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domingo, 24 de marzo de 2024

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: QUINTA SEMANA DE CUARESMA: SÁBADO DE PASIÓN.

 


 

Tomado de “Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles”, P. André Hamon, cura de San Sulpicio.

 

 

RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE

 

 

   Mañana reanudaremos nuestras meditaciones sobre la cruz, considerada como el gran libro que nos instruye, y veremos que nos enseña: 1º sentir un tierno interés por todo lo que se refiere al prójimo;  Despojarnos enteramente del espíritu del egoísmo.

 

Nuestro propósito será:

   1º buscar en todas las cosas la gloria de Dios y el bien de nuestro prójimo;

   2º despegar nuestro corazón de todo lo demás.

   Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Pablo: “No me juzgo a mí mismo por saber nada entre ustedes sino a Jesucristo y a Él crucificado” (I Cor. II, 2).

 

 

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

 

   Adoramos a Jesús crucificado como nuestro Doctor y Maestro. Él es quien nos enseña a fondo lo que debemos buscar para la estima y el amor; es decir, los intereses de Dios y del prójimo, lo que debemos volar, despreciar y odiar; es decir, todo lo que se oponga a estos dos intereses. Démosle gracias por esta lección, y pidamos de Él gracia para conformar nuestra conducta.

 

 

 

PRIMER PUNT: La cruz nos enseña a sentir un tierno interés en todo lo que se refiere a nuestro prójimo.

 

   La cruz, en efecto, nos muestra:  en nuestro prójimo, quienquiera que sea, un hombre tan tiernamente amado por Jesucristo que, para salvarlo, bajó del cielo a la tierra, se hizo hombre y dio su sangre, su honor, su libertad y su vida, y se identificó tan completamente con cada hijo de Adán como para decir: Todo lo que se hace al más pequeño de Mis hermanos, lo considero hecho a Mí mismo, y todo lo que se les niega. mirar como rechazado a Mí mismo (Mateo XXV 40-45). Ahora bien, entendido esto, es evidente que bajo pena de fallar en nuestro deber para con Jesucristo debemos sentir un tierno interés en todo lo que tiene que ver con nuestro prójimo, con su salvación, con su reputación, o con su honor, con sus alegrías, sus penas, su prosperidad o sus reveses. Descuidar los intereses de una persona tan querida por Nuestro Señor, herirlo, afligirlo, herirlo o escandalizarlo, es herir al mismo Jesucristo en la misma manzana suya. Todos los intereses de este hombre deben sernos tan queridos como los de Jesucristo; debemos estimarnos felices y honrados por todo lo que podemos hacer por Su servicio y aprovechar con amor cada oportunidad de hacerlo.

2º La cruz nos enseña hasta qué punto debemos tener celo por los intereses de nuestro prójimo; porque si Jesucristo en la víspera de Su muerte nos ordenó amarnos unos a otros como Él mismo nos amó (Juan XIII, 34), la cruz se nos ofrece como comentario de este precepto; nos enseña que debemos estar dispuestos a hacer el máximo sacrificio por el bien del prójimo, a sufrir todo de los demás sin hacer sufrir a nadie, a soportar las privaciones y las incomodidades y, según las circunstancias, a inmolarnos totalmente por el bien del prójimo, felicidad de nuestros hermanos, porque así nos amó Jesús crucificado. ¿Cuántos servicios que podríamos haber prestado hemos rehusado a nuestro prójimo? ¿Cuántas veces lo hemos visto sufrir malestar y vergüenza, comprometiendo sus intereses por torpeza o ignorancia? Podríamos haberlo liberado de su dolorosa situación con una palabra de buen consejo, con un consejo caritativo, con un buen oficio que nos hubiera costado poco; y volviendo la cabeza, hemos pasado sin mostrar ningún interés por sus desgracias. ¡Oh, qué lejos estamos de amar a nuestros hermanos como Jesucristo nos amó a nosotros!

 

 

SEGUNDO PUNTOLa cruz nos enseña a despojarnos por completo del espíritu del egoísmo.

