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jueves, 8 de agosto de 2019

DOCUMENTOS PONTIFICIOS SOBRE LA MASONERIA.




DOCUMENTOS PONTIFICIOS SOBRE LA MASONERIA.


Encíclica Quo graviora
del Papa León XII
sobre la Masonería.

(13 de marzo de 1826)

La encíclica Quo graviora, publicada por el Papa León XII el 13 de marzo de 1826 y que trata sobre la Masonería, tiene la particularidad de contener el texto completo de los documentos publicados por los Papas precedentes, principalmente la carta de Clemente XII (1738), la de Benedicto XIV (1751) y la de Pío VII (1821), con lo que vemos que desde 1738, es decir, desde hacía ya un siglo, los Papas ya habían denunciado las sociedades secretas y lo siguieron haciendo después de León XII.

Este Papa quiso volver a poner estos textos ante los ojos de los obispos y fieles porque, por desgracia, no se había hecho bastante caso a las advertencias que contenían y estas sociedades se desarrollaban cada día más.

Quo graviora empieza así:

«Cuanto más graves son los males que aquejan a la grey de Jesucristo nuestro Dios y Salvador, tanto más deben cuidar de librarla de ellos los Pontífices romanos, a quienes, en la persona de Pedro príncipe de los Apóstoles, se confió la solicitud y el poder de apacentarla».
Recuerda, pues, la principal obligación que tiene el Papa, encargado de conducir el rebaño: señalarle los peligros que le rodean.
«Corresponde pues a los Pontífices, como a los que están puestos por primeros centinelas para seguridad de la Iglesia, observar desde más lejos los lazos con que los enemigos del nombre cristiano procuran exterminar la Iglesia de Jesucristo, a lo que nunca llegarán, e indicar estos lazos a fin de que los fieles se guarden de ellos y pueda la autoridad neutralizarlos y aniquilarlos».

Insisto: el Papa no vacila en decir: “¡Esas sectas amenazan a la Iglesia!”, es decir: “quieren la ruina completa de la Iglesia”. Y continúa:

«No sólo se encuentra esta solicitud de los Sumos Pontífices en los antiguos anales de la cristiandad, sino que brilla todavía en todo lo que en nuestro tiempo y en el de nuestros padres han estado haciendo constantemente para oponerse a las sectas clandestinas de los culpables, que, en contradicción con Jesucristo, están prontos a toda clase de maldades».

En ese momento introduce la carta de Clemente XII:

«Cuando nuestro predecesor, Clemente XII, vio que echaba raíces y crecía diariamente la secta llamada de los francmasones, o con cualquier otro nombre, conoció por muchas razones que era sospechosa y completamente enemiga de la Iglesia católica, y la condenó con una elocuente constitución expedida el 28 de abril de 1738, la cual comienza: In eminenti». 



Clemente XII: excomunión de los masones



La carta de Clemente XII dice:


«Habiéndonos colocado la Divina Providencia, a pesar de nuestra indignidad, en la cátedra más elevada del Apostolado, para velar sin cesar por la seguridad del rebaño que Nos ha sido confiado, hemos dedicado todos nuestros cuidados, en lo que la ayuda de lo alto Nos ha permitido, y toda nuestra aplicación ha sido para oponer al vicio y al error una barrera que detenga su progreso, para conservar especialmente la integridad de la religión ortodoxa, y para alejar del Universo católico en estos tiempos tan difíciles, todo lo que pudiera ser para ellos motivo de perturbación».

¡Qué claros y sencillos eran en otro tiempo los Papas! Decían: “Somos los pastores y tenemos que proteger al rebaño”. ¿Contra qué? “Contra los errores y contra los vicios; por esto, denunciamos los vicios y los errores, y proclamamos la verdad del Evangelio”. No podía ser más claro. Con tales pastores, que no tenían miedo en decir: “¡Cuidado! ¡Evitad tal o cual cosa! ¡Aquí hay peligro! ¡Seguid la verdad de la Iglesia!, etc.”, se sentía seguridad. Ahora, después del Papa Juan XXIII, ya no sentimos esto. Antes de él, en 1950, Pío XII había escrito la Humani generis, una encíclica fuerte y magnífica contra los errores de los tiempos modernos, pero desde entonces parece como si ya no hubiera errores o como si en los mismos errores hubiese elementos de verdad. Con esa porcioncita de verdad aparente, la gente se traga el error que la recubre y el rebaño se envenena… Volvamos a Clemente XII:

«Nos hemos enterado, y el rumor público no nos ha permitido ponerlo en duda, que se han formado, y que se afirmaban de día en día, centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos, que bajo el nombre de Liberi Muratori o Francmasones o bajo otra denominación equivalente, según la diversidad de lengua, en las cuales eran admitidas indiferentemente personas de todas las religiones, y de todas las sectas, que con la apariencia exterior de una natural probidad, que allí se exige y se cumple, han establecido ciertas leyes, ciertos estatutos que las ligan entre sí, y que, en particular, les obligan bajo las penas más graves, en virtud del juramento prestado sobre las sagradas Escrituras, a guardar un secreto inviolable sobre todo cuanto sucede en sus asambleas».

Esta definición es maravillosa. Primeramente, son: hombres «de todas las religiones», con una «apariencia exterior de una natural probidad» —es decir de filantropía—, haciéndose pasar por amigos del pueblo, del progreso, de la sociedad… lo mismo que hoy. Entre ellos siempre hay un pacto secreto que les compromete, bajo penas graves —hasta la muerte, como después se supo— a un silencio inviolable. Es imposible saber exactamente qué se trama en estas sociedades; el secreto es absoluto. Los Papas insisten en este hecho: lo que se realiza de este modo sólo puede ser malo, pues si hicieran cosas buenas no habría motivos para no hacerlas a la luz del día.

