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miércoles, 17 de febrero de 2021

EL TIEMPO DE CUARESMA, PREPARACIÓN PRÓXIMA A LA REDENCIÓN.



 

Origen y vicisitudes de la Cuaresma.

 

 

   La Cuaresma es hoy un período litúrgico de cuarenta días, destinados a preparar la digna celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo mismo, es un tiempo de mayor penitencia y recogimiento, y en que con más ahínco ha de procurarse la compunción del corazón.

 

   Por más que los liturgistas no están aún acordes acerca de la fecha precisa en que se estableció en la Iglesia la Cuaresma, si viviendo todavía los apóstoles o bastante después, todos sabemos que hay una Cuaresma de origen bíblico; pues en la Biblia constan expresamente las de Moisés, Elías y Jesucristo. ¿La practicarían como observancia eclesiástica los apóstoles y los primitivos cristianos? San Jerónimo, San León Magno y otros santos Padres pretenden que sí, y su opinión por cierto es muy probable, aunque no se apoya en ningún documento escrito. Verdad es que San Ireneo, en el siglo II, y la "Didascalia", en el III, hablan de ayunos preparatorios para la Cuaresma; pero los ayunos de aquél son nada más que de contados días, y los de éste de sola la Semana Santa.

 

   El primer documento conocido que menciona la Cuaresma propiamente dicha, es el canon 5 del concilio ecuménico de Nicea, celebrado en 325. A partir de esa fecha, abundan los testimonios en los escritos y concilios de Oriente, y desde el año 340, también en Occidente.

 

   Pero lo que ni en Oriente ni en Occidente se descubre claramente, en aquellos primeros siglos, es el comienzo y término de la Cuaresma. Combinándola de muy distinta manera las diversas iglesias, incluyendo unas en ella la Semana Santa, y excluyéndola otras. En una cosa, empero, convenían todas: en el número de ayunos, que solía ser para los fieles, de treinta y seis días. En el siglo V se unificó, por fin, la duración; y en el VII, un Papa posterior a San Gregorio Magno completó los cuatro días de ayuno que faltaban a la Cuaresma, prescribiéndolo como obligatorio desde el miércoles de ceniza, que por eso se llamó caput jejúnii o "principio del ayuno".

 

 

 

Prácticas cuaresmales.

 

 

   Lo que Moisés, Elías y Jesucristo practicaron con más rigor en sus respectivas cuaresmas, fué el ayuno y la oración, los que, por lo mismo, sirvieron de base para la Cuaresma cristiana, a la cual agregó la Iglesia la práctica de la limosna y obras de caridad.

 

   La ley del ayuno la observaban los antiguos con sumo rigor. No contentos con cercenar la cantidad de alimento, se privaban totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común lo consideraba como un regalo. Hacían sólo una comida diaria, después de la Misa “estacional” y Vísperas, que terminaban al declinar la tarde; y esa única comida solamente consistía en pan, legumbres y agua, y, a las veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ninguno se eximía del ayuno ni aun los jornaleros, ni los ancianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad, tan sólo para los enfermos se hacía una excepción, que habían de refrendar el médico y el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y festines, del ejercicio judicial, de los juegos, recreos públicos, caza, deportes, etcétera. De este modo se santificaba la Cuaresma no ya solamente en el templo como ahora, sino también en los hogares, y hasta en los tribunales, en los casinos, en los hoteles, en los teatros y en los circos. Es decir, que el espíritu de Cuaresma informaba la vida de toda la sociedad cristiana.

 

   Actualmente la observancia íntegra del ayuno y abstinencia cuaresmal ha quedado confinada a algunas órdenes religiosas, ya que el derecho común tan sólo manda ayunar con abstinencia el miércoles de ceniza y de témporas, y los viernes y sábados de Cuaresma, y sin abstinencia, todos los demás días (En la Argentina el Indulto Apostólico reduce los ayunos con abstinencia al Miércoles de Ceniza y a todos los Viernes, y los ayunos sin abstinencia a los Miércoles y al Jueves Santo).

 

   De hecho, estos mismos ayunos cuaresmales están reducidos en muchos países casi a la nada, merced a los indultos, bulas y privilegios particulares; habiendo llegado a tanto la condescendencia de la Iglesia, en cuanto al modo de observarlos, que en ellos ha permitido leche, huevos, pescado, vino y otros géneros de regalos, además de autorizar una comida fuerte, un desayuno, aunque leve, y una ligera colación.