 

 

   Obtener para uno mismo los placeres, las riquezas y la gloria; mantenerse a distancia de la propia pobreza, el sufrimiento y la humillación, tal era todo el cuidado de la raza humana. Jesucristo apareció en la cruz, se mostró al mundo y desde lo alto de este nuevo asiento le dice al mundo: Aprende de Mí a olvidarte de ti mismo, a despojarte de ese egoísmo miserable que sólo piensa en sí mismo; o que le preocupa poco que otros sean infelices, siempre que pueda disfrutar; que cree que se engrandece rodeándose aquí abajo de bienes falsos, muchas veces incluso en perjuicio de los demás, y que se rebaja llevando una vida oculta, desconocida, privándose o sufriendo para complacer a los demás. Heme aquí, soy el Hijo bien amado de Dios y, sin embargo, soy pobre, sufriente, humillado. Si las riquezas y la abundancia, el placer y la gloria hubieran sido bienes verdaderos, ¿no me los habría dado Dios, mi Padre? Si la pobreza, la humillación y el sufrimiento hubieran sido males, ¿habría hecho de ellos mi porción? Aprenda de Mi ejemplo y sepa que todo lo que pasa es nada (Filip. III, 8); que todo es vanidad excepto amar a Dios y servirle (I. Imit. I, 3). Estas verdades sublimes, surgidas del Calvario hace dieciocho siglos, han cambiado la faz del mundo; inspiró a miles de almas con los sentimientos más nobles y los sacrificios más generosos por el bienestar de la religión y de la sociedad; y almas como éstas se han visto, desprendidas de todo menos de la cruz, para vender sus bienes para el consuelo de los pobres, abrazar una vida austera, para pertenecer con mayor certeza a Dios, someterse a la persecución como a un pedazo de bien fortuna, y regrese encantado de haber sido considerado digno de sufrir por Jesucristo. Mirad cómo la cruz ha retirado así del mundo el egoísmo y lo ha sustituido por la caridad con su heroica devoción. Quien no comprende estas cosas, sólo posee una falsa virtud, una mezcla de una apariencia de devoción unida al amor a sí mismo, con una investigación de lo que administrará a sus gustos y sus comodidades, la frivolidad, el amor al mundo y de sus vanidades: peor estado que el de los grandes vicios, porque los grandes vicios despiertan remordimiento, mientras que esta falsa devoción adormece el alma en una seguridad que la lleva a la muerte. ¿No somos del número de los que aún no han comprendido esta gran lección de la cruz: la muerte al egoísmo?


viernes, 22 de marzo de 2024

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: QUINTA SEMANA DE CUARESMA: VIERNES DE PASIÓN.

 


 

Tomado de “Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles”, P. André Hamon, cura de San Sulpicio.

 

 

RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE

 

 

   Meditaremos mañana: 1º sobre los sufrimientos que María vivió al pie de la cruz; 2º sobre las virtudes que allí practicaba;  sobre las palabras que le dirigió Jesús.

 

    —Luego tomaremos la resolución: 1º, muchas veces honrar la compasión de la Santísima Virgen con aspiraciones piadosas; 2º, imitar hoy, mediante algún acto especial, la paciencia, la humildad y el espíritu de sacrificio de los que ella nos ofrece ejemplo en esta maestría; , Dar muchas gracias a Nuestro Señor por habernos dado a María para que fuera nuestra Madre.

   Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de la Iglesia: “María, abismo de amor, hazme sentir tus dolores; hazme llorar contigo”.

 

 

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

 

Transportémonos en espíritu al monte santo del Calvario, al pie de la cruz, junto a María. Saludemos a esta madre de los dolores como la reina de los mártires, porque no se dejará llamar por ningún otro nombre en este misterio. No me llames Noemi (es decir, hermosa), pero llámame Mara (es decir, amarga), porque el Todopoderoso me ha llenado de amargura; (Ruth I, 20).

 

 

PRIMER PUNTOLos sufrimientos que María padeció al pie de la cruz.

 

