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viernes, 19 de octubre de 2018

CATECISMO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN.



LA TONSURA.

¿Cuál decís que es la preparación para los sacros Ordenes?
Se llama la tonsura, o prima tonsura, o tonsura clerical.


¿Por qué se llama así?
La palabra significa corte del cabello, y se llama prima, porque portándose en todos los Órdenes, antes de ellos se recibe por la vez primera; se dice clerical, porque tiene por objeto adscribir a la clerical milicia al que la recibe.




¿De qué modo se practica esa ceremonia?
El Concilio de Trento desea que se dé a los jóvenes de poca edad, para que desde temprano se vayan aficionando a las cosas sagradas e instruyendo en ellas. El Obispo empuñando unas tijeras, corta un puñado del cabello del joven que deja en un platillo diciendo aquellas palabras del Salmo: “El Señor es la parte de mi herencia”, para que entiendan la dichosa suerte que les cabe tomando a Dios por su herencia, y Dios a ellos por heredad por eso, dice San Gerónimo comienzan a llamarse clérigos, cuya voz significa suerte, porque son la suerte del Señor y el Señor es su suerte. Y luego se les rae la cabeza en forma circular o de corona aunque pequeña.


¿Y qué significa el cortar los cabellos?
Cortar el cabello, dice San Agustín es cortar de la mente los pensamientos terrenos y carnales. Y se raen los cabellos de la cabeza dice un Doctor, porque siendo la parte superior del hombre se entienda que debe mortificar las demasías de la propia voluntad, y los pensamientos y afectos superfluos acerca de las cosas de esta vida


— ¿Y la corona qué significa?
Cuatro significaciones pueden asignarse de ella. La primera es, que siendo la corona en figura circular que es la más perfecta, y no tiene principio ni fin, significa la perfección de la vida y de las obras que ha de tener el clérigo, y la continuación y perpetuidad de su consagración al divino servicio.


¿Cuál es la segunda significación?
La corona significa la realeza, porque a los clérigos conviene mejor el dictado que San Pedro dió á todos los fieles, de sacerdocio real; y así la corona es indicio, como dice Santo Tomás, de la eminencia del estado.


¿Y la tercera significación?
La corona es señal de triunfo, que se imponía a los vencedores; y así significa el triunfo adquirido en las batallas y pasiones, conforme aquello de San Pablo:
“No será coronado sino quien peleare legítimamente”.


Decid la última.
Como el clérigo en todos sus grados debe ser imitador de Nuestro Señor Jesucristo, la corona que lleva en la cabeza significa también la dolorosa corona de espinas que el Señor llevó en la suya sacratísima.


¿Y cuál debe ser el tamaño de esa corona?
Como a todos los clérigos les está mandado llevarla, en los tonsurados es  muy pequeña; algo más grande en los de órdenes menores,  mayor aún en los diáconos, más grande en los Presbíteros, y máxima en los Obispos, porque cada Orden pide mayor perfección, más completo renunciamiento, mayor victoria de las Pasiones, y más entera semejanza con Jesucristo crucificado.


¿Y gozan los tonsurados de algunos privilegios?
Conforme a las leyes de la Iglesia, mediante algunas condiciones, gozan del privilegio del foro, es decir de no poder ser llevados a los tribunales civiles; de la exención de ciertos tributos, y de no poder ser heridos o maltratados sin que el que lo haga quede sujeto a excomunión. En nuestros días casi el único privilegio que gozan es el de ser perseguidos y ultrajados por su divino Maestro a quien las sectas y los gobiernos persiguen con encarnizamiento. En Italia y en Francia los han sujetado al servicio de las armas, sin necesidad, y sólo por vilipendio.


“CATECISMO DEL ORDEN SACERDOTAL”
Y
DEL RESPETO DEBIDO A LOS SACERDOTES.
Por el Presbítero  D. Gabino Chávez (1895).


martes, 9 de octubre de 2018

CATECISMO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN.




— ¿De qué vais ahora a tratar y con qué fin?

Voy a tratar del Sacramento del Orden sacerdotal, diciendo de él cosas utilísimas y muy dignas de saberse por los simples fieles. Y aunque no les toque a ellos tan directamente este sacramento, como a los que por vocación le reciben, pero pues todos los ministerios a que el Orden habilita son en provecho de los fieles, y ellos gozan abundantemente de tan grandes beneficios, muy justo es que conozcan la fuente de donde proceden, que es este divino sacramento. Además, en los jóvenes puede despertar este conocimiento una santa vocación, y en los padres de familia servirles para desearla en sus hijos, y pedirlo a Dios, y saber dirigirla.


—Decid, pues, ¿qué es el sacramento del Orden?

Es uno de los siete sacramentos, instituidos por Dios en el que se da al hombre la gracia con cierta potestad para las cosas espirituales. El santo Concilio de Trento definió como de fe que es uno de los sacramentos, que en él se da el Espíritu Santo, que imprime Carácter, y que requiere la santa Unción. Todo esto es contra los herejes que niegan estas cosas, y han abolido en sus sectas este sacramento.


— ¿Qué es el carácter?

Una especie de sello en el alma que imprimen tres sacramentos: Bautismo, la Confirmación y el Orden, el cual es indeleble, durando aún en la otra vida, y haciendo que esos sacramentos no se puedan reiterar. Es indicio de potestad, y en el Orden la confiere sobre el Cuerpo real y místico de Cristo.

Bautismo.


Confirmación.


El Orden. 


— ¿Más por qué se llama Orden el sacramento de que tratamos?

Lo primero, por el grande orden y concierto que hay en la república y jerarquía eclesiástica fundada por este sacramento; lo segundo porque tiene sus diversos-grados u órdenes que deben recibirse gradual y ordenadamente; lo tercero porque causa el orden en el pueblo cristiano, dándole cabezas que le gobiernen y dirijan en lo espiritual, sin lo cual no podrá haber orden ninguno.


— ¿A qué llamáis jerarquía eclesiástica?

Jerarquía quiere decir sacro principado, y el Concilio de Trento ha definido de fe, que en la Iglesia católica hay una jerarquía instituida por ordenación divina, y que consta de Obispos, presbíteros y ministros; y que los Obispos son superiores a los presbíteros. Y esto contra los herejes, que han igualado a unos con otros, o los han suprimido del todo.


—Declarad más que cosa sea la jerarquía eclesiástica.

—Declarémoslo. Así como en el cielo estableció el Señor la jerarquía angélica ordenando tres grupos de ángeles, cada uno de los cuales comprende tres coros y subiendo de grado en grado de los Ángeles, los Arcángeles; de estos a los Principados, luego a las Virtudes, Potestades y Dominaciones; y de allí a los Tronos, Querubines y Serafines, así ha querido en la Iglesia, que es su reino en la tierra, establecer también nueve grados de ministros, que incluyendo la tonsura, preparación para las Ordenes, se llaman: Tonsurados, Ostiarios, Lectores, Exorcistas, Acólitos, Subdiáconos, Diáconos, Presbíteros y Obispos, llamados los siete primeros, Ministros, por el Concilio. Son pues nueve grados de ministros que constituyen la jerarquía eclesiástica, como los nueve coros de los ángeles constituyen la celeste jerarquía.


—Y en eso sólo semejan a los Ángeles.

—No solamente; sino que como en ellos, la jerarquía superior tiene el oficio más alto, de perfeccionar, la jerarquía media el de iluminar y la íntima el de purgar, así los Obispos deben ser perfectos, y perfeccionar a los otros, los sacerdotes iluminar con la doctrina, y los ministros purgar de varios modos.


—Más si se cuentan nueve ordenes, ¿no serán otros tantos sacramentos?

No son nueve, sino siete, porque la tonsura, no es orden, sino sólo ceremonia preparatoria para las órdenes, y el episcopado no es totalmente distinto del presbiterado; pero aunque sean siete, no son sino como partes integrantes de un todo único, y por eso no son muchos sacramentos sino uno sólo.


—Confieso no entenderlo aun enteramente.