 

   La oración cuaresmal por excelencia era y es la Santa Misa, precedida antiguamente de la procesión estacional. Ahora es digno complemento, por la tarde, el ejercicio del Viacrucis.

 

   La limosna se practicaba en la Iglesia con ocasión de la colecta de la Misa y otras particulares que se hacían en favor del clero, viudas, huérfanos y menesterosos, con quienes también ejercitaban a porfía otras obras de caridad.

 

 

 

Aspecto exterior del templo.

 

   La ley de la abstinencia cuaresmal diríase que hasta a los templos materiales alcanza, pues a ellos también les impone la ley litúrgica sus privaciones, con las que se fomenta la compunción y el recogimiento.

 

   Los templos, en efecto, se ven privados durante los oficios cuaresmales del alegre aleluya, del himno angélico Glória in excélsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de las flores, iluminaciones y demás elementos de adorno, y del uso, fuera de las festividades de los Santos, de otros ornamentos que los morados, de cuyo color se cubren también, desde el domingo de Pasión, los crucifijos y las imágenes. Tal es el aspecto severo del templo o como si dijéramos el continente exterior de la liturgia en tiempo de Cuaresma, el que acentúa todavía más los cantos graves y melancólicos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.

 

 

 

El alma de la liturgia Cuaresmal.

 

 

   Si, empero, sondeamos el alma de la liturgia cuaresmal a la luz de los Evangelios, de sus epístolas, oraciones, antífonas y demás textos de su rica literatura, la vemos embargada de los más variados sentimientos de arrepentimiento, de confianza, de ternura, de compasión, de pena, de temor.

 

   El Breviario de Cuaresma, con sus homilías y sermones con sus himnos, sus capítulos y sus responsorios, a cuál más expresivos y piadosos, pone en juego los más delicados recursos de nuestra madre la Iglesia, para conmover los corazones de sus hijos; pero con eso y todo, todavía le supera el Misal. Aquí encontramos cuadros indescriptibles: conversiones y absoluciones de pecadores, como la Samaritana, la Magdalena, la adúltera, el Hijo pródigo, los Ninivitas, multitud de curaciones y milagros del Salvador; rasgos generosos de desprendimiento, como el de la viuda de Sarepta; difuntos resucitados y madres y hermanos consolados; a José, víctima de la envidia de sus hermanos, y a Jesús, vendido por uno de sus íntimos, amenazas y voces de trueno y vaticinios terroríficos de los antiguos profetas para los pecadores obstinados y, en cambio, palabras dulces y persuasivas del Divino Maestro llamándolos a penitencia; ríos de lágrimas que cuestan a la Iglesia los cristianos impenitentes, y gozos inenarrables que suscita en el cielo su conversión; quejas de los sacerdotes en vista de la indiferencia de muchos, y tiernos clamores del pueblo fiel pidiendo al Señor perdón y misericordia.

 

   Si penetramos todavía más hondamente en el corazón de la liturgia cuaresmal, descubrimos, además, tres grandes preocupaciones que embargan a la Iglesia:

—La trama y desarrollo de la Pasión del Señor;

—La preparación de los catecúmenos; y

—La reconciliación de los penitentes públicos.

 

   No hay día ni casi oficio en que no se manifieste de algún modo esta triple preocupación, y es menester estar de ello advertidos para interpretar ciertos pasajes y aun ciertos ritos especiales que, aunque muy hermosos, parecerían, sin eso, intempestivos.

 

 

 

La Misa “estacional”

 

 

   Una de las particularidades más características de la liturgia cuaresmal antigua era la Misa “estacional”. Tenía lugar todos los días, al atardecer, después de la hora de nona. Durante todo el día, el pueblo y el clero se dedicaban a sus ocupaciones habituales, pero cuando el cuadrante solar del Fórum marcaba la hora de nona, los fieles de toda la ciudad de Roma se dirigían a la porfía hacia la iglesia estacional, a la que a menudo el mismo Papa acudía para ofrecer el Santo Sacrificio. Ordinariamente, la colecta o reunión se efectuaba en una de las basílicas vecinas, donde esperaban la llegada del Sumo Pontífice y de su séquito. Una vez éstos en la basílica, se revestía el Papa de sus ornamentos y subía al altar para rezar la colecta u oración de toda la asamblea, terminada la cual iban todos en procesión a la iglesia “estacional”, al son de las letanías y precedidos por la Cruz procesional. Allí el Papa celebraba la Misa del día, en la que todos los asistentes ofrecían y comulgaban. Era ya la puesta de sol cuando el pueblo volvía a sus casas, satisfecho de haber ofrecido a Dios el sacrificio vespertino como coronamiento de una jornada laboriosa, santificada por la oración, por la penitencia y por el trabajo.

 

   Esta Misa “estacional” era la única que antiguamente había en cada población: por eso la celebraba el Pontífice con asistencia del clero y del pueblo. Como los de Cuaresma eran todos días de ayuno riguroso, todos esperaban en ayunas la hora de la Misa, para poder comulgar en ella. Después hacían su única comida, y los monjes completaban el oficio canónico cantando en sus monasterios las Vísperas. He aquí la razón de cantar Vísperas por la mañana antes de la comida, todos los días de Cuaresma, excepto los domingos, que no son de ayuno.

 

   Un momento antes de la comunión, un subdiácono anunciaba al pueblo el lugar de la estación del día siguiente en estos términos: “Mañana, la estación será en la iglesia de San N.” Y la schola respondía: “A Dios gracias”. En seguida de la comunión y de la oración colecta, decía el celebrante la colecta super pópulum, que entonces reemplazaba a la bendición final. Estas fórmulas de despedida que antiguamente estaban en uso en todas las liturgias, aún orientales, y que llevaban a veces consigo la imposición de las manos del obispo, sólo las ha conservado nuestro misal en las ferias de Cuaresma, por el carácter solemne y episcopal que éstas tenían.

   

   Cuando el Papa no intervenía en la fiesta estacional, un acólito iba, después de la Misa, a su palacio, y le llevaba por devoción un poco de algodón mojado en la lámpara del santuario. Al llegar, le pedía la bendición, la cual, recibida, decíale: “Hoy tuvo lugar la estación en San N., y te saluda”. El Papa le respondía: “Deo grátias”, y después de besar respetuosamente el algodón, se lo entregaba a su cubiculario, quien lo guardaba con cuidado para meterlo, al morir el Papa, en la almohadilla fúnebre.

 

   En el actual Misal Romano se indica todavía, al principio de la Misa correspondiente, la basílica o iglesia “estacional” de cada día, lo que muchas veces será útil tener en cuenta para explicarse el uso de ciertos textos y su verdadero significado en aquel día determinado.

 

 

 

Los domingos de Cuaresma.

 

 

   Descontando el de Pasión y el de Ramos, que habremos de estudiar aparte, son cuatro los domingos de Cuaresma, siendo el primero el de más categoría y el cuarto, o de Lætáre el más popular.

 

   El primer domingo ha tomado entre los latinos el nombre de “invocábit” de la primera palabra del Introito de la Misa, y entre los griegos se le llama la Fiesta de la Ortodoxia, por señalar el aniversario del restablecimiento de las santas imágenes en el siglo IX.

 

 

En el Rito Bizantino, el Domingo de la Ortodoxia (Κυριακὴ τῆς Ὀρθοδοξίας) celebra la restauración de la veneración a las santas imágenes y la derrota final de la herejía iconoclasta (que tuvo lugar el 11 de Marzo del año 843, I Domingo de Cuaresma) 


 

   En la Edad Media se le llamó el domingo de las Antorchas, porque los jóvenes, que se habían desenfrenado en los jolgorios de Carnaval, se presentaban ese día en la iglesia con una tea encendida para pedir una penitencia al sacerdote, a fin de reparar sus pasados excesos, de los que eran absueltos el Jueves Santo en la reconciliación general. También es conocido con el nombre de domingo de la Tentación, por referir el Evangelio de la Misa la triple tentación del Señor en el desierto.

 

   El segundo domingo, hasta el siglo IX, fue de los llamados “domingos vacantes” o libres de “estación”, a causa de haberlo precedido con las suyas las IV témporas y estar el público cansado. Después del siglo IX, empero, se le señaló ya su estación, como a los demás.

 

   El tercer domingo era el de los “escrutinios”, porque en él, o comenzaba el examen de los catecúmenos que habían de recibir el bautismo la vigilia de Pascua, o bien se les citaba para el miércoles siguiente.

