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lunes, 28 de diciembre de 2020

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD: LOS SANTOS INOCENTES, MÁRTIRES. —28 de diciembre.


 


CUATRO UTILIDADES DEL NACIMIENTO DE CRISTO

 

 

   Un niño nos ha nacido para que imitemos su pureza y su humildad; para que nos conmovamos por su amabilidad, para que tengamos con- fianza en su mansedumbre.

 

 

   1º) Nos ha nacido este niño en el sacramento de la pureza. Por lo cual dice San Mateo (1, 21): Porque él salvará a su pueblo. Y San Bernardo: “He aquí a Cristo, que realiza la purificación de los delitos, he aquí que viene a purificar nuestra miseria.” Y San Agustín: “¡Oh infancia bienaventurada, por la cual fue reparada la vida de nuestra especie! ¡Oh lloriqueos gratísimos y deleitables, por los cuales escapamos al crujir de los dientes y a los llantos eternos! ¡Oh felices pañales, por los cuales han sido limpiadas las sordideces de nuestros pecados!”

 

 

   2º) Nos ha nacido para ejemplo de humildad. Por eso dice San Bernardo: “Pongamos empeño en hacernos como este niño; aprendamos de él, que es manso y humilde de corazón, pues no sin motivo Dios, que es tan grande, se ha hecho niño pequeñito. Por lo cual es impudencia intolerable que, habiéndose anonadado la majestad, se hincha y se engría el gusanillo.”

 

 

   3º) Nos ha nacido para acrecentamiento de la caridad: Fuego viene a poner en la tierra (Lc 12, 49). Y añade San Bernardo: “El Señor grande y digno de toda alabanza se ha hecho niño y amable. Un niño, dice, ha nacido. Porque él es todo amable para nosotros; él es padre, hermano, señor, servidor, recompensa y ejemplo.” Y en otro lugar: “Cuanto menor se hizo en la humanidad, tanto mayor se mostró en la bondad. Cuanto mayor bondad nos ofreció, tanto más enciende nuestro amor.”

 

 

   4º) Ha nacido para consuelo de nuestra esperanza y seguridad. Por eso dice el Apóstol: Lleguemos confiadamente al trono de la gracia, esto es, a Cristo, en el cual reina la gracia, a fin de alcanzar misericordia, es decir, perdón de los pecados precedentes, y de hallar gracia para ser socorridos a tiempo conveniente (Hebr 4, 16). Y San Agustín exclama: “Oh día dulcísimo del nacimiento de Cristo, en el cual los mismos infieles se mueven a compunción, y el pecador se siente conmovido por la misericordia, el arrepentido espera el perdón, el cautivo no desespera de la libertad, y el herido espera el remedio. En este día nace el Cordero que quita los pecados del mundo; en su nacimiento se goza más dulcemente el que tiene la conciencia tranquila, y teme más profundamente el que la tiene mala; el que es bueno pide más amorosamente; el pecador suplica devotísimamente; dulce día y verdaderamente dulce para los penitentes, día que trae consigo el perdón. Os prometo, hijitos, y estoy seguro de que, si alguno se arrepintiere de corazón en este día, y no volviere otra vez al vómito del pecado, se le dará todo lo que pidiere.”

 

 

 

(De Humanitate Christi)

 

  

 

Santo Tomás de Aquino.

 


miércoles, 2 de diciembre de 2020

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD: Miércoles de la primera semana.


 

NECESIDAD DE LA ENCARNACIÓN PARA OFRECER SATISFACCIÓN SUFICIENTE POR EL PECADO.

 

 

I. De dos maneras puede decirse suficiente una satisfacción:

 

   1º) De manera perfecta, porque es condigna, por cierta adecuación, para compensar la culpa cometida, y así la satisfacción que un simple hombre diera por el pecado no podía ser suficiente, porque toda la naturaleza humana estaba corrompida por el pecado, ni el bien de una persona, y aun de muchas, podía compensar equivalentemente el daño de toda la naturaleza; además el pecado cometido contra Dios es en cierto modo infinito por razón de la infinita majestad de Dios ofendido, pues la ofensa es tanto más grave cuanto más grande es aquél contra quien se delinque. Por lo tanto, fue necesario para una satisfacción condigna que el acto del que satisfacía tuviera eficacia infinita, como lo es el acto del que es Dios y hombre.

