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lunes, 7 de diciembre de 2020

PÍO IX, BULA INEFFABILIS DEUS. LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA.


 


   Al definir, en 1854, el dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa Pío IX hizo brillar con nuevo y definitivo lustre todos los demás privilegios de María Santísima. En efecto, la Inmaculada Concepción confiere, por así decir, una sublime santidad a todos los misterios de María. Así como Cristo debía ser el Santo de Dios (Lc. 1, 35), y este su carácter de Santo hace que todos sus misterios sean santos y fuentes de santidad, del mismo modo también la Santísima Virgen, destinada en los planes de Dios a ser la Madre del Verbo encarnado y su colaboradora oficial en la obra de la Redención, debía ser Santa, y esta su santidad hace que, a su vez, todos sus misterios se vean bañados en la luz de la más excelsa pureza.

 

 

   Según esto, la Inmaculada Concepción implica una doble santidad en María:

 

• una negativa, que es la que define formalmente el Papa Pío IX;

• y otra positiva, de la que la Inmaculada Concepción es inseparable, y a la que claramente alude el Papa Pío IX en su bula de la definición dogmática.

 

 




 

1º Santidad negativa de María, o exención del pecado original y de sus consecuencias.

 

 

   La santidad negativa de María consiste en la ausencia total del pecado original y de sus consecuencias inseparables. Esta santidad la proclama el Papa Pío IX múltiples veces, antes de definirla como dogma de fe.

 

 

En efecto, afirma el Papa que María Santísima se vio absolutamente libre por siempre de toda mancha de pecado (nº 1); que fue enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original (nº 2); que no estuvo jamás sujeta a la maldición, más fue hecha partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición (nº 18); que fue tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha, inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado…; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado (nº 21); y que salió ilesa de los igníferos dardos del Maligno (ib.). Es más, usando el lenguaje mismo de los Santos Padres, no duda el inmortal Pontífice en encomiar a la Virgen Santísima llamándola inmaculada, y bajo todos los conceptos inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos incontaminada, santa y muy ajena a toda culpa, toda pura, toda inviolada, y como el ideal de pureza e inocencia (nº 24). Y para poner un broche de oro a esta verdad, el Papa la define, por pedido de toda la Iglesia, como dogma de fe: Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, y con la Nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios, y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles (nº 30).

 

 

   En virtud, pues, de este privilegio, María nunca vio su alma empañada con el pecado original. Como en ella la raíz era inmaculada, inmaculados debían de ser también el tronco, las ramas, las hojas, las flores, y sobre todo los frutos: No puede el árbol bueno producir frutos malos, ni el árbol malo producirlos buenos, había dicho ya el Maestro. Aplicando esta sentencia a María, hay que decir que, suprimido en ella el pecado original por privilegio singular, no pudo tampoco incurrir en ninguna de sus consecuencias, a saber, en pecado mortal o venial ninguno, ni de malicia ni de fragilidad.

 

 

Según esto, podemos formarnos una primera idea del alma de María: un entendimiento iluminado con las luces más puras; una voluntad recta, en todo conforme con la de Dios; una libertad más perfecta que la de los ángeles y de Adán en el estado de inocencia, de la que hizo continuamente un uso excelente; nada de ignorancia ni de concupiscencia, que son los dos mayores males de la naturaleza humana y la fuente de todos los demás; por lo tanto, pasiones siempre ordenadas, que colaboraron siempre con la razón y con la gracia; una carne tan pura, tan santa, que mereció ser un día la carne del Hombre Dios; ninguna mala inclinación, ningún hábito vicioso por dentro, ninguna tentación por fuera; un extremado horror a todo mal, aun el más leve; un sacrificio absoluto a sus voluntades, un olvido total de sí misma: tales fueron las primeras líneas de la santidad negativa de María Santísima, ya desde su misma Concepción.

 

 


 

2º Santidad positiva de María Inmaculada, o plenitud de gracia.

 

 

   Si la santidad positiva de la Inmaculada Concepción, o plenitud de gracia, no está claramente comprendida en la definición del dogma, puede deducirse directamente del texto de la Bula de Pío IX, que expresa netamente la creencia universal de la Iglesia católica.

 

 

Afirma el Papa: Desde el principio y antes de los tiempos eligió y destinó para su unigénito Hijo una Madre, de la cual se hiciese hombre y naciese en la dichosa plenitud de los tiempos. Y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en Ella sola se complació con señaladísima benevolencia. Por eso, muy por encima de todos los espíritus angélicos y de la universalidad de los santos, la colmó de la abundancia de todos los favores celestiales, sacada del tesoro de la divinidad, y ello de manera tan admirable, que, absolutamente libre por siempre de toda mancha de pecado, y toda hermosa y perfecta, gozase de tal plenitud de inocencia y santidad, que no se puede concebir en modo alguno otra mayor después de Dios, y nadie puede imaginar fuera de Dios (nº 1).

 

 

   Para no poder concebir mayor inocencia y santidad después de Dios, es necesario que la Santísima Virgen gozara, no sólo de la inmunidad de pecado, sino de una santidad eminente en gracia y en virtudes, acompañada necesariamente de la perfecta integridad de la naturaleza. Por lo mismo, el texto citado prueba la santidad positiva de María.

 

 

   Prosiguiendo con la comparación comenzada, hemos de decir que la raíz en María no sólo era inmaculada, sino positivamente santa; y si santa era la raíz, santos habían de ser los frutos. Esto es, no sólo no pudo haber en María malas obras, sino que todo en ella debió ser santo: todas sus acciones, palabras, pensamientos, intenciones y afectos debieron verse siempre revestidos de la más elevada santidad. Y nótese que no fue la gracia de María como la de los niños recién bautizados: Ella la recibió en plenitud, de modo que no se puede imaginar después de Dios otra santidad mayor que la de María. Ni fue como la gracia del mismo Adán en su justicia original: Ella fue confirmada en esa gracia.

 

 

   De todo esto sigue dando testimonio la Bula de definición de la Inmaculada Concepción, que en varios de sus pasajes afirma que el privilegio de la santidad negativa fue acompañado de la más eximia santidad positiva:

 

 

Era convenientísimo que tan venerable Madre brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad (nº 2); y también: Con este singular y solemne saludo [del Ángel], jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu (nº 18); y también: La gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios (nº 19).

 

 


 


3º La doble santidad de María Inmaculada se ordenaba a su divina Maternidad.

 

 

   Pero hay más. Esta Concepción Inmaculada, esta plenitud total de la gracia, era un requisito para el gran privilegio de la Maternidad divina. Así lo enseña claramente el Papa Pío IX en su Bula dogmática:

 

 

Era, por cierto, convenientísimo que tan venerable Madre brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad [santidad positiva] y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente, siendo enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original [santidad negativa];

        pues a Ella Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a Sí mismo, después de engendrarlo en su seno igual a Sí, de tal manera que el Hijo común de Dios Padre y de la Virgen fuese naturalmente uno solo y el mismo;

puesto que a Ella el mismo Hijo en persona determinó convertirla sustancialmente en su Madre;

y porque de Ella el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien El mismo procede (nº 2).

 

 

   Según esto, a tres se podrían resumir los argumentos con que los autores solían probar la conveniencia de la Inmaculada Concepción y santidad de María en orden a su divina Maternidad.

 

 

El primero considera la persona de Dios Padre. Ya que Dios Padre y María Virgen tienen en común a un mismo Hijo, era sumamente conveniente que el seno de María, donde el Verbo debía nacer en el tiempo, fuese un fidelísimo reflejo del seno del Padre, donde el Verbo es engendrado desde toda la eternidad.

 

 

El segundo considera la persona de Dios Hijo. Por la maternidad divina, María Santísima se convertía en el Templo de Dios, de manera infinitamente más perfecta que el templo material del Antiguo Testamento; ahora bien, Jesucristo no tuvo menos celo por esta Casa que David por el templo material, respecto del cual decía: Señor, he amado la gloria de tu casa, y del lugar de vuestra morada (Sal. 25). Además, siendo Jesucristo el único hombre que pudo crearse una Madre a su gusto, o poco respeto le habría tenido a Ella, dejándola en el pecado común del género humano cuando podría haberla librado de él y embellecido y adornado con todas sus gracias, o habría tenido menos sentido de las conveniencias que nosotros, que esto no hubiésemos hecho.

 

 

El tercero considera la persona del Espíritu Santo. Puesto que todas las operaciones de este divino Espíritu son siempre santísimas, ¿cómo podría, al realizar su obra maestra por excelencia, la Encarnación del Verbo, dejar de santificar totalmente la carne de que debía ser formado el cuerpo santísimo de Cristo? Y como redunda en el Hijo el honor y alabanza dirigidos a la Madre (nº 29), de haber dejado con mancha al Tabernáculo de que debía salir el Sumo Sacerdote, el Espíritu Santo no habría glorificado plenamente al Hijo, según aquella palabra de Nuestro Señor: El Espíritu Santo me glorificará (Jn 16, 14).

 

 


 

Conclusión.

 

 

   Por su Inmaculada Concepción, la Santísima Virgen pasa a ser –en expresión de San Luis María– el verdadero Paraíso terrenal del nuevo Adán, del que el antiguo paraíso terrenal no fue más que la figura. Y por eso:

 

 

Hay en este Paraíso terrenal riquezas, hermosuras, rarezas y dulzuras inexplicables, que el nuevo Adán, Jesucristo, ha depositado en él… Este santísimo lugar está compuesto de tierra virgen e inmaculada, de la que ha sido formado y alimentado el nuevo Adán, sin mancha ni suciedad alguna, por la operación del Espíritu Santo que allí habita. En este Paraíso terrenal está verdaderamente el árbol de la vida que ha producido a Jesucristo, el fruto de la vida… En este lugar divino hay árboles plantados por la mano de Dios y regados con su divina unción, que han producido y producen todos los días frutos de gusto divino; hay jardines esmaltados con hermosas y diferentes flores de las virtudes, que despiden una fragancia que aromatiza hasta a los ángeles. Hay en este lugar verdes praderas de esperanza, torres inexpugnables de fortaleza, encantadoras mansiones de confianza… Hay en este lugar un aire puro e incontaminado; un hermoso día, de la humanidad santa, sin noche; un hermoso sol, de la Divinidad, sin sombras; un horno ardiente y continuo de caridad, donde todo el hierro que se echa es abrasado y transformado en oro; hay un río de humildad que brota de la tierra, y que, dividiéndose en cuatro brazos, que son las cuatro virtudes cardinales, riega todo este lugar de embeleso (Verdadera Devoción, nº 261).

 

 

 

Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora.


sábado, 8 de diciembre de 2018

A LA INMACULADA CONCEPCIÓN. (Oración de San Pío X)




    ¡Oh Virgen Santísima! que habéis sido agradable al Señor y os convertisteis en su Madre; Virgen Inmaculada en vuestro cuerpo y en vuestra alma, en vuestra fe y en vuestro amor, mirad con ojos benévolos a los infelices que imploran vuestra poderosa protección.

   La serpiente infernal, contra quien fue lanzada la maldición primera, continúa combatiendo y tentando a los pobres hijos de Eva. Vos, Madre nuestra bendita, nuestra Reina y Abogada, Vos que habéis aplastado la cabeza del enemigo desde el primer instante de vuestra concepción, acoged las plegarias que, unidos a Vos en un solo corazón, os rogamos presentéis ante el Trono de Dios, para que jamás nos dejemos arrastrar por las emboscadas que nos son preparadas, sino que todos alcancemos el puerto de salvación, y que en medio de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de la liberación, de la victoria y de la paz.
Amén.  


MISAL DIARIO
Católico Apostólico Romano —1962.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Historia del dogma de la Inmaculada Concepción de María.




DAVID SUÁREZ LEOZ

  

   En la constitución Ineffabilis Deus, de 8 de diciembre de 1854, el beato Pío IX pronuncia y define que la Santísima Virgen María «en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original ». La atribución de la Inmaculada Concepción a María armoniza con su maternidad divina y santa, lo mismo que con su función de colaboradora en la obra del Hijo único redentor. La Inmaculada es un ejemplo de justificación por pura gracia, que sin embargo no permanece inerte en ella, sino que provoca una respuesta de fe total al Dios santo que la ha purificado.


   Sin embargo, ningún otro dogma de la Iglesia ha pasado por dificultades mayores a la hora de ser fijado, siendo así que el misterio de la Concepción Inmaculada, tan antiguo como el hombre, gozaba ya en el siglo XVII del mayor grado de certeza moral y unánime consentimiento, por lo que en las próximas líneas intentamos acercarnos a los avatares que han acompañado este dogma mariano.


   La doctrina de la santidad perfecta de María desde el primer instante de su concepción encontró cierta resistencia en Occidente, y eso se debió al modo en que, en algunos casos, fueron interpretadas las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado original y sobre la universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor por san Agustín. El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la condición de María, madre de un Hijo completamente santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria, y en De natura et gratia mantiene que la santidad de María constituye un don excepcional de gracia, pero no logró entender cómo la afirmación de una ausencia total de pecado en el momento de la concepción podía conciliarse con la doctrina paulina de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la Redención para todos los descendientes de Adán.


   Desde el siglo VII la Iglesia oriental celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción, aunque no fuera universalmente. Sobre el significado de la fiesta oigamos a san Juan de Eubea: «Si se celebra la dedicación de un nuevo templo, ¿cómo no se celebrará con mayor razón esta fiesta tratándose de la edificación del templo de Dios, no con fundamentos de piedra, ni por mano de hombre? Se celebra la concepción en el seno de Ana, pero el mismo Hijo de Dios la edificó con el beneplácito de Dios Padre, y con la cooperación del santísimo y vivificante Espíritu ». Como se observará, en estas palabras se menciona la creación de María y, asimismo, su santificación, como insinúa la alusión al Espíritu Santo a quien se apropia.


   En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Italia, y luego en Inglaterra. Hacia el año 1128, un monje de Canterbury, Eadmero, escribe el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, De Conceptu virginali, en el que rechaza la objeción de san Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. Argumenta Eadmero que María permaneció libre de toda mancha por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo».


   A pesar de la celebración litúrgica, el significado de la solemnidad no estaba teológicamente fijado. Y no deja de llamar la atención que fuese el santo quizá más devoto de María quien frenase los impulsos del pueblo cristiano, suscitando la discusión teológica más enconada de la historia de los dogmas. Me refiero a san Bernardo.


   Habiendo llegado a sus oídos que los monjes de Lyon, en 1140, introdujeron la fiesta, el santo abad les escribió una carta vehementísima, reprobando lo que él llama una innovación «ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua». La carta es uno de los mejores documentos para probar la gran devoción del santo a María. Cada vez que la nombra, la pluma le rezuma unción, y con la inimitable galanura de estilo que le caracteriza, convence al lector de que en todo el raciocinio no hay ni brizna de pasión. Impugna el privilegio porque así cree deber hacerlo.


   Los grandes teólogos del siglo XIII hicieron suyas las dificultades de san Agustín, argumentando que si Cristo es el redentor de todos, si ningún pecado se perdona sin la Redención de Cristo en la cruz, María tenía que ser también pecadora para ser redimida por Cristo y la Redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. El Doctor Angélico, santo Tomás, afirma y repite con insistencia en varias partes de sus obras, escritas en diversas épocas, que María contrajo el pecado de origen. Citemos sólo lo que escribe en su obra máxima, la Summa. «A la primera pregunta de si María fue santificada antes de recibir el alma», responde que no, porque la culpa no puede borrarse más que por la gracia, cuyo sujeto es sólo el alma. «A la segunda, es decir, si lo fue en el momento de recibir el alma», responde que ha de decirse que «si el alma de María no hubiese sido jamás manchada con el pecado original, esto derogaría la dignidad de Cristo que está en ser el Salvador universal de todos».


   El beato Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII, brindó la clave para superar estas objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María, a través de la denominada redención preservadora, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado. No obstante, contamos con la afirmación de autores como el padre Juan Mir y Noguera, que adelantan las consideraciones de Escoto a Raimundo Lulio, de quien aquel afirma que le toca de derecho el honor de haber apadrinado la Concepción Inmaculada antes que el inmortal Escoto, y ello porque éste sacó la prerrogativa de la Virgen en 1300, mientras que el teólogo balear lo trata en sus obras desde 1273: (Padre Juan Mir y Noguera: La Inmaculada Concepción, Madrid, Saenz de Jubera hnos., 1905, p. 103.).


1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original?
Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso, para él.
2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original?
Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.
3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? Todos respondieron: «Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace».




Entonces Escoto exclamó:

Luego
1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.
2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha.
3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace. (Pascual Rambla, OFM: Historia del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Puede consultarse en www.franciscanos.org/virgen/rambla.html)


   Desde el tiempo de Escoto la fiesta se expandió a lo largo de aquellos países donde no había sido previamente adoptada. Con excepción de los dominicos, todas o casi todas las órdenes religiosas la asumieron: los franciscanos en el Capítulo General de Pisa en 1263 adoptaron la fiesta de la Concepción de María en toda la orden; esto, sin embargo, no significa que profesasen en este tiempo la doctrina de la Inmaculada Concepción. Siguiendo las huellas de Duns Escoto, sus discípulos Pedro Aureolo y Francisco de Mayrone fueron los más fervientes defensores de la doctrina, aunque sus antiguos maestros (san Buenaventura incluido) se hubiesen opuesto a ella. La controversia continuó, pero los defensores de la opinión opuesta fueron la mayoría de ellos miembros de la Orden dominicana.


   En 1439 la disputa fue llevada ante el Concilio de Basilea, donde la Universidad de París, anteriormente opuesta a la doctrina, demostrando ser su más ardiente defensora, pidió una definición dogmática: los obispos declararon la Inmaculada Concepción como una pía doctrina, concorde con el culto católico, con la fe católica, con el derecho racional y con la Sagrada Escritura; de ahora en adelante, dijeron, no estaba permitido predicar o declarar algo en contra.


   Por un decreto de 28 de febrero de 1476, Sixto IV adoptó por fin la fiesta para toda la Iglesia latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos asistieran a los oficios divinos de la solemnidad. Como el reconocimiento público de la fiesta por Sixto IV no calmó suficientemente el conflicto, publicó en 1483 una constitución en la que penaba con la excomunión a todo aquel que acusara de herejía a la opinión contraria (Grave nimis, 4 de septiembre de 1483). En 1546 el Concilio de Trento, cuando la cuestión fue abordada, declaró que «no fue intención de este Santo Sínodo incluir en un decreto lo concerniente al pecado original de la Santísima e Inmaculada Virgen María Madre de Dios» (Ses. V, De peccato originali). Como quiera que este decreto no definió la doctrina, los teólogos opositores del misterio, aunque reducidos en número, no se rindieron.


   San Pío V no sólo condenó la proposición 73 de Bayo según la cual «no otro sino Cristo fue sin pecado original y que, además, la Santísima Virgen murió a causa del pecado contraído en Adán, y sufrió aflicciones en esta vida, como el resto de los justos, como castigo del pecado actual y original», sino que también publicó una constitución en la que negaba toda discusión pública del sujeto.


   Mientras duraron estas disputas, las grandes universidades y la mayor parte de las grandes órdenes se convirtieron en baluartes de la defensa del dogma. Las universidades más famosas de entonces: la de la Sorbona en París, las de Bolonia y Nápoles en Italia, las de Salamanca y Alcalá en España y la de Maguncia en Alemania, declararon solemnemente estar totalmente de acuerdo con la idea de que María Santísima fue preservada de toda mancha de pecado, y en 1497 la Universidad de París decretó que en adelante no fuese admitido como miembro de la Universidad quien no jurase que haría cuanto pudiese para defender y mantener la Inmaculada Concepción de María. (Enciclopedia Católica, término «Inmaculada Concepción », puede consultarse en www.enciclopediacatolica.com/ i/inmaconcepcion.htm).


   Pablo V (1617) decretó que no debería enseñarse públicamente que María fue concebida en pecado original, y Gregorio V (1622) impuso absoluto silencio (in scriptis et sermonibus etiam privatis) sobre los adversarios de la doctrina hasta que la Santa Sede definiese la cuestión. Para poner fin a toda ulterior cavilación, Alejandro VI promulgó el 8 de diciembre de 1661 la famosa constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum, definiendo el verdadero sentido de la palabra conceptio, y prohibiendo toda ulterior discusión contra el común y piadoso sentimiento de la Iglesia. Declaró que la inmunidad de María del pecado original en el primer momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo era objeto de fe.


   Desde el tiempo de Alejandro VII hasta antes de la definición final, no hubo dudas por parte de los teólogos de que el privilegio estaba entre las verdades reveladas por Dios. La Inmaculada Concepción fue declarada el 8 de septiembre de 1760 como principal patrona de todas las posesiones de la Corona de España, incluidas las de América. El decreto del primer Concilio de Baltimore (1846), eligiendo a María en su Inmaculada Concepción patrona principal de los Estados Unidos, fue confirmado el 7 de febrero de 1847.



   Finalmente, el beato Pío IX, rodeado por una espléndida multitud de cardenales y obispos, promulgó el dogma el 8 de diciembre de 1854. En una emotiva homilía, monseñor Óscar Romero lo explicaba con gran sencillez: «Cristo es el Redentor de todos los hombres, también María es redimida, pero hay dos clases de redención: una redención, la que salva de la caída, uno que ha caído y le sacan del hoyo donde cayó, del abismo donde cayó, es un redimido, y así nos ha redimido a todos Cristo porque todos hemos caído en el abismo del pecado original, todos nacemos manchados con esa desobediencia de Adán. Pero hay una segunda clase de redención que se llama una redención de preservación, una redención que consiste en no dejar caer, en decirle: antes de que caigas al abismo, te recojo en mis brazos y te mantengo elevada; como todos los que han caído, tú no has caído, pero debías haber caído, yo te he preservado por un amor especial». Cristo quería una Madre que no tuviera la vergüenza de decir: fui concebida en pecado. Él le adelantó los méritos de su Redención.
   «Te voy a preservar, Madre mía, porque de tus entrañas purísimas voy a tomar carne yo, el Redentor ». (Homilía pronunciada el día 8 de diciembre de 1977 por Óscar Arnulfo Romero y Galdamez, arzobispo de San Salvador. Puede consultarse en www.supercable.es/~gato/ rome-2.htm).


CRISTIANDAD
“Al reino de Cristo por los corazones de Jesús y de María”