 

 

 

El domingo "Lætáre"

 

 

   El cuarto domingo, llamado Lætáre (del introito), de los “cinco panes” (del Evangelio), y de la “rosa de oro” (de la bendición de la misma), es de los más celebrados del año litúrgico. Por coincidir en la mitad de Cuaresma y suponer la Iglesia que los cristianos han vivido hasta aquí embargados, como ella, de una santa tristeza, la liturgia de este domingo se propone renovar en los ayunadores cuaresmales la alegría y la esperanza que todavía ha menester hasta llegar al triunfo pascual.

 

    A ese fin, además de elegir textos muy hermosos y muy adecuados para infundir alientos, permite en el templo las flores de adorno, el uso del órgano y hasta de ornamentos de color rosa; todo lo cual causa la impresión de ser éste un día de asueto litúrgico, podríamos decir, y de respiro espiritual. La Iglesia se alegra hoy intensamente, pero con moderación todavía, como quien está dispuesta a reanudar en seguida las penitencias y las meditaciones dolorosas.

 

 

   

Conjunto de ornamentos en color rosa seca (no rosado), utilizados solo dos veces al año: en las domínicas Lætáre y Gaudéte.

 

 

 

   El rito característico de este domingo es la bendición de la rosa de oro, que efectúa en Roma el mismo soberano Pontífice. Data de hacia el siglo X, y viene a ser como un anuncio poético de la proximidad de la Pascua florida.

 

 

   Antiguamente la ceremonia se celebraba en el palacio de Letrán, residencia habitual de los Papas, desde donde el Pontífice, montado a caballo y con la tiara, y acompañado por el Sacro Colegio y el público de la ciudad, llevaba la rosa bendita a la iglesia “estacional”, que lo era Santa Cruz de Jerusalén.

 

   Hoy se hace todo en el Vaticano, por lo que la ceremonia no suscita ya tanto el entusiasmo popular, si bien su eco resuena en todo el mundo, merced a las informaciones de los diarios.

 

   Además de bendecirla, el Papa unge la rosa de oro con el Santo Crisma y la espolvorea con polvos olorosos, conforme al uso tradicional. Al fin la regala a algún alto personaje del mundo católico, a alguna ciudad, etcétera, a quien quiere honrar; y por eso

“dícese que su bendición sustituyó a la de las llaves de oro y plata, con limaduras de la cadena de San Pedro, que los soberanos Pontífices enviaban antiguamente a los príncipes cristianos, en pago de haberle proporcionado ellos reliquias de los apóstoles”.


Rosa de oro concedida en 1892 por el Papa León XIII a la reina Amelia de Orléans-.



 

   Místicamente, representa esta rosa a Jesucristo resucitado, como lo explican los varios discursos pronunciados por los Papas en la ceremonia. El origen de la ceremonia quizá derive de la fiesta bizantina de la media cuaresma, aunque también puede ser que provenga de que antiguamente se solemnizaba en Roma el principio del ayuno preparatorio para Pascua, que abarcaba entonces 3 semanas.

 

 

 

Las ferias más notables de Cuaresma.

 

 

   Aparte del miércoles, viernes y sábado de las IV témporas de Cuaresma, de que hablaremos en su lugar, son dignas de especial mención, entre las ferias cuaresmales, el miércoles de la III y IV semana, por ser días de escrutinio, y el jueves de la III, que es como jalón de media Cuaresma.

 

   Empezamos por advertir que todas las ferias de Cuaresma tienen, en el Breviario, su homilía propia, y en el Misal su misa correspondiente, lo que constituye un caudal riquísimo y variadísimo de doctrina y de piedad. Los jueves, al principio, eran días alitúrgicos (sin reuniones litúrgicas) y por lo mismo carecían de misa propia, pero bajo el Papa Gregorio II (715-731), se les fijó también a ellos su misa, utilizando los elementos ya existentes.

 

   El MIÉRCOLES DE LA III SEMANA comenzaba el escrutinio o examen de los catecúmenos que deseaban ser admitidos al bautismo en la vigilia de Pascua.

   

   Se empezaba por anotar sus nombres y separar en dos grupos los hombres y las mujeres. Luego se rezaba por ellos, y ellos mismos también eran invitados a rezar; se les leía algún pasaje de la Biblia en vista de su instrucción; se les exorcizaba, se les imponían las manos, se les signaba, etcétera, y se les despedía del templo antes del Evangelio. Al ofertorio, los padrinos y madrinas presentaban al Papa las oblaciones por sus futuros ahijados, cuyos nombres se leían públicamente durante el Canon. Esto mismo se practicaba en los demás escrutinios.

