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lunes, 18 de marzo de 2024

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA.

 


 

Tomado de “Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles”, P. Andrés Hamon, cura de San Sulpicio.

 

           

 

   

RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE.

 

   

Mañana meditaremos sobre la fiesta de la Preciosa Sangre, que la Iglesia celebra en ese día. Veremos: 1º El agradecimiento debido a Jesucristo por el don que nos ha hecho de su Sangre;  Las consecuencias prácticas que se deducen para nosotros de ese don inefable.

   

 

 

Tomaremos enseguida la resolución:

    De amar más a Jesucristo, que tanto nos ha amado, y de servirle con más generosidad que antes;  De poner toda nuestra confianza en los méritos de esa sangre y no dejarnos vencer jamás del desaliento y la desconfianza.

   Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Juan: “Jesucristo ha lavado nuestros pecados con su sangre”.

        

 

 

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA.

 

    

   Adoremos a Jesucristo que nos ha dado toda su Sangre, hasta la última gota; agradezcámosle este don inefable, amémosle por tanto amor y pidámosle la gracia de aprovecharlo bien.

 

 

   

PUNTO PRIMERO — AGRADECIMIENTO DEBIDO A JESUCRISTO POR EL DON QUE NOS HA HECHO DE SU SANGRE.

 

   

   El que un hombre diera a otro toda su fortuna, sería mucho sin duda, sobre todo, si se le supone considerable. ¿Que sería, pues, si le diera su sangre y la derramara toda por él? Sería evidentemente el amor llevado hasta el último grado. Eso es lo que ha hecho Jesucristo con nosotros: y notemos: 1° EL VALOR DE ESA SANGRE. Es mayor infinitamente, que toda otra sangre humana, porque es la sangre de un Dios, en virtud de la unión hipostática; sangre, por consiguiente, de precio infinito. Esa sangre la ofrece un Dios en cada sacrificio a la divina Majestad; y la dignidad de un Dios sacerdote, ofreciendo la sangre de un Dios víctima, le comunica nuevo valor infinito. Notemos, 2º, LOS MARAVILLOSOS EFECTOS DE ESTA SANGRE. Apaga el fuego de la ira divina, irritada por nuestros crímenes. Es la hostia de expiación por nuestros pecados. Es el precio de nuestra redención. Es el baño que purifica nuestra conciencia. Es el sello de paz entre el cielo y la tierra. Nos abre el cielo y cierra el infierno bajo nuestros pies. Lejos de clamar venganza, como la sangre de Abel, cada gota de esa Sangre clama misericordia. Notemos,  Que ESA SANGRE NOS ES DADA DE TAN ALTO PRECIOno con mano avara, sino con una generosidad incomparable. Cuando una sola gota habría bastado para borrar los pecados de mil mundos, Jesucristo la da toda entera; y la da por lo mismo que El preveía habían de mostrarse tan poco dignos de ella; la da, no una vez, sino millones de veces. Comienza a derramarla ocho días después de su nacimiento, bajo el cuchillo de la circuncisión; la derrama en el Huerto de los Olivos, donde un sudor de sangre inunda la tierra; la derrama en la flagelación, en la coronación de espinas, en la crucifixión y en la abertura del sagrado costado; la ofrece todos los días en el Santo Sacrificio, sobre toda la superficie del globo, y nos la da a beber en la Comunión; la conserva en todos los tabernáculos del mundo, y allí esa Sangre pide sin cesar perdón por nosotros. En fin, nos aplica sus méritos en los sacramentos, que son como otros tantos canales, por los cuales esa Sangre adorable se comunica a las almas. ¡Qué agradecimiento no debemos nosotros al Salvador por esa prodigalidad de su Sangre en favor de unos pobres pecadores, como somos!




PUNTO SEGUNDO — CONSECUENCIAS PRÁCTICAS QUE DEBEMOS SACAR DE ESTAS CONSIDERACIONES.

