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domingo, 8 de marzo de 2020

Sábado de la primera semana de Cuaresma: CARIDAD DE DIOS EN LA PASIÓN DE CRISTO.






   Mas Dios hace brillar su caridad en nosotros; porque, aun cuando éramos pecadores, en su tiempo murió Cristo por nosotros (Rom 5, 8-9).




   I. Cristo murió por los impíos (Ibíd., 6). Esto es grande si consideramos quién murió; es grande también, si consideramos por quienes murió. Porque apenas hay quien muera por un justo (Ibíd., 7), esto es, apenas hay quien muera para librar a un hombre justo; aún más todavía, como se dice en Isaías: El justo perece, y no hay quien lo recapacite (57, 1). Y por lo tanto apenas hay quien muera. Porque tal vez alguno, esto es algún raro por celo de virtud se atreva a morir por un hombre bueno. Raro es, pues, porque es cosa grandísima, como se lee en San Juan: Ninguno tiene mayor amor que éste, que es poner su vida por sus amigos (Jn 15, 1.3). Pero lo que hizo Cristo: morir por los impíos e injustos, no se encuentra jamás. Por eso con razón debe admirarse por qué Cristo hizo esto.




   II. Si se pregunta por qué Cristo murió por los impíos, la respuesta es que con ello Dios hace brillar su caridad en nosotros, esto es, con ello nos muestra que nos ama infinitamente, pues aun cuando éramos pecadores, murió Cristo por nosotros.


   La misma muerte de Cristo muestra la caridad de Dios para con nosotros, pues dio a su Hijo para que muriese satisfaciendo por nosotros: De tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unigénito (Jn 3, 16). Y de este modo, así como la caridad de Dios Padre para con nosotros se muestra por habernos dado su Espíritu, igualmente se muestra dándonos a su Hijo.


   Pero al decir hace brillar, señala la inmensidad de la caridad divina; la cual manifiesta por el solo hecho de habernos dado a su Hijo para que muriese por nosotros, y por nuestra condición, porque esto no lo hizo a causa de nuestros merecimientos, sino aun cuando éramos pecadores (Rom 5, 8). Dios, que es rico en misericordia, por su extrema caridad con que nos amó; aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos dio vida juntamente en Cristo (Ef. II, 4).



(In Rom 5).



   III. Todo esto apenas es creíble, como dice la Escritura: Obra fue hecha en vuestros días, que nadie la creerá cuando será contada (Hab 1, 5). Porque que Cristo haya muerto por nosotros es tan sorprendente que apenas puede concebirse en nuestro entendimiento; es más, sobrepasa nuestro alcance. Esto es lo que dice el Apóstol: Yo obro una obra en vuestros días, obra que no creeréis, si alguno os la contare (Hech 13, 41).


   Tanta es la gracia y el amor de Dios para con nosotros, que hizo por nosotros mucho más de lo que nosotros podemos creer o concebir.


(In symb.)






MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

viernes, 6 de marzo de 2020

Viernes de la primera semana de Cuaresma: LA LANZA Y LOS CLAVOS DE NUESTRO SEÑOR.





   Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y salió luego sangre y agua (Jn 19, 34).


   I. La Escritura dice de un modo expresivo abrió, y no hirió, porque por este costado se nos abre la puerta de la vida eterna. Después de esto miré; y vi una puerta abierta (Apoc 4, 1). Ésta es la puerta en el costado del arca, por la cual entran los animales que no han de perecer en el diluvio.


   II. Esta puerta es causa de salvación. Por lo cual salió luego sangre y agua. Es muy maravilloso que, del cuerpo de un muerto, en el cual está cuajada la sangre, salga ésta. Esto ocurrió para mostrar que por la Pasión de Cristo alcanzamos plena ablución de nuestros pecados y de nuestras manchas. De nuestros pecados por la sangre, que es el precio de nuestro rescate, como dice la Escritura: Habéis sido rescatados de vuestra vana conversación, que recibisteis de vuestros padres, no por oro ni por plata, que son cosas perecederas; sino por la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero inmaculado, y sin mancilla (1 Ped 1, 18); de las manchas por el agua, que es baño de nuestra regeneración. Y derramaré sobre vosotros agua pura, y os purificaréis de todas vuestras inmundicias (Ez 36, 25). En aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los moradores de Jerusalén para lavar las manchas del pecador y de la mujer menstruosa (Zac 13, 1).



MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

Jueves de la primera semana de Cuaresma: FUE CONVENIENTE QUE CRISTO FUERA CRUCIFICADO ENTRE DOS LADRONES.






   Cristo fue crucificado, entre ladrones, porque así convenía en cuanto a la intención de los judíos, y también en cuanto a la ordenación de Dios.


   1º) En cuanto a la intención de los judíos, éstos lo crucificaron entre dos ladrones, para hacerlo partícipe de la sospecha que se tenía de ellos. Pero no ocurrió así, pues nada se dice de ellos, mientras que la Cruz de éste es honrada en todas partes: los reyes, deponiendo las coronas, colocan la Cruz en sus vestidos de púrpura, en sus diademas, en sus armas, en la mesa sagrada; y la Cruz brilla en toda la tierra.


   Respecto al orden establecido por Dios, Cristo fue crucificado con los ladrones porque, así como Cristo fue hecho por nosotros el maldito de la Cruz (Gálatas 3, 13.), del mismo modo es crucificado como culpable entre culpables, para la salvación de todos (Es argumento de San Jerónimo (Super Matth., XXVIII), como el del anterior es de San Juan Crisóstomo (hom. 88 in Matth. y 84 in Joan)).



   2º) Como dice el papa San León (Serm. de Passione, 4.), son crucificados dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda, para demostrarnos bajo la imagen misma del patíbulo la distinción que deberá hacerse de todos los hombres en el día del juicio. San Agustín dice: “Si te fijas, la misma cruz fue tribunal; porque en medio se encuentra el juez; a un lado el que creyó y fue liberado, y al otro, el que insultó y fue condenado. Ya significaba por ello lo qué haría con los vivos y los muertos; a unos los pondría a su derecha, a los otros a su izquierda” (10 Super Joan. tract. 31).


   3º) Según San Hilario, hubo dos ladrones crucificados, el uno a la derecha y el otro a la izquierda, para enseñar que todo el género humano es llamado al sacramento de la Pasión del Señor. Más porque, a causa de la diversidad de fieles e infieles, se hace la división de todos poniendo los unos a la derecha y los otros a la izquierda, uno de los dos, el situado a su derecha, se salva por la justificación de la fe (11 Can. 33 in Matth.).


   4º) Como dice San Beda, los ladrones que fueron crucificados con el Señor significan los que bajo la fe y la confesión de Cristo sufren el certamen del martirio o las disposiciones de una disciplina austera; más los que lo hacen por la gloria eterna, son representados por la fe del ladrón de la derecha, y los que lo hacen con miras a las humanas alabanzas, imitan las disposiciones y los actos del ladrón de la izquierda (Super Marc., cap. 24.).



   Así como Cristo no era deudor de la muerte, sino que la sufrió porque quiso, para vencer a la muerte con su virtud; así tampoco mereció ser colocado con ladrones; pero quiso ser contado entre los inicuos, para destruir a la iniquidad con su virtud. Por eso San Juan Crisóstomo (Super Joan., hom. LXXXIV), dice que convertir al ladrón en la Cruz y conducirlo al paraíso no fue menos difícil que quebrar las piedras.




(3ª, q. XLVI, a. 11)







MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

miércoles, 4 de marzo de 2020

Miércoles de la primera semana de Cuaresma: INTENSIDAD DEL DOLOR DE CRISTO EN LA PASIÓN.





     Atended, y mirad si hay dolor como mi dolor (Lam 1, 12).



   En Cristo paciente hubo el dolor verdadero sensible, que es causado por algún daño corporal; y también el dolor interior, producido por la percepción de algún daño, que se llama tristeza. Ambos dolores fueron en Cristo los mayores que pueden sufrirse en la vida presente. Esto acaeció por cuatro razones.



   I. Por las causas del dolor. Porque la causa del dolor sensible fue la lesión corporal, la cual resultó acerba, ya por la generalidad de los padecimientos, ya también por el género de ellos, pues la muerte de los crucificados es acerbísima, al ser clavados en las partes nerviosas y más sensibles, esto es, en las manos y los pies, y además que el peso mismo del cuerpo pendiente acrecienta continuamente el dolor; también se prolonga el sufrimiento, puesto que no mueren inmediatamente como los que son pasados a cuchillo.


   La causa del dolor interior fue: 1º, todos los pecados del género humano por los que satisfacía padeciendo, y que casi se los atribuye cuando dice: Las voces de mis delitos (Sal 21, 2); 2º, especialmente la caída de los judíos y de los demás que pecaban en su muerte, y principalmente de sus discípulos, que se escandalizaron en la Pasión de Cristo; 3º, la pérdida de la vida corporal, que naturalmente es horrible a la naturaleza humana.