Pues nos valdremos de ejemplos para declararlo: así como una escala que lleva a lo alto, compuesta de muchos grados o escalones, es no obstante, una, porque destinada a dar acceso a dicha altura, toda ella sirve como medio ordenado a ese fin; así los diversos órdenes, todos se dirigen como una escala al más alto que es el Presbiterado, y forman con él un solo sacramento.


— ¿Y por qué son siete órdenes, y no más?

Por la institución del Señor que así lo quiso; pero dicen los Doctores que estos siete grados del Orden, son como las siete columnas de la casa de la Iglesia que edificó la divina Sabiduría, y como los siete ojos del Cordero y de la piedra viva que es Cristo; como las sietes estrellas que están en su mano derecha y como los siete espíritus que andan por toda la tierra, dando noticia de su majestad y su gloria.


— ¿Y que indican esas comparaciones?

Que con los siete Ordenes se provee a la Iglesia de ministros que son como columnas que la sustentan; como ojos que la vigilan, como astros que la alumbran y como espíritus que la dan a conocer por todo el mundo.


— ¿Y cuáles son estas Órdenes y como se llaman?

—Hay cuatros menores: los del Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado y tres mayores que son el Subdiaconado, Diaconado y Presbiterado. El Obispo es la perfección del Presbítero, y la tonsura una ceremonia preparatoria de las Órdenes como ya dijimos.


— ¿Por qué se llaman mayores y menores?

Porque unos tienen funciones más dignas, y los otros menos, y al mismo tiempo los unos imponen mayores cargos y obligaciones que los otros, como se verá claramente tratando de ellos en particular, sin omitir lo concerniente a su preparación, o sea la tonsura.

“CATECISMO DEL ORDEN SACERDOTAL”
Y
DEL RESPETO DEBIDO A LOS SACERDOTES.
Por el Presbítero  D. Gabino Chávez (1895).


jueves, 27 de septiembre de 2018

VÍNCULOS ENTRE LA VIRGEN MARÍA Y EL SACERDOTE.




   María es llamada muy justamente Reina del Clero y Madre del Sacerdocio. Estos títulos le convienen muy verdaderamente, y en el sentido de la teología más rigurosa.

   No sólo Ella nos ha dado a Aquel que es de hecho el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, sino que además Ella nos lo ha dado en su misma condición de Sacerdote. Dios la llamó a colaborar en la ordenación sacerdotal de Jesucristo, de la cual dependen y participan todas las demás ordenaciones en la Iglesia, hasta el fin de los siglos.

   Por eso, en virtud de su ordenación sacerdotal, todo sacerdote contrae con la Santísima Virgen toda una serie de vínculos, que hacen que su sacerdocio, como el Sacerdocio católico en general, sea esencialmente mariano, y ello por cuatro motivos principales:

• primero, porque el Corazón de María es el templo donde se realiza toda ordenación sacerdotal;
• segundo, porque la Santísima Virgen colabora en toda ordenación sacerdotal;
• tercero, porque a la Santísima Virgen le compete formar a los candidatos al sacerdocio;
• y cuarto, porque a la Santísima Virgen le compete hacerlo víctima de su propio sacerdocio.


Para comprender convenientemente estos puntos, hay que recordar previamente que Nuestro Señor Jesucristo es constituido sacerdote por la Encarnación, y sólo por ella; es decir, que el sacerdocio no le compete en cuanto Dios, sino sólo en cuanto hombre, gracias a la naturaleza humana que recibió de María Santísima. Por esta naturaleza humana, Jesucristo pasa a ser de nuestra raza, y queda establecido como Mediador perfecto y único entre Dios y los hombres. Pues bien, de esta verdad se siguen las siguientes consecuencias:


1º La Santísima Virgen fue el Templo de la ordenación sacerdotal de Cristo.


