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domingo, 20 de enero de 2019

EL LAPACHO: IMAGEN DEL ALMA DE LOS CURAS.



   Para los hombres del sur, el lapacho es la imagen de la dureza y resistencia. Con su madera se fabrica aquello que debe soportar la intemperie y los atropellos de la fuerza animal. Las mejores tranqueras son de lapacho, lo mismo que los bretes y las mangas.

   Pero el hombre del sur conoce de este árbol sólo su madera. Es decir, lo ha visto despejado de toda su realidad natal, desnudo en su escueto servicio. Para el que no conoce el lapacho más que en su misión, su principal cualidad es la resistencia y la dureza de su madera que no se pudre.

  Y, sin embargo, no hay cosa más tierna que el lapacho, cuando se lo va a encontrar entre los montes misioneros. Es un árbol esbelto, femenino en su talle. De hojas suaves y luminosas, que el viento mueve casi sacándoles un gesto humano. Su copa se abre allá arriba como un rostro, sobre un tronco sin desperdicio y sin espinas.


   Y en septiembre, el lapacho es una niña quinceañera. Antes de recuperar sus hojas, se viste todo de rosado en un reventón de flores que regala en abundancia, embelleciendo la geografía que lo acoge. Es el centinela de los montes, que descubre antes que los demás la llegada de la primavera. Lo que el jacaranda es en azul, el lapacho lo es en sonrojo. El invierno lo despoja de sus hojas, pero antes de volver a vestirlo, la primavera le regala toda la ternura que sólo la selva virginal puede entregar a sus criaturas.


   Es un árbol que crece lento. No tiene apuros. Sabe esperar en la fidelidad de sus ciclos, viviéndolos uno a uno con intensidad, tanto en sus desnudeces invernales como en sus derroches de vida. Su madera se va haciendo lentamente. Por eso logra ser tan resistente. No necesita ser descortezado como el quebracho. Su resistencia le llega hasta la piel. Cuando se entrega, se entrega entero.


   Cuando los antiguos misioneros jesuitas construían sus iglesias monumentales, iban a los montes y arrancaban los lapachos con sus raíces enteras, transportándolos con su terrón de tierra colorada adherido a ellas. Y así lo volvían a plantar en el suelo, constituyéndolos en columnas que sostendrían toda la estructura del edificio. Las paredes eran de esa misma tierra colorada, apisonada en un encofrado de madera que luego se retiraba. Toda la resistencia del edificio, que aguanto siglos, se fiaba a las columnas.


   Por supuesto, para esta misión había que despojarlo de sus ramas. Pero eso le sucede a todo árbol que tiene que cumplir una misión distinta de la de ser simplemente planta. En San Ignacio Guazú y en muchos otros lugares de la tierra guaraní, donde estuvieran antiguas y hermosas iglesias, hoy sólo quedan en pie partes de esos troncos de taye.  


   Trozos de columnas aún clavadas junto a montículos de tierra colorada que constituían las paredes. Su madera no se pudre. Poco a poco va saltando en astillas que regresan a la tierra madre, uniéndose al humus fértil que alimenta la vida nueva que nace a sus pies.


   Vocación tierna de árbol, con misión resistente de columna, el lapacho es imagen del alma de los curas. También ellos son hombres, sacados de entre los hombres, para ser puestos al servicio de los hombres en todo lo que a Dios se refiere. Para ello el cura-hombre tiene que desprenderse de su follaje, pero no de sus raíces. Tiene que traer consigo su imaguaré, como se nombra en guaraní al pasado en cuanto realidad de antes que aún perdura viviente.



Alerta vigía de septiembre,
ternura de fiesta quinceañera,
se estrella el invierno entre sus flores
cubriendo de rosas las veredas.


Mil soles te dieron fortaleza,
mil noches te dieron su frescura;
es tuyo el misterio de las selvas,
del viento y del indio en su espesura.

Tenés corazón que no se pudre,
lapacho de flores sonrosadas,
pudor virginal que se arrebola
guardando tu savia acumulada.

Son parcas las ramas de tus gestos,
que sólo en la copa se te ensancha,
dejando que el tronco surja recto,
igual como surge la confianza.


Tayé, te llamaron los antiguos,
y el nombre, por gracia, ha perdurado,
volviendo a endulzarlo el camoatí
que busca la miel entre sus labios.