 

   El JUEVES DE LA III SEMANA señala propiamente la mitad de los ayunos cuaresmales, no de la Cuaresma misma, la cual promedia justamente el domingo IV, como ya lo hemos notado. Esta circunstancia hizo que esta feria tuviese entre los antiguos un carácter medio festivo y alentador, contribuyendo a ello no poco el recuerdo de los santos médicos Cosme y Damián, cuya basílica era la designada para la Misa estacional.

   

   Los textos de la Misa aluden casi todos a la salud y bienestar corporal, que la Iglesia pide a Dios para sus hijos, por intercesión de San Cosme y San Damián, para que terminen valerosamente el ayuno cuaresmal. Eran esos Santos dos médicos sirios, que, por ejercer su profesión gratuitamente, eran conocidos con el sobrenombre de anargyros (Ανάργυρος, sin plata), y constaba que curaban a los enfermos no tanto por su pericia profesional, como por virtud divina. Su culto fué siempre muy popular, y más desde que el Papa Félix IV les dedicó, en el siglo VI, la Basílica de la Vía Sacra, convertida pronto en un centro de peregrinación para enfermos y dolientes.

 

   EL MIÉRCOLES DE LA IV SEMANA era el día del gran escrutinio, el cual se celebraba en la majestuosa Basílica de San Pedro.

 

   Los ritos especiales de este escrutinio eran: las oraciones, lecturas y exorcismos de costumbre; la lectura, por primera vez, y explicación del principio de cada uno de los cuatro Evangelios, la recitación, también por primera vez, del Símbolo de la fe, en latín y en griego, en atención a los catecúmenos de ambas lenguas, y su explicación por el sacerdote; ítem del Pater noster, petición tras petición. Continuaba luego la Misa, y los catecúmenos se retiraban al recibir la orden del diácono. Al conjunto de estos ritos se le denominaba apértio áurium (acto de abrir los oídos), porque por primera vez escuchaban estos textos sagrados, hasta entonces desconocidos. Restos de este tercer escrutinio son, en la Misa actual, la oración, la lección y el gradual, que preceden a la epístola ordinaria de este día.

  

 

 

Extraído de R.P. ANDRÉS AZCÁRATE ESPARZA OSB; La Flor de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ª Ed., 1951; págs. 486-497.

 

 


lunes, 28 de diciembre de 2020

MEDITACIONES DE ADVIENTO—NAVIDAD: LOS SANTOS INOCENTES, MÁRTIRES. —28 de diciembre.


 


CUATRO UTILIDADES DEL NACIMIENTO DE CRISTO

 

 

   Un niño nos ha nacido para que imitemos su pureza y su humildad; para que nos conmovamos por su amabilidad, para que tengamos con- fianza en su mansedumbre.

 

 

   1º) Nos ha nacido este niño en el sacramento de la pureza. Por lo cual dice San Mateo (1, 21): Porque él salvará a su pueblo. Y San Bernardo: “He aquí a Cristo, que realiza la purificación de los delitos, he aquí que viene a purificar nuestra miseria.” Y San Agustín: “¡Oh infancia bienaventurada, por la cual fue reparada la vida de nuestra especie! ¡Oh lloriqueos gratísimos y deleitables, por los cuales escapamos al crujir de los dientes y a los llantos eternos! ¡Oh felices pañales, por los cuales han sido limpiadas las sordideces de nuestros pecados!”

 

 

   2º) Nos ha nacido para ejemplo de humildad. Por eso dice San Bernardo: “Pongamos empeño en hacernos como este niño; aprendamos de él, que es manso y humilde de corazón, pues no sin motivo Dios, que es tan grande, se ha hecho niño pequeñito. Por lo cual es impudencia intolerable que, habiéndose anonadado la majestad, se hincha y se engría el gusanillo.”

 

 

   3º) Nos ha nacido para acrecentamiento de la caridad: Fuego viene a poner en la tierra (Lc 12, 49). Y añade San Bernardo: “El Señor grande y digno de toda alabanza se ha hecho niño y amable. Un niño, dice, ha nacido. Porque él es todo amable para nosotros; él es padre, hermano, señor, servidor, recompensa y ejemplo.” Y en otro lugar: “Cuanto menor se hizo en la humanidad, tanto mayor se mostró en la bondad. Cuanto mayor bondad nos ofreció, tanto más enciende nuestro amor.”