   II. La magnitud de su dolor puede considerarse por la percepción del paciente según el alma y según el cuerpo. Según el cuerpo tenía una complexión perfecta, puesto que fue formando milagrosamente por obra del Espíritu Santo, y por eso sobresalió en él el sentido del tacto, de cuya percepción se sigue el dolor.

   El alma percibió también eficacísimamente, según las fuerzas interiores, todas las causas de la tristeza.


   III. La magnitud del dolor de Cristo puede considerarse por la pureza del dolor y de la tristeza, pues en los demás pacientes se mitiga la tristeza interior, y hasta el dolor exterior, por alguna consideración de la razón, por medio de cierta derivación o redundancia de las potencias superiores a las inferiores; lo cual no ocurrió en Cristo paciente, porque dejó hacer a cada una de sus fuerzas lo que le es propio.


   IV. Puede considerarse la magnitud del dolor de Cristo paciente porque tomó voluntariamente estos padecimientos y el dolor con el fin de liberar a los hombres del pecado, y por consiguiente tomó tanta cantidad de dolor como correspondía a la magnitud del fruto que de ello resultaba.


   Luego, de todas estas causas, consideradas en conjunto, aparece manifiesto que el dolor de Cristo fue el mayor.



(3ª, q. XLVI, a. 6)




MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


martes, 3 de marzo de 2020

Martes de la primera semana de Cuaresma: CÓMO SOBRELLEVÓ CRISTO TODOS LOS SUFRIMIENTOS.





       Los padecimientos humanos pueden considerarse de dos modos:


    1º) En cuanto a la especie, y así no convino que Cristo sufriese todo padecimiento, porque muchas especies de padecimientos son contrarias entre sí, como cuando uno se quema por el fuego o es sumergido en el agua; ahora hablamos de los padecimientos inferidos exteriormente, puesto que no fue conveniente que él sufriese los padecimientos que son causados interiormente, como son las enfermedades corporales.


   2º) En cuanto al género; sufrió todo padecimiento humano, lo cual puede considerarse de tres maneras:


1ª) Por parte de los hombres de quienes recibió padecimiento, pues padeció algo de los gentiles, de los judíos, de los hombres y de las mujeres, como se manifiesta por las sirvientas que acusaban a San Pedro. Padeció también por parte de los príncipes y de sus ministros y del pueblo, según aquello del Salmo (2, 1, 2): ¿Por qué bramaron las gentes, y los pueblos meditaron cosas vanas? Asistieron los reyes de la tierra, y se mancomunaron los príncipes contra el Señor, y contra su Cristo. Padeció también de parte de los amigos y conocidos, como se manifestó cuando Judas le entregó, y Pedro le negó.


2ª) Por todo lo que el hombre puede padecer. En efecto, Cristo sufrió por sus amigos que lo abandonaban; en su reputación, por las blasfemias proferidas contra él; en su honra y gloria, por los escarnios y afrentas que se le causaron; en sus cosas, porque hasta fue despojado de sus vestiduras; en su alma, por la tristeza, tedio y temor, y en su cuerpo, por las heridas y azotes.


3ª). En sus miembros corporales. Porque Cristo sufrió en su cabeza la corona de punzantes espinas; en su pies y manos, taladrados por los clavos; en su rostro, las bofetadas y salivazos; y azotes en todo el cuerpo.

   Padeció también con todos sus sentidos corporales: con el del tacto, al ser flagelado y crucificado con los clavos; con el del gusto, al beber hiel y vinagre; con el del olfato, al ser suspendido en un patíbulo levantado en un lugar que los cadáveres hacían fétido y que se llamaba Calvario; con el del oído, al ser atacado por las voces de blasfemos y burladores; con el de la vista, al ver llorar a su Madre y al discípulo a quien amaba.

   Por lo que hace a la eficacia, ciertamente el más mínimo de los padecimientos de Cristo hubiese bastado para redimir al género humano de todos sus pecados; pero según la conveniencia, fue preciso que sufriese todo género de padecimientos.



(3ª, q. XLVI, a. 5)



MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino


lunes, 2 de marzo de 2020

Lunes de la primera semana de Cuaresma: CRISTO DEBIÓ SER TENTADO EN EL DESIERTO





   Estuvo en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, y le tentó Satanás (Mc 1, 13).