Imagen del alma de los curas
—rara conjunción de tierra y gracia—
columna sacada de los montes
Y luego de pie crucificada.


Sacado con todas tus raíces
trajiste contigo tu pasado,
bravo imaguaré de los antiguos,
Retá con color de sangre y barro.


Hoy queda de pie sobre las ruinas,
cual mudo testigo del pasado,
e invitas a todos los que llegan a ver,
a pensar y dar la mano.





  

viernes, 4 de enero de 2019

UTILIDAD DEL NOMBRE DE JESÚS. —3 de enero.




   Debemos saber que este nombre tiene una virtud inmensa y múltiple. Es refugio para los penitentes, remedio para los enfermos, ayuda para los que luchan, sufragio para los que oran, pues confiere el perdón de los pecados, la gracia de la salud, la victoria a los tentados, la fuerza y la confianza de alcanzar la salvación.

   En cuanto al perdón de los pecados, dice San Juan en su Epístola I (2, 12): Os escribo a vosotros, hijitos, porque os son perdonados vuestros pecados por su nombre. Y San Agustín añade: “¿Qué significa Jesús, sino Salvador? Luego por ti mismo sé Jesús para mí. No tengas presente, Señor, mi mal, de modo que te olvides de tu bien. Pero debe advertirse que este nombre se impone en la circuncisión; con lo que se significa que se salvan los circuncidados espiritualmente.” Por eso dice San Bernardo: “Es necesario, hermanos, que nosotros seamos circuncidados, para poder así recibir el nombre de salvación; ser circuncidados no literalmente, sino en espíritu y en verdad.”

   En cuanto a la gracia de la salud se dice en el Cantar de los Cantares (1, 2): Óleo derramado es tu nombre. Porque el óleo es alivio del dolor, y también lo es este nombre de Jesús. San Bernardo dice: “Tienes, alma mía, un electuario escondido en el vaso pequeño de un vocablo, que es Jesús, el cual jamás fue ineficaz para ninguna epidemia”. Y Pedro de Ravena: “Éste es el nombre que dio vista a los ciegos, oído a los sordos, paso a los cojos, palabra a los mudos, vida a los muertos.”

   En cuanto a la victoria en las tentaciones, se lee en los Proverbios (18, 10): Torre fortísima el nombre del Señor; y San Marcos: Lanzarán demonios en mi nombre (16, 17); y en San Lucas: Y volvieron los setenta y dos con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre (10, 17). Y Pedro de Ravena: “La virtud de este nombre, de Jesús, ahuyentó de los posesos toda la potestad del diablo.”

   En cuanto a la confianza saludable, dice San Juan: Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, yo lo haré (14, 13). A este propósito dice San Agustín: “En mi nombre, que es Cristo Jesús. Cristo significa Rey, Jesús significa Salvador; y todo lo que pedimos por él, lo pedimos en nombre del Salvador, y él es Salvador, no solamente cuando hace lo que pedimos, sino también cuando no lo hace; porque cuando ve que lo que se pide es contrario a la salvación, se muestra salvador no haciéndolo. Pues el médico conoce lo que pide el enfermo, ya en favor de su propia salud, ya contra ella; por consiguiente, no hace la voluntad contraria del que pide, a fin de sanarlo.”

   Advierte las palabras de San Bernardo acerca de la circuncisión de Cristo y de la imposición de su nombre: “¡Grande y admirable misterio!: es circuncidado el niño y se le llama Jesús. ¿Qué quiere decir esta conexión? Reconoce al mediador entre Dios y los hombres que desde el mismo comienzo de su nacimiento asocia lo humano a lo divino, lo ínfimo a lo sumo. Nace de mujer, pero de tal modo llega a ella el fruto de la fecundidad, que no pierde la flor de la virginidad. Es envuelto en pañales, pero estos pañales son honrados con alabanzas angélicas. Se esconde en un pesebre, pero es descubierto por una estrella radiante en el cielo. Del mismo modo la circuncisión prueba también la verdad de la humanidad tomada, y el nombre, que está sobre todo nombre, indica la gloria de su majestad.”

(De Humanitate Christi, cap. XXVI).






MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD.
Santo Tomás de Aquino.

IMPOSICIÓN DEL NOMBRE DE JESÚS. —2 de enero.



   Y después que fueron pasados los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 21).

   Como se lee en el Génesis, Abrahán recibió de Dios a la vez la imposición del nombre y el mandato de la circuncisión. Por eso era costumbre entre los judíos imponer nombres a los niños en el mismo día de la circuncisión, como si no lo tuviesen perfecto antes de la circuncisión, del mismo modo que ahora se imponen nombres a los niños en el bautismo.

   Debe advertirse que los nombres de cada uno de los hombres se imponen siempre por razón de alguna propiedad de aquel a quien se impone, ya por el tiempo, como se imponen los nombres de los santos a los que nacen en las fiestas de ellos, ya por el parentesco. Pero los nombres que Dios impone a algunos siempre significan algún don gratuito concedido a ellos por el mismo Dios, como se dijo a Abrahán: Serás llamado Abrahán, porque te he puesto por padre de muchas gentes (Gen 17, 5), y también a Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16, 18).

   Si, pues, a Cristo le fue conferido este don de la gracia para que por él se salvasen todos, con razón se le llamó Jesús, esto es, Salvador, habiendo el Ángel anunciado de antemano ese nombre, no solamente a la madre, sino también a José, que era su futuro padre nutricio.

   Se dice en Isaías (62, 2): Y te será puesto un nombre nuevo, que el Señor nombrará con su boca; y, sin embargo, este nombre de Jesús fue dado a muchos en el Antiguo Testamento. Pero debemos contestar a ello que el nombre de Jesús pudo convenir a los que habían existido antes de Cristo por otra razón; por ejemplo, porque ejecutaron alguna obra saludable particular y temporal; pero si se considera la salvación espiritual y universal, este nombre es propio de Cristo y en este sentido se dice que es un nombre nuevo.

(3ª, q. XXXVII, a. 2).



MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD.
Santo Tomás de Aquino.

martes, 1 de enero de 2019

LA CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR. 1º de enero.




Después que fueron pasados los ocho días para circuncidar al niño (Lc 2, 21).

   Por varias razones Cristo debió ser circuncidado.

  1ª) Para recomendarnos con su ejemplo la virtud de la obediencia; por lo cual fue circuncidado a los ocho días como estaba mandado en la ley. Cristo recibió la circuncisión en el tiempo en que estaba prescrita; y este ejemplo debe ser imitado en el sentido de que observemos lo que es de precepto, pues cada cosa tiene su tiempo y oportunidad, como dice el Eclesiastés (8, 6).

   2ª) Para que, pues había venido en semejanza de carne de pecado, no rechazase el remedio por el cual acostumbraba a purificarse la carne de pecado; y para significar por medio de la circuncisión el despojo de la generación antigua, vejez de la que somos librados por Cristo.

   3ª) Para librar a otros del peso de la ley, tomándolo sobre sí, conforme a aquello de San Pablo: Envió Dios a su Hijo, hecho de mujer, hecho sujeto a la ley (Gal 4, 4).
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   Así como Cristo por propia voluntad recibió muestra muerte, que es efecto del pecado, no teniendo en sí pecado alguno, con el fin de librarnos de la muerte, y hacernos morir espiritualmente al pecado; así también recibió la circuncisión, que es un remedio contra el pecado original, sin tener este pecado, con el fin de librarnos del yugo de la ley, y producir en nosotros la circuncisión espiritual, esto es, para cumplir la verdad, recibiendo la figura.

   Además, como dice Orígenes: “Si somos muertos con Cristo que muere y resucitamos con Cristo que resucita, del mismo modo hemos sido circuncidados por Cristo con circuncisión espiritual; y, por lo tanto, no necesitamos de la circuncisión carnal.” Esto es lo que el Apóstol dice a los Colosenses: En el cual (en Cristo) también estáis circuncidados de circuncisión no hecha por mano en el despojo del cuerpo de la carne, sino en la circuncisión de Cristo (Col 2, 11).

(3ª, q. XXXVII, a. 1).

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD.
Santo Tomás de Aquino.

viernes, 28 de diciembre de 2018

LOS SANTOS INOCENTES MÁRTIRES (siglo I). — DÍA 28 DE DICIEMBRE.


   Por tres motivos llamamos Inocentes a los niños betlemitas que fueron víctimas de la crueldad de Herodes. Lo primero porque no conocieron la corrupción de la tierra; en segundo lugar porque fue vertida su sangre injustamente y sin que hubiera culpa alguna de su parte, y también porque su martirio, sufrido por causa de Jesucristo, les confirió la inocencia bautismal, es decir, los limpió de mancha original.


   La degollación de los Santos Inocentes es uno de los sucesos que juntamente con la adoración de los Reyes y la huida a Egipto, siguieron al nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y cuyo relato es asunto o materia del segundo capítulo del Evangelio de San Mateo.

   Dice el texto sagrado: «Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, reinando Herodes, he aquí que unos Magos, llegados del Oriente a Jerusalén, preguntaban: « ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque nosotros hemos visto en Oriente su estrella y venimos para adorarle.» Al oír esto el rey Herodes, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y, convocando a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntaba en dónde había de nacer el Cristo o Mesías. A lo cual respondieron: «En Belén de Judá; que así está escrito en el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti saldrá el caudillo que rija mi pueblo de Israel.»





LA SAGRADA FAMILIA EN ESCENA


   Entonces Herodes, llamando en secreto, o a solas, a los Magos, averiguó cuidadosamente de ellos el tiempo en que la estrella les había aparecido; y encaminándolos a Belén, les dijo: «Id, e informaos puntualmente acerca de ese niño; y, en habiéndole hallado, dadme aviso, para ir yo también a adorarle.» Luego que oyeron la respuesta del rey, partieron; y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que, al llegar sobre el sitio en que estaba el Niño, se paró. A la vista de la estrella se regocijaron por extremo. Y, entrando en la casa, hallaron al Niño con María, su Madre, y postrándose le adoraron; y, abiertos sus cofres, le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra. Y, habiendo recibido en sueños un aviso del cielo para que no volviesen a Herodes, regresaron a su país por otro camino.


   »Después  que ellos partieron, un ángel del Señor apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise; porque Herodes ha de buscar al Niño para matarle.» Se levantó José, tomó al Niño y a su Madre, de noche, y se retiró a Egipto, donde se mantuvo hasta la muerte de Herodes; de suerte que se cumplió lo que había dicho el Señor por boca del Profeta: «Llamé de Egipto a mi Hijo.»



   »Entretanto Herodes, viéndose burlado de los Magos, irritóse sobremanera, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en toda su comarca, de dos años abajo, conforme al tiempo de la aparición de la estrella que había averiguado de los Magos.



   »Entonces se cumplió lo que predijo el profeta Jeremías cuando dijera: «Una voz se oyó en Ramá, muchos lloros y alaridos: es Raquel, que llora a sus hijos sin querer consolarse, porque ya no existen.»


   »Muerto Herodes, un ángel del Señor apareció en sueños a José, en Egipto, y le dijo: «Levántate, toma al Niño y a su Madre, y vete a la tierra de Israel; porque ya han muerto los que atentaban a la vida del Niño.»  Se levantó José, tomó al Niño y a su Madre, y vino a tierra de Israel. Mas, oyendo que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, temió ir allá; y, avisado en sueños, se retiró al país de Galilea, y vino a morar en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo que dijeron los profetas: «Será llamado «Nazareno».


VERACIDAD DE ESTE RELATO


   San Mateo es el único evangelista que refiere estos sucesos; los demás no hacen alusión alguna, ni siquiera el mismo San Lucas con ser tan detallista sobre la infancia del Salvador. Los historiadores antiguos, y en particular Josefo, que cuenta muy por menudo la vida de Herodes, tampoco hacen mención de este inhumano degüello. Este silencio ha llevado a muchos exegetas racionalistas a negar o a discutir la veracidad del relato evangélico, y a tildarlo de leyenda o de cuento oriental hábilmente concordado con las profecías.

   Desconciértanos con razón la inaudita crueldad de Herodes, mas no nos extraña; la conducta del feroz tirano coincide, en este drama sangriento, en esta degollación de inocentes, con lo que nos dice la Historia de su astucia y perfidia, de su desprecio de la vida ajena, de su política insidiosa y de su ambición insaciable. No ignoraba las esperanzas mesiánicas de los judíos; sabía por los doctores de la Ley que las setenta semanas de años predichas por Daniel tocaban a su fin, y que era general la convicción de que nacería pronto el Mesías prometido, el Redentor de Israel, el Rey incomparable y poderosísimo, que, según creían los judíos y por consiguiente Herodes, había de restaurar el reino de David y darle un esplendor nunca conocido.


