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domingo, 25 de octubre de 2020

PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO.


 


 

   Todo pecado y toda blasfemia serán perdonados a los hombres, dice Jesucristo; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. Y todo el que haya hablado contra el Hijo del hombre será perdonado; pero al que haya hablado contra el Espirita Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el futuro.

 

 

   ¿Qué pecado es el que aquí se trata, que no ha de ser perdonado ni en este siglo ni en el siglo futuro?

 

 

1—Varios doctores han pensado que es la herejía de Eunomio, que negó que el Espíritu Santo fuera Dios.

 

2—San Hilario dice que el pecado contra el Espirito Santo consiste en la negación de la Divinidad de Jesucristo. (De Peccat.)

 

3—San Ambrosio lo hace consistir en el cisma y en la simonía, porque Simón quiso comprar con dinero el milagroso poder concedido por Jesucristo a los apóstoles. (Lib. II de Penil.)

 

4—El papa Gelasio mira como culpables de este pecado a los que, heridos de un anatema, son y quieren ser pecadores, sin ser por consiguiente absueltos ni en la tierra ni en la otra vida. (Hist. Eccles.)

 

5—San Cipriano dice que este pecado consiste en la negación de la fe en tiempo de persecución. (Lib. III. Epist. XIV).

 

6—Ricardo de S. Víctor dice que consiste en el odio y en el desprecio formales de Dios. (Tract, de Blasphem. In Spiritu S.)

 

 

   Los teólogos cuentan seis crímenes contra el Espíritu Santo: entregarse a la persecución..., abandonarse a la desesperación..., combatir la verdad conocida..., destruir por envidia la caridad fraternal..., permanecer en la impenitencia..., obstinarse en la senda del mal... Estos pecados, en efecto, conspiran perversamente contra la bondad de Dios, bondad atribuida al Espíritu Santo...

 

   En el texto que hemos citado, Jesucristo no habla de todo pecado contra el Espíritu Santo, sino solamente de la blasfemia contra esta tercera persona de la adorable Trinidad, blasfemia que consiste en calumniar las obras evidentemente divinas y milagrosas, piadosas y santas, que Dios opera para la salvación de los hombres, y con las cuales confirma su fe y la verdad de su palabra. Tales son arrojar los demonios, etc.; pues, emanando estas obras de la bondad y de la santidad de Dios, pertenecen especialmente al Espíritu Santo. Esta opinión es la de S. Atanasio, S. Ambrosio, S. Jerónimo y S. Crisóstomo.

 

   El pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado, es decir, solo se perdonará difícilmente y raras veces. Pero Dios, que es la voluntad y el poder mismo, puede perdonar y perdona todos los pecados, cuando el pecador tiene un arrepentimiento sincero... Este pecado no se perdonará ni en el siglo futuro; porque todo el que muere en pecado mortal, va al infierno, y no debe esperar ya salir de allí...

 

 

   Todo pecado de malicia es contra el Espíritu Santo, dice Sto. Tomás de Aquino (De Peccat.)

 

 

“TESOROS” de Cornelio Á. Lápide.

 

 


martes, 6 de octubre de 2020

Encíclica Qui pluribus del Papa Pío IX: sobre el racionalismo y otros errores modernos difundidos por los Masones.


 


(9 de noviembre de 1846).

 

 

   En su encíclica Qui pluribus, del 9 de noviembre de 1846, el Papa Pío IX proporciona aún más detalles que sus predecesores respecto a la acción que ejercen los Masones. Hay que destacar que ésta fue su primera encíclica y es bastante larga, lo que muestra con qué importancia el Papa trató este tema.

 

   Al principio, lo mismo que más tarde San Pío X en su primera encíclica, expresa su admiración y sus aprehensiones ante el peso del cargo que acaba de recibir:

 

«…Apenas hemos sido colocados en la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, sin merecerlo, y recibido el encargo, del mismo Príncipe de los Pastores, de hacer las veces de San Pedro, apacentando y guiando, no sólo corderos, es decir, todo el pueblo cristiano, sino también las ovejas, es decir, los Prelados» …

 

    El Papa manifiesta enseguida su deseo de dirigirse a los obispos y fieles:

 

«…nada deseamos tan vivamente como hablaros con el afecto íntimo de caridad. No bien tomamos posesión del Sumo Pontificado, según es costumbre de Nuestros predecesores, en Nuestra Basílica Lateranense, en el año os enviamos esta carta» …

 

