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martes, 18 de diciembre de 2018

LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO. —18 de diciembre.




   Yo soy voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor (Jn 1, 23).


   Juan se llama a sí mismo voz, porque la voz es por su origen posterior a la palabra interior, pero es anterior en el conocimiento. Porque por la voz conocemos el verbo concebido en el alma, ya que aquélla es signo de éste. Dios envió al precursor Juan para que anunciase a su Verbo concebido desde toda la eternidad; y por eso adecuadamente dice: Yo soy voz. Del que clama, esto es, de Juan que clama y predica en el desierto, o de Cristo que clama en él. Y clama por cuatro motivos:


   1º) El clamor es una manifestación; y por lo tanto, clama para mostrar que Cristo clama manifiestamente en Juan y en sí mismo: El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba (Jn 7, 37). En los profetas no clamó, porque las profecías fueron entregadas en enigma y en figuras.

   2º) El clamor se dirige a los que están lejos. Los judíos estaban alejados de Dios, por eso era necesario que clamase. Has alejado de mí al amigo y al pariente (Sal 87, 19).

   3º) Clama porque estaban sordos: ¿Quién es el sordo, sino mi siervo? (Is 42, 19).

 4º) Clama, porque habla indignado, pues ellos merecieron la ira de Dios: Entonces les hablará Él en su ira (Sal 2, 5).


   Del que clama en el desierto, vive en el desierto, para estar inmune de todo pecado, y para ser más digno de dar testimonio de Cristo, y para que su misma vida fuese para los hombres un testimonio más digno de crédito.

   Pero ¿qué es lo que clama? Enderezad el camino del Señor. El camino preparado y enderezado para recibir a Dios es el camino de la justicia, según aquello de Isaías: La senda del justo es derecha (Is 26, 7).


   Porque entonces la senda del justo es recta, cuando todo el hombre se somete a Dios, esto es, su inteligencia por la fe, su voluntad por el amor, y sus acciones por la obediencia.


(In Joan., I).

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD.
Santo Tomás de Aquino.

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD. —Martes de la tercera semana.




MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD. —Martes de la tercera semana.


NINGÚN MÉRITO PRECEDIÓ A LA UNIÓN DEL VERBO.


   I. Por lo que toca al mismo Cristo, es evidente que ninguno de sus méritos pudo preceder a la unión hipostática; porque no admitimos que antes fuese puro hombre, y después, por el mérito de su buena vida, obtuviera el ser Hijo de Dios, como supuso Potino; sino que decimos que desde el principio de su concepción aquel hombre fue verdaderamente Hijo de Dios, pues no poseía otra hipóstasis que la del Hijo de Dios, según la palabra de San Lucas: Lo santo, que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios (Lc 1, 35). Por consiguiente, toda operación de aquel hombre siguió a la unión. Luego ninguna acción suya pudo merecer la unión.

   II. Tampoco las acciones de otro hombre pudieron merecer de condigno esta unión.

   1º) Porque las obras meritorias del hombre se ordenan propiamente a la bienaventuranza, que es el premio de la virtud y consiste en el gozo pleno de Dios; más la unión de la encarnación, que se realiza en el ser personal, traspasa la unión del alma bienaventurada con Dios, la cual se opera por el acto del que la disfruta; y por eso esta unión no puede ser objeto del mérito.

   2º) Porque la gracia no puede caer bajo el mérito; pues el principio del merecimiento no es objeto del mismo, y por tanto tampoco la misma gracia, que es principio de mérito. Luego, mucho menos cae la encarnación bajo el merecimiento, ya que es principio de la gracia, como dice San Juan (1, 17): La gracia y la verdad fueron hechas por Jesucristo.

   3º) Porque la encarnación de Cristo repara toda la naturaleza humana, y por eso no cae bajo el mérito de un hombre singular, pues el bien de un individuo no puede ser causa del bien de toda la naturaleza.

   Sin embargo, ex congruo merecieron los santos Padres la encarnación al desearla y pedirla. Pues era conveniente que Dios escuchase a los que le obedecían. 


   Se dice que la Bienaventurada Virgen mereció llevar al Señor de todo, no porque mereciera que éste se encarnase, sino porque mereció, por la gracia que le dio el Señor, un grado tal de pureza y santidad, que pudiese ser dignamente la Madre de Dios.

 (3ª, q. II, a. XI).

Santo Tomás de Aquino.

lunes, 17 de diciembre de 2018

FRUTOS DIGNOS DE PENITENCIA. —17 de diciembre.




   ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Haced, pues, fruto digno de penitencia (Mt 3, 7-8).


   I. Dos motivos inducen a la penitencia: el reconocimiento del pecado propio y el temor del juicio de Dios. Por el temor del Señor todos se desvían del mal (Prov 15, 27), y Tened entendida que hay juicio (Job, 19, 29). San Ambrosio y San Juan Crisóstomo lo entienden del juicio futuro. ¿Quién os ha enseñado a huir del mal?, como si dijese: nadie sino sólo Dios. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salud (Sal 84, 8).

   Rabano Mauricio explica del futuro, diciendo: “Es bueno que hagáis penitencia, pues de lo contrario ¿quién os enseñará a huir de la ira?” Y en el salmo 138, 8 se dice: ¿Adónde me escaparé de tu Espíritu, y adónde huiré de tu presencia?

   La ira de Dios debe entenderse aquí, no del sentimiento interior, sino del efecto de esa cólera, esto es, de la venganza.

   Entre los que no quieren arrepentirse, unos lo hacen porque no creen en el juicio de Dios. A éstos se dijo: No digas: Bastante tengo para vivir (Eccli 5, 1), y Huid, pues, de la vista de la espada, porque espada hay vengadora de iniquidades (Job 19, 29). Otros, porque se fían en la dilación de la justicia. A éstos se dice: No tarda el Señor su promesa, como algunos lo piensan; sino que espera con paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia (2 Ped 3, 9). San Juan excluye ambos motivos, diciendo: Porque ya está puesta la segur (Mt 3, 10), como si dijese: no tardará.


   II. Haced, pues, fruto digno de penitencia. En el árbol los frutos siguen a las flores; y si a las flores no siguen los frutos, el árbol nada vale. La flor de la penitencia se muestra en la contrición, pero el fruto reside en la ejecución: Mis flores son frutos de honor y de riqueza (Ecli. 24, 17). Y debe notarse que uno es el fruto de la justicia y otro el de la penitencia; pues se exige más del penitente que del que no peca.

   El fruto digno de penitencia es triple.

   El primero es castigar en sí el pecado cometido, y esto por sentencia del sacerdote: Después que me convertiste, hice penitencia; y después que me mostraste, herí mi muslo (Jer. 31, 19), es decir, afligí mi carne.

   El segundo es huir de los pecados y de las ocasiones de pecado. Por lo cual se dice que satisfacer es destruir las causas de los pecados: Hijo, ¿pecaste? No añadas otra vez; más ruega por las culpas antiguas que te sean perdonadas. Como de la vista de la serpiente, huye de los pecados (Ecli. 21, 1).

   El tercero consiste en poner tanto empeño en obrar bien cuanto antes se puso para pecar: Como para maldad ofrecisteis vuestros miembros que sirviesen a la inmundicia y a la iniquidad, así para santificación ofreced ahora vuestros miembros, que sirvan a la justicia (Rom 6, 19).

(In Matth., III)

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD.
Santo Tomás de Aquino.


MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD. —Lunes de la tercera semana.




FUE MÁS CONVENIENTE QUE LA PERSONA DEL HIJO TOMASE LA NATURALEZA HUMANA QUE OTRA PERSONA DIVINA.


   Dice San Juan Damasceno (Orth. fid., lib. III, cap. I.): “En el misterio de la Encarnación se manifestaron la sabiduría y el poder de Dios; la sabiduría, porque halló el secreto de pagar de un modo convenientísimo la deuda muy difícil; el poder, porque al vencido hizo nuevamente vencedor.” Y como el poder y la sabiduría se atribuyen al Hijo según aquello (1 Cor 1, 24): Predicamos a Cristo, virtud de Dios y sabiduría de Dios, síguese que fue conveniente que se encarnara la persona del Hijo.

Muéstrese que esto fue muy conveniente:

   1º) Por parte de la unión. Porque se unen convenientemente las cosas que son semejantes; y de un modo se observa cierta común semejanza entre la persona del Hijo, que es el Verbo de Dios, y todas las criaturas; porque el verbo, del artista, esto es, su concepto, es la semejanza ejemplar de todas sus obras. Y el Verbo de Dios, que es su concepto eterno, es la semejanza ejemplar de toda criatura. Por tanto, así como por la participación de esta semejanza han sido creadas las criaturas en sus especies propias, aunque mudables, del mismo modo, por la unión del Verbo a la criatura, no participada sino personal, fue conveniente reparar a la criatura en orden a la perfección eterna e inmutable; porque el artista repara su obra, si se deteriora, por la misma forma artística que concibió al crearla.

   También se prueba la semejanza especial de la unión con la naturaleza humana, porque el Verbo es el concepto de la eterna Sabiduría, de la cual se deriva toda la sabiduría humana; de ahí que el progreso del hombre en la sabiduría, que es su perfección propia en cuanto racional, se mide por su participación en el Verbo de Dios, como el discípulo se instruye en la medida en que recibe la palabra del maestro. Por eso se lee en el Eclesiástico (1, 5): La fuente de la sabiduría es el Verbo de Dios en las alturas. Así, pues, fue conveniente, para la perfección consumada del hombre, que el Verbo de Dios se uniese personalmente a la naturaleza humana.


   2º) La razón de esta conveniencia puede tomarse del fin de la unión hipostática, que es la salvación de los que han sido predestinados a la herencia celestial, la cual pertenece únicamente a los hijos, según aquello de la epístola a los Romanos (8, 17): Y si hijos, también herederos. Por lo cual fue conveniente que por aquel que es Hijo natural comunicase a los hombres una imagen de su filiación por la adopción divina, como dice el apóstol: Porque los que conoció en su presciencia, a éstos también predestinó para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo (8, 29).


   3º) Puede también sacarse otra razón de conveniencia por parte del pecado del primer hombre, al cual venía a remediar la encarnación. El primer hombre había pecado al ambicionar la ciencia, como lo prueban las palabras de la serpiente, al prometer al hombre la ciencia del bien y del mal. Fue, por ello, conveniente que fuese conducido a Dios por el Verbo de la verdadera sabiduría el que de Él se había apartado por el apetito desordenado de la ciencia.

(3ª part., q. III, a VIII)

Santo Tomás de Aquino. 

domingo, 16 de diciembre de 2018

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD. —Tercer domingo de Adviento.




FUE CONVENIENTE QUE EL HIJO DE DIOS ASUMIESE LA NATURALEZA HUMANA DE LA RAZA DE ADÁN.


   I.Como dice San Agustín (De Trinit., lib. XIII, cap. 18): “Dios podía tomar un hombre fuera de la estirpe de Adán, que había encadenado al género humano a su pecado; pero juzgó que era mejor tomarlo del mismo linaje que había sido vencido para que llegase a vencer al enemigo del género humano.”


 Y esto por tres razones:

1º) Porque parece ser propio de la justicia el dar satisfacción el mismo que pecó; y por eso convenía que de la naturaleza corrompida por el pecado se sacase lo que serviría para satisfacer por toda la naturaleza.

2º) Porque es más digno del hombre que el vencedor del diablo salga de la raza que había sido vencida por el diablo.

3º) Porque más resplandece el poder de Dios tomando la naturaleza corrompida y enferma para elevarla a tanta perfección y dignidad.


   Cristo, en efecto, debió ser segregado de los pecadores, como dice el Apóstol, en cuanto a la culpa que venía a destruir, no en cuanto a la naturaleza que venía a salvar, según la cual debió asimilarse en todo a los hermanos como dice el mismo Apóstol a los Hebreos (2, 17). Y es también más de admirar en esto su inocencia, porque la naturaleza tomada de una raza de pecado guardó tan gran pureza.
(3ª, q. IV, a. VI)


   II. Dícese por tanto muy bien: A lo suyos vino, y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). Aun cuando la luz estaba presente en el mundo y era visible o manifiesta por los efectos, no era, sin embargo, conocida por el mundo, y por eso vino a lo propio, para ser conocida. Pero para que cuando dice vino, no se entienda movimiento local, como si viniese dejando de estar donde antes estaba y comenzando a existir donde primero no existía, dice a lo propio, esto es, a las cosas que eran suyas, que él mismo hizo. Y vino adonde ya estaba; vino tornando un cuerpo; era invisible, y vino para ser visible. A lo suyo, esto es., a Judea, que ciertamente era suya de manera especial; pero, en un sentido mejor, al mundo criado por él.

   Y los suyos no le recibieron. “Los suyos” son los hombres, porque han sido formados por él, han sido hechos a su imagen. Pero podemos decir mejor: los suyos, es decir, los judíos, no le recibieron, creyendo en él por la fe y el respeto.

   Los judíos son realmente suyos, porque fueron elegidos por él como un pueblo particular: Y el Señor te ha escogido hoy para que seas un pueblo peculiar suyo (Deut 26, 18).

   Los suyos, unidos según la carne (Rom 4, 3): De los cuales Cristo es deudo según la carne.

   Los suyos, por último, enriquecidos por él con beneficios, conforme a aquello de Isaías (1, 2): Hijos críe, y engrandecí; más ellos me despreciaron.

(In Joan., I)

Santo Tomás de Aquino.

sábado, 15 de diciembre de 2018

MEDITACIONES DE ADVIENTO Y NAVIDAD. — Sábado de la segunda semana de adviento.




DESEO DE LA ENCARNACIÓN DE CRISTO.


   El sacramento de la divina Encarnación fue deseado por los santos Patriarcas. Así se lee en Ageo (2, 8): Vendrá, el deseado de todas las gentes. Y San Agustín: “Sabían los santos Patriarcas antiguos que Cristo había de venir, y todos los que vivían piadosamente decían: ¡Oh, si ese nacimiento se cumpliese mientras vivo! ¡Oh, si viese con mis propios ojos lo que creo según las Santas Escrituras!”

   Se pueden dar tres causas de ese ardiente deseo:

1ª) La miseria desbordante que sufrían. Por lo cual se dice en el Salmo (17, 7-8): “En mi tribulación invoqué al Señor... y oyó desde su templo santo mi voz”; esto debe entenderse, según la Glosa, de la humanidad de Cristo que había de venir, y en cuya encarnación alcanzarnos el efecto de la oración. Y en el Éxodo (4, 18): “Te ruego, Señor, que envíes al que has de enviar. Mira la aflicción de tu pueblo; como has dicho, ven y líbranos”. De donde se advierte que la aflicción y liberación del pueblo israelita fueron figura de la aflicción y liberación de todo el género humano.

2ª) La abundancia de la paz interna y externa que sobreabundaron en su venida. De ahí lo que se lee en el Salmo (71, 7): “En los días de Él nacerá justicia, y abundancia de paz”. Esto es, según la Glosa: “Habrá paz hasta que, destruida la muerte, no exista ya la luna”, es decir, la mortalidad de la carne. Y en el Cantar de los Cantares (1, 1): “Béseme con el beso de su boca; pues el beso es señal de paz”. La esposa pide la Encarnación del Hijo de Dios, que es como un anticipo de nuestra unión con Dios, en la cual consiste la paz de nuestro corazón.

3ª) La alegría interior que probaron de antemano, como se lee en Baruc (4, 36): Mira, Jerusalén, hacia el Oriente, y mira el regocijo que te viene de Dios. Los santos Patriarcas gustaron de antemano esa alegría por la visión de la fe, como dice San Juan (8, 56): Abrahán, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y se gozó. Y añade la Glosa: Conoció el día de mi encarnación. Y añade San Agustín: “¿Cuál no sería el gozo del corazón del que vio al Verbo Eterno, resplandor brillante del Padre en las mentes piadosas y Dios que permanecía junto al Padre, venir un día en carne humana, sin abandonar el seno del Padre?” Y San Bernardo: “¿A quién de nosotros dará tanto gozo la manifestación de esta gracia, como dio a los antiguos la sola promesa de ella?”


(De Christi Humanitate)


viernes, 14 de diciembre de 2018

EL LIBERALISMO ES PECADO.




Felix Sardà y Salvany.


1. ¿existe hoy día algo que se llama liberalismo?


   Ciertamente: y parecerá ocioso que nos entretengamos en demostrar este aserto. A no ser que todos los hombres de todas las naciones de Europa y de América, regiones principalmente infestadas de esta epidemia, hayamos convenido en engañarnos y en hacer del engañado, existe hoy día en el mundo una escuela, sistema, partido, secta, o llamase como se quiera, que por amigos y enemigos se conoce con el nombre de Liberalismo.

   Los periódicos y Asociaciones y Gobiernos suyos se apellidan con toda franqueza liberal; sus adversarios se lo echan en rostro, y ellos no protestan, ni siquiera lo excusan ni atenúan.

   Más aún: se lee cada día que hay corrientes liberales, tendencias liberales, reformas liberales, proyectos liberales, personajes liberales, fechas y recuerdos liberales, ideales y programas liberales; y al revés, se llaman antiliberales, o clericales, o reaccionarios, o ultramontanos, todos los conceptos opuestos a los significados por aquellas expresiones.

   Hay, pues, en el mundo actual una cierta cosa que se llama Liberalismo, y hay a su vez otra cierta cosa que se llama Antiliberalismo. Es, pues, como muy acertadamente se ha dicho, palabra de división, pues tiene perfectamente dividido el mundo en dos campos opuestos. Mas no es sólo palabra, pues a toda palabra debe corresponder una idea; ni es sólo idea, pues a tal idea vemos que corresponde de hecho todo un orden de acontecimientos exteriores. Hay, pues, Liberalismo, es decir, hay doctrinas liberales y hay obras liberales, y en consecuencia hay hombres, que son los que profesan aquellas doctrinas y practican estas obras. Tales hombres no son individuos aislados, sino que viven y obran como agrupación organizada, con jefes reconocidos, con dependencia de ellos, con fin unánimemente aceptado.

   El Liberalismo, pues, no sólo es idea y doctrina y obra, sino que es secta.

   Queda, pues, sentado que cuando tratamos de Liberalismo y de liberales no estudiamos seres fantásticos o puros conceptos de razón, sino verdaderas y palpables realidades del mundo exterior. ¡Harto verdaderas y palpables por nuestra desdicha! Sin duda habrán observado nuestros lectores, que la preocupación primera que se nota en tiempos de epidemia es siempre la de pretender que no existe tal epidemia. No hay memoria en las diferentes que nos han afligido en el siglo actual, o en los pasados, de que ni una sola vez haya dejado de presentarse este fenómeno.

   La enfermedad lleva ya devoradas en silencio gran número de víctimas cuando se empieza a reconocer que existe, diezmando la población. Los partes oficiales han sido alguna vez los más entusiastas propagadores de la mentira; y casos se han dado en que por la Autoridad han llegado a imponerse penas a los que asegurasen que el contagio era verdad. Análogo es lo que acontece en el orden moral de que estamos tratando.

   Después de cincuenta años o más de vivir en pleno Liberalismo, todavía hemos oído a personas respetabilísimas preguntarnos con asombrosa candidez: “¡Vaya!”

   ¿Tomáis en serio eso del Liberalismo? ¿Son éstas, por ventura, más que exageraciones del rencor político? ¿No valdría más hacer caso omiso de esa palabra que a todos nos trae divididos y enconados?, ¡Tristísima señal cuando la infección está de tal suerte en la atmósfera, que por la costumbre no la perciben ya la mayor parte de los que la respiran!

   Hay, pues, Liberalismo, caro lector; y de esto no te permitas nunca dudar.


2. ¿QUÉ ES EL LIBERALISMO?


   Al estudiar un objeto cualquiera, después de la pregunta: an sit? hacían los antiguos escolásticos la siguiente: quid sit? y ésta es la que nos va a ocupar en el presente capítulo. ¿Qué es el Liberalismo? En el orden de las ideas es un conjunto de ideas falsas; en el orden de los hechos es un conjunto de hechos criminales, consecuencia práctica de aquellas ideas.

EN EL ORDEN DE LAS IDEAS el Liberalismo es el conjunto de lo que se llaman principios liberales, con las consecuencias lógicas que de ellos se derivan.


PRINCIPIOS LIBERALES SON:


1.la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad;

2. soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que no nazca de ella misma;

3. soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después;

4. libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión;

5. libertad de imprenta, asimismo absoluta o insuficientemente limitada;

6. libertad de asociación con iguales anchuras.

Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo.

El fondo común de ellos es el racionalismo individual, el racionalismo político y el racionalismo social.


DERIVANSE DE ELLOS:


1.la libertad de cultos más o menos restringida;

2. la supremacía del Estado en sus relaciones con la Iglesia;

3. la enseñanza laica o independiente sin ningún lazo con la Religión;

4. el matrimonio legalizado y sancionado por la intervención única del Estado: su última palabra, la que todo lo abarca y sintetiza, es la palabra secularización, es decir, la no intervención de la Religión en acto alguno de la vida pública, verdadero ateísmo social, que es la última consecuencia del Liberalismo.

5. EN EL ORDEN DE LOS HECHOS EL LIBERALISMO es un conjunto de obras inspiradas por aquellos principios y reguladas por ellos.

   Como, por ejemplo, las leyes de desamortización; la expulsión de las órdenes religiosas; los atentados de todo género, oficiales y extraoficiales, contra la libertad de la Iglesia; la corrupción y el error públicamente autorizado en la tribuna, en la prensa, en las diversiones, en las costumbres; la guerra sistemática al Catolicismo, al que se apoda con los nombres de clericalismo, teocracia, ultramontanismo, etc., etc.

   Es imposible enumerar y clasificar los hechos que constituyen el procedimiento práctico liberal, pues comprenden desde el ministro y el diplomático que legislan o intrigan, hasta el demagogo que perora en el club o asesina en la calle; desde el tratado internacional o la guerra inicua que usurpa al Papa su temporal principado, hasta la mano codiciosa que roba la dote de la monja o se incauta de la lámpara del altar desde el libro profundo y sabiondo que se da de texto en la universidad o instituto, hasta la vil caricatura que regocija a los pilletes en la taberna.

   El Liberalismo práctico es un mundo completo de máximas, modas, artes, literatura, diplomacia, leyes, maquinaciones y atropellos enteramente suyos. Es el mundo de Luzbel, disfrazado hoy día con aquel nombre, y en radical oposición y lucha con la sociedad de los hijos de Dios, que es la Iglesia de Jesucristo. He aquí, pues el Liberalismo, retratado como doctrina y como práctica.




Si es pecado el liberalismo, y qué pecado es…


El Liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos.


   EN EL ORDEN DE LAS DOCTRINAS es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas.


   EN EL ORDEN DE LOS HECHOS es pecado contra los diversos Mandamientos de la ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción. Más claro. En el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende todas: en el orden de los hechos es la infracción radical y universal, porque todas las autoriza y sanciona. Procedamos por parte en la demostración. En el orden de las doctrinas el liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y pertinaz un dogma de la fe cristiana.


   El liberalismo doctrina los niega primero todos en general y después cada uno en particular. Los niega todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo, y de la razón social, o criterio público, en la sociedad.


   Decimos afirma o supone, porque a veces en las consecuencias secundarias no se afirma el principio liberal, pero se le da por supuesto y admitido.

—Niega la jurisdicción absoluta de Cristo Dios sobre los individuos y las sociedades, y en consecuencia la jurisdicción delegada que sobre todos y cada uno de los fieles, de cualquier condición y dignidad que sea, recibió de Dios la Cabeza visible de la Iglesia.

—Niega la necesidad de la divina revelación, y la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su último fin.

—Niega el motivo formal de la fe, esto es, la autoridad de Dios que revela, admitiendo de la doctrina revelada sólo aquellas verdades que alcanza su corto entendimiento.

—Niega el magisterio infalible de la Iglesia y del Papa, y en consecuencia todas las doctrinas por ellos definidas y enseñadas. Y después de esta negación general y en global, niega cada uno de los dogmas, parcialmente o en concreto, a medida que, según las circunstancias, los encuentra opuestos a su criterio racionalista.

—Así niega la fe del Bautismo cuando admite o supone la igualdad de todos los cultos;

               —niega la santidad del matrimonio cuando sienta la doctrina del llamado matrimonio civil;

                    —niega la infalibilidad del Pontífice Romano cuando rehúsa admitir como ley sus oficiales mandatos y enseñanzas, sujetándolos a su pase o exequatur, no como en su principio para asegurarse de la autenticidad, sino para juzgar del contenido.


   En el orden de los hechos es radical inmoralidad. Lo es porque destruye el principio o regla eterna de Dios imponiéndose a la humana; canoniza el absurdo principio de la moral independiente, que es en el fondo la moral sin ley, o lo que es lo mismo, la moral libre, o sea una moral que no es moral, pues la idea de moral además de su condición directiva, encierra esencialmente la idea de enfrentamiento o limitación.

   Además, el Liberalismo es toda inmoralidad, porque en su proceso histórico ha cometido y sancionado como lícita la infracción de todos los mandamientos, desde el que manda el culto de un solo Dios, que es el primero del Decálogo, hasta el que prescribe el pago de los derechos temporales a la Iglesia, que es el último de los cinco de ella.

   Por donde cabe decir que el Liberalismo, en el orden de las ideas, es el error absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado, ex genere suo, gravísimo; es pecado mortal.