 

 

   2º) La satisfacción del hombre puede ser suficiente de manera imperfecta, esto es, según la aceptación de aquel que se contente con ella, aunque no sea condigna, y de este modo la satisfacción de un simple hombre es suficiente; y puesto que todo lo imperfecto presupone algo perfecto que lo sostenga, de ahí resulta que toda satisfacción de un simple hombre recibe su eficacia de la satisfacción de Cristo.

 

 

 

(3, q. I, a. II, ad 2um)

 

 

 

II. La Encarnación ofrece la certeza del perdón del pecado.

 

   Así como el hombre se dispone a la bienaventuranza por las virtudes, del mismo modo se aleja de ella por los pecados; el pecado, contrario a la virtud, es un impedimento para la bienaventuranza, no sólo porque introduce un desorden en el alma, en cuanto que la aparta del orden del fin debido; sino también porque ofende a Dios, del cual espera el premio de la bienaventuranza; y además, teniendo el hombre conocimiento de esa ofensa, pierde por el pecado la esperanza de acercarse a Dios, la cual es necesaria para conseguir la bienaventuranza.

 

   Por tanto, es necesario al género humano, lleno de pecados, que se le preste algún remedio contra los pecados; mas este remedio puede darlo, únicamente Dios; el cual no sólo puede mover la voluntad del hombre hacia el bien, para reintegrarla al orden debido, sino que también puede perdonar la ofensa cometida contra Él; pues la ofensa sólo puede ser perdonada por aquél contra quien se comete.

 

   Además, para que el hombre sea librado de la conciencia de la ofensa pasada, es necesario que esté cierto de la remisión de la ofensa por el mismo Dios; certeza que no puede constarle, si Dios no le certifica de ello.

 

   Por tanto, fue conveniente y útil al género humano, para conseguir la bienaventuranza que Dios se hiciese hombre, para que de este modo consiguiese de Dios el perdón de los pecados y tuviese certeza de ese perdón por el hombre Dios.

 

 

 

(Contra Gentiles, lib. 4, cap. 54)

 

 

 

Santo Tomás de Aquino.


MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD: Martes de la primera semana.


 


NECESIDAD DE LA ENCARNACIÓN

 

 

   Algo es necesario para algún fin de dos modos: Primero, por necesidad absoluta, sin lo cual algo no puede existir, como el sustento es necesario para la conservación de la vida humana; segundo, en la medida en que por medio de tal cosa se llega mejor y más convenientemente al fin, como el caballo es necesario para realizar un viaje. No fue necesario por el primer modo que Dios se encarnase para la reparación de la naturaleza humana, porque Dios por su virtud omnipotente podía reparar la naturaleza humana de otros muchos modos. Pero por el segundo modo fue necesario que Dios se encarnase. Por eso dice San Agustín: “Demostremos, además, que no faltó otro modo posible a Dios, a cuya potestad está sometido todo igualmente, sino que no había otro modo más conveniente de curar nuestra miseria.”  (De Trinit., lib. XIII, cap. 10.)

Esto es lo que puede considerarse en cuanto a la promoción del hombre al bien.

 

 

   1º) En cuanto a la fe, que se certifica más por lo mismo que cree al mismo Dios que habla; por lo que dice San Agustín: “Para que el hombre caminase más confiadamente hacia la verdad, el Hijo de Dios, que es la misma Verdad, hecho hombre, constituyó y fundó la fe.” (De civ. Dei, lib. XI, cap. 2.)

 

   2º) En cuanto a la esperanza, que se afirma principalmente por esto, y así dice San Agustín: “Nada fue tan necesario para levantar nuestra esperanza, como el demostrarnos cuánto nos amaba Dios. ¿Qué prueba más manifiesta de esto que la de que el Hijo de Dios se dignara formar consorcio con nuestra naturaleza?” (De Trinit., lib. XIII, cap. 10.)