   Todos los tormentos más crueles que sufrieron los mártires no son nada en comparación con la angustia que sufrió María. Los mártires sufrieron al menos sólo en sus cuerpos, y además la unción de la gracia suavizaba y encantaba sus tormentos hasta tal punto que se les veía triunfar gozosamente en medio de las torturas más crueles; pero en María fue su alma la que fue traspasada con la espada del dolor, sin alivio de ningún consuelo (Lucas II, 35). ¡Y qué sufrimiento, Dios mío! Si una madre que ve morir a su hijo ante sus ojos sufre una agonía indescriptible, ¿qué habrá sentido María, la que sintió por Jesús un amor que la naturaleza y la gracia elevaron al más alto gradola naturaleza al mostrarle en Jesús el más amable de los hijos, el más santo, el más perfecto, el más realizado de los hombres; gracia al revelarle en Él un Dios infinitamente bueno e infinitamente amable (Himno, Stabat Mater) y a este Hijo amado se vio obligada a ver arrastrado por las calles de Jerusalén, a los sacerdotes, a Pilato, a Herodes, por todas partes insultado, burlado, despreciado; se vio obligada a contemplarlo azotado, coronado de espinas, proclamado por el pueblo digno de muerte y peor que el ladrón y asesino Barrabás; se vio obligada a acompañarlo al Calvario, subiendo la montaña bajo el peso de la cruz, agotada por la pérdida de fuerzas y de sangre, cubierta de heridas y saliva; ¡y ella no pudo ayudarlo! Para una madre como María, ¡qué martirio! Se vio obligada a verlo tendido sobre la cruz, a oír los golpes de los martillos clavando los clavos en sus pies y en sus manos, a contemplarlo, con todas sus llagas, levantado entre el cielo y la tierra, agonizando durante tres horas; se vio obligada a escuchar Su último adiós, recibir Su último suspiro, sin poder morir con Él (Ibid.). Y, lo que es peor, sufrió los dolores que ella misma causó a su Hijo por su extrema aflicción; y todas aquellas otras torturas absolutamente inexpresables que sufrió el corazón de su Hijo al ver todos los pecados cometidos por los hombres que están decididos a condenarse a sí mismos a pesar de todos los medios de salvación que se les ofrecen. ¡Oh hija de Jerusalén! ¿A qué podemos comparar el extremo de tu aflicción? Es tan grande como el mar (Lam. II, 14). ¡Consígueme gracia para compadecer tus dolores, oh madre mía! (Himno, Stabat Mater.) Es mi deber: 1, porque un hijo debe compartir los sufrimientos de su madre (Ibid.); 2, porque no podía amar a Jesús que podía ser insensible a sus sufrimientos (Ibid.); 3, porque mis pecados son a la vez causa y objeto de los sufrimientos de tu Hijo y del tuyo, ¡oh madre afligida! (Ibídem.)

 

 

SEGUNDO PUNTOLas virtudes practicadas por María al pie de la cruz.

 

 

 Practica allí una paciencia inalterable. Ella se pone de pie en medio de la terrible tempestad como una roca rodeada de olas, que la golpean sin hacerla caer. Ni el abismo en el que está hundida por su dolor, ni el espectáculo de la muerte, ni la furia del hombre, ni la furia de los demonios pueden derribarla. Su comportamiento está lleno de resolución y coraje. Sin permitir que se le escape una queja, adora los designios de Dios en silencio y se somete a ellos. Mirémonos en este hermoso espejo de la paciencia y confundamos. ¡Se necesita tan poco para abatirnos, para hacernos desanimar, para suscitar quejas y murmuraciones!

2º La humildad de María es aquí igual a su paciencia. Una madre cuyo hijo sufre la pena capital se avergüenza de mostrarse; teme que la ignominia de su hijo rebote sobre ella, y se esconde; pero María se muestra y se muestra incluso al pie de la cruz (Juan XIX, 25). Allí espera todo el desprecio, todos los insultos que se le puedan amontonar, y se alegra de poder saborear con Jesús el cáliz de la humillación y beberlo hasta el fondo. ¡Qué lección para nosotros!

 María nos enseña el espíritu del sacrificio. Sabiendo que el designio de Dios es que Jesús muera para salvar al mundo, ella entra con toda su alma en los decretos divinos. Padre celestial, dice ella, toma tu espada, golpea a la víctima, desgarra mis entrañas, desgarra mi corazón quitándome a mi amado Hijo. Me resigno a ella por tu gloria y la salvación del mundo. ¡Qué sublime ejemplo del espíritu de sacrificio!

 

 

TERCER PUNTOLas palabras de Jesús a María.

 

 

   Mientras María sufría tan grandes dolores y practicaba tan elevadas virtudes, Jesús, volviendo los ojos hacia San Juan y viendo en él, afirman los Padres, el representante de todos los fieles, Mujer, le dice a María, he ahí tu hijo. Lo sustituyo para ocupar Mi lugar (Juan XIX, 26). Benditas palabras, por las cuales Jesús nos da a su madre para que sea nuestra madre, el que ya nos había dado a su padre para que sea nuestro padre, para que seamos sus hermanos, teniendo el mismo padre y madre. ¡Palabras que deben llenar nuestro corazón de confianza, de consuelo y de alegría! ¡Oh María, tú eres mi madre! ¡Ya no tengo miedo, soy feliz y espero!


MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: QUINTA SEMANA DE CUARESMA: JUEVES DE PASIÓN.

 


 

Tomado de “Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles”, P. André Hamon, cura de San Sulpicio.

 

 

RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE

 

 

   Mañana consideraremos la cruz como una silla sagrada, de donde Jesús nos enseña conocer a Dios; 2º para conocernos a nosotros mismos.

 

   —Luego haremos la resolución:

   1º mantener un gran respeto por Dios y sus infinitas perfecciones, y testimoniarlo con nuestra profunda devoción en la oración y en la iglesia;

    tener horror por toda clase de pecado, y tomar en serio la salvación de nuestra alma.

   Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Agustín: “Señor, que te conozca, que te ame, que me conozca a mí mismo, que me odie a mí mismo”.

 

 

 

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

 

 

 

   Honremos la cruz de Jesucristo como el libro de los elegidos, la ciencia de los santos; es allí donde aprendemos mejor que con todos los libros que jamás se han escrito, mejor que en las escuelas de todos los maestros, lo que es Dios y lo que somos nosotros. Demos gracias a Nuestro Señor por estas lecciones.

 

 

PRIMER PUNTOLa cruz nos enseña a conocer a Dios.

 

 

Conocer a Dios no es sólo el primero y el más excelente de todos los conocimientos; es también el más necesario, porque no podemos adorar a Dios, respetarlo y humillarnos ante Él, excepto en proporción al conocimiento que tenemos de su grandeza; no podemos alabarlo y bendecirlo, excepto en proporción a nuestro conocimiento de su infinita sabiduría; no podemos servirle con una vida santa, excepto en proporción al conocimiento que tenemos de su infinita santidad; por último, lo amamos sólo en la medida en que sabemos que es bueno. Ahora, esta grandeza, esta sabiduría, esta santidad, esta bondad, es la cruz que nos da el conocimiento y las opiniones más elevadas de ellos:   

   1º Nos enseña lo grande que es Dios. Ciertamente los cielos cuentan Su gloria, y los innumerables mundos en medio de los cuales la tierra entera, de la cual formamos una parte tan pequeña, es menos que una gota de agua en el océano, muestran Su grandeza. Sin duda el profeta Baruc nos asombra cuando nos muestra, a la voz de Dios, el sol y la luna apresurándose para colocarse en el lugar señalado para ellos, las estrellas viniendo a su vez para decir a Dios: ¡Miradnos! y avanzando bajo sus órdenes, como un ejército alineado en imponente orden de batalla. Isaías no es menos admirable cuando nos hace ver a todas las naciones como una cosa tan pequeña a los ojos de Dios que son menos que una gota de agua que brilla sobre una rosa; son como si no lo fueran, pero la cruz siempre me da las ideas más elevadas de Dios. Allí veo a un Dios, la Víctima, ofrecido a Dios por un Dios-Sacerdote, y me digo a mí mismo: Si podemos juzgar la grandeza de los reyes por la excelencia de los dones que se les hacen y por la dignidad de los que sirven. A ellos, ¡oh Dios eterno!, cuán grande eres Tú, en presencia de quien un Dios se humilla tan profundamente, Tú que tienes por ministro a un Dios-Sacerdote, y que recibes de Sus manos un Dios Víctima. Sí, eres verdaderamente infinito en grandeza, y no puedes concebir una expresión más grande que la que eres.

    La cruz nos habla de la infinita sabiduría de Dios, ¿qué sino infinita sabiduría podría haber encerrado lo inmenso en un ser limitado, conciliar todo tipo de sufrimiento con la visión beatífica, hacer morir al inmortal, ofrecer a la justicia divina una satisfacción superior a la ofensa, y donde se despliegan al mismo tiempo toda la magnificencia de la misericordia? ¡Oh divina sabiduría, que haces tales maravillas en la cruz, eres, en verdad, infinito!

   3º Sin embargo, la santidad de Dios no brilla en la cruz con menor esplendor. Contemplémoslo, persiguiendo en un Hijo amado el pecado, hasta en su más simple sombra, castigando las apariencias sólo con severidad inflexible, y lavándolos en la misma sangre de este Hijo amado.

   4º. ¿Qué diremos de la bondad divina, de la bondad de Dios Padre, que inmola a su Hijo por esclavo rebelde, malvado, ingrato? ¿de la bondad de Dios el Hijo, quien, entrando en los puntos de vista de su Padre, se entrega a los tormentos y la muerte para salvarnos? ¿No es éste el ideal de bondad más sublime? ¡Oh divina perfección! ¡Oh grandeza! ¡Oh sabiduría! ¡Oh santidad! ¡Oh Dios mío! ¡Cuán magníficamente os muestra la cruz! No te he conocido lo suficiente hasta ahora; pero ahora veo que eres tan hermosa, tan deslumbrante que consagraré el resto de mi vida para adorarte, alabarte, bendecir y amarte.

 

 

SEGUNDO PUNTOLa Cruz nos enseña a conocernos a nosotros mismos.

 

 

   Cuestiono la cruz respetando mi naturaleza, y me responde que soy una misteriosa mezcla de grandeza y bajeza. ¡Qué grandeza hay en mí! La dignidad de mi naturaleza es tan eminente, que Dios me ha redimido con preferencia a los ángeles, a quienes ha dejado sin redención. Mi salvación es tan querida por Dios que, para realizarla, un Dios descendió del cielo y murió en la cruz. Mi alma está en tal posición en la estima de Dios que, para redimirla, Él dio la sangre de Su Hijo. Verdades sublimes que nos enseñan a valorar nuestra salvación por encima de todo, no permitir que nuestra alma, que es tan grande, se rebaje a los afectos terrenales y sensuales, sino mantenerla siempre en la cima de su excelencia por una vida pura y santa. Al lado de esta grandeza la cruz nos muestra nuestra bajeza y nuestra miseria; nos dice que el pecado nos ha arrojado a un estado de miseria tan profundo que nos es imposible salir de él por nuestros propios esfuerzos, incapaces incluso de ofrecer al Dios ofendido la más mínima reparación; nos dice que el pecado original ha depositado en nosotros una tendencia al mal, una aversión a lo que se manda, un corazón tan malo, tan duro, que un Dios no pudo ganarnos excepto al precio de Su muerte en la cruz, e incluso entonces, su éxito ha sido muy pequeño. ¡Oh, cuán valiosos no somos! ¡Qué miserables somos! ¡Qué humildes y arrepentidos debemos ser, qué contritos, qué mortificados! Tales son las lecciones que nos da la cruz.

 

jueves, 21 de marzo de 2024

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: QUINTA SEMANA DE CUARESMA: MIÉRCOLES DE PASIÓN.

 


 


Tomado de “Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles”, P. André Hamon, cura de San Sulpicio.

 

 

RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE

 

 

Mañana consideraremos que debemos amar la cruz, porque en ella encontramos:  nuestra fuerza;  nuestra gloria.

   Nuestra resolución será: 1º recordar la cruz en nuestras épocas de debilidad o desánimo, para reavivar nuestro valor;  ya no preocuparnos más por la vana gloria del mundo, y unirnos únicamente a la sólida gloria de la cruz.

   Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Pablo: “Dios no permita que yo me gloríe sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. (Gálatas VI, 14).

 


 

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

 



   Postrémonos en espíritu ante la cruz del Salvador y ofrezcamos a ella el homenaje de nuestra más ferviente piedad, de nuestra adoración, amor y alabanza (Sal. XCIV, 6).

 

 



PRIMER PUNTODebemos amar la cruz porque es nuestra fuerza.

 

 

   El hombre es débil por sí mismo y, por otro lado, se encuentra en posiciones tan críticas, tiene faltas y pasiones tan difíciles de vencer, virtudes tan dolorosas de practicar, que es necesario que una fuerza sobrenatural sea necesaria acudir al socorro de la debilidad humana. Ahora bien, es en la cruz donde se encuentra esta fuerza. Encontramos en él un ejemplo que avergüenza nuestra pusilanimidad y excita nuestro coraje; garantía de nuestras esperanzas inmortales que, elevando nuestro corazón al cielo, lo hace más fuerte que toda la tierra; una gracia que sostiene, un amor que provoca nuestro amor e inspira devoción; por último, el sello de los elegidos, que nos invita a caminar por el mismo camino que ellos hicieron para llegar a la meta que han alcanzado. San Pablo se adhirió a la cruz (Gálatas II, 19), y apoyándose en ella se estimó más fuerte que todo tipo de tentaciones y pruebas (Rom. VIII, 37). Los mártires y los confesores en sus tormentos pensaron en la cruz y encontraron en ella una fuerza que los hizo invencibles. Sufro mucho, dijo uno de ellos, pero ¿qué se compara con lo que Jesús sufrió en la cruz? Imitemos estos hermosos ejemplos. Si somos probados por los reveses de la fortuna, incluso hasta el punto de sufrir la más extrema pobreza, la desnudez de Jesús en la cruz nos hará más querida la privación y nos hará exclamar con valentía con San Jerónimo: Seguiré desnudo a Jesucristo desnudo. Si estamos afligidos en nuestro cuerpo por la enfermedad y el sufrimiento, las heridas de Jesucristo en la cruz nos harán apreciar el sufrimiento y nos permitirán decir con San Buenaventura: “No viviré sin sufrir cuando te vea sufrir”; o con santa Teresa: “¡Oh sufrimiento o muerte!”. Tengo horror, dijo este gran santo, del goce y la comodidad, de la sensualidad y el afeminamiento. ¿Somos el blanco de la calumnia, la falta de consideración, el desprecio? el oprobio sufrido por Jesús en la cruz destruirá nuestras ilusiones respecto al amor de la estima y la alabanza. De ahora en adelante ya no tenemos ningún deseo por ellos; porque ¿cómo podemos tener respeto por la estima de un mundo que ha apreciado tan mal la sabiduría eterna? ¿Cómo podemos desear ser tratados mejor y ser más honrados que Dios? Por último, si tenemos problemas interiores que sufrir, un carácter que reformar, la voluntad propia que vencer, la mansedumbre y obediencia de Jesús en la cruz nos hará mansos y dóciles, sencillos y obedientes. Así, en cualquier posición que estemos, cualesquiera que sean los problemas en nosotros o alrededor de nosotros, la cruz será nuestra fuerza; con él triunfaremos sobre todas las dificultades, con él seremos felices en medio del sufrimiento, ricos en pobreza, contentos en medio de las contradicciones.

 

 



SEGUNDO PUNTO. Debemos amar la cruz porque es nuestro.

 

 

   La cruz y los sufrimientos son un honor tan grande que nuestros pecados merecen que seamos privados de ellos, y que seamos condenados a las riquezas, los honores y los placeres del mundo, contra los cuales Nuestro Señor pronunció este terrible anatema“¡Ay de vosotros los ricos, porque tenéis vuestro consuelo!” (Lucas VI, 24). El alma a la que Dios concede estas posiciones falsas debe ser humillada y confundida, y debe temer la condenación en el día del juicio. El alma, por el contrario, favorecida por Dios con el don de la cruz debe tener miedo de entregarse al orgullo, porque entonces es tratada como un Dios, asimilada a Jesucristo, el Dios verdadero, y como Él, alimentado con sufrimientos, oprobio y pobreza. El mundo, que tiene ideas falsas sobre la gloria, no comprende en absoluto este lenguaje; sin embargo, ¿qué hay más claro?  Según el mundo, la gloria consiste en la nobleza de una sangre ilustre; pero la cruz da al cristiano una nobleza superior a toda la nobleza terrenal; por medio de ella el cristiano es un hijo de Dios, con derecho a decirle a DiosPadre nuestro, que estás en los cielos; es hermano de Jesucristo y coheredero del reino celestial. Según el mundo, la gloria consiste en la posesión de vastos dominios; pero la cruz me asegura el cielo como herencia, un trono en el que juzgaré al mundo (Efesios II, 6), y beneficios infinitos comparados con los cuales el mundo entero es como nada Según el mundo, la gloria consiste en la superioridad de la mente por la que se distinguieron tantos sabios de tiempos pasados; pero en comparación con el misterio oculto de la cruz, toda la sabiduría del mundo no es más que una locura (I. Cor. I, 20). Según el mundo, la gloria consiste en un valor heroico; pero ¿qué héroes más grandes que esos discípulos de la cruz que se llaman apóstoles y mártires y santos? Por último, según el mundola gloria consiste en ser admitido en la intimidad de los grandes y de los reyes; pero la cruz me admite en la intimidad de Dios, de Jesucristo su Hijo, de todos los ángeles y de todos los santos. Entonces, ¿no es incomparablemente más glorioso? ¡Honor, entonces, a la cruz! Que sea bienvenido cada vez que se presente. ¡Honor a las almas crucificadas! Son los favoritos de Dios, Sus amigos especiales, que visten las libreas del gran Rey Jesús. ¿Es así como apreciamos la cruz? ¿No abrigamos acaso sentimientos muy diferentes, hasta el punto de murmurar y quejarnos cuando lo vemos acercarse?