      

   1° Es menester una gran generosidad en el servicio de Jesucristo. Cuando un Dios nos da toda su sangre, ¿Qué excusa tenemos si no le sacrificamos nuestra voluntad, nuestros actos, nuestros gustos? Cuando se posee en el pecho la Sangre de Jesucristo, cuando se tiene una sangre tan noble y tan divina, es preciso tener su espíritu generoso y sus elevados pensamientos, a los cuales nada sienta mejor que el sacrificio.  

   2° Es preciso honrar esta Sangre con la asistencia devota y frecuente al santo Sacrificio, con la frecuentación de los sacramentos, con la correspondencia a las gracias interiores y exteriores, que son el fruto de esta Sangre, y con la ofrenda, a menudo reiterada, de nuestras acciones y de nuestro corazón en espíritu de agradecimiento;

    Debemos tener una confianza sin límites en los méritos de esta divina sangre. Que se turben y carezcan de confianza los que no conocen el precio de la Sangre del Salvador; pero, cuando sabemos por la fe que Jesucristo ha dejado a nuestra disposición todos los méritos de su Sangre con la facultad de aplicárnoslos por la oración, por los sacramentos y por el sacrificio, no nos es permitido perder la confianza, Teniendo el crucifijo en las manos, jamás debe desfallecer nuestro valor. Es verdad, ¡oh Jesús!, que yo no puedo decir: “Soy inocente de la Sangre de este justo”, puesto que mi pecado es haber entregado esa Sangre inocente; pero diré en otro sentido que los judíos: “¡Que su Sangre caiga sobre mí para borrar mis inquietudes y preservarme del ángel exterminador, como la sangre del cordero pascual en las puertas de las casas del antiguo pueblo de Israel!” ¿Saco yo fielmente estos frutos de la Pasión del Salvador?

 


jueves, 27 de febrero de 2020

¿QUE ES LA CONFESIÓN?





POR MONSEÑOR DE SEGUR.


   Confesar equivale a descubrir. La Confesión es el descubrimiento que debemos hacer de nuestros pecados a un sacerdote, para obtener el perdón de Dios. Confesarse es ir a encontrar a un sacerdote, a un ministro de Jesucristo y descubrirle con sencillez y arrepentimiento todas las faltas que se ha tenido la desgracia de cometer.


   Los que no se confiesan se forman de la confesión las ideas más extravagantes y ridículas. Una señora protestante que frecuentemente tomaba consejos de Monseñor de Cheverus, obispo de Boston, le decía que la Confesión le parecía muy absurda. «No tanto como os parece, le dijo sonriendo el buen obispo; sin que lo dudéis, vos sentís su valor y su necesidad; porque hace tiempo que os confesáis conmigo sin saberlo. La Confesión no es otra cosa que el confiarme las penas de conciencia que queréis exponerme para descargarla.» Aquella señora no tardó mucho en confesarse formalmente y en hacerse católica.


   Por lo demás nada hay más natural que la Confesión. Voltaire, autoridad nada sospechosa, por cierto, así lo confesaba en uno de sus momentos lúcidos: «Quizás no hay, escribía, institución más útil; la mayor parte de los hombres, cuando han caído en grandes faltas, sienten por natural consecuencia el aguijón del remordimiento; y solo encuentran consuelo sobre la tierra, pudiéndose reconciliar con Dios y consigo mismos.»


   Así pues, cuando nos confesamos descargamos nuestra conciencia de los pecados que la deshonran, y vamos a buscar en el Sacramento de la Penitencia la paz del corazón y la gozosa tranquilidad del alma.

jueves, 19 de septiembre de 2019

MODO PRÁCTICO DE CONFESARSE BIEN Y CON BREVEDAD.




   Primeramente, pedirás la gracia al Señor por intercesión de su bendita Madre, María Santísima.

   Después harás el examen; si no te has confesado en mucho tiempo, lo harás siguiendo los Mandamiento; pero si acostumbras a confesarte a menudo, lo harás por lo que hayas faltado a Dios, al prójimo y a ti misma por comisión y omisión.