EL SILENCIO DE LOS HISTORIADORES


   Refiere Josefo un suceso muy parecido al de la matanza de los Santos Inocentes; dice que aquel tirano mandó fuesen muertos cuantos de su corte se habían declarado partidarios de los fariseos cuando éstos anunciaban que cesaría el gobierno de Herodes, y que su descendencia sería destronada y sustituida por otra dinastía. A tales extremos de odio le llevó la pasión de dominar que, por unas sospechas, no perdonó ni a los miembros de su propia familia; cinco días antes de su muerte ordenó que también su rebelde hijo Antipater fuese ejecutado.

   Cuenta Macrobio que, habiendo tenido noticias el emperador Augusto de la matanza que Herodes, rey de los judíos, decretara en Siria contra los niños menores de dos años, incluso su propio hijo, exclamó diciendo: «En la casa de Herodes mejor es ser puerco que hijo»; dando a entender con esto que por ser judío no mataría el cerdo, porque la Ley le prohibía comerlo, pero que por ser cruel había matado al hijo. Muy sospechoso es este dicho del César, porque Herodes no tenía en aquel entonces hijos de tan poca edad, con todo, recogemos la anécdota porque demuestra que en la antigüedad se relacionaba la degollación de los Santos Inocentes con la muerte violenta y criminal de un hijo del tirano coronado.

   El silencio de los historiadores contemporáneos respecto a este controvertido asunto tiene, por otra parte, fácil explicación: el registro de pormenores sólo interesaba cuando ellos se referían a datos de cierto alcance; la muerte de unos cuantos niños a manos de un tiranuelo y en un rincón de Judea, no pasaba de ser un acontecimiento insignificante.


FECHA DE LA DEGOLLACIÓN


   Se sabe que Cristo, Señor nuestro, nació, en cuanto hombre, a fines del reinado de Herodes, y es lo más probable que fuera el último año. Murió el tirano en la primavera del 750 de Roma, poco antes de la Pascua; los sucesos acaecidos desde entonces hasta la vuelta de Egipto se realizaron en corto tiempo; sin embargo, no parece posible poder encuadrarlos dentro de los cuarenta días que transcurrieron desde el nacimiento hasta la presentación del Niño en el Templo.

   San Agustín pone — como es muy natural— la huida a Egipto después de la Presentación. También fueron posteriores, por consiguiente, la adoración de los Magos y la degollación de los niños de Belén; de otro modo parece casi imposible la Presentación, porque ya de por sí es difícil explicar el hecho de que el desconfiadísimo monarca, que tanto extremaba la vigilancia, no mandase esbirros con los Magos o en su seguimiento.

   En opinión de autores antiguos, como Eusebio, San Epifanio, Teodoro de Mopsuesto, Hipólito de Tebas y otros, la Sagrada Familia habría prolongado su estancia en Belén, y los Magos habrían llegado cerca de dos años después del nacimiento de Jesús; pero es mucho más probable que el Niño sólo tuviese unos pocos meses.


   Sea de ello lo que fuere, los Magos, en vez de ir a dar informes a Herodes, «volvieron a su país por otro camino», según aviso del ángel. En pocas horas podían llegar al alto Jordán — cruzando por el desierto— y pasar de allí al país de los nabateos; más fácil aún les era dar la vuelta por el sur del mar Muerto o cruzarlo en barca. Esta manera de eludir la invitación de Herodes era sencillamente burlarse de él. Poco tardó el astuto rey en mandar mensajeros que le trajesen informes acerca de aquellos opulentos extranjeros, pero cuando llegaron a Belén, los Magos habían desaparecido ya. Ciertamente sabía todo Belén en qué casa habían entrado los Magos: pero ya no estaba allí la Sagrada Familia. Muy lejos no estaría; mas el despechado rey, en vez de ordenar hacer pesquisas, decretó la matanza de todos los niños varones de Belén y su comarca, menores de dos años.


NÚMERO DE VÍCTIMAS. — SU GLORIA


   ¿Por qué incluyó Herodes en la matanza a los niños de dos años abajo?

   Si hacía dos años que la estrella había aparecido, inútil era matar a los de menor edad; si hacía pocos meses, ¿por qué englobó a los de dos años? No quiso el impío rey quedarse corto en negocio tan importante para él. Cierto que conocía el tiempo en que la estrella se había aparecido a los Magos, pero no sabía cuánto tiempo antes que la viesen había nacido el futuro rey. Por eso, ciego de furor, y para asegurarse más — como también para apartar el siniestro presagio de desgracia doméstica, que según él anunciaba aquel mensajero cósmico—, juzgó que convenía pasar a cuchillo a todos los niños que en aquellos dos años hubiesen nacido; y no sólo alargó el tiempo señalado por los Magos, sí que también extendió el lugar, incluyendo todos los pueblos y aldeas de la comarca de Belén.

