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sábado, 26 de diciembre de 2020

MEDITACIÓN II: Jesús nace niño.


 

 

   Considera como la primera señal que dio el Ángel a los pastores para hallar al Mesías recién nacido, fue la de encontrarle en forma de niño: Invenietis infantem pannis involutum (Luc. II, 12).

 

 

   La pequeñez de los niños es un grande atractivo de amor; pero un atractivo mucho mayor debe ser para nosotros la pequeñez de Jesús, que, siendo un Dios inmenso, se ha hecho chiquito por nuestro amor, como dice san Agustín (22 In Joan.). Adán compareció sobre la tierra en edad perfecta; mas el Verbo eterno quiso manifestarse infante, para atraerse de esta manera con mayor fuerza de amor nuestros corazones. Jesús no viene al mundo para infundir terror, sino para ser amado; y por eso en su primera aparición quiere hacerse ver tierno y pobre niño. «Mi Señor es grande, y digno en gran manera de ser loado», decía san Bernardo (Serm. XLVII in Cant.); pero viéndole después el Santo hecho pequeñito en el establo de Belén, añadía exclamando con ternura: Chiquito es el Señor, y por ello muy digno de ser amado. ¡Ah! y quien considere con fe a un Dios niño llorar, y dar vagidos sobre la paja en una gruta, ¿cómo es posible que no le ame, y no invite a todos a amarle, como invitaba san Francisco de Asís diciendo: Amemos al Niño de Belén: amemos al Niño de Belén? ÉL es infantito, no habla, sí que solo gime; pero ¡oh Dios! que aquellos gemidos son voces todas de amor, con las que nos convida a amarle, y nos pide el corazón. Considero por otra parte que los niños se atraen los afectos también, porque se reputan inocentes, aunque nazcan manchados de la culpa original. Mas Jesús nace niño inocente, santo, sin mancha alguna. Mi amado, decía la sagrada Esposa, es todo rubicundo por el amor y cándido por la inocencia, puro de toda culpa, elegido entre miles: Dilectus meus candidus et rubicundus, electus ex millibus (Cant. V, 10). Solo en este Niño halló el eterno Padre sus delicias, porque, como dice san Gregorio, solamente en este no halló culpa. Consolémonos, pues, nosotros miserables pecadores, porque este divino Infante ha venido del cielo a comunicarnos esta su inocencia por medio de su pasión. Los méritos suyos, si nosotros supiésemos estimarlos, pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes; pongamos en ellos nuestra confianza, pidamos por los mismos al eterno Padre siempre la gracia, y lo alcanzaremos todo.

 

 

Afectos y súplicas.

 

 

   Eterno Padre, yo miserable pecador, reo del infierno, no tengo qué ofreceros en satisfacción de mis pecados; os ofrezco, pues, las lágrimas, las penas, la sangre, la muerte de este niño que es vuestro Hijo, y por él os suplico piedad. Si yo no tuviese este Hijo que ofreceros, sería perdido, no tendríais más que esperar de mí; pero Vos para esto me lo habéis dado, a fin de que ofreciéndoos los méritos suyos espere mi salvación. ¡Señor! grande ha sido mi ingratitud; pero es más grande vuestra misericordia. ¿Y qué mayor misericordia podía esperar, que tener de Vos en don a vuestro mismo Hijo, por mi Redentor y por víctima de mis pecados? Por amor, pues, de Jesucristo perdonadme todas las ofensas que os he hecho; de las cuales me arrepiento con todo el corazón, por haber ofendido a Vos, bondad infinita. Y por amor de Jesucristo os pido la santa perseverancia. ¡Ah! mi Dios, si yo os volviese a ofender, después que me habéis esperado con tanta paciencia, me habéis socorrido con tantas luces y me habéis perdonado con tanto amor, ¿no merecería un infierno a propósito para mí? ¡Ah! Padre mío, no me abandonéis. Yo tiemblo al pensar en las traiciones que os he hecho: ¿cuántas veces he prometido amaros, y después os he dado las espaldas? ¡Ah! mi Creador, no permitáis que tenga yo que llorar la desgracia de verme nuevamente privado de vuestra amistad. No permitáis que me separe de Vos, no permitáis que me separe de Vos. Lo repito y quiero repetirlo hasta el último aliento de mi vida; y Vos dadme la gracia para siempre de repetiros esta misma súplica: Ne me permitías separan a te. Jesús mío, mí amado niño, encadenadme con vuestro amor. Os amo, y quiero siempre amaros. No permitáis que yo tenga que separarme más de vuestro amor.

 

 

   Amo también a Vos, Madre mía; amadme asimismo Vos. Y sí me amáis, esta es la gracia que me habéis de alcanzar, que ya no deje más de amar a Dios.

 

 

 

 

MEDITACIONES PARA TODOS LOS DÍAS DE ADVIENTO.

 

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

OBISPO, DOCTOR DE LA IGLESIA.


MEDITACIÓN I: Del Nacimiento de Jesús.


 

   El nacimiento de Jesucristo trajo una alegría general a todo el mundo. Él fue aquel Redentor deseado por tantos años y con tantos suspiros; que por esto fue llamado el Deseado de las gentes, y el deseo de los collados eternos. Hele; ya ha venido, y ha nacido en una pequeña cueva. Aquel gozo grande, que el Ángel anunció a los pastores, hoy lo anuncia también a nosotros, y nos dice: Ecce evangelizo vobis gaudium magnum, gozo que será para todo el pueblo; porque hoy os es nacido el Salvador del mundo. ¡Qué gran fiesta se hace en un reino cuando nace al monarca su primogénito! Pues, mayor fiesta debemos hacer nosotros, viendo nacido al Hijo de Dios que ha venido del cielo a visitarnos, movido de las entrañas de su misericordia. Nosotros estábamos perdidos, y he aquí que él ha venido a salvarnos: el Pastor ha venido a salvar sus ovejuelas de la muerte, dando su vida por amor de ellas. El Cordero de Dios ha venido a sacrificarse por alcanzarnos la divina gracia, y para hacerse nuestro libertador, nuestra vida, nuestra luz, y aun nuestro alimento en el santísimo Sacramento. Dice san Agustín, que por eso Jesucristo al nacer quiso ser puesto en el pesebre donde hallaban pasto los animales; para darnos a entender, que él se hizo hombre a fin de hacerse él mismo nuestra comida para la eternidad. Jesús, en efecto, nace todos los días en el Sacramento por medio del sacerdote y de la consagración. El altar es el pesebre, y allí vamos nosotros a alimentarnos de sus carnes. Alguno habrá que desee tener el santo Niño en los brazos, como le tuvo el santo viejo Simeón; pues cuando comulgamos nos enseña la fe que no solo en los brazos, sí que dentro de nuestro pecho está aquel mismo Jesús que estuvo en el pesebre de Belén; para esto él ha nacido, para darse todo a nosotros: Parvulus natus est nobis, et Filius datus est nobis.

 

 

 

Afectos y súplicas.

 

 

   Señor, yo soy la oveja que, por andar tras de mis placeres y caprichos, me he perdido miserablemente; mas Vos, o Pastor y juntamente Cordero divino; sois aquel que habéis, venido del cielo a salvarme, sacrificándoos cual víctima sobre la cruz en satisfacción de mis pecados. Si yo, pues, quiero enmendarme, ¿qué debo temer? ¿Por qué no debo confiarlo todo de Vos, mi Salvador, que habéis nacido de intento para salvarme? ¿Qué mayor señal de misericordia podíais darme, o dulce Redentor mío, para inspirarme confianza, que daros Vos mismo? Yo os he hecho llorar en el establo de Belén; pero si Vos habéis venido a buscarme, yo me arrojo confiado a vuestros pies; y aunque os vea afligido y envilecido en ese pesebre, reclinado sobre la paja, os reconozco por mi Rey y Soberano. Oigo ya esos vuestros dulces vagidos, queme convidan a amaros, y me piden el corazón.

 

 

   Aquí le tenéis, Jesús mío. Hoy lo presento a vuestros pies; mudadlo, inflamadlo Vos, que a este fin habéis venido al mundo, para inflamar los corazones con el fuego de vuestro santo amor. Oigo también que desde ese pesebre me decís: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y yo respondo: ¡Ah Jesús mío! y si no amo a Vos, que sois mi Dios y Señor, ¿a quién he de amar? No, amado Señor mío, yo todo me entrego a Vos, y os amo con todo el corazón. Yo os amo, yo os amo, yo os amo. ¡Oh sumo bien, oh único amor de mi alma! Ea, aceptadme por vuestro en este día, y no permitáis que haya de dejar de amaros.

 

 

   Reina mía, María, os pido por aquel consuelo que tuvisteis la primera vez que mirasteis nacido a vuestro hijo, y le distéis los primeros abrazos, intercedáis con él, para que me acepte por hijo, y me encadene para siempre con el don de su santo amor.

 

 

MEDITACIONES PARA TODOS LOS DÍAS DE ADVIENTO.

 

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

OBISPO, DOCTOR DE LA IGLESIA.