   Luego procurarás excitarte al dolor de tus pecados, acercándote al confesor con aquella humildad, confusión y dolor con que el hijo pródigo se acercó a su padre, o con el arrepentimiento que tuvo la Magdalena al acercarse a Jesucristo.

   Ponte, si hay otros aguardando, en el lugar correspondiente, y con el posible recogimiento te excitarás más y más al dolor de tus pecados, repitiendo a menudo los actos de contrición y atrición.

   Cuando te corresponda confesarte te persignarás y santiguarás, y profundamente inclinada dirás: Yo pecadora, etcétera, y darás principio a la confesión de este modo:

   Padre, hace tantos días que no me he confesado. Cumplí la penitencia, o no. Tengo tal estado. He examinado la conciencia, y me acuso:
   En primer lugar, de haber faltado en tales cosas. (Aquí se dirá la falta.)
   En segundo lugar, de haber sido omisa en tal y tal cosa.
   En tercer lugar, de haber dicho tal o tales palabras que no debía, etc., etc.
   Por materia más cierta de este Sacramento, me acuso de todos los pecados de mi vida pasada cometidos contra tal Mandamiento (aquí se dirá el Mandamiento en que hayas faltado en la vida pasada), confesado ya, y en particular del primero y último, y del que es más grave en la presencia divina; de éstos y de todos me acuso y pido con toda humildad perdón a Dios, y a vos, Padre, la penitencia y absolución con propósito de enmendarme asistida de la divina gracia.

   Escucharás después con atención las palabras o la exhortación que te hará el Padre confesor, al cual responderás con brevedad é ingenuamente a las preguntas que te hiciere; y mientras hablare el confesor debes estar atenta, sin pararte en examinar si te ha quedado algo que decir, ni distraerte en otras cosas; finalmente, al tiempo de recibir la absolución dirás el acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

   Será bueno que la persona que trata de perfección dé cuenta, no en cada confesión, sino de vez en cuando, a su director cómo le va en la oración, si es puntual, si se ha detenido en ella todo el tiempo señalado, si en la víspera se prepara a ella leyendo el punto, si nota lo principal que le pasa, etc.

   Con este método se puede fácilmente confesar, y con poco tiempo adelantar en la perfección y llegar por este camino a la patria celestial, a la cual, y no a otro fin, deben dirigirse nuestros pensamientos, obras y deseos.


DEVOCIONARIO.
POR
GABINO CHÁVEZ (Presbítero). —1894.


viernes, 13 de septiembre de 2019

CONFESIÓN.




 ¡Qué hermosa transformación la que hace en el alma el santo sacramento de la Penitencia! El culpado se convierte en inocente, el esclavo de Satanás en hijo de Dios, y el que poco antes era monstruo horrendo por la culpa, en imagen bellísima del Creador. ¡Tanto es el poder de la divina gracia que se comunica en este Sacramento! Necio es, pues, el que mira con horror a un Sacramento tan saludable, recibiéndolo tan sólo, o por temor a las censuras de la Iglesia, o por respeto al qué dirán. ¿Qué delincuente se detuviera perezoso en las prisiones si dependiera su libertad de la confesión ingenua de su culpa? ¿Qué náufrago no alargaría la mano a la tabla que le ofreciese la Providencia? ¿Qué enfermo consentiría en morir por evitar lo poco de mal sabor de la medicina?

   No quieras, hija de María, ser calificada de necia si, hallándote agobiada bajo el peso de las culpas, o por siniestras preocupaciones o por frívolas excusas, huyes del alivio que se te ofrece en este Sacramento, o no lo frecuentas a menudo y con las debidas disposiciones. Mira que un solo grado de gracia de los que allí se comunican es de más precio que todo cuanto hermoso y bello hay en la Naturaleza. ¿Y quién á tan poca costa no atesora para el cielo lo que vale tanto? ¿Quién no solicita purificarse en esta vida de aquellas manchas que para quitarse necesitan de mucho fuego en el purgatorio?

   Pero antes de pasar a la práctica de este Sacramento quiero prevenirte contra otra necedad peligrosísima, harto frecuente por desgracia aun en personas que se acercan a menudo a los santos Sacramentos: la necedad de callar pecados. Prudente es el rubor que impide el pecado, pero imprudente el que dificulta la penitencia. Una refinada soberbia suele ser el origen de esta confusión culpable, que tantas almas tiene precipitadas en el abismo infernal; porque, si eres humilde, te holgarás de que el confesor te tenga por defectuosa y delincuente.

   Ea, rompe con valor ese rubor que oprime la garganta, y descubre tu pecho al que como padre te guardará inviolable secreto. Nada dirá, que nada puede decir; y aunque pudiera lo callaría, porque más hace el penitente en fiarle su mayor secreto que él en guardarlo. No creas se escandalice el confesor prudente por la enormidad del delito, porque harto conocida le es tu miseria, o por lo que ha leído, o por lo que ha aprendido en los demás.

   Manifiesta con confianza todas tus culpas graves, según las tengas en la conciencia, y sabe que mientras así no lo hagas añades pecados a pecados, quitas el mérito a tus obras y compras leña para quemarte en el infierno. Si oras, si das limosna, si ayunas a pan y agua, si derramas toda la sangre de tus venas al golpe de la disciplina, y al mismo tiempo callas o disimulas algún pecado, no podrás, a pesar de todo eso, entrar en el cielo; de nada te servirá. ¡Qué locura! ¡Por no querer pasar un poquito de vergüenza en el rincón de un confesonario, padecer eterna confusión! —Si no tienes valor para descubrir el mal estado de tu conciencia al propio director (que fuera lo más acertado), busca otro y comienza tu confesión por estas palabras: Padre, vengo poseída de la vergüenza.

   Convencida Santa Teresa de Jesús de que las confesiones mal hechas precipitan a muchas almas en el infierno, escribía llena de celo a un predicador estas palabras: «Padre, predicad muchas veces contra las confesiones mal hechas, porque el demonio no tiene otro lazo con que coger tantas almas cuantas coge con éste.» No basta, pues, confesarse; es preciso hacerlo bien, y con las disposiciones requeridas, de examen, dolor, propósito, confesión de boca y satisfacción. Hazlo así, que yo te aseguro feliz éxito en el Tribunal divino, ante el cual no valdrá excusa alguna, — Además, importa mucho que obedezcas ciegamente; y así, cuando el director te diga que estás bien confesada, lo creas y ahorres ciertas inflexiones extravagantes de si te has o no explicado bien, si te han o no entendido, si tienes o no dolor de tus pecados, si hubo o no falta en el examen, persuadiéndote que sólo se va seguro por el camino de la obediencia. —Evita el ser larga en el confesionario; para esto omite cuentos ridículos, noticias que no pertenecen al Sacramento, faltas ajenas y ciertas pretensiones de mundo que hacen sospechosas las confesiones.


POR
GABINO CHÁVEZ
Presbítero (1894).

lunes, 19 de agosto de 2019

NECESIDAD DE LA CONFESIÓN.




   “Los pecados serán perdonados a aquellos a quienes los perdonáreís”, dice Jesucristo a sus Apóstoles. (Juan 20, 23). Por consiguiente, si queremos obtener el perdón de nuestros pecados, es preciso confesarlos. Jesucristo no promete su gracia y el cielo sino con esta condición…  “Lo que desatáreis en la tierra, quedará desatado en el cielo”. (Mateo 18, 18). Y como no hay otro medio para desatar que la confesión, puesto que sólo a ella Jesucristo ha unido la libertad del alma, resulta por consecuencia que es necesaria la confesión. La confesión es necesaria para humillarnos, para arrojar lejos de nosotros el pecado y expiarlo......