   El Papa comienza exponiendo la situación de la Iglesia en el momento de asumir el cargo de Sumo Pontífice:

 

«Sabemos, Venerables Hermanos, que en los tiempos calamitosos que vivimos, hombres unidos en perversa sociedad e imbuidos de malsana doctrina, cerrando sus oídos a la verdad, han desencadenado una guerra cruel y temible contra todo lo católico, han esparcido y diseminado entre el pueblo toda clase de errores, brotados de la falsía y de las tinieblas. Nos horroriza y Nos duele en el alma considerar los monstruosos errores y los artificios varios que inventan para dañar» …

 

   Se ha dicho algunas veces que Pío IX, en los primeros años de su pontificado, se mostró liberal y que después, con la experiencia del ejercicio del pontificado, se volvió muy firme y se mostró como un luchador admirable, sobre todo, por supuesto, en el momento en que publicó su encíclica Quanta cura y el famoso Syllabus, que provocó el horror de todos los progresistas y liberales de esa época.

 

   Pero eso no es cierto. Es una especie de leyenda que circuló, pero es falsa. El Papa Pío IX, desde su primera encíclica, se revela como un hombre de fe, luchador y tradicional:

 

«Porque sabéis, Venerables Hermanos, que estos enemigos del hombre cristiano, arrebatados de un ímpetu ciego de alocada impiedad, llegan en su temeridad hasta a enseñar en público, sin sentir vergüenza, con audacia inaudita abriendo su boca y blasfemando contra Dios (Apoc. 3, 6), que son cuentos inventados por los hombres los misterios de nuestra Religión sacrosanta, que la Iglesia va contra el bienestar de la sociedad humana, e incluso se atreven a insultar al mismo Cristo y Señor».

 

   El Papa se da cuenta de que las sectas condenadas desde hace más de un siglo por sus predecesores continúan viviendo y a su vez denuncia el mal que siguen perpetrando con sus doctrinas perversas.

 

 

El error del racionalismo

 

«Con torcido y falaz argumento, se esfuerzan en proclamar la fuerza y excelencia de la razón humana, elevándola por encima de la fe de Cristo, y vociferan con audacia que la fe se opone a la razón humana. Nada tan insensato, ni tan impío, ni tan opuesto a la misma razón»

 

 

   Evidentemente, en el fondo el vicio radical de estos enemigos de la Iglesia es el de proclamar a la razón humana independiente y decir que todo lo que le sobrepasa y no puede comprender, como los misterios, por supuesto, es inadmisible. “La razón humana es preponderante —dicen—; tiene que dominar y no se le puede pedir que se someta a nadie ni a nada que no pueda comprender”.

   Por esto, el Papa Pío IX afirma la superioridad de la fe sobre la razón y muestra que no pueden contradecirse entre sí:

 

«Porque aun cuando la fe esté sobre la razón, no hay entre ellas oposición ni desacuerdo alguno, por cuanto ambos proceden de la misma fuente de la Verdad eterna e inmutable, Dios Optimo y Máximo».

 

   La fe está por encima de la razón. La razón, con su luz natural, no puede comprender los misterios sobrenaturales que son el objeto de la fe. Sin embargo, la fe no se opone a la razón. Por supuesto, no podemos comprender ni la fe ni nuestros misterios, pero nuestra fe en estos misterios es algo razonable y se funda en motivos válidos: la apologética, y la credibilidad de quienes nos han enseñado lo que sabemos, en particular Nuestro Señor Jesucristo que nos ha enseñado estos misterios.

   ¿Por qué creemos? Por la autoridad de Dios, autor de la revelación, por supuesto; y a nivel humano, también tenemos sólidos motivos para creer     Cuando la Iglesia nos pide que creamos, no nos pide nada contrario a la razón. Nos pide, evidentemente, que hagamos un acto que está por encima de nuestra razón y que asintamos a verdades que no podemos comprender en este mundo: el misterio de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, de la Redención, etc.

   Si la Iglesia nos pide que creamos en misterios, no lo hace de un modo irracional, sino al contrario, basado en motivos de credibilidad, como los milagros de Nuestro Señor y que prueban que Él era Dios. Como Él lo probó, tenemos que creer en sus palabras que proceden de Dios y no podemos oponernos a Él.

   La fe no sólo no contradice a nuestra ciencia, sino que le es un complemento infinitamente más elevado y más grande, pues este conocimiento nos viene de Dios y no simplemente de nuestra razón humana.

 

 

La filosofía, al servicio de la teología

 

   Santo Tomás de Aquino ha dicho que la filosofía es la sierva de la teología, pues la ciencia teológica es mucho más elevada que la filosófica. La ciencia filosófica tiene que ponerse al servicio de la teológica para mostrarnos precisamente que la teología no se opone de ningún modo a la razón, aun cuando está por encima de la humana comprensión.

 

   Pero el principio básico de todas las filosofías modernas rechaza categóricamente toda verdad revelada como algo impuesto. Este argumento supone que el entendimiento, únicamente con las luces de la razón natural, puede comprender todas las verdades.

 

 




La razón individual no puede demostrarlo todo



   Este concepto no solamente es falso cuando se refiere a las verdades de la fe, sino que también lo es cuando se refiere a las verdades que pertenecen a la razón, a la filosofía y a la ciencia humana. En efecto, ¿cuántas cosas tenemos que aceptar sin poderlas comprobar? Aunque se diga: “Sí, pero la razón podría comprobarlas”. De acuerdo. Por ejemplo: se nos enseñan los principios de la filosofía, cuya evidencia no siempre podemos tener; y lo mismo vale para todas las ciencias. No podemos volver a hacer los razonamientos que los hombres han ido desarrollando durante siglos desde que la ciencia empezó a dar sus primeros pasos, pues se ha ido acumulando desde que los hombres existen, y no se puede saber todo ni volver a descubrirlo todo.

   ¿Cómo se puede imaginar que todos los que nacen dijeran: “Yo no quiero que nadie me enseñe, ni quiero ningún profesor ni maestro; todo lo quiero saber por mí mismo”? Sería imposible. ¿Quién puede conocer todas las ciencias por sí mismo? Nos vemos obligados a tener maestros y a recibir una enseñanza, precisamente para progresar mucho más rápido en la ciencia. Si cada uno tuviera que volver a descubrir todos los razonamientos científicos para hallar el origen y la evolución de todas las leyes, como llegar a definir tal o cual principio filosófico o ley química, nadie lo conseguiría.

 

 

Existencia de misterios incluso naturales

 

   Los que dicen: “Yo no creo nada de lo que me dicen; tengo que poderlo probar yo mismo”, son insensatos, porque obrando de este modo no se podría saber nada. También en la naturaleza hay misterios. Inevitablemente se llega a la conclusión de que existe un Dios creador de todas las cosas y que nos ha creado.

   Por ejemplo: la filosofía demuestra que hay un ser primero, infinitamente activo, inteligente y poderoso, al que se llama Dios, que tiene que ser el autor de todo lo que vemos y somos.

   Si queremos ahondar un poco en la noción de la creación, nos damos cuenta que es un gran misterio. ¿Cómo puede Dios, autor de toda la creación, crear seres que no sean El mismo pero que no estén fuera de Él, puesto que nada puede estar fuera de Dios? Es un misterio ¿Cómo considerar la libertad humana y la omnipotencia de Dios? Dios, en cierto modo, sostiene nuestros actos libres en el ser. No podemos hacer ningún acto libre sin que Dios esté presente. Algunos se inclinan a decir que Dios lo hace todo y, por así decirlo, no somos libres; mientras que otros pretenden que el hombre, al ser libre, hace todo y que Dios no interviene para nada. Eso no puede ser, porque sería pretender que en algunos actos Dios no está presente, siendo que no existe ningún ser ni se lleva a cabo ninguna acción sin que Dios le dé con qué; de otro modo, nosotros seríamos Dios. Si pudiésemos hacer alguna obra solos, sin la intervención de Dios, seríamos los autores del ser, y en ese caso podríamos hacer a todos los seres; pero no es así, pues no lo podemos hacer. Es algo que no quieren admitir los que no aceptan que hay misterios en la naturaleza.

 

   Por una parte, vemos, pues, que por la apologética, la razón demuestra los fundamentos naturales de la fe y que a su vez la fe nos ilumina aun respecto a los misterios sencillamente naturales. Como dice el Papa Pío IX, la fe y la razón no sólo no se oponen, sino que:

 

«de tal manera se prestan mutua ayuda, que la recta razón demuestra, confirma y defiende las verdades de la fe; y la fe libra de errores a la razón, la ilustra, confirma y perfecciona con el conocimiento de las verdades divinas».

 

   Como otros racionalistas apelan al progreso indefinido de la razón humana contra la supremacía de la fe y contra la inmutabilidad de las verdades de fe, el Papa también los condena:

 

«Con no menor atrevimiento y engaño, Venerables Hermanos, estos enemigos de la revelación, exaltan el humano progreso y, temeraria y sacrílegamente, quisieran enfrentarlo con la Religión católica como si la Religión no fuese obra de Dios sino de los hombres o algún invento filosófico que se perfecciona con métodos humanos».

 

   El Papa precisa entonces su refutación de lo que, más tarde, se iba a llamar semirracionalismo:

 

«Nuestra santísima Religión no fue inventada por la razón humana, sino clementísimamente manifestada a los hombres por Dios. Se comprende con facilidad que esta Religión ha de sacar su fuerza de la autoridad del mismo Dios, y que, por lo tanto, no puede deducirse de la razón ni perfeccionarse por ella».

 

 

 

Comentarios: Mons. Marcel Lefebvre.

 


domingo, 31 de mayo de 2020

Domingo de Pentecostés: EL DON DE DIOS ALTÍSIMO.




   I. Compete a una persona divina ser don y darse. Pues lo que se dona tiene aptitud y habitud, ya respecto de aquél por quien se da, ya de aquél a quien se da; toda vez que no sería dado por alguno si no fuera de él y además se da a uno para que sea de éste. Ahora bien, una persona divina se dice ser de alguien, o por razón de origen, como el Hijo es del Padre, o porque alguno la tiene. Tener decimos al disponer libremente y usar o disfrutar de algo a nuestro arbitrio. De este modo sólo la criatura racional unida a Dios puede tener una persona divina; las demás criaturas pueden ser movidas por una persona divina mas no hay en ellas aptitud para gozar de su posesión y usar de su efecto. La criatura racional llega alguna vez a ello, como cuando participa del Verbo divino y del Amor procedente, y hasta poder libremente conocer de verdad a Dios y amarlo como se debe.

Luego, sola la criatura racional puede poseer a una persona divina. Pero no puede llegar a poseerla de este modo por su propia virtud. Luego es necesario que esto le sea dado de lo alto. Pues se dice que se nos da lo que poseemos de afuera. En este sentido compete a una persona divina darse y ser don.


(l par., q. XXXVIII, a. 1)



   II. El Espíritu Santo es un don de Dios. Pues como el Espíritu Santo procede por el modo de amor con que Dios se ama a sí mismo, y como Dios por el mismo amor se ama a sí mismo, y a las otras criaturas a causa de su misma bondad, es evidente que el amor con que Dios nos ama corresponde al Espíritu Santo, como también el amor con que amamos a Dios, dado que nos hace amadores de Dios.

   En cuanto a ambos amores conviene al Espíritu Santo el ser dado.

   1º Por razón del amor con que Dios nos ama, de la misma manera que decimos de alguien que da su amor a otro cuando empieza a amarle. Aunque Dios no comienza a amar a nadie en el tiempo si tenemos en cuenta su divina voluntad con la cual nos ama, sin embargo, el efecto de su amor se produce en alguno en el tiempo, cuando lo atrae a sí.

   2º Por razón del amor con que nosotros amamos a Dios, pues este amor el Espíritu Santo lo obra en nosotros; de donde se sigue que por lo que a este amor se refiere él habita en nosotros y nosotros lo tenemos a él como a alguien de cuya riqueza gozamos.

   Y puesto que proviene al Espíritu Santo del Padre y del Hijo el que por el amor que obra en nosotros esté en nosotros y sea poseído por nosotros, dícese con razón que nos es dado por el Padre y por el Hijo. Dícese también que él mismo se nos da a nosotros en cuanto que el amor por el cual habita en nosotros él lo obra en nosotros juntamente con el Padre y el hijo.


(Contra Gent., IV, XXIII).



   III. El nombre propio del Espíritu Santo es don. Entiéndase por don aquello que se da para no ser devuelto, es decir, lo que no se da con idea de retribución. De aquí que envuelve la idea de donación gratuita, cuya razón de ser es el amor. Pues cuando damos algo gratuitamente a otro es porque le deseamos algún bien. Luego, lo primero que le damos es el amor con que le deseamos algún bien. De donde se sigue que el amor tiene carácter de primer don, por el cual son dados todos los dones gratuitos. Si, pues, el Espíritu Santo procede como amor, síguese que procede como primer don. Por consiguiente, por este don que es el Espíritu Santo los miembros de Cristo reciben muchos otros dones.


(1ª q. XXXVIII, c. II)



                   MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

domingo, 29 de marzo de 2020

Quinto Domingo de Cuaresma: LA PASIÓN DE CRISTO.




    Como Moisés levantó la serpiente en el desierto; así también es necesario que sea levantado el Hijo del hombre; para que todo aquél que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 14-15).


   Tres cosas se han de considerar aquí:


1º) La figura de la Pasión: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto. Al decir el pueblo judío: A nuestra alma le da náuseas este manjar de poquísima substancia (Num 21, 5), el Señor envió serpientes para vengarse; después ordenó que se hiciese para remedio una serpiente de bronce, que fue remedio contra las serpientes y figura de la Pasión. Propio de la serpiente es tener veneno, más la serpiente de bronce no tuvo veneno, sino que fue figura de la serpiente venenosa. Así, Cristo no tuvo pecado, que es veneno, sino que tuvo semejanza de pecado, como dice el Apóstol: Enviando Dios a Su Hijo en semejanza de carne de pecado (Rom 8, 3). Por lo tanto, tuvo Cristo el efecto de la serpiente contra el movimiento de las concupiscencias encendidas.


    2º) Modo de la Pasión: Así es también necesario que sea levantado el Hijo del hombre, lo cual se entiende de la elevación de la Cruz. Pero quiso morir levantado:

    Para purificar las cosas celestiales. Ya había purificado la tierra con la santidad de su vida; restaba purificar las celestiales por la muerte.

   Para triunfar de los demonios que en el aire preparan la guerra.

   Para atraer a sí mismo nuestros corazones. Si yo fuere alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo (Jn 12, 32).

    Porque fue exaltado en la muerte de Cruz, en cuanto que allí triunfó de los enemigos; de ahí que no se llame muerte sino exaltación. Del torrente beberá en el camino, por lo cual ensalzará la cabeza (Sal 109, 7).

   Porque la Cruz fue causa de su exaltación. Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo ensalzó (Filip 2, 8-9).

3º) Fruto de la Pasión. El fruto es la vida eterna. Por eso dice: Para que todo aquél que crea en él, obrando bien, no perezca, sino que tenga vida eterna. Este fruto corresponde al fruto de la serpiente figurativa. Porque cualesquiera que miraban la serpiente de bronce, eran librados del veneno y sus vidas eran preservadas. Contempla al Hijo del hombre exaltado el que cree en Cristo crucificado, y así es librado del veneno y del pecado, y es reservado para la vida eterna.


(In Joan., III)



MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino

Sábado de la cuarta semana de Cuaresma: NO EXISTIÓ OTRO MODO MÁS CONVENIENTE QUE LA PASIÓN DE CRISTO PARA LIBRAR AL GÉNERO HUMANO.






   Algún modo es tanto más conveniente para conseguir un fin, cuanto por el mismo concurren mayor número de cosas que son ventajosas para ese fin. Mas por el hecho de haber sido liberado el hombre por la Pasión de Cristo, concurren muchas cosas pertenecientes a la salvación del hombre, además de la liberación del pecado.


   1º) Porque por esto conoce el hombre cuánto le ama Dios, y por ello es excitado a amar a aquél en el que consiste la perfección de la salvación humana; por lo cual dice el Apóstol: Dios hace brillar su caridad en nosotros; porque aun cuando éramos pecadores, en su tiempo murió Cristo por nosotros (Rom 5, 8).


   2º) Porque por esto nos dio ejemplo de obediencia, humildad, constancia, justicia y demás virtudes, manifestadas en la Pasión de Cristo, las cuales son necesarias para la salvación humana. Por eso se dice: Cristo padeció también por nosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas (I Ped 2, 21).


    3º) Cristo, por medio de su Pasión, no sólo libró al hombre del pecado, sino también le mereció la gracia justificante y la gloria de la bienaventuranza.


    4º) Por esto impuso en el hombre mayor necesidad de conservarse libre del pecado, al pensar que ha sido redimido del pecado por la sangre de Cristo, como dice el Apóstol: Comprados fuisteis por grande precio. Glorificad a Dios, y llevadle en vuestro cuerpo (I Cor 6, 20).


    5º) Porque esto redundó en mayor dignidad de Cristo, de modo que, así como el hombre había sido vencido y engañado por el diablo, así también fuese el hombre quien venciese al diablo; y así como el hombre mereció la muerte, del mismo modo el hombre venciese a la muerte muriendo. Por eso se dice: Gracias a Dios, que nos dio la victoria por nuestro Señor Jesucristo (Cor 15, 57).




(3ª, q. XLVI, a. 3)






MEDITACIONES — Santo Tomás de Aquino