 

 

   4º) Ha nacido para consuelo de nuestra esperanza y seguridad. Por eso dice el Apóstol: Lleguemos confiadamente al trono de la gracia, esto es, a Cristo, en el cual reina la gracia, a fin de alcanzar misericordia, es decir, perdón de los pecados precedentes, y de hallar gracia para ser socorridos a tiempo conveniente (Hebr 4, 16). Y San Agustín exclama: “Oh día dulcísimo del nacimiento de Cristo, en el cual los mismos infieles se mueven a compunción, y el pecador se siente conmovido por la misericordia, el arrepentido espera el perdón, el cautivo no desespera de la libertad, y el herido espera el remedio. En este día nace el Cordero que quita los pecados del mundo; en su nacimiento se goza más dulcemente el que tiene la conciencia tranquila, y teme más profundamente el que la tiene mala; el que es bueno pide más amorosamente; el pecador suplica devotísimamente; dulce día y verdaderamente dulce para los penitentes, día que trae consigo el perdón. Os prometo, hijitos, y estoy seguro de que, si alguno se arrepintiere de corazón en este día, y no volviere otra vez al vómito del pecado, se le dará todo lo que pidiere.”

 

 

 

(De Humanitate Christi)

 

  

 

Santo Tomás de Aquino.

 


sábado, 26 de diciembre de 2020

MEDITACIÓN II: Jesús nace niño.


 

 

   Considera como la primera señal que dio el Ángel a los pastores para hallar al Mesías recién nacido, fue la de encontrarle en forma de niño: Invenietis infantem pannis involutum (Luc. II, 12).

 

 

   La pequeñez de los niños es un grande atractivo de amor; pero un atractivo mucho mayor debe ser para nosotros la pequeñez de Jesús, que, siendo un Dios inmenso, se ha hecho chiquito por nuestro amor, como dice san Agustín (22 In Joan.). Adán compareció sobre la tierra en edad perfecta; mas el Verbo eterno quiso manifestarse infante, para atraerse de esta manera con mayor fuerza de amor nuestros corazones. Jesús no viene al mundo para infundir terror, sino para ser amado; y por eso en su primera aparición quiere hacerse ver tierno y pobre niño. «Mi Señor es grande, y digno en gran manera de ser loado», decía san Bernardo (Serm. XLVII in Cant.); pero viéndole después el Santo hecho pequeñito en el establo de Belén, añadía exclamando con ternura: Chiquito es el Señor, y por ello muy digno de ser amado. ¡Ah! y quien considere con fe a un Dios niño llorar, y dar vagidos sobre la paja en una gruta, ¿cómo es posible que no le ame, y no invite a todos a amarle, como invitaba san Francisco de Asís diciendo: Amemos al Niño de Belén: amemos al Niño de Belén? ÉL es infantito, no habla, sí que solo gime; pero ¡oh Dios! que aquellos gemidos son voces todas de amor, con las que nos convida a amarle, y nos pide el corazón. Considero por otra parte que los niños se atraen los afectos también, porque se reputan inocentes, aunque nazcan manchados de la culpa original. Mas Jesús nace niño inocente, santo, sin mancha alguna. Mi amado, decía la sagrada Esposa, es todo rubicundo por el amor y cándido por la inocencia, puro de toda culpa, elegido entre miles: Dilectus meus candidus et rubicundus, electus ex millibus (Cant. V, 10). Solo en este Niño halló el eterno Padre sus delicias, porque, como dice san Gregorio, solamente en este no halló culpa. Consolémonos, pues, nosotros miserables pecadores, porque este divino Infante ha venido del cielo a comunicarnos esta su inocencia por medio de su pasión. Los méritos suyos, si nosotros supiésemos estimarlos, pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes; pongamos en ellos nuestra confianza, pidamos por los mismos al eterno Padre siempre la gracia, y lo alcanzaremos todo.

 

 

Afectos y súplicas.

 

 

   Eterno Padre, yo miserable pecador, reo del infierno, no tengo qué ofreceros en satisfacción de mis pecados; os ofrezco, pues, las lágrimas, las penas, la sangre, la muerte de este niño que es vuestro Hijo, y por él os suplico piedad. Si yo no tuviese este Hijo que ofreceros, sería perdido, no tendríais más que esperar de mí; pero Vos para esto me lo habéis dado, a fin de que ofreciéndoos los méritos suyos espere mi salvación. ¡Señor! grande ha sido mi ingratitud; pero es más grande vuestra misericordia. ¿Y qué mayor misericordia podía esperar, que tener de Vos en don a vuestro mismo Hijo, por mi Redentor y por víctima de mis pecados? Por amor, pues, de Jesucristo perdonadme todas las ofensas que os he hecho; de las cuales me arrepiento con todo el corazón, por haber ofendido a Vos, bondad infinita. Y por amor de Jesucristo os pido la santa perseverancia. ¡Ah! mi Dios, si yo os volviese a ofender, después que me habéis esperado con tanta paciencia, me habéis socorrido con tantas luces y me habéis perdonado con tanto amor, ¿no merecería un infierno a propósito para mí? ¡Ah! Padre mío, no me abandonéis. Yo tiemblo al pensar en las traiciones que os he hecho: ¿cuántas veces he prometido amaros, y después os he dado las espaldas? ¡Ah! mi Creador, no permitáis que tenga yo que llorar la desgracia de verme nuevamente privado de vuestra amistad. No permitáis que me separe de Vos, no permitáis que me separe de Vos. Lo repito y quiero repetirlo hasta el último aliento de mi vida; y Vos dadme la gracia para siempre de repetiros esta misma súplica: Ne me permitías separan a te. Jesús mío, mí amado niño, encadenadme con vuestro amor. Os amo, y quiero siempre amaros. No permitáis que yo tenga que separarme más de vuestro amor.

 

 

   Amo también a Vos, Madre mía; amadme asimismo Vos. Y sí me amáis, esta es la gracia que me habéis de alcanzar, que ya no deje más de amar a Dios.

 

 

 

 

MEDITACIONES PARA TODOS LOS DÍAS DE ADVIENTO.

 

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

OBISPO, DOCTOR DE LA IGLESIA.


MEDITACIÓN I: Del Nacimiento de Jesús.


 

   El nacimiento de Jesucristo trajo una alegría general a todo el mundo. Él fue aquel Redentor deseado por tantos años y con tantos suspiros; que por esto fue llamado el Deseado de las gentes, y el deseo de los collados eternos. Hele; ya ha venido, y ha nacido en una pequeña cueva. Aquel gozo grande, que el Ángel anunció a los pastores, hoy lo anuncia también a nosotros, y nos dice: Ecce evangelizo vobis gaudium magnum, gozo que será para todo el pueblo; porque hoy os es nacido el Salvador del mundo. ¡Qué gran fiesta se hace en un reino cuando nace al monarca su primogénito! Pues, mayor fiesta debemos hacer nosotros, viendo nacido al Hijo de Dios que ha venido del cielo a visitarnos, movido de las entrañas de su misericordia. Nosotros estábamos perdidos, y he aquí que él ha venido a salvarnos: el Pastor ha venido a salvar sus ovejuelas de la muerte, dando su vida por amor de ellas. El Cordero de Dios ha venido a sacrificarse por alcanzarnos la divina gracia, y para hacerse nuestro libertador, nuestra vida, nuestra luz, y aun nuestro alimento en el santísimo Sacramento. Dice san Agustín, que por eso Jesucristo al nacer quiso ser puesto en el pesebre donde hallaban pasto los animales; para darnos a entender, que él se hizo hombre a fin de hacerse él mismo nuestra comida para la eternidad. Jesús, en efecto, nace todos los días en el Sacramento por medio del sacerdote y de la consagración. El altar es el pesebre, y allí vamos nosotros a alimentarnos de sus carnes. Alguno habrá que desee tener el santo Niño en los brazos, como le tuvo el santo viejo Simeón; pues cuando comulgamos nos enseña la fe que no solo en los brazos, sí que dentro de nuestro pecho está aquel mismo Jesús que estuvo en el pesebre de Belén; para esto él ha nacido, para darse todo a nosotros: Parvulus natus est nobis, et Filius datus est nobis.

 

 

 

Afectos y súplicas.