   Acerca del número de las víctimas inocentes del crudelísimo rey, nada dice el escritor sagrado, y sólo puede saberse por cálculos aproximados. La liturgia etiópica y el menologio griego adoptan con muy extremada exageración el número de ciento cuarenta y cuatro mil, pero es por falsa interpretación del texto apocalíptico que se lee en la epístola de la misa de los Santos Inocentes y, en el breviario, el 28 de diciembre. Igualmente cayeron en la exageración algunos autores eclesiásticos al afirmar que Herodes hizo degollar a todos los niños de Belén y sus contornos.



   En aquel entonces tendría Belén, a lo más, unas dos mil almas; contando que por término medio se registran anualmente unos treinta nacimientos por cada mil habitantes y suponiendo que la mitad sean niñas, quedan quince niños; y descontando los que mueren — en número relativamente crecido, se reducen éstos a siete u ocho, lo que da, para dos años y por mil un contingente de catorce a dieciséis varones, o a lo más veinte; por consiguiente podemos contar entre treinta y cuarenta los que cayeron muertos al filo de las espadas de los fieros sicarios de Herodes en la horrible matanza.


DÍAS DE LUTO Y DÍA DE GLORIA


   Se ignora el género de muerte que sufrieron estos bienaventurados. Lo que pasó en aquella cruel jornada no lo puntualiza San Mateo, pero lo dice la imaginación de los hagiógrafos, predicadores y artistas que pintan la ferocidad de los soldados, los alaridos de las madres, y el terror y los gritos de las tiernas criaturas. Se puede creer, con San Vicente Ferrer, que Herodes se daría traza para juntarlos con maña en algún salón o plaza pública, con la promesa de algún premio a las madres que los llevasen; las cuales, ciertamente, estarían muy lejos de pensar que iban a entregarlos a los verdugos. 

   Lo que no deja de referir el historiador sagrado, con palabras emocionantes, son los lamentos y súplicas de las atribuladas madres, en cuyo dolor ve San Mateo cumplido lo que profetizara Jeremías cuando la toma de Jerusalén por los caldeos. Los cautivos judíos que mandaban a Babilonia fueron juntados en Ramá, de la tribu de Benjamín, población situada a dos horas de camino al norte de la ciudad santa. En trance tan doloroso, expresa el Profeta la aflicción del pueblo de Dios con una admirable comparación. Supone que Raquel, madre de Benjamín, sale en aquel instante de su tumba, en los contornos de Belén, y llora a sus descendientes con tan grandes y tan sentidos lamentos que se oyen en Ramá. Así lloraron las madres de estos inocentes corderillos sobre los sagrados despojos.



   Descríbenos la Iglesia la gloria y la dicha de que gozan los Santos Inocentes en el cielo con las mismas palabras con que refiere San Juan su visión de aquellos ciento cuarenta y cuatro mil vírgenes que siguen por todas partes al místico Cordero. A tan gloriosísima y escogida falange pertenecen éstos que fueron flores y primicias de los mártires que, sin haber conocido la corrupción de la tierra, fueron lavados en la sangre del divino Cordero.


RELIQUIAS Y CULTO


   Desde los primeros días de la Iglesia profesan los cristianos un verdadero culto y gran devoción a los Santos Inocentes; en todas partes ha habido desde muy antiguo ansias por tener reliquias de estos simpáticos cortesanos del Rey de los Cielos. Muchas son las iglesias que se glorían de ser particioneras de tan rico tesoro.

   En Belén, no lejos de la cueva del Nacimiento, se halla una capilla dedicada a los inocentes mártires del Divino Niño; muy justo y razonable es que así sean honrados cerquita de la cuna del que fue ocasión de su muerte, amén de que — según rezan las tradiciones— fue aquel mismo el lugar de sepultura de sus cuerpos mutilados. 


El vicario custodial, Dobromir Jasztal, celebró misa este 28 de diciembre en Belén, justo sobre la tumba de los Santos Inocentes: una de las pequeñas grutas bajo la iglesia de Santa Catalina de la Natividad en Belén, en la capilla de San José. Asistieron algunos frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, junto a religiosas, fieles locales y peregrinos.  



