sus amigos, en la Iglesia, en los sacramentos, en la palabra y que un día volverá de manera visible y gloriosa. El ayuno cristiano es señal de vigilia, una vigilia alegre «en la bienaventurada esperanza de la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús» (Tit. 2, 13). El ayuno, como cualquier otra forma de penitencia corporal, tiene como fin realizar un desprendimiento más profundo de las satisfacciones terrenas, para que el corazón esté más libre y sea más capaz de saborear las alegrías de Dios y por lo tanto de la Pascua del Señor.


   Gracias te sean dadas siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todo poderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. Siguiendo su ejemplo, y fieles a su gracia, la fe de los que ayunan se alimenta, la esperanza se reaviva, la caridad se fortalece; porque él es, en verdad, el pan vivo que nutre para la vida eterna, y alimento que engendra la fuerza del espíritu. ¡Oh Dios!, tu Verbo, por el que fueron hechas todas las cosas, es, en efecto, alimento, no sólo para los hombres, sino también para los ángeles. Nutrido con sólo este alimento, Moisés, tu siervo, ayunó cuarenta días y cuarenta noches, absteniéndose de alimentos materiales, para hacerse más capaz de gustar tu inefable dulzura. Tanto fue así, que ni siquiera sintió el hambre del cuerpo, y se olvidó de los alimentos terrenos, porque le iluminaba la virtud de tu gloria y le nutría la palabra fecunda del divino Espíritu. ¡Ah, no nos dejes nunca a falta de este pan, del cual nos exhortas a tener siempre hambre, de este pan que es Jesucristo, nuestro Señor! (Sacramentario Gregoriano, de Liturgia, Cal. 74).

   ¡Oh Señor!, durante el tiempo del ayuno conserva despierta mi mente y reaviva en mí el saludable recuerdo de cuanto misericordiosamente hiciste en favor mío ayunando y rogando por mí... ¿Qué misericordia puede haber mayor, ¡oh Creador del cielo!, que la que te hizo bajar del cielo para padecer hambre, para que en tu persona la saciedad sufriese sed, la fuerza experimentase debilidad, la salud quedase herida, la vida muriese?... ¿Qué mayor misericordia puede haber que la de hacerse el Creador creatura y siervo el Señor? ¿La de ser vendido quien vino a comprar, humillado quien ensalza, muerto quien resucita? Entre las limosnas que se han de hacer, me mandas que dé pan al que tiene hambre; y tú, para dárteme en alimento a mí, que estoy hambriento, te entregaste a ti mismo en manos de los verdugos. Me mandas que acoja a los peregrinos, y tú, por mí, viniste a tu propia casa y los tuyos no te recibieron. Que te alabe mi alma, porque tan propicio te muestras a todas mis iniquidades, porque curas todos mis males, porque arrebatas mi vida a la corrupción, porque sacias con tus bienes el hambre y la sed de mi corazón. Haz que mientras ayuno, yo humille mi alma al ver cómo tú, maestro de humildad, te humillaste a ti mismo, te hiciste obediente hasta morir en una cruz. (SAN AGUSTIN, Sermón. 207, 1-2).  



                                                  TIEMPO DE CUARESMA


P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D

ELIGE TU VIDA

 



«Bienaventurado el varón que tiene en la ley del Señor su complacencia» (Sal. 1, 1-2).



— Exhortando Moisés al pueblo de Israel a ser fiel a Dios, le coloca delante de una gran alternativa: o amar al Señor, cumplir sus mandamientos y así alcanzar sus bendiciones, o volverse atrás siguiendo otros dioses y preparándose por lo tanto a encontrarse con las maldiciones divinas. «Os pongo delante de la vida y de la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás» (Dt 30, 19). Sólo Dios es el «viviente», la fuente de la vida y sólo quien le escoge, a él y a su palabra escoge la vida y de esta vida vivirá. No basta una elección hecha una vez para siempre, debe ser una elección que se renueva y se vive día a día, tanto en las circunstancias más especiales como en las más sencillas; todo tiene que ser visto, meditado y elegido a la luz de la fe, en relación con Dios, en armonía con su palabra.

   La debilidad humana por una parte y las preocupaciones de la vida cotidiana por otra apartan frecuentemente al hombre de este empeño esencial; por eso la Iglesia durante la Cuaresma invita a todos a recogerse más profundamente, a escuchar con más frecuencia la palabra de Dios, a una oración más intensa, para que cada uno examine su comportamiento y procure siempre conformarlo más a la ley, a la voluntad del Señor. La Cuaresma debe ser una época de verdaderos ejercicios espirituales orientados a la revisión y a la reforma de la vida, que dispongan a celebrar con mayor pureza y fervor el misterio pascual en el que culmina y se cumple la obra de la salvación.

   Sería triste engañarse: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24). El cristianismo no admite componendas: no se puede elegir a Dios y al mismo tiempo seguir al mundo, condescender con las pasiones, fomentar el egoísmo, favorecer los malos deseos y la ambición. Quien vacila y no sabe colocarse totalmente de parte de Dios, del Evangelio, de Cristo, demuestra que no está firmemente convencido de que Dios es el único Señor digno de ser amado y servido con todo el corazón. Es necesario repensar aquellas palabras de la Escritura: «Escoge la vida para que vivas... amando al Señor tu Dios, obedeciendo su voz y adhiriéndote a Él porque en eso está tu vida» (Dt 30,20).


— Apenas había acabado Jesús de anunciar su pasión, cuando decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lc 9, 23). Antes había dicho de sí: «Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho y que sea rechazado... y sea muerto y resucite al tercer día» (Lc 9,22). De esta manera y por primera vez había revelado el Señor el misterio de su Pascua, de su paso del sufrimiento y de la muerte a la resurrección, a la vida eterna. Y este paso no lo puede esquivar ningún discípulo de Cristo: tomar la propia cruz y seguir a Cristo hasta morir con él y con él y en él después resucitar. Y éste es también el único modo de celebrar el misterio pascual no como meros espectadores sino como actores que participan en él personalmente, vitalmente. La cruz, las tribulaciones que siempre acompañan la vida del hombre, recuerdan al cristiano el único itinerario de la salvación y por lo tanto de la verdadera vida. «Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien perdiere su vida por amor de mí la salvará» (Lc 9,24). Quien se rebela contra la cruz, rechaza la mortificación, condesciende con las pasiones y pretende a toda costa llevarse una vida cómoda, placentera, va en busca del pecado y de la muerte espiritual. Quien por el contrario está dispuesto anegarse a sí mismo hasta sacrificar su propia vida gastándola con generosidad en el servicio de Dios y de los hermanos, aunque la perdiera temporalmente, la salvará para la eternidad. «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde y se condena?» (Lc 9,25).

   Elegir la vida es seguir a Cristo negándose a sí mismo y llevando la cruz. Pero no es la mortificación y la renuncia las que valen por sí mismas, sino el abrazarlas «por mí», ha dicho el Señor: abrazarlas por su amor, con deseo de hacerse semejantes a su pasión, muerte y resurrección. Esto es verdad no sólo pensando en la propia salvación eterna, sino especialmente como exigencia íntima del amor, que por su fuerza impulsa a con dividir del todo la vida de la persona amada. Si Jesús padeció, murió y resucitó por la salvación de todos los hombres, el cristiano ha de querer participar en su misterio para cooperar con él en la salvación delos hermanos.


   ¡Oh Señor!, yo era un necio y no sabía nada; era para ti como un bruto animal. Pero yo estaré siempre a tu lado, pues tú me has tomado de la diestra. Me gobiernas con tu consejo y al fin me acogerás en gloria.

   ¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, en nada me complazco sobre la tierra... Mi porción eres tú por siempre. Porque los que se alejan de ti perecerán... Pero mi bien es estar apegado a ti, ¡oh Dios mío! (Salmo 73, 22-28).

   Te elijo a ti, Dios mío; prefiero amarte, seguir tus caminos, guardar tus preceptos, mandatos y decretos, para vivir y crecer y para que tú me bendigas. Haz que mi corazón no se resista, que no me deje arrastrar a pros ternarme dando culto a dioses extranjeros. Quiero amarte, Señor, mi Dios, escuchar y obedecer tu voz, mantenerme pegado a ti, porque tú eres mi vida. (Cf. DEUTERONOMIO, 30, 16-20).


 ¡Oh Verbo, Cordero desangrado y abandonado en la cruz!..., tú dijiste: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y nadie puede ir al Padre sino por ti. Abre los ojos de nuestro entendimiento para que veamos... y nuestros oídos para escuchar la doctrina que nos enseñas...

   

   Tu doctrina es ésta: pobreza voluntaria, paciencia ante las injurias, devolver bien por mal; permanecer pequeños, ser humildes, aceptar ser pisoteados y abandonados en el mundo; con tribulaciones, persecuciones por parte del mundo y del demonio visible e invisible; con tribulaciones hasta por parte de la propia carne, la cual, como rebelde que es, se revela siempre contra su Creador y lucha contra el espíritu. Ahora bien, ésta es tu doctrina: llevarlo todo con paciencia y resistir al pecado con las armas del odio [contra el mal] y del amor.

   ¡Oh dulce y suave doctrina! Tú eres el tesoro que Cristo eligió para sí y legó a sus discípulos. Esta fue la mayor riqueza que pudo dejar... Haz que yo me vista de ti, ¡oh Cristo hombre!, es decir, de tus penas y oprobios; haz que no quiera deleitarme en otra cosa. (STA. CATALINA DE SIENA, Epistolario, 226)



TIEMPO DE CUARESMA

P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D

martes, 9 de diciembre de 2025

MARTIROLOGIO ROMANO DÍA 9 DE DICIEMBRE.

 

1.San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y fervor, que logró que se construyera un santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe, en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, en donde se le había aparecido la Madre de Dios. 





2. En Toledo, en España, santa Leocadia, virgen y mártir, insigne por la confesión de Cristo. 



3. En Pavía, de la provincia de Liguria, san Siro, primer obispo de la ciudad (s. IV). 




4. En Nazianzo, de Capadocia, santa Gorgonia, madre de familia, que fue hija de santa Nonna y hermana de san Gregorio el Teólogo y de san Cesáreo. Fue el mismo Gregorio quien escribió sus virtudes.




5. En el monasterio de Geneouillac, cerca de Perigueux, en la Galia, san Cipriano, abad, preclaro por el cuidado de los enfermos (s. VI). 






6. Cerca de Schonungen, a orillas del río Main, de Baviera, en Alemania, beato Liborio Wagner, presbítero y mártir, quien, eximio por su caridad, coronó con el derramamiento de su sangre la cura pastoral, tanto de católicos como de disidentes (1631). 




7. En Gray, de la Borgoña, en donde se había retirado al ser desterrado, tránsito de san Pedro Fourier, presbítero, que escogió para sí la pobrísima parroquia de Mattaincourt, en la Lorena, a la que sirvió admirablemente, y renovó los Canónigos Regulares del Salvador, así como fundó el Instituto de Canonesas Regulares de Nuestra Señora, para la educación gratuita de las niñas (1640). 




8. En Moricone, de la provincia de Sabina, en Italia, beato Bernardo María de Jesús (César) Silvestrelli, presbítero de la Congregación de la Pasión, el cual, elegido superior general, se empeñó con entusiasmo en su incremento y difusión (1911). 




9. En el lugar de Llombay, en la región de Valencia, en España, beato José Ferrer Esteve, presbítero de la Orden de Clérigos Regulares de las Escuelas Pías y mártir, el cual fue fusilado por odio al sacerdocio (1936). 



10. En el pueblo Picadero de Paterna, también en la región de Valencia, beatos Ricardo de los Ríos Fabregat, Julián Rodríguez Sánchez y José Giménez López, presbíteros de la Sociedad Salesiana y mártires, los cuales, en la persecución contra la fe, lucharon ardientemente por Cristo (1936). 



beatos Ricardo de los Ríos Fabregat, Julián Rodríguez Sánchez y José Giménez López,