   Dios nos ha confiado el ministerio de la reconciliación, dice S. Pablo. Es pues preciso acudir a los Sacerdotes, si queremos reconciliarnos con Dios.


   Si confesamos nuestros pecados, dice el apóstol S. Juan, Dios fiel y justo es él para perdonárnoslos. Si confesamos nuestros pecados; es pues necesario confesarnos. Nos dice el Apóstol: Si oráis, si ayunáis, Dios perdonará vuestros pecados; sino: Si confesáis vuestros pecados. Por consiguiente, sólo a la confesión ha unido Dios la remisión de los pecados......


   Para apoderarse de la ciudad de Betulia, Holofernes mandó que cortaran el canal que llevaba agua dentro de ella, (Judit 7, 7). La confesión es el único canal por donde llega al hombre el agua de la gracia y del perdón. Por consiguiente, sin confesión, no hay gracia, no hay perdón, no hay cielo......


    Sobre las palabras del Salmo 99, dice S. Agustín; el Profeta indica que nadie puedo llegar a la puerta de la misericordia de Dios sino por la confesión de sus pecados: (In Psal.).


   Dios, dice el mismo Doctor, ha creado al justo: el hombre ha producido al pecador. Pecadores, destruid lo que habéis hecho, a fin de que Dios salve lo que ha hecho. Es menester que aborrezcáis en vosotros vuestra obra, para que améis en vosotros la obra de Dios. Cuando empecéis por detestar lo que habéis hecho, el bien nacerá en vosotros con la confesión de vuestros pecados; el principio de las buenas obras es la declaración de las malas. (Tract. XII in Joann.).


   Después del bautismo, dice S. Bernardo, no tiene el hombre otro remedio que acudir a la confesión. (Epist.).


   Confesad vuestros pecados uno a otro, dice el apóstol Santiago. (v. 16).


  Jesucristo dijo a sus Apóstoles: Id é instruid a todas las naciones en el camino de la salud, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo mismo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos: (Mateo 28, 19-20).


   También les dijo a los setenta y dos discípulos, según nos refiere S. Lucas: El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, a mí me desprecia: y quien a mí me desprecia, desprecia a Aquel que me ha enviado: (Luc. X. 16). Tened por pagano y publicano a todo el que no escucha a la Iglesia: (Mateo 18, 17).


   La Iglesia, sagrada esposa de Jesucristo, ha pues recibido de su divino Esposo todos los poderes que el mismo tenia, y por consiguiente el de hacer leyes. Mas, he aquí una de las que ha hecho y mandó observar so pena de pecado mortal: Confesarás todos tus pecados a lo menos una vez cada año.


   Dice el Concilio de Trento; Es tan necesario el sacramento de la Penitencia para la salvación de los que han caído después del bautismo, como lo es el bautismo para los que no lo han recibido: (Sess. XIV. de Poenit., c. II).


   Si alguno, dice el mismo Concilio, niega que la confesión sacramental sea necesaria por derecho divino para la salvación, téngasele por anatematizado: (Sess. XIV. de Poenit., c. VI).


   La confesión es pues necesaria, y el que no obedece a este precepto desprecia a la Iglesia; es anatema.


   Siempre ha existido la confesión, dice el abate Gaume; y además, siempre se ha mirado la confesión como el único medio de obtener la remisión de los pecados. Y hasta es imposible que haya otro. En efecto: si hubiese en la Religión otro medio distinto de la confesión para volver en gracia con Dios; si bastase, por ejemplo, humillarse en su presencia, ayunar, orar, dar limosna, confesarle la falta en el secreto del corazón, ¿qué sucedería? —Que nadie se confesaría. — ¿Y quién sería bastante simple de ir a solicitar con tono suplicante, a los pies de un hombre, una gracia que tan fácilmente podría obtenerse sin él y a pesar suyo? De dos medios, los hombres escogerán siempre el que, más fácil, concilie también admirablemente los intereses de la salvación y del amor propio. Desde entonces, ¿a qué queda reducida la confesión establecida por el mismo Jesucristo? Cae y queda sin honor ni efecto en el mundo. ¿Qué es del magnífico poder que dio a sus ministros de perdonar y retener los pecados? ¿No es evidente que este poder tan admirable y tan divino se volvería ridículo y completamente ilusorio, puesto que jamás podría ejercerse?


   Así es que, o hay obligación para todos los pecadores de confesar sus pecados a los Sacerdotes, o bien Jesucristo se ha burlado de sus Sacerdotes diciéndoles: Los pecados serán perdonados a aquellos A quienes los perdonéis, y serán retenidos a aquellos a quienes los retengáis. También se habría burlado de S. Pedro cuando le dijo: Te daré las llaves del reino de los cielos. ¿De qué les serviría tener las llaves del Cielo, sí se podía entrar en él sin estar abierto por su ministerio?


   Ya veis que, si la confesión no fuese el único medio, el medio indispensable de obtener el perdón de los pecados, las palabras del Hijo de Dios serian insignificantes, falsas y mentirosas: blasfemia horrible que equivaldría a negar la misma divinidad de Jesucristo. (Catéch. de persév., art. Confess.).


   Para prescindir de la ley de la confesión, añade el Sr. Ganme, es menester desafiar no sólo la autoridad de Jesucristo y de la Iglesia, sino también la del sentido común; es preciso ahogar la voz de la naturaleza que grita a todos los culpables: No hay perdón sin arrepentimiento, y no hay arrepentimiento sin confesión de la falta. (Ut supra).


   El sacramento de la Penitencia es necesario por necesidad de medio y de derecho divino a todos los que han perdido la inocencia de su bautismo, haciéndose culpables de algún pecado mortal; es el sólo y único medio que Dios ha dejado a su Iglesia para reconciliarlos con Dios.



“TESOROS”
DE
CORNELIO Á LÀPIDE.


miércoles, 7 de agosto de 2019

ANTIGÜEDAD DE LA CONFESIÓN.





Adán fué el primer penitente; se confesó diciendo: “He comido el fruto de aquel árbol” (Gen, 3, 12). Eva se confesó: “La serpiente me ha engañado” dijo, (Gen. 3, 13). Caín se confesó; pero su confesión fué nula, porque la hizo con desesperación: “Mi iniquidad, dijo, es tan grande, que no puedo yo esperar perdón”.  (Gen. 4, 13)

Heridos de las serpientes, los hebreos confiesan en el desierto sus pecados… El mismo Faraón declaró sus crímenes, pero sin arrepentimiento… David confesó su falta al profeta Nathan. El pródigo se humilló a los pies de su Padre y le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y en vuestra presencia.
Samaritana y Magdalena se confiesan a Jesucristo. Pedro igualmente: Alejaos de mí, Señor, dijo, porque soy un pecador. El buen ladrón en la cruz hace también una confesión pública.

En la Sagrada Escritura encontramos la confesión ya pública, ya particular......

Se dice en el libro de las Actas do los Apóstoles, que muchos de los fieles venían a confesar y a declarar aquello que habían hecho de mal.

Se trata aquí de una confesión hecha a un hombre, esto es, a S. Pablo, de una confesión que tiene por objeto obtener el perdón de los pecados. ¿No es ésta la confesión sacramental?

He aquí lo que, en el primer siglo de la Iglesia S. Clemente, sucesor de S. Pedro, dice de la confesión: Todo el que tenga cuidado de su alma no se avergüence de confesar sus pecados al que presida, para obtener su perdón. S. Pedro, añade, obligaba a descubrir a los sacerdotes hasta los malos pensamientos. Mientras que estamos en la tierra, convirtámonos, porque una vez estemos en la eternidad, ya no podremos confesarnos ni hacer penitencia. (Epist. II. ad Cor.).