Clemente XII enuncia luego las acusaciones de la Iglesia contra estas sociedades. En primer lugar, las sospechas que nacen en la mente de los fieles:

«Pero como tal es la naturaleza humana del crimen que se traiciona a sí mismo, y que las mismas precauciones que toma para ocultarse lo descubren por el escándalo que no puede contener, esta sociedad y sus asambleas han llegado a hacerse tan sospechosas a los fieles, que todo hombre de bien las considera hoy como un signo poco equívoco de perversión para cualquiera que las adopte. Si no hiciesen nada malo no sentirían ese odio por la luz».

El Papa se apoya en cierta opinión pública: los fieles prudentes y personas honradas juzgan que algo malo sucede en estas sociedades.

«Por ese motivo, desde hace largo tiempo, estas sociedades han sido sabiamente proscritas por numerosos príncipes en sus Estados, ya que han considerado a esta clase de gente como enemigos de la seguridad pública».

En aquel tiempo, por supuesto, los Estados eran católicos y los príncipes decidieron prohibir las sociedades secretas. Como vemos, el Papa funda su juicio en lo que sabe a través de personas que están en contacto con estas sociedades, y así proclama:

«Después de una madura reflexión sobre los grandes males que se originan habitualmente de esas asociaciones, siempre perjudiciales para la tranquilidad del Estado y la salud de las almas, y que, por esta causa, no pueden estar de acuerdo con las leyes civiles y canónicas; instruidos por otra parte, por la propia palabra de Dios, que en calidad de servidor prudente y fiel, elegido para gobernar el rebaño del Señor, debemos estar continuamente alerta contra la gente de esta especie, por miedo a que, a ejemplo de los ladrones, asalten nuestras casas, y al igual que los zorros se lancen sobre la viña y siembren por doquier la desolación, es decir, el temor a que seduzcan a la gente sencilla y hieran secretamente con sus flechas los corazones de los simples y de los inocentes.
Finalmente, queriendo detener los avances de esta perversión y prohibir una vía que daría lugar a dejarse ir impunemente a muchas iniquidades, y por otras varias razones de Nos conocidas, y que son igualmente justas y razonables; después de haber deliberado con nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, y por consejo suyo, así como por nuestra propia iniciativa y conocimiento cierto, y en toda la plenitud de nuestra potencia apostólica, hemos resuelto condenar y prohibir, como de hecho condenamos y prohibimos, los susodichos centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos de francmasones o cualquiera que fuese el nombre con que se designen, por esta nuestra presente Constitución, valedera a perpetuidad.

Por todo ello, prohibimos muy expresamente y en virtud de la santa obediencia, a todos los fieles, sean laicos o clérigos, seculares o regulares… que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos antes mencionados, ni favorecer su progreso, recibirlos u ocultarlos en sus casas, ni tampoco asociarse a los mismos, ni asistir, ni facilitar sus asambleas, ni proporcionarles nada, ni ayudarles con consejos, ni prestarles ayuda o favores en público o en secreto, ni obrar directa o indirectamente por sí mismo o por otra persona, ni exhortar, solicitar, inducir ni comprometerse con nadie para hacerse adoptar en estas sociedades, asistir a ellas ni prestarles ninguna clase de ayuda o fomentarlas; les ordenamos, por el contrario, abstenerse completamente de estas asociaciones o asambleas, bajo la pena de excomunión…»

Tal es el primer documento. Clemente XII se inquietaba por las acciones secretas que llevaban a cabo estas sociedades, y por eso excomulgó a los que asistían a sus reuniones.

Sin embargo, esta carta —podemos decir esta bula— de 1738, no fue suficiente:

«Muchos decían que no habiendo confirmado expresamente Benedicto XIV las letras de Clemente XII, muerto pocos años antes, no subsistía ya la pena de excomunión».

Esto le hizo decir a León XII:

«No parecieron suficientes todas estas precauciones a Benedicto XIV, también predecesor nuestro de venerable memoria».






Benedicto XIV: luchar contra el indiferentismo



«Era seguramente absurdo pretender que se reducían a nada las leyes de los Pontífices anteriores, al no ser expresamente aprobadas por los sucesores; por otra parte, era manifiesto que la Constitución de Clemente XII había sido confirmada por Benedicto XIV diferentes veces. Con todo eso, pensó Benedicto XIV que debía privar a los sectarios de tal argucia mediante la nueva Constitución expedida el 18 de mayo de 1751… y que comienza Próvidas».

León XII se refiere a este segundo documento. Primeramente, Benedicto XIV explica por qué ha juzgado oportuno confirmar el acto de su predecesor:

«Nuestro predecesor, Clemente XII, de gloriosa memoria… en 1738, el octavo de su Pontificado… ha condenado y prohibido a perpetuidad ciertas sociedades llamadas comúnmente de los Francmasones… prohibiendo a todos los fieles de Jesucristo, y a cada uno en particular, bajo pena de excomunión, que se incurre en el mismo acto y sin otra declaración, de la cual nadie puede ser
absuelto a no ser por el Sumo Pontífice… Pero como se ha visto, y Nos hemos sabido, que no existe temor de asegurar y publicar que la mencionada pena de excomunión dada por nuestro predecesor, no tiene ya vigencia… y como también algunos hombres piadosos y temerosos de Dios Nos han insinuado que, para quitarle toda clase de subterfugios a los calumniadores y para poner de manifiesto la uniformidad de Nuestra intención con la voluntad de Nuestro Predecesor, es necesario acompañar el sufragio de Nuestra confirmación a la Constitución de Nuestro mencionado predecesor…»

Vemos cómo el Papa confirma con claridad lo que había dicho Clemente XII, aunque luego da algunas razones suplementarias que hay que estudiar, puesto que las precisa con mucha claridad. En la primera, repite con fuerza lo que ya había advertido Clemente XII:

«...que, en esta clase de sociedades, se reúnen hombres de todas las religiones y de toda clase de sectas...»

Y Benedicto XIV añade:

«...de lo que puede resultar evidentemente cualquier clase de males para la pureza de la religión católica».

Hay que recordar que los Papas han luchado siempre contra el indiferentismo: el error que consiste en decir que todas las religiones son buenas, que cada persona puede tener la suya y que no hay que poner la católica por encima de las demás. Esto contradice a la verdad católica. Un católico no lo puede aceptar. Por esto los Papas han luchado siempre contra estas reuniones denominadas “interconfesionales”, sindicatos o congresos en los que se da la impresión de que todas las religiones son iguales y que ninguna tiene más valor que las demás. Es algo absolutamente contrario a nuestra fe.

Hay algunos casos en los que se puede llegar a un acuerdo espontáneo ante un acontecimiento o una catástrofe, como un terremoto, un maremoto o un ciclón, en que todo el mundo está en la misma desgracia; o en tiempos de guerra, etc. En ese caso, ponerse de acuerdo con un grupo de otra religión para ayudar a los demás, es una acción puntual que no compromete a la fe; es un acto de caridad y algo perfectamente normal.

Pero es peligroso crear instituciones permanentes, porque no se tienen los mismos principios.

Yo recuerdo muy bien que tuvimos dificultades parecidas en Camerún. El gobierno había propuesto una ayuda a las escuelas privadas. A algunos les pareció muy ingenioso decir: “Hay escuelas privadas católicas y protestantes; unámonos para presentar nuestras exigencias, reclamos y programas, y así seremos más fuertes”… y resultó que los que, a pesar de los consejos de los obispos, actuaron así, se dejaron engañar por los protestantes, pues un buen día estos últimos decidieron que había que aceptar todo lo que proponía el gobierno, ya sea en los programas o en la implantación de las escuelas, siendo que había cosas inadmisibles para un católico. Fue algo que casi arruinó a las escuelas católicas. Se produjo una ruptura y la situación fue peor que antes.

Lo mismo pasa con los sindicatos. Hay una noción verdadera de la justicia, puesto que la de los que no son católicos sólo es más o menos buena, y cuando se llega a las discusiones, estos últimos se sienten más bien tentados a inducir a los obreros a la rebelión. San Pío X tuvo que intervenir, sobre este tema, ante los sindicatos alemanes, que estaban divididos acerca de la creación de sindicatos interconfesionales, y los desaconsejó en una carta en que, en pocas palabras, les decía a los católicos: “Vosotros tenéis principios que aplicáis en la práctica, pero ellos no tienen principios ni convicciones claras y los cambian; es imposible trabajar juntos”. Volvamos al razonamiento de Benedicto XIV contra la Masonería:

«La segunda es el estrecho e impenetrable pacto secreto, en virtud del cual se oculta todo lo que se hace en estos conventículos, por lo cual podemos aplicar con razón esta sentencia: las cosas buenas aman siempre la publicidad; los crímenes se cubren con el secreto».

Esta comprobación está relacionada con la tercera razón, que se refiere a la aplicación del secreto:

«La tercera es el juramento que ellos hacen de guardar inviolablemente este secreto como si pudiese serle permitido a cualquiera apoyarse sobre el pretexto de una promesa o de un juramento, para negarse a declarar si es interrogado por una autoridad legítima, sobre si lo que se hace en cualesquiera de esos conventículos, no es algo contra el Estado y las leyes de la Religión o de los gobernantes».

Hay un secreto y además, después de haberlo jurado, no se puede decir nada ante la justicia. Eso es algo ilegítimo. Nadie puede comprometerse bajo juramento a negarse a responder a quienes tienen derecho a preguntar, ni a los que tienen que saber cosas que repercuten en el ámbito de la seguridad del Estado e incluso para la existencia de la religión.

Benedicto XIV sigue con la cuarta razón:

«La cuarta es que esas sociedades no son menos contrarias a las leyes civiles que a las normas canónicas».

Las leyes civiles y canónicas prohíben estos conventículos, asociaciones y reuniones secretas, de las que no se sabe nada, puesto que todas las sociedades que se reúnen sin el permiso de la autoridad pública están prohibidas por el derecho civil y también por el canónico.

«La quinta es que ya en muchos países las dichas sociedades y agregaciones han sido proscritas y desterradas por las leyes de los príncipes seculares».

Evidentemente, se podría objetar que los príncipes obran así porque estas sociedades les estorban —y que eso no quiere decir que siempre sean malas—, pero el Papa se apoya en los príncipes seculares católicos que creen que no pueden tolerar estas asociaciones que se esconden y obran en secreto. Luego da la sexta razón:

«Estas sociedades gozan de mal concepto entre las personas prudentes y honradas, y alistarse en ellas es ensuciarse con las manchas de la perversión y la malignidad».

El Papa se apoya en la opinión de personas prudentes y honradas, y luego insiste, como su predecesor, ante los prelados, obispos, ordinarios del lugar, superiores eclesiásticos y también ante los príncipes y jefes de Estado para pedirles que luchen contra esas sociedades secretas.

Este es, pues, el segundo documento de Benedicto XIV. León XII añade una reflexión: reprocha a los gobiernos y jefes de Estado que no hayan tenido en cuenta los avisos de los Papas, de modo que las sociedades secretas siguieron expandiéndose y difundiendo el mal. Citemos:

«Ojalá los gobernantes de entonces hubiesen tenido en cuenta esos decretos que exigía la salvación de la Iglesia y del Estado.
Ojalá se hubiesen creído obligados a reconocer en los romanos Pontífices, sucesores de San Pedro, no sólo los pastores y jefes de toda la Iglesia, sino también los infatigables defensores de la dignidad y los diligentes descubridores de los peligros de los príncipes.
Ojalá hubiesen empleado su poder en destruir las sectas cuyos pestilenciales designios les había descubierto la Santa Sede Apostólica. Habrían acabado con ellas desde entonces. Pero fuese por el fraude de los sectarios, que ocultan con mucho cuidado sus secretos, fuese por las imprudentes convicciones de algunos soberanos que pensaron que no había en ello cosa que mereciese su atención ni debiesen perseguir; no tuvieron temor alguno de las sectas masónicas, y de ahí resultó que naciera gran número de otras más audaces y más malvadas. Pareció entonces que, en cierto modo, la secta de los Carbonarios las encerraba todas en su seno. Pasaba ésta por ser la principal en Italia y otros países; estaba dividida en muchas ramas que solo se diferencian en el nombre, y le dio por atacar a la religión católica y a toda soberanía legítima».

Como vemos, el Papa no vacila en señalar esta nueva secta, que ataca abiertamente a la religión católica y autoridad legítima del Estado.



Pío VII: contra el sacrilegio


En ese momento León XII presenta un tercer documento:

«Nuestro predecesor Pío VII, de feliz memoria… publicó la Constitución del 13 de septiembre de 1821 que empieza: Ecclesiam a Jesu Christo».

Este documento trata de la condena de la secta de los Carbonarios con graves penas. Ya había pasado la Revolución Francesa y estaba materialmente pacificada, pero desde 1821 se podía ver que la actividad de las sectas no había hecho más que aumentar para propagar la revolución en toda Europa.

«La Iglesia que Nuestro Señor Jesucristo fundó sobre una piedra sólida, y contra la que el mismo Cristo dijo que no habían jamás de prevalecer las puertas del infierno, ha sido asaltada por tan gran número de enemigos que, si no lo hubiese prometido la palabra divina, que no puede faltar, se habría creído que, subyugada por su fuerza, por su astucia o malicia, iba ya a desaparecer».

Hay que suponer que Pío VII veía entonces todos los efectos de la Revolución Francesa: el asesinato del rey de Francia, el exterminio de sacerdotes y religiosos, la destrucción de iglesias, y ruinas y persecuciones en todas partes:

«Lo que sucedió en los tiempos antiguos ha sucedido también en nuestra deplorable edad y con síntomas parecidos a los que antes se observaron y que anunciaron los Apóstoles diciendo: Han de venir unos impostores que seguirán los caminos de impiedad (Jud. 18). Nadie ignora el prodigioso número de hombres culpables que se ha unido, en estos tiempos tan difíciles, contra el Señor y contra su Cristo, y han puesto todo lo necesario para engañar a los fieles por la sutilidad de una falsa y vana filosofía, y arrancarlos del seno de la Iglesia, con la loca esperanza de arruinar y dar vuelta a esta misma Iglesia. Para alcanzar más fácilmente este fin, la mayor parte de ellos han formado las sociedades ocultas, las sectas clandestinas, jactándose por este medio de asociar más libremente a un mayor número para su conjuración y perversos designios.
Hace ya mucho tiempo que la Iglesia, habiendo descubierto estas sectas, se levantó contra ellas con fuerza y valor poniendo de manifiesto los tenebrosos designios que ellas formaban contra la religión y contra la sociedad civil. Hace ya tiempo que Ella llama la atención general sobre este punto y mueve a velar para que las sectas no puedan intentar la ejecución de sus culpables proyectos. Pero es necesario lamentarse de que el celo de la Santa Sede no ha obtenido los efectos que Ella esperaba…»

Los mismos Papas reconocían que sus esfuerzos habían sido en vano. San Pío X solía decir: “Nos esforzamos por luchar contra el liberalismo, el modernismo, el progresismo… y no se nos escucha. Por eso vendrán las peores desgracias sobre la humanidad. Los hombres quieren que todo se les permita: libertad para todas las sectas, libertad de asociación, de prensa, de palabra… El mal no hará sino difundirse cada vez más y llegaremos a una sociedad en la que ya no se pueda vivir, como la del comunismo”.

Pío VII gime también porque ve:

«… que estos hombres perversos no han desistido de su empresa, de la que han resultado todos los males que hemos visto».

Está muy claro. Las desgracias de la Revolución Francesa se deben a estas sectas.

«Aún más —añade el Papa—, estos hombres se han atrevido a formar nuevas sociedades secretas. En este aspecto, es necesario señalar aquí una nueva sociedad formada recientemente y que se propaga a lo largo de toda Italia y de otros países, la cual, aunque dividida en diversas ramas y llevando diversos nombres, según las circunstancias, es, sin embargo, una, tanto por la comunidad de opiniones y de puntos de vista, como por su constitución. La mayoría de las veces, aparece designada bajo el nombre de Carbonari. Aparenta un respeto singular y un celo maravilloso por la doctrina y la persona del Salvador Jesucristo que algunas veces tiene la audacia culpable de llamarlo el Gran Maestro y jefe de esa sociedad.
Pero este discurso, que parece más suave que el aceite, no es más que una trampa de la que se sirven estos pérfidos hombres para herir con mayor seguridad a aquellos que no están advertidos, a quienes se acercan con el exterior de las ovejas, mientras por dentro son lobos carniceros».


Aquí se anuncian de nuevo los motivos de acusación contra esos grupos:

«Juran que en ningún tiempo y en ninguna circunstancia revelarán cualquier cosa que fuera de lo que concierne a su sociedad a hombres que no sean allí admitidos, o que no tratarán jamás con aquellos de los grados inferiores las cosas relativas a los grados superiores».

En la Masonería no sólo hay un secreto, sino también grados, y a los miembros de un grado superior se les impone el juramento de no revelar nada a los de los grados inferiores, así que todo inspira desconfianza:


«También esas reuniones clandestinas que ellos tienen a ejemplo de muchos otros heresiarcas, y la agregación de hombres de todas las sectas y religiones, muestran suficientemente, aunque no se agreguen otros elementos, que es necesario no prestar ninguna confianza en sus discursos».


Poco a poco los Papas fueron recopilando informaciones, sobre todo de los que se convertían. Pío VII conocía algunos libros en los que se revelaban algunas cosas:

«Sus libros impresos, en los que se encuentra lo que se observa en sus reuniones, y sobre todo en aquellas de los grados superiores, sus catecismos, sus estatutos, todo prueba que los Carbonarios tienen por fin principalmente propagar el indiferentismo en materia religiosa, el más peligroso de todos los sistemas, concediendo a todos la libertad absoluta de hacerse una religión según su propia inclinación e ideas, y de profanar y manchar la Pasión del Salvador con algunos de sus ritos culpables».


Todas las cosas que se relatan no pueden ser inventos. Se habla, por ejemplo, de las misas negras —que son sacrilegios espantosos— para las cuales los Masones necesitan Hostias, y Hostias consagradas. No las van a buscar en cualquier lugar, porque quieren estar seguros de que están consagradas, y si es necesario, destruyen un sagrario. Su intención es la de cometer un sacrilegio realmente abominable.

No estoy inventando nada. Las misas negras se dicen incluso en diferentes lugares de Roma. En Ginebra, según una encuesta publicada en la prensa, hay más de 50 sociedades secretas, con más de 2000 miembros; lo mismo se puede decir de Basilea y Zúrich. No hay que hacerse ilusiones; Suiza está particularmente atacada por la Masonería, incluso en los lugares católicos como el Valais. Muchos cantones suizos son como verdadero terreno suyo. Se han introducido en el gobierno federal de Berna. Por eso, Suiza es uno de los primeros países que cierra los ojos ante el aborto y que atrae a las mujeres de los países vecinos para que puedan abortar.

Son cosas que suceden realmente y que revelan una voluntad muy determinada de profanar la Pasión del Salvador y, como decía también Pío VII, de:

«...despreciar los Sacramentos de la Iglesia, a los que parecen sustituir, por un horrible sacrilegio, unos que ellos mismos han inventado».


Tuve la oportunidad de ver unos folletos publicados por la Masonería. Estaban muy bien hechos; había uno sobre la Santísima Virgen; blasfemos desde la primera a la última página, llegando incluso a compararla con todas las divinidades paganas femeninas y obscenas de la antigüedad.
Su ceremonia de iniciación se parece a la del bautismo, porque ridiculizan en todo a la Iglesia católica, lo cual es una señal patente de Satanás. Tienen su culto, santuarios… hay un verdadero altar, pero despojado de todo, sin ni siquiera un mantel, y detrás, un sillón para el presidente. El nuevo diseño de las iglesias desde el Concilio se parece mucho a éste: ¡altares en los que ya no hay ni siquiera un crucifijo! ¡los sacerdotes, que se llaman a sí mismos presidentes, de cara a los fieles, exponiéndoles sus discursos! Hay una auténtica semejanza, por lo menos en lo exterior.

Los Masones, dice Pío VII:

«Desprecian los Sacramentos de la Iglesia… para destruir la Sede Apostólica contra la cual, animados de un odio muy particular a causa de esta Cátedra, traman las conjuraciones más negras y detestables».

Eso sucedía en 1821. Unos 50 años después, como resultado de las conjuraciones de las sociedades secretas, la Santa Sede iba a ser despojada de sus Estados.

«Los preceptos de moral dados por la sociedad de los Carbonarios no son menos culpables, como lo prueban esos mismos documentos, aunque ella altivamente se jacte de exigir de sus sectarios que amen y practiquen la caridad y las otras virtudes, y se abstengan de todo vicio. Así, ella favorece abiertamente el placer de los sentidos; así, enseña que está permitido matar a aquéllos que revelen el secreto del que Nos hemos hablado más arriba».


El Papa se atreve a afirmarlo. Hay asesinatos que no se acaban de explicar. Pensemos en la muerte de un ministro francés (Roberto Boulin, muerto el 30 de octubre de 1979); se habló de suicidio. Luego los periódicos insinuaron que podría tratarse de un asesinato y de que la Masonería estará quizás de por medio. No sería la primera vez. De repente desaparecen personas sencillas, masones sin mucha influencia, porque han revelado un secreto o simplemente actuado de manera incorrecta.
Pensemos en todos los atentados que suceden hoy.
Los encargados de la seguridad de los Estados, o no lo saben o no lo quieren decir, pero es muy probable que haya una mano que mande o guíe a distancia sus acciones y que puede muy bien encontrarse en las sociedades secretas.

Volvamos a las condenaciones que recuerda y reitera Pío VII:

«Esos son los dogmas y los preceptos de esta sociedad, y tantos otros de igual tenor. De allí los atentados ocurridos últimamente en Italia por los Carbonarios, atentados que han afligido a los hombres honestos y piadosos…
En consecuencia, Nos que estamos constituidos centinela de la casa de Israel, que es la Santa Iglesia; Nos, que, en virtud de nuestro ministerio pastoral, tenemos obligación de impedir que padezca pérdida alguna la grey del Señor que por divina disposición Nos ha sido confiada, juzgamos que en una causa tan grave nos está prescrito reprimir los impuros esfuerzos de esos perversos».

El Papa reitera finalmente la sentencia: excomunión.



León XII: el infame proyecto de las sociedades secretas.



Sacando las conclusiones de estos tres documentos, el Papa León XII declara su pensamiento respecto a estas sociedades e incluso cita otra nueva:

«Hacía poco tiempo que esta Bula había sido publicada por Pío VII, cuando fuimos llamados… a sucederle en el cargo de la Sede Apostólica. Entonces, también Nos hemos aplicado a examinar el estado, el número y las fuerzas de esas asociaciones secretas, y hemos comprobado fácilmente que su audacia se ha acrecentado con las nuevas sectas que se les han incorporado. Particularmente es aquella designada bajo el nombre de Universitaria sobre la que Nos ponemos nuestra atención; ella se ha instalado en numerosas Universidades donde los jóvenes, en lugar de ser instruidos, son pervertidos y moldeados en todos los crímenes por algunos profesores, iniciados no sólo en estos misterios que podríamos llamar misterios de iniquidad, sino también en todo género de maldades.
De ahí que las sectas secretas, desde que fueron toleradas, han encendido la antorcha de la rebelión. Se esperaba que al cabo de tantas victorias alcanzadas en Europa por príncipes poderosos serían reprimidos los esfuerzos de los malvados, mas no lo fueron; antes, por el contrario, en las regiones donde se calmaron las primeras tempestades, ¡cuánto no se temen ya nuevos disturbios y sediciones, que estas sectas provocan con su audacia o su astucia! ¡Qué espanto no inspiran esos impíos puñales que se clavan en el pecho de los que están destinados a la muerte y caen sin saber quién les ha herido!»


El Papa reitera lo que ya había visto su predecesor:

«De ahí los atroces males que carcomen a la Iglesia… Se ataca a los dogmas y preceptos más santos; se le quita su dignidad, y se perturba y destruye la poca calma y tranquilidad que tendría la Iglesia tanto derecho a gozar.
Y no se crea que todos estos males, y otros que no mencionamos, se imputan sin razón y calumniosamente a esas sectas secretas. Los libros que esos sectarios han tenido la osadía de escribir sobre la Religión y los gobiernos, mofándose de la autoridad, blasfemando de la majestad, diciendo que Cristo es un escándalo o una necedad; enseñando frecuentemente que no hay Dios, y que el alma del hombre se acaba juntamente con su cuerpo; las reglas y los estatutos con que explican sus designios e instituciones declaran sin embozos que debemos atribuir a ellos los delitos ya mencionados y cuantos tienden a derribar las soberanías legítimas y destruir la Iglesia casi en sus cimientos. Se ha de tener también por cierto e indudable que, aunque diversas estas sectas en el nombre, se hallan no obstante unidas entre sí por un vínculo culpable de los más impuros designios».

Existe, pues, una organización real, tal como lo recuerda el Papa:

«Nos pensamos que es obligación nuestra volver a condenar estas sociedades secretas».


Obligación de los jefes de Estado.


León XII da aquí la cuarta condenación en menos de un siglo. Antes de concluir, se dirige a los príncipes católicos:

«Príncipes católicos, muy queridos hijos en Jesucristo, a quienes tenemos un particular afecto. Os pedimos con insistencia que acudáis en nuestra ayuda. Nos os recordamos las palabras de San León Magno, nuestro predecesor, cuyo nombre tenemos, aunque siendo indigno de serle comparado: Tenéis que recordar siempre que el poder real no os ha sido conferido sólo para gobernar el mundo sino también para, y principalmente para ayudar con mano fuerte a la Iglesia, reprimiendo a los malos con valor, protegiendo las buenas leyes, y restableciendo el orden y todo lo que ha sido alterado».

Es algo que hoy mucha gente no comprende: el poder no se les ha concedido a los príncipes para ejercerlo sólo para lo temporal sino también para defender a la Iglesia. Los príncipes tienen que ayudar a la propagación del bien que la Iglesia difunde en la sociedad, reprimiendo con valor a los malos.

Hoy en día se escucha el grito de: “¡Libertad, libertad!” Cuando un jefe de Estado limita, por ejemplo, la libertad de la religión protestante, se levantan gritos y abucheos en todo el mundo progresista. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la doctrina de la libertad que predica el protestantismo, muy pronto se convierte en una doctrina revolucionaria (la misma moral se disuelve), contraria a la moral católica.
Si a los musulmanes, por ejemplo, se les concediese todas las libertades, en los Estados habría que admitir incluso la poligamia. La religión musulmana no consiste únicamente en postrarse como lo hacen en todas las calles en el momento de la oración, sino también en la amenaza de la esclavitud, es decir, en “dhimmi” para todos los que no son como ellos.

¿Se puede admitir esto en Estados católicos? ¿Se puede admitir que los Estados no se defiendan contra todo esto?



NOTA: FIN de Encíclica Quo graviora del Papa León XII sobre la Masonería.

Comentarios: Mons. Marcel Lefebvre.


miércoles, 7 de agosto de 2019

ANTIGÜEDAD DE LA CONFESIÓN.





Adán fué el primer penitente; se confesó diciendo: “He comido el fruto de aquel árbol” (Gen, 3, 12). Eva se confesó: “La serpiente me ha engañado” dijo, (Gen. 3, 13). Caín se confesó; pero su confesión fué nula, porque la hizo con desesperación: “Mi iniquidad, dijo, es tan grande, que no puedo yo esperar perdón”.  (Gen. 4, 13)

Heridos de las serpientes, los hebreos confiesan en el desierto sus pecados… El mismo Faraón declaró sus crímenes, pero sin arrepentimiento… David confesó su falta al profeta Nathan. El pródigo se humilló a los pies de su Padre y le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y en vuestra presencia.
Samaritana y Magdalena se confiesan a Jesucristo. Pedro igualmente: Alejaos de mí, Señor, dijo, porque soy un pecador. El buen ladrón en la cruz hace también una confesión pública.

En la Sagrada Escritura encontramos la confesión ya pública, ya particular......

Se dice en el libro de las Actas do los Apóstoles, que muchos de los fieles venían a confesar y a declarar aquello que habían hecho de mal.

Se trata aquí de una confesión hecha a un hombre, esto es, a S. Pablo, de una confesión que tiene por objeto obtener el perdón de los pecados. ¿No es ésta la confesión sacramental?

He aquí lo que, en el primer siglo de la Iglesia S. Clemente, sucesor de S. Pedro, dice de la confesión: Todo el que tenga cuidado de su alma no se avergüence de confesar sus pecados al que presida, para obtener su perdón. S. Pedro, añade, obligaba a descubrir a los sacerdotes hasta los malos pensamientos. Mientras que estamos en la tierra, convirtámonos, porque una vez estemos en la eternidad, ya no podremos confesarnos ni hacer penitencia. (Epist. II. ad Cor.).

En el siglo II, Tertuliano dice: Muchos evitan declarar sus pecados porque cuidan más de su honra que de su salvación. Imitan a los que heridos de una enfermedad secreta, ocultan su mal al médico y se atraen la muerte. ¿No vale más salvaros confesando vuestros pecados, que condenaros ocultándolos? (De Poenit., c. X)

En el siglo III, escribe el célebre Orígenes: Si nos arrepentimos de nuestros pecados y los confesamos no sólo a Dios, sino también a aquellos que pueden curar las llagas que nos han hecho, estos pecados nos serán perdonados. (Homil. II, in psal. XXXVII).


 
En el siglo IV, S. Atanasio se expresa así: De la misma manera que el hombre bautizado está iluminado por el Espíritu Santo, así también el que confiesa sus pecados en el tribunal de la Penitencia, obtiene la remisión por el Sacerdote. (Collect. choisie des Pères, t. II). En el mismo siglo dice S. Basilio: Es absolutamente preciso descubrir nuestros pecados a los que han recibido la dispensación de los misterios de Dios. (Libermann, c. IV).
En el siglo V, S. Ambrosio, según S. Paulino, lloraba de tal manera cuando un penitente se confesaba con él, que le incitaba también a derramar lágrimas. S. Agustín, en el mismo siglo, pronunciaba estas palabras: Nadie diga: Hago penitencia en secreto a los ojos de Dios, y bastante es que Aquel que debe concederme el perdón, conozca la penitencia que hago en el fondo de mi corazón; si fuese así, inútilmente habría dicho Jesucristo: Lo que desataréis en la tierra, será desatado en el cielo; y en vano también habría confiado las llaves a su Iglesia. No es pues bastante confesarse con Dios, es preciso confesarse también con los que de él han recibido el poder de atar y de desatar. (Serm. II. in Psal., c. I).

Nunca se ha oído, dice S. Juan Clímaco, que vivía en el siglo VI, nunca se ha oído que los pecados cuya confesión se ha hecho en el tribunal de la Penitencia hayan sido divulgados. Así lo ha permitido Dios, a fin de que los pecadores no se apartasen de la confesión, y no se viesen privados de la única esperanza de salvación que les queda. (Vit. Patr.).
En los siglos VII, VIII, IX y X, hallamos pruebas ciertas de la existencia de la confesión auricular. En el siglo XI, dice S. Anselmo: Descubrid fielmente a los Sacerdotes, con una humilde confesión, todas las manchas de la lepra que lleváis en vuestro interior, y quedaréis purificados. (Homil, in decem lepr.). Poco más tarde, S. Bernardo habla así: ¿De qué sirve declarar parte de nuestros pecados y callar otros? ¿No lo conoce todo Dios? ¡Qué! ¡os atrevéis a ocultar algo al que ocupa el lugar de Dios en un tan grande Sacramento! (Opusc. in septem grad. Confess.)

En todas las épocas, desde Jesucristo hasta nuestros días, la existencia de la confesión auricular está atestiguada de una manera irrecusable......

La confesión auricular y sacramental ha subsistido y subsistirá siempre, porque es de creación divina; la confesión pública, que era de origen eclesiástico, ya no tiene lugar, porque ya no existen las razones que la habían hecho establecer......


Cuando Jesucristo vino a la tierra, dice el autor de las Recherches, etc., ya encontró la confesión establecida, y al imponer a sus discípulos la obligación de confesarse, no dio una ley nueva, no hizo más que confirmar y perfeccionar una ley ya existente. Así como elevó el rito del matrimonio a la dignidad de Sacramento, de la misma manera eleva a semejante dignidad el rito de la confesión. Unió a la confesión gracias especiales, haciéndola parte esencial del sacramento de la Penitencia. Esto explica como el precepto de la confesión no excitó ningún murmullo, ni entre los Judíos, ni entre los Gentiles: estaban ya acostumbrados a ella, y nada les parecía más natural: una tradición constante y universal les hacía sentir su necesidad indispensable.

“TESOROS”
DE
CORNELIO Á LÀPIDE.


miércoles, 17 de julio de 2019

CONFESIÓN.




Divinidad De la confesión.

El día de la resurrección, Jesucristo se presentó en medio de sus discípulos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y les, repitió: La paz sea con vosotros. Así como mi Padre me envió, así os envió yo también a Vosotros. Y después que hubo pronunciado estas palabras, alentó hacia ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonáreís; y quedan retenidos a los que se los retuviereis.


Cuenta S. Mateo que Jesucristo dijo a sus discípulos: Os empeño mi palabra, que todo lo que atáreis sobre la tierra, será ese mismo atado en el cielo; y todo lo que desatáreis sobre la tierra, será eso mismo desatado en el cielo.

De aquí se infiere que para perdonar o retener los pecados, para; atar o desatar las conciencias, es necesario conocer las fallas que se han cometido. Y ¿cómo conocerlas sin la confesión? ....
Las palabras formales de Jesucristo establecen la confesión del modo más claro y más evidente; esta, por consiguiente, es divina....

Por esto S. Pablo, escribiendo a los de Corinto, les dice: Dios nos ha confiado el ministerio de la reconciliación:(II, 18). Y él es el que nos ha encargado a nosotros el predicar la reconciliación: (II. Cor., 19).


Si la confesión no reconociera una fundación divina, nadie se confesaría. El uso de la confesión prueba la divinidad de su origen La confesión es un dogma católico fundado en palabras precisas de Jesucristo: es la creencia de toda la Iglesia, de todos los siglos, de todos los Padres, de todos los Concilios, de todos los Teólogos y de todos los Santos......

Hasta el mismo famoso Voltaire dice: La confesión es una institución divina que sólo ha tenido principio en la misericordia infinita de su Autor; la obligación de arrepentirse se remonta al día en que el hombre fué culpable; mas, para manifestar arrepentimiento, es preciso empezar por declarar los pecados.



“TESOROS”
DE
CORNELIO Á LÀPIDE.



domingo, 7 de julio de 2019

DE LAS DISPOSICIONES NECESARIAS PARA ENTRAR EN RELIGIÓN—Por San Alfonso María de Ligorio.




   El que se siente llamado por Dios a una religión observante (y digo observante, porque mejor sería permanecer en el mundo que entrar en una Orden relajada) no debe olvidar que el fin e instituto de toda religión observante es seguir de cerca, y en cuanto lo consienta nuestra flaqueza, las huellas y ejemplos de la vida sacrosanta de Jesucristo, el cual llevo en el mundo vida de mortificación y desprendimiento, cargada de trabajos y desprecios. Por consiguiente, el que se decide a entrar en una religión observante es menester que también se determine a padecer y negarse a sí mismo en todas las cosas, como lo declara el mismo Jesucristo a los que quieren entrar a su servicio: Si alguno quiere venir en pos de mí, dice, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga (Mt. 16, 24). El que desee entrar en religión debe estar persuadido de que ha de padecer y sufrir mucho, porque de lo contrario se expone, una vez en religión, a dejarse vencer de la tentación cuando sienta caer sobre sus hombros todo el peso de la vida pobre y mortificada que se lleva en el claustro.

   Muchos hay que, al entrar en una religión observante, no se acuerdan de buscar en ella la paz de la conciencia y la santidad de vida, y solo se detienen pensando en las ventajas de la vida común, como la soledad, el descanso, el alejamiento y desembarazo de los parientes, al verse libre de los pleitos y otros cuidados, y, finalmente, de no tener que preocuparse de la casa, del alimento y de los vestidos.

   Sin duda que el religioso debe estar muy agradecido a su instituto, porque se libra de mil cuidados y le proporciona tantos medios de servir a Dios con mucha paz y perfección, suministrándole innumerables medios de adelantar cada dia en la virtud, como son los buenos ejemplos que recibe de sus hermanos de religión, los avisos de los Superiores, que se desvelan por su espiritual aprovechamiento, y los ejercicios espirituales, tan a propósito para alcanzar la salvación.

   Todo es muy cierto; pero, esto, no obstante, si se quiere no perder tantos provechos y ventajas, hay que abrazarse generosamente con todos los trabajos y padecimientos inherentes a la vida religiosa; y el que no los acepta con amor y generosidad, se verá privado de aquella paz y pleno contento que Dios tiene reservados para los que por complacerlo se vencen y mortifican. Al que venciere, dice, le daré a gustar el maná escondido. (Apocalipsis, 2, 17). Porque la paz que Dios da a gustar a sus leales servidores esta oculta a las miradas de las gentes del mundo, y por eso, al ver la vida mortificada que llevan, lejos de envidiar su suerte les tienen lástima y los llaman desventurados, por no encontrar placer en la vida. “Estos tales, dice SAN BERNARDO, ven la cruz, pero no ven el óleo que suaviza su peso; ven que los siervos de Dios se mortifican, pero no aciertan a comprender los gustos y contentos con que el Señor los regala”.

   No hay duda de que padecen las almas que se dedican a la piedad; pero también es cierto que, como dice SANTA TERESA, “cuando uno se determina a padecer, está acabado el trabajo”. Abrazándose con ellas, las mismas penas se convierten en francas alegrías. Cierto dia dijo el Señor a Santa Brigada: “Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas; basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras”. Y ¿Quién acertará a comprender, sino el que las prueba, las inefables delicias que Dios da a gozar a sus escogidos en la oración, en la comunión, en la soledad? ¿Quién podrá rastrear las luces interiores, los grandes incendios de amor, los tiernos abrazos, la paz de la conciencia y los gustos anticipados del cielo que da el Señor a las almas, sus amantes?

   “Vale más, dice SANTA TERESA, una gota de celestial consuelo que un mar de alegrías y placeres mundanos”. Nuestro Dios, que por naturaleza es agradecido, aun en este valle de lágrimas sabe dar a gustar por anticipado algo de las dulzuras de la gloria a los que padecen por complacerlo, que de esta suerte se cumplen aquellas palabras de David: Qui fingis laborem in precepto. Al darnos a la vida interior nos exige el Señor que estemos dispuestos a soportar toda suerte de angustias, de trabajos y hasta la misma muerte, y al parecer solo nos convida con fatigas y sinsabores, y en realidad no es así, porque basta entregarse del todo a Dios para que la vida espiritual traiga consigo al alma aquella paz que, como dice San Pablo, sobrepuja a todo encarecimiento (Fil. 4, 7), y que vence a la que el mundo puede brindar a los mundanos. Y la experiencia atestigua que los religiosos viven más felices en sus pobres celdas que los monarcas en sus regias moradas. Gustad y ved, dice el Salmista, cuan suave es el Señor. (Sal. 33, 9). El que no lo experimente no lo acertara a comprender.

   Con todo, hay que convencerse de que no gozará jamás de paz verdadera el que al entrar en religión no se determina a padecer y a vencerse en todo lo que contraría a la naturaleza. Al que venciere, dice el Señor, le daré a gustar maná escondido. El que desee entrar en una religión observante no gozara de paz verdadera si no está determinado a vencerse en todo, a purificar su corazón de todas sus malas inclinaciones y a desear lo que Dios quiere y como Dios lo quiere.

   Por consiguiente, debe desprenderse de todo, y señaladamente de cuatro cosas:

1ª, de las comodidades;

2ª, de los parientes;

3ª, de su propia estima; y

4ª, de su propia voluntad.


LA VOCACIÓN RELIGIOSA”
“Editorial ICTION” Bs. As. Argentina. Año 1981.

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