  
En Roma reciben culto especial en la basílica de San Pablo extramuros, y en la iglesia de los Agonizantes. En la primera se guardan varios cuerpecitos y en ella hay estación el 28 de diciembre, en que se conmemora su fiesta. En dicho día los Padres Benedictinos exponen a la pública veneración el santo Cristo milagroso que habló a Santa Brígida.

   Desde muy remota antigüedad, viene honrando la Iglesia con culto especial a los Santos Inocentes convertidos en hermanos de los ángeles. Celebrábase ya su fiesta en el siglo II, y de ello da testimonio una homilía que se atribuye a Orígenes, en la cual se hace de estos bienaventurados una expresiva mención. San Ireneo, San Cipriano y San Hilario hablan de ella. Se atribuyen a San Agustín dos panegíricos que habría predicado el día de la octava, lo que prueba que ésta existía ya en su tiempo. El oficio de la fiesta, compuesto muy probablemente por San Gregorio Magno, se celebró con rito semidoble hasta que San Pío V lo elevó a rito doble.

   Se complace la Iglesia en presentarnos la degollación de estas santas víctimas como una prueba irrecusable de la realeza de Jesucristo; pues si Herodes ve a un rival en ese niño de Belén y lo persigue con tanta saña es porque cree en la palabra de los Magos y la de los príncipes de los sacerdotes que le aseguran que en Belén de Judá ha nacido el caudillo que ha de regir a Israel. Ciertamente no se pudo dar pregón más sonoro ni más eficaz, para declarar por todo el mundo que había venido del cielo un nuevo «Rey de los judíos», que el publicarse y saberse que el rey Herodes, por temor de este Rey recién nacido y de perder su reino, había usado de una crueldad tan extraña y tan fiera.

   En el himno de Vísperas de la Epifanía increpa la Iglesia al impío monarca diciendo: « ¿Qué temes, cruel Herodes, de un Dios que viene a reinar? No arrebata cetros mortales y caducos, quien a dar viene tronos celestiales». A ese Dios Rey «confiesan con su muerte los Inocentes», prosigue Orígenes; y en el tercer nocturno de Maitines se dice que «su pasión fue exaltación de Cristo». La alabanza que a Dios tributan es confusión para los enemigos de Cristo, los cuales no sólo no lograron lo que pretendían, sino que fueron instrumentos de que se valió Dios para dar cumplimiento a las profecías.

   A fuer de Madre compasiva, y en atención a las madres «que lloran a sus hijos, sin querer consolarse, porque ya no existen», la Iglesia viste el día de la fiesta (28 de diciembre) ornamentos morados y suprime el 'Gloria in excelsis y el Alleluia; pero el día de la octava usa ornamentos rojos para recordar que conquistaron eterno galardón sufriendo la muerte por Cristo. 

   El inspirado himno que en honra de estos Santos Mártires canta la Iglesia en las Vísperas del día, es debido al insigne vate zaragozano Prudencio (348-413). Dice así:

   « ¡Salve, flores de los Mártires! Vosotros a quienes, apenas nacidos, arrebató el perseguidor de Cristo como el huracán a las rosas nacientes. Vosotros, ¡oh tierno rebaño!, las primeras víctimas inmoladas a Jesús; bajo el altar, adornados con vuestro candor, jugáis con vuestras palmas y vuestras coronas».



   La fiesta de los Santos Inocentes daba ocasión en los tiempos medievales a ceremonias infantiles; pero, por haber degenerado en abusos, fueron más tarde suprimidas. Muy celebrada era también en los colegios de la infancia, y esta piadosa costumbre se conserva aún en algunas partes, donde, para regocijo y enseñanza de los alumnos, se invierten las condiciones sociales y las categorías académicas, pasando los párvulos al lugar de los más antiguos y aventajados, y los inferiores a ocupar el puesto de los superiores, consiguiéndose de este modo que los súbditos aprendan a amar a los mayores, y éstos recuerden a su vez que a los ojos de Dios no estriba la verdadera grandeza que pregona el mundo, sino en la inocencia y la humildad.

   Hansen puesto también bajo el patrocinio de los primeros testigos del nombre de Cristo, a los pobres niños expósitos, víctimas inocentes de la miseria, cuando no de una baja, culpable y triste delincuencia.



EL SANTO
DE CADA DÍA
POR
                                            EDELVIVES.