    I. Cristo se manifestó voluntariamente al diablo, para ser tentado, como también por propia voluntad se ofreció a sus miembros para ser matado; de otro modo no se hubiese atrevido el diablo a acercarse a él. Mas el diablo tienta más a uno cuando está solo, como dice la Escritura: Si alguno prevaleciere contra el uno, los dos le resisten (Eccles., IV, 12). De ahí que Cristo se fuese al desierto, como a un campo de lucha, para ser tentado allí por el diablo. Por eso dice San Ambrosio que “Cristo se iba al desierto para provocar al diablo. Porque si éste, el diablo, no le hubiese combatido, aquél, es decir, Cristo, no hubiese venido para mí” (Super Lucam, cap, 4. 7; Super Matth., hom, XII).

   Añade aún otras razones, diciendo que Cristo obró así por misterio, para librar del destierro a Adán, que había sido arrojado del paraíso al desierto; y como ejemplo, para mostrarnos que el diablo mira con malos ojos a los que tienden a lo más perfecto.


    II. Cristo se expuso, efectivamente, a la tentación, porque, al decir de San Juan Crisóstomo, el diablo se apresura más a tentar cuando nos ve solitarios; por lo que tentó primero a la mujer cuando se encontraba sin el varón. Sin embargo, no se sigue de aquí que el hombre deba ponerse en peligro de tentación.

   Hay dos ocasiones de tentación. Una por parte del hombre, por ejemplo, cuando alguno se expone próximamente al pecado, no evitando las ocasiones de pecar, y tal ocasión de tentación debe ser evitada; según se dijo a Lot: No te pares en toda esta comarca alrededor de Sodoma (Gen 19, 17).

   Otra ocasión de tentación existe por parte del diablo que “siempre mira con malos ojos a los que tienden a cosas mejores”, como dice San Ambrosio, y tal ocasión de tentación no debe ser evitada. Por lo cual dice San Juan Crisóstomo que no solamente Cristo fue llevado al desierto por el Espíritu, sino también todos los hijos de Dios que poseen al Espíritu Santo; pues no se contentan con permanecer ociosos; sino que el Espíritu Santo los insta a emprender algo grande, cual es estar en el desierto con relación al diablo, porque no hay allí injusticia, en la que el diablo se deleita. También toda obra buena es desierta con respecto a la carne y al mundo, porque no es conforme a la voluntad de la carne ni a la del mundo.

   Pero no es peligroso dar al diablo tal ocasión de tentación, pues es más bien un consejo del Espíritu Santo, que es el autor de la obra perfecta, que una impugnación del diablo envidioso.


(3ª, q. XLI, a. 2)



MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

domingo, 1 de marzo de 2020

PRIMER DOMINGO de CUARESMA: FUE CONVENIENTE QUE CRISTO FUERA TENTADO.





   Jesús fue llevado al desierto por el espíritu, para ser tentado por el diablo (Mt 4, 1).


Cristo quiso ser tentado:


1º) Para darnos un auxilio contra las tentaciones. Por lo que dice San Gregorio: “No era indigno de nuestro Redentor, que había venido para ser muerto, el haber querido ser tentado, porque era justo que de ese modo venciese nuestras tentaciones por las suyas, como había venido para vencer nuestra muerte por la suya”.


2º) Para que estuviéramos prevenidos, de modo que nadie, por santo que fuese, se creyera seguro e inmune de tentación. Por lo cual quiso ser tentado después del bautismo, porque, como dice San Hilario: “Las tentaciones del diablo se redoblan principalmente en nosotros después de santificados, porque prefiere más triunfar de los santos”. Por lo que se dice en el Eclesiástico: Hijo, cuando te llegues al servicio de Dios, está firme en justicia, y en temor, y prepara tu alma a la tentación (2, 1).


3º) Para darnos ejemplo, esto es, para instruirnos acerca de cómo debemos vencer las tentaciones del diablo. A este respecto San Agustín dice, que “Cristo se dejó tentar del diablo para ser nuestro mediador y ayudarnos a triunfar de las tentaciones de éste, no sólo con su auxilio, sino, también con su ejemplo”.


4º) Para darnos confianza en su misericordia. Por lo cual se dice: No tenemos un Pontífice que no pueda compadecerse de nuestras enfermedades; mas tentado en todas cosas a semejanza nuestra, excepto el pecado (Hebr 4, 15).



(3ª, q. XLI, a. 1).



MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino