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domingo, 11 de abril de 2021

Miércoles de la octava de Pascua: CRISTO, RESURRECCIÓN Y VIDA.


   I. Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 25) El Señor muestra su virtud y poder que es vivificante. Debe saberse que, entre los que necesitan participar del efecto de la vida, unos tienen esa necesidad porque perdieron la vida, y otros, que no la perdieron, lo necesitan para conservar la que ya tienen. Así, pues, dice a los primeros: Yo soy la resurrección, porque los que perdieron la vida, por la muerte la recobran. Para los segundos dice: y la vida, porque por ella se conservan los vivos.

 

   Ha de advertirse que por estas palabras: Yo soy la resurrección, ha de entenderse: yo soy la causa de la resurrección. Y en verdad Cristo es la causa total de nuestra resurrección, tanto del alma como del cuerpo. Y por eso cuando dice: Yo soy la resurrección, es como si dijese: Todo lo que resucita en las almas y en los cuerpos, resucita por mí. Porque como la muerte fue por un hombre la resurrección de los muertos (1 Cor 15, 21). Cuando digo que soy la resurrección es, porque soy la vida; pues corresponde a la vida el que algunos sean restituidos a ella, del mismo modo que pertenece al fuego el que una cosa apagada sea nuevamente encendida. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Jn 1, 4).

 

 

   II. Sigue un doble efecto:

   1º) Vivifica a los muertos. El que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Yo soy la resurrección (Jn 11, 25), esto es, la causa de la resurrección, y uno consigue el efecto de esta causa, creyendo en mí. Por eso dice: El que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Pues, por el hecho de creer, me posee en sí mismo: Para que Cristo more por la fe en vuestros corazones (Ef. 3, 17). El que me posee tiene en sí la causa de la resurrección; luego el que cree en mí, vivirá, es decir, con vida espiritual, resucitando de la muerte del pecado, y también con vida natural, resucitando de la muerte de la pena.

 

   2º) Porque él es la vida, conserva a los vivientes en la vida. Por eso dice: Y todo aquél que vive y cree en mí, con la vida de justicia, de la cual dice Habacuc: El justo en su fe vivirá (Hab II, 4), no morirá jamás, esto es, con muerte eterna, sino que tendrá la vida eterna. La voluntad de mi Padre, que me envió, es ésta: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna (Jn 6, 40).

 

   Esto no ha de entenderse en el sentido de que no morirá temporalmente con muerte de la carne; sino que de tal modo morirá alguna vez, que, habiendo resucitado, viva eternamente en el alma, hasta que resucite la carne que después no morirá nunca. Por eso añade: y yo le resucitaré en el último día (Ibíd.).

 

 

 

(In Joan., XI)



                                MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

martes, 6 de abril de 2021

Martes de la octava de Pascua: LAS LLAGAS DE CRISTO RESUCITADO.


 

Mete aquí tu dedo, y mira mis manos, y da acá tu mano, y métela en mi costado; y no se incrédulo, sino fiel. (Jn, 20, 27)

 

 

 

   Fue conveniente que el alma de Cristo en resurrección tornase el cuerpo con las cicatrices de las llagas.

  

   1º) Para gloria del mismo Cristo. Porque dice San Beda que “conservó las llagas, no por la impotencia de curarlas, sino para llevar siempre consigo el trofeo de su victoria” (Super Luc., cap. 97). Por eso dice también San Agustín que “tal vez en aquel reino veremos en los cuerpos de los mártires las cicatrices de las heridas que sufrieron por el nombre de Cristo, porque no serán en ellos deformidad, sino dignidad; y la belleza de su virtud brillará por ellas en cierto modo en su cuerpo” (De civitate Dei, lib. XXII, cap. 20).

 

   2º) Para confirmar los corazones de sus discípulos en la fe de su resurrección.

 

 

   3º) Para que, al rogar al Padre por nosotros, manifieste siempre qué género de muerte padeció por el hombre.

 

 

   4º) Para hacer ver a los que ha rescatado por su muerte, poniéndoles a su vista las señales de su suplicio, qué misericordia vino en su socorro.

 

   Finalmente, para hacer ver en el juicio (final) cuán justamente serán condenados allí mismo (los réprobos). Por esta razón, como dice San Agustín: “Sabía Cristo por qué conservaba las cicatrices en su cuerpo; porque, así como las mostró a Tomás, que no creía si no las tocaba y las veía, así también había de mostrarlas a los enemigos, para que convenciéndolos de la verdad les pudiera decir: He aquí al hombre a quien crucificasteis; mirad las llagas que le inferisteis; reconoced el costado que atravesasteis, pues por vosotros y para vosotros fue abierto, y sin embargo no quisisteis entrar” (De Symb., lib. II, cap. 8).

 

 

   Así, pues, aquellas cicatrices no son debidas a la corrupción o defecto, sino al mayor cúmulo de gloria, en cuanto son ciertas señales de su virtud, y en aquellos lugares de las llagas aparecerá cierto esplendor especial. Y siempre permanecerán en el cuerpo de Cristo, porque, como dice San Agustín: “Creo que el cuerpo del Señor está en el cielo como estaba cuando subió a él” (Ad Consentium, epist. 205).

 

 

 (3ª, q. LIV, a. 4)

 

 

MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


Lunes de la octava de Pascua: UTILIDADES DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR.


 

   Del misterio de la Resurrección del Señor podemos sacar cuatro enseñanzas para nuestra instrucción.

 

 

   1º) Debemos procurar resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrirnos por el pecado, a la vida de justicia que se logra por la penitencia. Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo (Ef 5, 14) Y ésta es la resurrección primera. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección (Que muere en estado de gracia). (Apoc 20, 6).

 

 

   2º) No debemos diferir el resucitar hasta la hora de la muerte; sino pronto; pues Cristo resucitó al tercer día: No tardes en convertirte al Señor, y no lo dilates de día en día (Eclo 5, 8), porque, vejado por la enfermedad, no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación; y porque pierdes además la participación en todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males perseverando en el pecado. Por otra parte, cuanto más tiempo posee el diablo, tanto más difícilmente abandona, como dice San Beda.

 

 

   3º) Debemos resucitar a una vida incorruptible, de suerte que no muramos otra vez, es decir, que no pequemos más. Habiendo Cristo resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñoreará más de él (Rom 6, 9) Y más adelante: Así también vosotros consideraos que estáis de cierto muerto al pecado, pero vivos para Dios, en nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros al pecado por instrumentos de iniquidad, más ofreceos a Dios, como resucitados de los muertos (Ibíd. 11-13)

 

 

   4º) Debemos resucitar a una vida nueva y gloriosa, esto es, que evitemos todas aquellas cosas que antes fueron ocasiones y causa de muerte y de pecado. Como Cristo resucitó de muerte a vida por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida (Rom 6, 4). Y esta nueva vida es la vida de la justicia que renueva al alma y la conduce a la vida de la gloria.

 

 

(In Symb.).

 

 

 

 

MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


domingo, 4 de abril de 2021

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: NECESIDAD DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.


 


Era necesario que el Cristo padeciese y resucitase al tercer día de entre los muertos (Lc 24, 46).

 

 

 

   Fue necesario que Cristo resucitase por cinco motivos:

   1º) Para recomendación de la justicia divina, a la cual pertenece exaltar a los que se humillan por Dios, según aquello: Destronó a los poderosos, y ensalzó a los humildes (Luc., I, 52) Luego, si Cristo se humilló hasta la muerte de cruz por amor y obediencia a Dios, era necesario que fuese ensalzado por Dios hasta la resurrección gloriosa; por lo cual se dice de su persona: Tú conociste, esto es, aprobaste, mi sentarme, es decir, mi humildad y pasión, y mi levantarme, a saber, mi glorificación en la resurrección (Sal 138, 2).

 

 

   2º) Para instrucción de nuestra fe; porque por su resurrección fue confirmada nuestra fe en la divinidad de Cristo, como dice el Apóstol: Si Cristo no resucitó, luego vana es nuestra predicación, y también es vana nuestra fe (1 Cor 15, 14) Y en el Salmo 29, 10: ¿Qué provecho hay en mi sangre, esto es, en el derramamiento de mi sangre, si desciendo, como por ciertos escalones de males, a la corrupción? Como si dijese: ningún provecho; “porque si no resucito al instante, y mi cuerpo se hubiese corrompido, a nadie predicaré ni ganaré a ninguno”, como expone la Glosa.

 

 

   3º) Para levantar nuestra esperanza, porque al ver resucitar a Cristo, que es nuestra cabeza, esperamos que también nosotros resucitaremos. Por eso se dice: Si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de muertos? (1 Cor 15, 12). Y en Job: Yo sé, mediante la certeza de la fe, que mi redentor, esto es, Cristo, vive, habiendo resucitado de entre los muertos, y, por lo tanto, en el último día he de resucitar: de la tierra... esta mi esperanza está depositada en mi pecho (19, 25.27)

 

 

   4º) Para informar la vida de los fieles, según aquello: Como Cristo resucitó de muerte a vida por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida (Rom 6, 4); y más adelante: Habiendo Cristo resucitado de entre los muertos, ya no muere; ... así también vosotros consideraos que estáis de cierto muerto al pecado, pero vivos para Dios en nuestro Señor Jesucristo (Ibíd. 9, 11).

 

 

   5º) Para complemento de nuestra salvación porque, así como sufrió males y se humilló muriendo, para librarnos de los males, del mismo modo fue glorificado resucitando, para conducirnos a los bienes, según aquello: El cual fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación (Rom 4, 25) La Pasión de Cristo obró nuestra salvación en cuanto a remoción de los males; más la resurrección, en cuanto a la incoación y modelo de los bienes (3ª, p. q. LIII, a. 1)

 

 

 

MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


sábado, 3 de abril de 2021

Sábado Santo: UTILIDAD DEL DESCENDIMIENTO DE CRISTO A LOS INFIERNOS.


 

Cuatro lecciones podemos sacar para nuestra instrucción del descendimiento de Cristo a los infiernos:

 

   1º) Una firme esperanza en Dios. Porque cualquiera que sea la aflicción que le atormente, debe esperar siempre la ayuda de Dios y confiar en él. Porque nada hay más cruel que estar en el infierno. Ahora bien, si Cristo libró a los que estaban en el infierno, mucho más debe confiar el que es amigo de Dios, que será librado por él de cualquier angustia. Ésta (la sabiduría) no desamparó al justo vendido, más le libró de pecadores, y descendió con él al hoyo; y en las prisiones no le desamparó (Sab 10, 13, 14) Y porque Dios ayuda de manera especial a sus siervos, debe estar muy seguro el que sirve a Dios. El que teme al Señor de nada temblará, ni tendrá pavor; porque el mismo es su esperanza (Ecl.  34, 16).

 

 

   2º) Debemos concebir temor y desechar la presunción. Porque si Cristo padeció por los pecadores y bajó a los infiernos, no libró, sin embargo, a todos, sino únicamente a los que estaban sin pecado mortal; pero dejó allí a los que habían muerto en pecado mortal. Por consiguiente, ninguno que baje allí con pecado mortal, espere perdón; sino que estará en el infierno el tiempo que los santos Padres estarán en el paraíso, o sea, eternamente.

 

 

   3º) Debemos ser solícitos. Porque Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, y nosotros debemos preocuparnos por bajar allá frecuentemente, meditando en las penas, como hacía el santo profeta Ezequías: Yo dije: En el medio de mis días iré a las puertas del infierno (Is 38, 10) Porque el que en vida desciende frecuentemente allí por la meditación, no desciende fácilmente en la muerte; pues esa consideración le preserva del pecado y le aparta de él. Vemos que los hombres de este mundo se guardan de obrar mal por temor a la pena temporal; ¿con cuánta mayor razón deben evitar las acciones malas por temor a las del infierno, que son mayores por la duración, la acerbidad y el número? Por eso se dice en el Eclesiástico: Acuérdate de tus postrimerías, y no pecarás jamás (7, 40).

 

 

   4) De este hecho nos viene un ejemplo de amor. Cristo bajó a los infiernos para librar a los suyos; y, por consiguiente, también nosotros debemos bajar allá para socorrer a los nuestros. Pues ellos nada pueden y debemos, por lo tanto, socorrer a los que están en el purgatorio, Sería demasiado duro el que no socorriese a una persona querida que estuviese en la cárcel, pero mucho más duro es el que no socorre al amigo que está en el purgatorio, ya que no existe comparación alguna entre las penas del mundo y aquellas otras. Apiadaos de mí (Job 19, 21).

 

 

   De tres maneras se las puede socorrer: por medio de misas, oraciones y limosnas. Esto no es extraño, porque también en este mundo puede un amigo satisfacer por su amigo.

 

 

(In Symb.)

 

 

MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


viernes, 2 de abril de 2021

Viernes Santo: MUERTE DE CRISTO.


 


Fue conveniente que Cristo muriese.

 

   1º) Para complemento de nuestra redención; porque aun cuando la Pasión de Cristo tuvo virtud infinita por la unión de la divinidad, sin embargo, no por cualquier sufrimiento se hubiera completado la redención del género humano, sino por la muerte. Por eso dice el Espíritu Santo por boca de Caifás: Os conviene que muera un hombre por el pueblo (Jn 11, 50). Por lo cual dice San Agustín: “Admirémonos, congratulémonos, alegrémonos, amemos, alabemos, adoremos, porque por la muerte de nuestro Redentor hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del destierro a la patria, del llanto al gozo.”

 

 

   2º) Para acrecentamiento de la fe, la esperanza y la caridad. Del aumento de la fe se dice en el Salmo (140, 10): Solo estoy yo hasta que yo, pase adelante, del mundo al Padre. Cuando yo haya pasado al Padre, entonces me multiplicaré. Si el grano de trigo que cae en la tierra no muriere, él solo queda (Mt 12, 24) Del acrecentamiento de la esperanza dice el Apóstol: El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos donó también con él todas las cosas? (Rom 8, 32) No se puede negar que es menos dar todas las cosas que entregarlo a la muerte por nosotros. A este respecto dice San Bernardo: ¿Quién no se dejará arrebatar a la esperanza de lograr perdón, si atiende a la posición del cuerpo crucificado, a saber, la cabeza inclinada para besar, los brazos extendidos para abrazar, las manos perforadas para colmar de bienes, el costado abierto para amar, los pies clavados para permanecer con nosotros? Levántate, amiga mía... y ven, paloma mía, en los agujeros de la peña… (Cant 2, 13-14) En las llagas de Cristo vive y anida la Iglesia, cuando pone la esperanza de su salvación en la Pasión del Señor, y por eso confía que ha de ser protegida de las asechanzas del gavilán, es decir, del diablo.

 

 

   Del aumento de la caridad se lee en el Eclesiástico: Al mediodía quema a la tierra (43, 3), esto es, en el fervor de la Pasión inflama a los terrenos a amar. Y San Bernardo dice: “Sobre todas las cosas, buen Jesús, te me ha hecho amable el cáliz que has bebido. La obra de nuestra redención fácil y absolutamente conquista para sí todo nuestro amor; esto es lo que más suavemente alienta nuestra devoción, más justamente la eleva, más estrechamente la obliga, y más intensamente la afecta.”

 

 

   3º) Para el misterio de nuestra salvación, para que muriésemos a este mundo a semejanza de su muerte: Escogió mi alma la horca, y mis huesos la muerte (Job 7, 15) Y San Gregorio comenta esto diciendo: “El alma es la intención del espíritu, los huesos la fortaleza de la carne. Lo que se suspende, es elevado de abajo. El alma, pues, se suspende hacia lo eterno, para que mueran los huesos, porque por amor de la vida eterna destruye en nosotros toda fortaleza de la vida exterior.” Señal de esta muerte es ser despreciados por el mundo. Por eso añade San Gregorio: “El mar retiene en sí los cuerpos vivos; y a los muertos los arroja luego de sí.”

 

 

 

(De Humanitate Christi, cap. 47)

 


MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino