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domingo, 28 de marzo de 2021

Sábado de la quinta semana de Cuaresma: CÓMO DEBEMOS LAVARNOS LOS PIES LOS UNOS A LOS OTROS.


 


   Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros (Jn, 13, 14).

 

 

   Quiere el Señor que los discípulos imiten su ejemplo, pues dice: Si yo que soy mayor, porque soy maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros, con más motivo, que sois menores, que sois discípulos y siervos, debéis lavar los pies los unos a los otros. Por eso dice el mismo Cristo: El que quiere ser mayor, sea vuestro criado... El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir (Mt 20, 26.28)

 

 

   Según San Agustín (Tract. 58.), todo hombre debe lavar los pies de otro, o corporalmente o espiritualmente. Mucho mejor es y más verdadero, sin discusión alguna, que uno lo haga realmente, y que el cristiano no se desdeñe de hacer lo que hizo Cristo. Porque cuando el cuerpo se inclina ante los pies del hermano, también se excita el sentimiento de humanidad en el mismo corazón, o si ya existía en él, se robustece dicho sentimiento. Si no se hiciere de obra, debemos hacerlo por lo menos con el corazón. Pues en el lavatorio de los pies, se da a entender el lavatorio de las manchas. Lavas, pues, espiritualmente los pies de tu hermano, cuando limpias sus manchas, en cuanto de ti depende.

 

 

 

Esto se hace de tres maneras:

 

1º) Perdonándole las ofensas, según aquello del Apóstol: Sufriéndoos los unos a los otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja del otro, así coma el Señor os condonó a vosotros, así también vosotros (Col 3, 13)

 

2º) Orando por sus pecados, como dice Santiago: Orad los unos por los otros, para que seáis salvos (Sant 5, 16) Este doble modo de lavar es común a todos los fieles.

 

3º) Pero el tercer modo corresponde a los prelados, quienes deben lavar perdonando los pecados con la autoridad de las llaves: Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonareis los pecados, perdonados les son (Jn 20, 22-23).

 

 

   También podemos decir que con este hecho nos mostró el Señor todas las obras de misericordia. Porque el que da pan al hambriento, lava sus pies, del mismo modo el que le da hospitalidad, y el que viste al desnudo, y así en lo demás. Socorriendo las necesidades de los Santos (Rom 12, 13).

 

 

(In Joan., XIII)


MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino




viernes, 26 de marzo de 2021

Viernes de la quinta semana de Cuaresma: COMPASIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA.


 

Una espada traspasará tu alma de ti misma (Lc 2, 35).

 

 

   En estas palabras se advierte la gran compasión de la bienaventurada Virgen hacia Cristo. Conviene saber que cuatro cosas hicieron sobremanera amarga la Pasión de Cristo a la bienaventurada Virgen.

 

 

   Primero, la bondad del Hijo, que no hizo pecado, ni fue hallado engaño en su boca (1 Ped 2, 22); segundo, la crueldad de los que le crucificaron, pues ni siquiera quisieron dar agua al moribundo, ni permitieron que la madre se la diera, aun cuando ella diligentemente se la hubiese dado; tercero, la ignominia del suplicio: Condenémosle a la muerte más infame (Sab 2, 20); cuarto, la crueldad del tormento: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, atended, y mirad, si hay dolor como mi dolor! (Lam 1, 12)

 

 

(Serm).

 

 

   Orígenes (Hom. XVII in Luc.) y algunos otros doctores entienden aquellas palabras de Simeón: Una espada traspasará tu alma de ti misma (Lc 2, 35), del dolor que padeció la Bienaventurada Virgen en la Pasión de Cristo. Pero San Ambrosio dice que la espada significa la prudencia de María que no ignoraba el misterio celestial; porque la palabra de Dios es viva y fuerte y más aguda que la espada más afilada.

 

 

   Pero otros entienden por espada la duda, pues dice San Agustín que “la Bienaventurada Virgen dudó con cierto estupor de la muerte del señor” (Erróneamente se atribuye a San Agustín. Se trata de otro autor en Quaest. veteris et novi Testamenti, q. 73); pero esa duda no debe entenderse, sin embargo, como duda de infidelidad, sino de admiración y discusión; porque dice San Basilio (Epist. ad Optimum, 317) que al asistir la Bienaventurada Virgen a la crucifixión y observarlo todo, después del testimonio de Gabriel, después del conocimiento inefable de la divina concepción, después de haber sido testigo de tantos milagros, vacilaba su espíritu, al verle, por un lado, sufrir tormentos ignominiosos, y por otro, al considerar sus maravillas.