   En efecto, la ordenación sacerdotal de Nuestro Señor Jesucristo se celebró en el purísimo seno de la Virgen María. Para esta ordenación divina se requería un templo santo, cuyo esplendor no quedase empañado por ninguna sombra. María fue el santuario virginal, amorosamente preparado por el Espíritu Santo, donde se celebró el rito inefable de la consagración de Jesús como Sumo Pontífice. Y como el sacerdocio católico no es sino una participación del sacerdocio de Cristo, forzoso es decir que también él encuentra su origen en el Corazón de la Madre de Dios.


Así, pues, mientras el sacerdote es ordenado en el templo material donde el obispo lo consagra, se halla también en el interior de otro templo, espiritual esta vez, que es el mismísimo seno de la Santísima Virgen; templo que supera al primero en hermosura, en tesoros de gracia, en amplitud, en recogimiento, en adoración, en alabanza de Dios.



2º La Santísima Virgen colaboró en la ordenación sacerdotal de Cristo.


   En efecto, María no fue un templo inerte, como un copón de metal precioso, o como una iglesia edificada con piedras materiales; Ella fue un santuario vivo, que cooperó libremente a esta sublime ceremonia. Dios quiso que María concurriese por su caridad a dar el Mediador al mundo. Al recibir la embajada del Ángel, Ella vio, en una luz profética, por medio de qué sacerdocio debía ser redimida la humanidad culpable; vio la perpetuidad de ese sacrificio en la Eucaristía hasta el fin de los tiempos; vislumbró toda la secuencia de sacerdotes de la Nueva Alianza cuyo sacerdocio debería encontrar su fuente en el sacerdocio principal de su Hijo.

   Todo eso dependía entonces de su dócil y amorosa aceptación; todo eso lo quiso María al asociarse a los designios de Dios. La ordenación de Cristo sólo se realizó cuando María hubo dado su consentimiento; sólo después de pronunciar Ella su «fiat», la unción divina se derramó sobre la naturaleza humana creada en ese mismo instante por el Espíritu Santo para unirla hipostáticamente a la persona del Hijo único del Padre.

   De este modo, por un nuevo título, el Sacerdocio de Cristo depende de Ella; y por consiguiente, también el sacerdocio católico, que se deriva totalmente del Sacerdocio de Cristo, encuentra su origen en el «fiat» de la Madre de Dios.


Así pues, Ella, la Mediadora de todas las gracias, se reserva para sí la gracia selecta de las vocaciones sacerdotales; Ella es la que elige cuidadosamente a los candidatos sobre los que ha de recaer el privilegio de ser los sacerdotes de su Hijo; de su consentimiento depende que lleguen a la ordenación quienes son revestidos del sacerdocio. ¡Qué motivo para ellos de profundo agradecimiento a la Madre de Dios! ¡Qué confianza en el amor de preferencia que la Santísima Virgen tiene hacia ellos!



3º La Santísima Virgen preparó el Sujeto de la ordenación, Cristo Jesús.


No quedan ahí las cosas, sino que además la Santísima Virgen aportó el sujeto de la ordenación. Ya que de Ella tomó el Verbo esta humanidad en la cual se derramó, para impregnarla sustancialmente, el óleo de la divinidad. El Dios hecho hombre es Sacerdote según la carne, y esta carne santísima la recibió El de la Virgen María.

   Otras madres pueden alegrarse de haber dado sacerdotes a la Iglesia, pero estos hijos no los han engendrado como sacerdotes; el carácter sacerdotal sobrevino después, de manera adventicia, a la naturaleza que recibieron de sus madres. Al contrario, la Virgen María no es la Madre de un Hijo que luego fue hecho sacerdote, independientemente de Ella, después de su nacimiento; sino que Ella engendró a Jesús en su condición misma de Sacerdote. Gracias a María, el hombre nacido de ella recibió, por su unión a la divinidad, poderes extraordinarios, exclusivos de Dios: el poder de perdonar los pecados, el poder de enseñar las verdades sobrenaturales recibidas del Padre, el poder de redimir y santificar a las almas.


Lo mismo que la Santísima Virgen hizo con Nuestro Señor, lo hace con todos los sacerdotes de su Hijo. Después de haber elegido cuidadosamente a los candidatos en los que Jesús debe ser configurado mediante el carácter sacerdotal, ella los engendra a este sacerdocio; Ella los reviste, por así decir, de los poderes divinos exclusivos de su Hijo; Ella los forma, los adiestra, los acompaña en su actividad sacerdotal. Siempre encontrará el sacerdote junto a él a esta su Madre querida, siendo su Asociada siempre fiel en la obra de la redención de las almas, como lo había sido ya con su Hijo Jesús.



4º La Santísima Virgen preparó la Víctima de la ordenación.


   Finalmente, debe decirse que María no sólo formó al sujeto de la divina ordenación, sino también a la víctima de ese sacerdocio. En efecto, para ser víctima hay que tener algo que ofrecer, que sacrificar, que inmolar. Jesucristo recibió de María ese algo que ofrecer, a saber, su misma naturaleza humana, su cuerpo y su sangre, capaz de sufrir y de morir, capaz por lo tanto de ser destruida e inmolada en honor de Dios, para adorar la divina Majestad, expiar los pecados, agradecer los bienes divinos e impetrar las gracias de Dios. Esta era la única Hostia capaz de aplacar a la justicia divina. Y por eso Jesucristo comenzó su sacrificio, es decir, comenzó a ser víctima, en el seno de María.

   De este modo, la Santísima Virgen no sólo fue el templo de la ordenación sacerdotal de Cristo, sino también el altar donde ese mismo Cristo empezó a inmolarse: «Al entrar en el mundo, Cristo dice: Sacrificios y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron; entonces dije: Heme aquí presente. En el comienzo del libro está escrito de mí; quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Heb. 10 5-8).


Esta misma hostia, proporcionada por la Virgen, es la que se ofreció en el Cenáculo y en la Cruz, en la acción suprema de la inmolación, y cuya oblación se renueva cada día en nuestros altares por el ministerio de los sacerdotes. Por eso los Santos Padres aclaman a María como «el tallo glorioso de que brotó nuestra Eucaristía».

También por eso la Iglesia nos hace cantar que la hostia eucarística nos ha sido dada por María: «Ave verum corpus natum de Maria Virgine: Salve, cuerpo verdadero, nacido de la Virgen María».

Por idénticas razones, le corresponde a la Santísima Virgen formar y adiestrar a los sacerdotes católicos a su victimado, a la inmolación de su propio sacerdocio, a esa ciencia tan sublime de la Cruz: lo que Ella fue para Jesús, lo sigue siendo para el sacerdote de Jesús.



Conclusión.


   Se ve entonces qué lazos estrechos vinculan al sacerdote con María. Ya que Ella fue el santuario donde se celebró la ordenación del gran Pontífice, fuente de todo sacerdocio; ya que Dios hizo depender de su consentimiento este sacrificio inefable; ya que, en fin, Ella proporcionó el sujeto de la ordenación y la hostia santa del sacrificio, hay que decir que el sacerdocio católico es esencialmente dependiente de María; que encuentra sus orígenes en María; y que, por consiguiente, Ella es llamada merecidamente Madre del Sacerdocio y Reina del Clero.

   Por eso mismo, todo sacerdote católico, para conformarse al plan divino y hacer fecundo para las almas el poder que ha recibido, debe recurrir a María Santísima, y hacer depender de Ella su sacerdocio. Si quiere ser fiel a la gracia de su vocación, la devoción a la Santísima Virgen no ha de ser para él tan sólo un episodio en la obra de su santificación, sino que ha de ser la forma misma de su vida espiritual. De esta misma devoción a María debe esperar, de parte de la Santísima Virgen, dos importantísimas gracias:

La primera es la gracia de morar siempre en ese templo interior que es el Corazón de María. Ahí fue ordenado sacerdote; esa es y debe seguir siendo su atmósfera propia. En el interior de María ha de aprender a recogerse, refugiarse y perderse, para llegar a ser un auténtico sacerdote.

La segunda es la gracia de seguir beneficiándose de los cuidados maternos de María, para que Ella, con su colaboración efectiva, prosiga en su alma la obra de formación sacerdotal. A Ella debe acudir para pedir al Señor las disposiciones interiores, verdaderamente sacerdotales, que lo hagan asemejarse cada vez más a Jesucristo Sacerdote.




   Rueguen instantemente las almas piadosas a la Madre del Sacerdocio, para que derrame abundantemente las gracias de vocación sobre las nuevas generaciones; para que Ella suscite sacerdotes fervorosos, firmes en la doctrina de la fe, devorados por el celo de la caridad, dispuestos a ofrecerse cada día en holocausto en unión con Cristo, víctima eucarística; y para que en cada joven clérigo Ella prepare con cuidado materno el sujeto de la ordenación, como lo hizo con Jesucristo.


Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentor
Moreno, Pcia. de Buenos Aires.

jueves, 13 de septiembre de 2018

LAS ETAPAS DEL SACERDOCIO.


«Nadie posee mejor que nuestra Madre, la Santa Iglesia, Esposa real del Salvador, el sentido de Nuestro Señor Jesucristo, y, por ende, el sentido de su sacerdocio, que Ella está encargada de perpetuar», escribía Monseñor Lefebvre. Ahora bien, este sentido del sacerdocio católico, tal como lo instituyó Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia se lo declara al candidato al sacerdocio, con admirable pedagogía, a través de las etapas que le hace recorrer antes de llegar al sacerdocio. La finalidad de estas etapas es doble:



Por una parte, la Iglesia quiere asegurarse de la idoneidad y dignidad de los candidatos a tan elevadas funciones. Estas diferentes etapas, pues, vienen a ser para el seminarista como un largo noviciado en el que pueda considerar si el estado sacerdotal es el que Dios quiere para él, estudiándose a sí mismo en las propias cualidades, en los defectos, en la disciplina de vida que deberá asumir, en las exigencias propias de la vida sacerdotal.
Por otra parte, quiere la Iglesia disponer progresivamente al candidato al sacerdocio al ejercicio de las funciones sacerdotales, confiándole en cada una de estas etapas un ministerio y un poder realmente sacerdotales, para que no caiga de golpe sobre sus hombros todo el peso del sacerdocio, con sus tremendas responsabilidades.


Estas etapas podemos dividirlas en tres clases:

• unas son previas a la recepción de las Ordenes sagradas;
• otras son las llamadas Ordenes menores;
• y otras, finalmente, las llamadas Ordenes mayores.


1º Etapas previas a las Órdenes.


   Lo primero que la Iglesia hace con el candidato al sacerdocio es separarlo físicamente del mundo para el tiempo de su formación. El llamado divino que él ha sentido, y al que ha respondido, lo ha llevado al Seminario. Ahí la Iglesia comenzará por verificar si el candidato reúne las condiciones que lo hacen idóneo para la vocación, a saber:

la capacidad intelectual para los estudios eclesiásticos;
la honestidad de costumbres;
y la rectitud de la intención que lo hace aspirar al sacerdocio.

   Una vez asegurada de su idoneidad, la Iglesia reviste al candidato con el santo hábito talar, la sotana: sin confiarle aún ninguna función, quiere que lleve ya el uniforme de los que la representan a los ojos de los fieles y del mundo, lo cual es una gran responsabilidad.



   Finalmente, probada ya la gravedad con que lleva la sotana, la Iglesia lo adopta por hijo suyo con la ceremonia de la tonsura. Esta tonsura no es propiamente un Orden, sino una preparación para recibir las demás Órdenes, por la que el aspirante se convierte en clérigo, y por la que se significa que la persona tonsurada pasa a dedicarse enteramente al culto sagrado.




2º Las Ordenes Menores.


   La siguiente serie de etapas viene dada por las Órdenes menores, que son cuatro: Ostiario, Lector, Exorcista y Acólito.


Sobre estas Órdenes conviene señalar dos cosas:
• la primera, que confieren poderes propios del sacerdote (y que, por lo tanto, el candidato ya no tendrá que recibir de nuevo), a fin de que los vaya ejerciendo paulatinamente, y pueda la Iglesia comprobar su fidelidad en ejercerlos, y adquirir la seguridad de que será digno de recibir los grados superiores;
• y la segunda es que, en cada una de estas Ordenes sagradas, el seminarista se va acercando más del altar, que es realmente la meta a que apuntan todas las Ordenes. Pero veamos ahora un poco más en detalle cada una de ellas.


El Ostiario es el primer grado del Orden sagrado. Sus oficios son:
cuidar de las llaves y de la puerta del templo: por eso, en el momento de ser ordenado, se le entregan las llaves, y se le hace abrir la puerta de la iglesia;
impedir la entrada en el templo a los indignos;
procurar que nadie se acerque al altar más de lo justo y estorbe al sacerdote que está celebrando la santa Misa;
y encargarse de los tesoros de la Iglesia y de los vasos sagrados: es, por lo tanto, el «sacristán» propiamente dicho.


Estas funciones, humildes a los ojos de los hombres, pero sobrenaturalmente muy elevadas, imponen al ostiario la triple obligación del desprendimiento de los bienes de la tierra, del amor de la casa de Dios y de todo lo que se refiere al culto divino, y del celo por la santificación de las almas.



El Lector es el segundo grado del Orden. Recibe la custodia de las Sagradas Escrituras, que son, después de la Eucaristía, el tesoro más precioso que posea la Iglesia. A él le incumbe:
leer en la iglesia con claridad y distinción los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, especialmente las lecciones de los Maitines;
y enseñar al pueblo los primeros rudimentos de la Religión cristiana: razón que lo convierte en el «catequista» por oficio.


Por la manera de cumplir su cargo, manifiesta a la Iglesia cuánto puede esperar de él en el ministerio más importante de la predicación. Debe tener el amor de la Sagrada Escritura, leerla, meditarla, y convertirla en regla de su vida.



El Exorcista es el tercer grado del Orden, al que se le confiere el poder de invocar el nombre del Señor sobre los que están poseídos por los espíritus inmundos. Participa de este modo de la dignidad de los sacerdotes, a los que Dios ha establecido reyes de los demonios, y de la dignidad del mismo Hijo de Dios, que expulsó frecuentemente a los demonios de los cuerpos, ejerciendo así la función del Exorcista.


Sin embargo, por el momento sólo puede ejercer este poder mediante los exorcismos menores, de carácter privado. Para realizar los grandes exorcismos públicos sobre gente realmente posesa, hace falta haber recibido el grado del sacerdocio, y tener además el permiso del obispo o del superior competente.


El Acólito participa del sacerdocio en grado más elevado que el exorcista, y eso de tres maneras:
la vela encendida que lleva es imagen de la luz que el sacerdote debe difundir en el mundo por la predicación;
presenta al subdiácono el pan y el vino, materia del sacrificio; y así colabora, aunque de modo remoto, a la divina oblación;
finalmente, por el derecho que tiene de llevar el incensario y de incensar al pueblo, es una imagen del sacerdote, que debe ofrecer a Dios oraciones por el pueblo, figuradas por el incienso en la Sagrada Escritura.



Y también por estos mismos motivos tiene el Acólito la obligación de practicar tres virtudes:

• es menester que ilumine espiritualmente a los fieles por los buenos ejemplos que ha de darles, sobre todo por su modestia;
• servidor del Subdiácono, debe practicar a un alto grado la humildad que conviene a un servidor;
• ministro del incienso, que es símbolo de la oración, debe tener un amor muy particular a la oración.


3º Las Ordenes Mayores.


   Al momento de recibir las Ordenes mayores, el seminarista está ya en su quinto año; ha tenido, pues, sobrado tiempo de pensar si el estado sacerdotal responde realmente a la voluntad de Dios sobre él. Ahora llega para él el momento de contraer, con las Ordenes mayores, compromisos definitivos e irrevocables, pero lo hace libremente y por expreso pedido suyo. Estas Órdenes mayores son tres: el Subdiaconado, el Diaconado y el Sacerdocio.


La importancia del Subdiácono se manifiesta en que se le imponen ornamentos sagrados, en que le toca servir directamente en el altar, y en que la Iglesia le impone por esta Orden la ley de perpetua castidad, no pudiendo nadie ser admitido a él si no promete voluntariamente guardar esta ley. Su cargo consiste en servir al Diácono, particularmente:
preparando los corporales, el pan y el vino necesarios para el sacrificio; por eso se le entrega en la ordenación el cáliz con la patena y las vinajeras;
servir el agua al Obispo y al sacerdote, cuando se lava las manos en el sacrificio de la Misa;
cantar la Epístola;
y procurar que nadie perturbe al sacerdote que celebra.


Para que puedan cumplir con estas obligaciones, la Iglesia pone en manos de los Subdiáconos el Santo Breviario, que deberán rezar cada día, a fin de que se apliquen constantemente a las alabanzas de Dios, y comiencen a llevar en la tierra la vida de adoración y de religión perpetua para con Dios, que continuarán eternamente en el cielo.


El ministerio del Diácono es más santo: los ritos y ceremonias solemnes con que el Obispo lo ordena, los ornamentos con que lo reviste, la imposición de las manos y la entrega del libro de los Evangelios, dan a entender la gran virtud y rectitud de costumbres de que debe estar revestido. A él le incumbe:
ir siempre con el Obispo, acompañarle cuando predica, y asistirle, a él como al sacerdote, al celebrar la santa Misa o administrar otros sacramentos;
cantar el Evangelio en el sacrificio de la Misa;
predicar o explicar el Evangelio en ausencia del Obispo o del sacerdote, pero no desde el púlpito, para indicar que no es cargo suyo propio.



También le pertenecía antiguamente:

exhortar con frecuencia a los fieles para que estuviesen atentos durante el sacrificio;
administrar la sangre del Señor en las iglesias en que los fieles comulgaban bajo las dos especies;
distribuir los bienes eclesiásticos y proveer a cada uno de lo necesario para el sustento;
investigar quiénes vivían piadosamente y quiénes no, quiénes asistían a Misa y al sermón en los días preceptuados y quiénes no, para informar de ello al Obispo en orden a ser amonestados;
leer públicamente los nombres de los catecúmenos, y presentar al Obispo a los que han de ser ordenados.


El Sacerdote es el tercero y superior de todos los Órdenes sagrados, al que los Padres suelen distinguir con dos nombres: 

• el de «presbítero» o anciano, no tanto por la madurez de la edad como por la gravedad de costumbres, instrucción y prudencia;
• y el de «sacerdote», que significa «don sagrado» o «dador de las cosas sagradas», por estar consagrado a Dios y por pertenecerle administrar los sacramentos y cosas sagradas.


   Por las ceremonias de la Ordenación, el Sacerdote es constituido mediador entre Dios y los hombres, y ésta debe considerarse la misión principal del Sacerdote. Por eso, es atribución propia del Sacerdote:

ofrecer a Dios el sacrificio de la Misa, para lo cual el Pontífice unge sus manos con el santo Crisma y le entrega un cáliz con vino y una patena con hostia, dándole por sus palabras el poder de ofrecer el santo Sacrificio a Dios por los vivos y por los difuntos;
administrar los demás sacramentos, especialmente el de la Penitencia, recibiendo del Obispo el poder de perdonar y de retener los pecados;
y enseñar la divina ley, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de una vida santa.



4º Conclusión.


Como puede verse, la Iglesia, en su sabiduría, hace todo lo posible para que los que no están llamados por Dios a las Sagradas Ordenes, ya sea por indignidad, ya sea por falta de vocación divina, sean descartados del sacerdocio a lo largo de las distintas etapas que se han de recorrer para llegar a él; pero también hace lo posible para que los que sí están llamados por Dios a este estado eminente, lleguen a él después de una conveniente preparación. En todo eso la Iglesia tiene un solo y mismo espíritu con Nuestro Señor Jesucristo, su divino Esposo, que formó cuidadosamente a sus apóstoles, antes de ordenarlos, dedicándoles su principal preocupación.




Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
Moreno, Pcia. de Buenos Aires.