 

  3º) En cuanto a la caridad, que se excita principalmente por esto, y así es que dice San Agustín: “¿Qué mayor motivo existe de la venida del Señor que el manifestar Dios su amor en nosotros?” Y después añade: “Si nos era penoso amar, al menos no nos duela volver a amar.” (De Catechiz. rudibus, cap. 4.)

 

 

4º) En cuanto a la rectitud de obrar, en la cual se nos mostró para ejemplo. Por lo cual dice San Agustín: “No se debía haber seguido al hombre, que podía ser visto; se debía haber seguido a Dios, que no podía ser visto. Y así para mostrar al hombre quién fuese visto por el hombre y a quién el hombre siguiese, Dios se hizo hombre.” (Serm. De nativitate Domini, 22 de Temp.)

 

 

5º) En cuanto a la plena participación de la divinidad, que es la verdadera bienaventuranza del hombre, y el fin de la vida humana, y esto nos fue dado por la humanidad de Cristo. Pues dice San Agustín: “Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciese Dios.” (Serm. De nativ. Domini, 13 de Temp).

 

 

 

 (3ª, q. I, a. II).

 

 

 

   No solamente fue necesario que Dios se encarnara para la promoción del hombre al bien, sino también para la remoción del mal.

 

   1º) El hombre se instruye por esto para que no prefiera al diablo a sí mismo, no venere al que es el autor del pecado. A este propósito dice San Agustín: “Puesto que Dios pudo unirse a la naturaleza humana de tal modo que se hizo una sola persona, no se atrevan, por eso, aquellos espíritus soberbios y malignos a anteponerse al hombre, porque no tienen carne.” (De Trinit., lib. 13, cap. 17).

 

 

   2º) Por esto se nos enseña cuánta es la dignidad de la naturaleza humana, para que no la mancillemos con el pecado. Por lo cual asegura San Agustín: “Dios nos ha demostrado cuán excelso lugar ocupa la naturaleza humana entre las criaturas, apareciendo entre los hombres como verdadero hombre.” (De vera relig., cap. 16). Y el papa San León dice: “Reconoce, oh cristiano, tu dignidad; y hecho partícipe de la naturaleza divina, no retornes a la antigua vileza con una mala conducta.” (Serm. De nativit, Domini, I).

 

 

   3º) Porque, para destruir la presunción del hombre, se hace más estimable la gracia de Dios en Cristo hombre, sin ningún mérito anterior de nuestra parte.

 

 

   4º) Porque mediante tanta humildad de Dios puede reprimirse y sanarse la soberbia del hombre, que es el mayor obstáculo que le impide unirse a Dios.

 

 

   5º) Para librar al hombre de la servidumbre del pecado; lo cual, como dice San Agustín, debió ciertamente verificarse de tal modo que el diablo fuera vencido por la justicia del hombre Jesucristo; lo que se llevó a cabo mediante el sacrificio de Cristo por nosotros. Un simple hombre no podía satisfacer por todo el género humano, y Dios no debía satisfacer; por lo cual convenía que Jesucristo fuese Dios y hombre. (De Trinit., lib. XIII, cap. 13). Por eso dice el papa San León: “La debilidad es tomada por la fortaleza, la humildad por la majestad, la mortalidad por la eternidad, a fin de que, cual convenía a nuestra curación, un solo y mismo mediador entre Dios y los hombres pudiese morir por una parte y resucitar por otra; porque, si no fuera verdadero Dios, no traería el remedio; y si no fuese verdadero hombre, no daría ejemplo.” (Serm. De nativ. Domini, I).

 

   Hay otras muchas ventajas que resultan de esto y que exceden a la aprehensión del sentido humano, según aquello del Eclesiástico (III, 25): Muchísimas cosas te han sido mostradas sobre el entendimiento de los hombres.

 

 

 

(3ª, q. I, a. II)

 

 

Santo Tomás de Aquino.


lunes, 30 de noviembre de 2020

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD: Lunes de la primera semana.


 


CONVENIENCIA DE LA ENCARNACIÓN

 

 

   1. Parece ser muy conveniente que los atributos invisibles de Dios sean mostrados por las cosas visibles; pues para esto se hizo el mundo entero, como consta por el Apóstol: Las cosas de Dios invisibles se ven, después de la creación del mundo, considerándolas por las obras creadas (Rom I, 20). Pero, como dice San Juan Damasceno, por el misterio de la Encarnación se manifiesta a la vez la bondad, la sabiduría, la justicia y el poder de Dios o su virtud. La bondad, porque no despreció la debilidad de su propia criatura; la justicia, porque, vencido el hombre, hizo que nadie más que el hombre venciese al tirano, y libertó al hombre de la muerte por la violencia; la sabiduría, porque encontró el mejor modo de pagar el más costoso precio; el poder o virtud infinita, porque nada hay más grande que haberse hecho Dios hombre. Luego fue conveniente que Dios se encarnase.

 

 

II. Conviene a cada cosa aquello que le compete según su propia naturaleza, como al hombre le conviene razonar, porque ese acto le corresponde en cuanto es racional según su propia naturaleza. Siendo, pues, la naturaleza misma de Dios la esencia de la bondad, todo lo que es esencial al bien conviene a Dios. Y como es de la esencia del bien el comunicarse a otros, por lo tanto, es esencialmente propio del sumo bien el comunicarse a la criatura de un modo soberano. Lo cual se verifica principalmente al unirse a una naturaleza creada, de modo que se haga una sola persona de estos tres principios, a saber: el Verbo, el alma y la carne. Por lo cual, es notorio que fue conveniente que Dios se encarnase.

 

 

   Unirse a Dios en unidad de persona no fue conveniente a la carne humana según la condición de la naturaleza, porque esto supera a su dignidad; pero fue conveniente a Dios, según la excelencia infinita de su bondad, el que la uniese a sí para salvar al hombre.

 

 

   Dios es grande, no en volumen, sino en virtud; por consiguiente, la magnitud de su poder no siente ninguna estrechez en lo angosto. Si la palabra fugaz del hombre es oída simultáneamente por muchos y toda entera por cada uno de ellos, no es increíble que el Verbo de Dios subsistente esté a la vez en todas partes todo entero.

 

 

 

(Sum. Theolog., 3.ª parte, q. I, a,. 1)

 

 

 

Santo Tomás de Aquino.


domingo, 29 de noviembre de 2020

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD: Primer domingo de Adviento.


 


INMENSIDAD DEL AMOR DIVINO.

 

 

   De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquél que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16.).

 

   La causa de todos nuestros bienes es el Señor y el amor divino; porque amar es propiamente querer bien para alguno. Y como la voluntad de Dios es causa de todas las cosas, el bien nos viene a nosotros porque Dios nos ama. El amor de Dios es, pues, causa del bien de nuestra naturaleza. También lo es del bien de la gracia (Jer 31, 3): Con amor perpetuo te amé; por eso te atraje hacia mí, esto es, por medio de la gracia.

 

 

   Que sea también dador del bien de la gracia procede de gran caridad, y, por lo tanto, se demuestra aquí con cuatro razones que esa caridad de Dios es máxima:

 

1º) Por razón de la persona que ama, pues Dios es el que ama y sin medida. Por eso dice: De tal manera amó Dios.

 

2º) Por la condición del amado; porque el amado es el hombre, esto es, el hombre mundano, corpóreo, pecador. Mas Dios hace brillar su caridad en nosotros, porque, siendo todavía sus enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (Rom. 5, 8-10). Por eso dice: Dios ha amado tanto al mundo.

 

3º) Por la grandeza de los dones; porque el amor se demuestra por medio del don, pues, come, dice San Gregorio, la prueba del amor es la acción.