 

 

(3ª., q. XXVII, a. 4, ad 2um)

 

 

   ...Aun cuando la Santísima Virgen conoció por la fe que Dios quería que Cristo padeciese, y conformó su voluntad al querer divino, como hacen los perfectos, la Bienaventurada estaba triste por la muerte de Cristo, por cuanto la voluntad inferior repugnaba esa cosa particularmente querida, y esto no es contrario a la perfección.

 

 

(I Dist. 48, q. única, a. III).

 


MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


Jueves de la quinta semana de Cuaresma: LA MAYOR SEÑAL DEL AMOR DE CRISTO.


 

   Parece que Cristo nos dio mayor prueba de amor entregando su cuerpo en comida que padeciendo por nosotros. Porque el amor de la patria es más perfecto que el amor de aquí abajo. Pero aquel beneficio que Cristo nos dio, entregándonos su cuerpo en manjar, más se asimila a la caridad de la patria en la que disfrutaremos plenamente de Dios. Y la Pasión que sufrió por nosotros más se asimila a la caridad de esta vida, en la cual nos estamos expuestos a padecer por Cristo. Luego es mayor señal de amor el habernos dado Cristo su cuerpo en comida, que el haber padecido por nosotros.

 

 

   Mas en contra está lo que se dice en San Juan: Ninguno tiene mayor amor que éste, que es poner su vida por sus amigos (Jn, 15, 13).

 

 

   Cuando se trata del amor de los hombres nada hay más poderoso que el amor con que uno se ama a sí mismo. Y, por consiguiente, a ese amor debe tornarse como medida de todo amor para los demás. Corresponde al amor con que uno se ama a sí mismo querer el bien para sí. Por eso es evidente que uno ama tanto más a otro, cuanto más abandona el bien propio en favor del amigo, conforme a aquello de los Proverbios: El que por el amigo no hace caso del daño, es justo (12, 26).

 

 

   Mas el hombre quiere para sí un triple bien: su alma, su cuerpo y los bienes exteriores. Es, pues, prueba de amor el padecer detrimento en las cosas exteriores por amor a otro. Pero es mayor señal de amor, si alguien

sufre también detrimento en su propio cuerpo, ya sean trabajos, ya azotes, por el amigo.

 

 

   Mas la mayor prueba de amor será abandonar la vida, muriendo por su amigo.

 

 

   Luego la mayor prueba del amor de Cristo fue sacrificar su vida padeciendo por nosotros. El habernos dado su cuerpo como manjar en el sacramento, no le causó ningún detrimento. De donde resulta evidente que lo primero es la mayor señal de amor. Por esto este sacramento es memorial y figura de la Pasión de Cristo. Mas la verdad es más excelente que la figura; y la realidad más que el memorial.

 

 

   Ciertamente la dádiva del cuerpo de Cristo en el sacramento es una figura del amor con que Dios nos ama en la patria; mas su Pasión pertenece al mismo amor de Dios, que nos saca de la perdición para llevarnos a la patria. No obstante, el amor de Dios no es mayor en el cielo de lo que es al presente.

 

 

(Quodl. V, q. III, a. 2)

 


miércoles, 24 de marzo de 2021

Miércoles de la quinta semana de Cuaresma: SEPULTURA ESPIRITUAL.


 

   Por el sepulcro se significa la contemplación celestial. Por eso sobre aquello de Job (3, 22): Y se gozan en extremo cuando hallan el sepulcro, dice San Gregorio: Así como el cuerpo en el sepulcro, del mismo modo el alma, muerta al mundo, se esconde en la contemplación divina, donde está tranquila de todo estrépito mundano, durante los tres días de sepultura, como con tres inmersiones: Los esconderás en el secreto de tu rostro de la conturbación de los hombres (Sal 30, 21) Los atribulados, los vejados por los oprobios de los hombres, entrando espiritualmente en la presencia de Dios, no son turbados.

 

 

   Tres cosas son necesarias para esta sepultura espiritual en Dios, a saber: que el alma se ejercite en las virtudes; que toda ella se haga pura y cándida; que muera totalmente a este mundo, las cuales cosas se encuentran místicamente verificadas en la sepultura de Cristo.

 

 

   La primera está señalada por San Marcos (14, 8), donde se lee que María Magdalena se adelantó a ungir el cuerpo de Jesús para la sepultura, pues el ungüento de nardo espique designa las virtudes por su preciosidad, ya que nada hay más precioso en esta vida que las virtudes.

 

 

   El alma santa que quiere ser sepultada en la contemplación divina, debe, por lo tanto, primeramente, ser ungida por el ejercicio de la virtud. Por eso se dice en Job (5, 26): Entrarás con abundancia en el sepulcro, esto es, de la contemplación divina, según dice la Glosa: Como se encierra el montón de trigo a su tiempo. A lo que añade la Glosa: “porque el tiempo de la acción es premio de la contemplación eterna; y es necesario que el perfecto ejercite primero su alma en las virtudes, y la esconda después en el granero del reposo”.

 

 

   La segunda se halla expresada en San Marcos (15, 46). Allí se lee que José compró una sábana, porque la sábana es un paño de lino, blanqueado con mucho trabajo. Por eso significa el candor interior del alma, a cuya perfección se llega con gran trabajo. El que es justo, sea aun justificado (Ap. 22, 11). También nosotros andemos en novedad de vida (Rom 6, 4), avanzando de lo bueno a lo mejor, y por la justicia de la fe, a la esperanza de la gloria. Así, pues, deben, los hombres esconderse en el sepulcro de la contemplación divina con candor de limpieza interior. Por lo cual, sobre aquello de Mateo: Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (5, 8), dice San Jerónimo: El Señor, puro, es mirado por el corazón puro.

 

 

   La tercera está expresada por las palabras de San Juan: Y Nicodemo... vino también trayendo una confección, como de cien libras, de mirra y de áloe (Jn 19, 39), porque mediante las cien libras de mirra y de áloe, con las cuales se conserva incorrupta la carne, se designa la perfecta mortificación de los sentidos exteriores; por la cual la mente se conserva muerta al mundo para no ser corrompida por los vicios, según aquello del Apóstol: Aunque este nuestro hombre, que está fuera, se debilite; pero el que está dentro, se renueva de día en día (2 Cor 4, 16), esto es, se purifica más intensamente de los vicios continuamente por el fuego de la tribulación.

 

 

   Por consiguiente, el alma del hombre debe primero morir a este mundo con Cristo, y después ser sepultada con él en el secreto de la contemplación divina. Por eso dice el Apóstol: Porque estáis ya muertos a las cosas vanas y caducas, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3)

 

 

(De Humanit. Christi, cap. XLII)

 


martes, 23 de marzo de 2021

Martes de la quinta semana de Cuaresma: SEPULTURA DE CRISTO.


 

Ha hecho conmigo una buena obra... Porque derramando ésta este ungüento en mi cuerpo, para sepultarme lo hizo (Mt 26, 10.12)

 

 

   Fue conveniente que Cristo fuese sepultado:

   1º) Para comprobar la verdad de su muerte; pues nadie es puesto en el sepulcro, sino cuando ya consta la verdad de la muerte. Por eso se lee en la Escritura que Pilatos, antes de permitir que Cristo fuese sepultado, hizo examinar con exquisita diligencia si estaba muerto (Mc 15, 44-45)

 

   2º) Porque por lo mismo que Cristo resucitó del sepulcro, da la esperanza de resucitar por él a los que están en el sepulcro, según aquello: Todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios; y los que hicieron bien irán a resurrección de vida (Jn 5, 28-29).

 

   3º) Para ejemplo de los que por la muerte de Cristo mueren espiritualmente a los pecados, esto es, los que se esconden de la conturbación de los hombres. Por eso se dice: Porque estáis ya muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3) Por lo que también los bautizados, que mueren a los pecados por la muerte de Cristo, son como consepultados con Cristo por la inmersión, conforme a aquello a los Romanos: Porque somos sepultados con él en muerte por el bautismo (6, 4).

 

   Así como la muerte de Cristo obró eficientemente nuestra salvación, así también su sepultura. Por lo cual dice San Jerónimo (Sobre el Evangelio de Mateo): “Resucitamos por la sepultura de Cristo”. Sobre aquello de Isaías: A los impíos dará por su sepultura (53, 9), dice la Glosa: esto es, a los gentiles que estaban sin piedad, los dará a Dios Padre; porque los adquirió muriendo y siendo sepultado.

 

   Y en el salmo (87, 5-6) se lee: He venido a ser como hombre sin socorro, libre entre los muertos. Porque Cristo, siendo sepultado entre los muertos, demostró haber sido libre, porque su encerramiento en el sepulcro no pudo impedir que saliese de él resucitado.

 

 

(3ª, q. LI, a. 1).


lunes, 22 de marzo de 2021

Lunes de la quinta semana de Cuaresma: LA PASIÓN DE CRISTO ES REMEDIO CONTRA LOS PECADOS.


 

En la Pasión de Cristo encontramos remedio contra todos los males en que incurrimos por el pecado. En cinco especies de males incurrimos por el pecado.

 

   1º) En la mancha. Porque, cuando el hombre peca, afea su alma; pues, así como la virtud es la hermosura del alma, del mismo modo el pecado es su mancha. ¿Cómo es, Israel, que estás en tierra de enemigos? Has envejecido en tierra ajena, te has contaminado con los muertos (Baruc 3, 10-11). La Pasión de Cristo borra esta mancha, porque Cristo con su Pasión hizo un baño de su sangre, para lavar a los pecadores. El alma se lava con la sangre de Cristo en el Bautismo, el cual, en virtud de la sangre de Cristo, tiene una virtud regenerativa. Por eso cuando alguno se mancha por pecado, injuria a Cristo, y peca más gravemente que antes.

 

   2º) En la ofensa de Dios. Porque, así como el hombre carnal ama la hermosura carnal, así Dios ama la espiritual, que es la hermosura del alma. Cuando, pues, el alma se mancha por el pecado, es ofendido Dios, y él tiene odio al pecador. Mas la Pasión de Cristo remueve esto, pues él satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el que el hombre no podía satisfacer. Su caridad y su obediencia fueron mayores que el pecado y la prevaricación del primer hombre.

 

   3º) En la debilidad. Porque el hombre, pecando una vez, cree que después podrá abstenerse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; pues por el primer pecado se debilita y se hace más propenso a pecar, y el pecado domina más al hombre, y éste, en cuanto de él depende, se pone en un estado del que no se levanta; como el que se arroja a un pozo, si no es alzado por la virtud divina. Por consiguiente, después que pecó el hombre, fue debilitada y corrompida su naturaleza; y desde entonces está más propenso a pecar.

   Pero Cristo disminuyó esa enfermedad y debilidad, aunque no la destruyó del todo; sin embargo, de tal modo fue confortado el hombre por la Pasión de Cristo, debilitado el pecado, que no le domina tanto, y puede el hombre hacer esfuerzos, ayudado por la gracia de Dios, la cual se confiere por los sacramentos, que tienen su eficacia de la Pasión de Cristo, de suerte que el hombre puede apartarse de los pecados. Antes de la Pasión de Cristo se encontraron pocos que viviesen sin pecado mortal, pero después de ella muchos vivieron y viven sin pecado mortal.

 

   4º) En el reato de pena. Porque exige la justicia de Dios que cada cual sea castigado, cuando peca. La pena se mide por la culpa. De ahí que como la culpa del pecado mortal es infinita, en cuanto se comete contra el bien infinito, Dios, cuyos preceptos desprecia el pecador, la pena debida al pecado mortal es infinita.

   Pero Cristo nos quitó esa pena por su Pasión, y él mismo la sufrió; como dice el Apóstol San Pedro (I Ped 2, 24): Llevó nuestros pecados, es decir, la pena del pecado, en su cuerpo. Porque fue de tanta virtud la Pasión de Cristo, que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aunque hubiesen sido cientos de miles. De ahí, que los bautizados sean aliviados de todos pecados; de ahí también que el sacerdote perdone los pecados; de ahí que quien más se conforme a la Pasión de Cristo y se adhiera a ella, consiga mayor perdón y merezca más gracia.

 

   5º) Incurrimos en el destierro del reino. En efecto, los que ofenden a los reyes son obligados a salir del reino. Del mismo modo, el hombre es arrojado del paraíso a causa del pecado. Por eso Adán fue expulsado del paraíso inmediatamente después del pecado, y fue cerrada la puerta de aquél.

   Pero Cristo, con su Pasión, abrió aquella puerta y volvió a llamar al reino a los desterrados. Pues una vez abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso, y una vez derramada su sangre, fue lavada la mancha, aplacado Dios, destruida la enfermedad, expiada la pena y los desterrados llamados al reino. Por eso, se dijo al instante al ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43) Esto no se dijo anteriormente, ni a Adán, ni a Abrahán, ni a David. Pero hoy, es decir, cuando fue abierta la puerta, el ladrón pidió y obtuvo el perdón. Teniendo confianza de entrar en el santuario por la sangre de Cristo (Hebr 10, 19).


(In Symb.)