En el siglo II, Tertuliano dice: Muchos evitan declarar sus pecados porque cuidan más de su honra que de su salvación. Imitan a los que heridos de una enfermedad secreta, ocultan su mal al médico y se atraen la muerte. ¿No vale más salvaros confesando vuestros pecados, que condenaros ocultándolos? (De Poenit., c. X)

En el siglo III, escribe el célebre Orígenes: Si nos arrepentimos de nuestros pecados y los confesamos no sólo a Dios, sino también a aquellos que pueden curar las llagas que nos han hecho, estos pecados nos serán perdonados. (Homil. II, in psal. XXXVII).


 
En el siglo IV, S. Atanasio se expresa así: De la misma manera que el hombre bautizado está iluminado por el Espíritu Santo, así también el que confiesa sus pecados en el tribunal de la Penitencia, obtiene la remisión por el Sacerdote. (Collect. choisie des Pères, t. II). En el mismo siglo dice S. Basilio: Es absolutamente preciso descubrir nuestros pecados a los que han recibido la dispensación de los misterios de Dios. (Libermann, c. IV).
En el siglo V, S. Ambrosio, según S. Paulino, lloraba de tal manera cuando un penitente se confesaba con él, que le incitaba también a derramar lágrimas. S. Agustín, en el mismo siglo, pronunciaba estas palabras: Nadie diga: Hago penitencia en secreto a los ojos de Dios, y bastante es que Aquel que debe concederme el perdón, conozca la penitencia que hago en el fondo de mi corazón; si fuese así, inútilmente habría dicho Jesucristo: Lo que desataréis en la tierra, será desatado en el cielo; y en vano también habría confiado las llaves a su Iglesia. No es pues bastante confesarse con Dios, es preciso confesarse también con los que de él han recibido el poder de atar y de desatar. (Serm. II. in Psal., c. I).

Nunca se ha oído, dice S. Juan Clímaco, que vivía en el siglo VI, nunca se ha oído que los pecados cuya confesión se ha hecho en el tribunal de la Penitencia hayan sido divulgados. Así lo ha permitido Dios, a fin de que los pecadores no se apartasen de la confesión, y no se viesen privados de la única esperanza de salvación que les queda. (Vit. Patr.).
En los siglos VII, VIII, IX y X, hallamos pruebas ciertas de la existencia de la confesión auricular. En el siglo XI, dice S. Anselmo: Descubrid fielmente a los Sacerdotes, con una humilde confesión, todas las manchas de la lepra que lleváis en vuestro interior, y quedaréis purificados. (Homil, in decem lepr.). Poco más tarde, S. Bernardo habla así: ¿De qué sirve declarar parte de nuestros pecados y callar otros? ¿No lo conoce todo Dios? ¡Qué! ¡os atrevéis a ocultar algo al que ocupa el lugar de Dios en un tan grande Sacramento! (Opusc. in septem grad. Confess.)

En todas las épocas, desde Jesucristo hasta nuestros días, la existencia de la confesión auricular está atestiguada de una manera irrecusable......

La confesión auricular y sacramental ha subsistido y subsistirá siempre, porque es de creación divina; la confesión pública, que era de origen eclesiástico, ya no tiene lugar, porque ya no existen las razones que la habían hecho establecer......


Cuando Jesucristo vino a la tierra, dice el autor de las Recherches, etc., ya encontró la confesión establecida, y al imponer a sus discípulos la obligación de confesarse, no dio una ley nueva, no hizo más que confirmar y perfeccionar una ley ya existente. Así como elevó el rito del matrimonio a la dignidad de Sacramento, de la misma manera eleva a semejante dignidad el rito de la confesión. Unió a la confesión gracias especiales, haciéndola parte esencial del sacramento de la Penitencia. Esto explica como el precepto de la confesión no excitó ningún murmullo, ni entre los Judíos, ni entre los Gentiles: estaban ya acostumbrados a ella, y nada les parecía más natural: una tradición constante y universal les hacía sentir su necesidad indispensable.

“TESOROS”
DE
CORNELIO Á LÀPIDE.