 

   Dios nos dio el don máximo, pues nos dio a su Hijo unigénito; a su Hijo por naturaleza, consubstancial a Él mismo, no adoptivo; unigénito, para mostrar que el amor de Dios no se divide entre muchos hijos, sino que va todo entero al Hijo que Él nos dio, como prueba de su amor sin medida.

 

4º) Por la magnitud del fruto; pues por ese don alcanzamos la vida eterna. Por eso dice: Para que todo aquel que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna, la que nos adquirió por su muerte de cruz.

 

   Se dice que una cosa perece cuando se la impide llegar a su fin propio. El hombre tiene por fin propio la vida eterna, y cuantas veces peca se aparta de ese fin. Y aun cuando, mientras vive, no perece totalmente, pues puede rehabilitarse, sin embargo, cuando muere en pecado perece totalmente. En las palabras: tenga vida eterna, se indica la inmensidad del amor divino; porque al dar la vida eterna, Dios se da a sí mismo; pues la vida eterna no es otra cosa que gozar de Dios. Darse a sí mismo es señal de un gran amor.

 

 

(In Joan., 3).

 

Santo Tomás de Aquino.

 

 


lunes, 6 de enero de 2020

EPIFANÍA DEL SEÑOR. —6 de enero.




   Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu aurora (Is 60, 3).


   Los Magos son las primicias de los gentiles que creen en Cristo; en los cuales aparecieron como en cierto presagio la fe y la devoción de los gentiles, que venían a Cristo desde países lejanos. Y por esto, así como la devoción y la fe de los gentiles están sin error por la inspiración del Espíritu Santo, igualmente ha de creerse que los Magos, inspirados por el Espíritu Santo, tributaron sabiamente reverencia a Cristo.

   Como dice San Agustín, la estrella que guió a los Magos al lugar donde estaba el Dios infante con la Madre Virgen, podía conducirlos a la misma ciudad de Belén en que nació Cristo; pero se sustrajo a su vista hasta que también los judíos diesen testimonio acerca de la ciudad en que Cristo nacería; a fin de que, confirmados con doble testimonio, buscasen con una fe más ardiente a quien manifestaban la claridad de la estrella y la autoridad de la profecía. Así ellos mismos anuncian a los judíos el nacimiento de Cristo y preguntan el lugar. Por disposición divina ocurrió que, al desaparecer la estrella, los Magos fuesen a Jerusalén guiados por las luces humanas, buscando en la ciudad real al rey nacido, a fin de que el nacimiento de Cristo fuera primero anunciado públicamente en Jerusalén, conforme a aquello de Isaías (2, 3): De Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén, y también para que, con la noticia de los magos, que venían de lejos, se condenase la pereza de los judíos, que estaban cerca.




   Admirable fue la fe de los Magos. Porque si ellos, buscando un rey de la tierra, le hubiesen encontrado, en tal caso se hubieran confundido, por haber emprendido sin causa un viaje tan penoso; por lo que ni lo hubieran adorado, ni ofrecido obsequios. Pero en el caso presente, como buscaban un rey celestial, aunque ninguna excelencia real verían en él, sin embargo, contentos con el testimonio de la sola estrella, lo adoraron. Ven al hombre y reconocen a Dios, y le ofrecen obsequios adecuados a la dignidad de Cristo: oro como a un gran rey; incienso, del que se hace uso en el sacrificio de Dios, como a Dios, y mirra, que sirve para embalsamar los cuerpos, a fin de demostrar que debía morir por la salvación de todos.





(3ª, q. XXXVI, a. 8)


   Y postrándose le adoraron (Mt 2, 11). A este respecto dice San Agustín: “¡Oh infancia, a la cual se someten los astros! ¿Quién es éste de grandeza y gloria suprema, ante cuyos pañales velan los Ángeles, tiemblan los reyes, y doblan sus rodillas los sabios? ¿Quién es éste, tal y tan grande? Me lleno de estupor cuando veo los pañales y miro al cielo; me agito cuando miro en el pesebre al mendigo y al más preclaro que los astros; socórranos la fe, pues la razón humana desfallece.”

(De Humanitate Christi)


MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD.
Santo Tomás de Aquino.