 

 

   Señor, yo soy la oveja que, por andar tras de mis placeres y caprichos, me he perdido miserablemente; mas Vos, o Pastor y juntamente Cordero divino; sois aquel que habéis, venido del cielo a salvarme, sacrificándoos cual víctima sobre la cruz en satisfacción de mis pecados. Si yo, pues, quiero enmendarme, ¿qué debo temer? ¿Por qué no debo confiarlo todo de Vos, mi Salvador, que habéis nacido de intento para salvarme? ¿Qué mayor señal de misericordia podíais darme, o dulce Redentor mío, para inspirarme confianza, que daros Vos mismo? Yo os he hecho llorar en el establo de Belén; pero si Vos habéis venido a buscarme, yo me arrojo confiado a vuestros pies; y aunque os vea afligido y envilecido en ese pesebre, reclinado sobre la paja, os reconozco por mi Rey y Soberano. Oigo ya esos vuestros dulces vagidos, queme convidan a amaros, y me piden el corazón.

 

 

   Aquí le tenéis, Jesús mío. Hoy lo presento a vuestros pies; mudadlo, inflamadlo Vos, que a este fin habéis venido al mundo, para inflamar los corazones con el fuego de vuestro santo amor. Oigo también que desde ese pesebre me decís: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y yo respondo: ¡Ah Jesús mío! y si no amo a Vos, que sois mi Dios y Señor, ¿a quién he de amar? No, amado Señor mío, yo todo me entrego a Vos, y os amo con todo el corazón. Yo os amo, yo os amo, yo os amo. ¡Oh sumo bien, oh único amor de mi alma! Ea, aceptadme por vuestro en este día, y no permitáis que haya de dejar de amaros.

 

 

   Reina mía, María, os pido por aquel consuelo que tuvisteis la primera vez que mirasteis nacido a vuestro hijo, y le distéis los primeros abrazos, intercedáis con él, para que me acepte por hijo, y me encadene para siempre con el don de su santo amor.

 

 

MEDITACIONES PARA TODOS LOS DÍAS DE ADVIENTO.

 

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

OBISPO, DOCTOR DE LA IGLESIA.


viernes, 18 de diciembre de 2020

EXPECTACIÓN DEL PARTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN.


 

Nuestra Señora de la Expectación.

 

 

Esperar al Señor que ha de venir es el tema principal del santo tiempo de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad. La liturgia de este período está llena de deseos de la venida del Salvador y recoge los sentimientos de expectación, que empezaron en el momento mismo de la caída de nuestros primeros padres. En aquella ocasión Dios anunció la venida de un Salvador. La humanidad estuvo desde entonces pendiente de esta promesa y adquiere este tema tal importancia que la concreción religiosa del pueblo de Israel se reduce en uno de sus puntos principales a esta espera del Señor. Esperaban los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos, todas las almas buenas del Antiguo Testamento. De este ambiente de expectación toma la Iglesia las expresiones anhelantes, vivas y adecuadas para la preparación del misterio de la “nueva Natividad” del salvador Jesús.

 

En el punto culminante de esta expectación se halla la Santísima Virgen María. Todas aquellas esperanzas culminan en Ella, la que fue elegida entre todas las mujeres para formar en su seno el verdadero Hijo de Dios.

 

Sobre Ella se ciernen los vaticinios antiguos, en concreto los de Isaías; Ella es la que, como nadie, prepara los caminos del Señor.

 

Invócala sin cesar la Iglesia en el devotísimo tiempo de Adviento, auténtico mes de María, ya que por Ella hemos de recibir a Cristo.

 

Con una profunda y delicada visión de estas verdades y del ambiente del susodicho período litúrgico, los padres del décimo concilio de Toledo (656) instituyeron la fiesta que se llamó muy pronto de la Expectación del Parto, y que debía celebrarse ocho días antes de la solemnidad natalicia de nuestro Redentor, o sea el 18 de diciembre.

 

La razón de su institución la dan los padres del concilio: no todos los años se puede celebrar con el esplendor conveniente la Anunciación de la Santísima Virgen, al coincidir con el tiempo de Cuaresma o la solemnidad pascual, en cuyos días no siempre tienen cabida las fiestas de santos ni es conveniente celebrar un misterio que dice relación con el comienzo de nuestra salvación. Por esto, “Speciáli constitutióne sáncitur, ut ante octávum diem, quo natus est Dóminus, Genitrícis quóque ejus dies habeátur celebérrimus, et præclárus” (Se establece por especial decreto que el día octavo antes de la Natividad del Señor se tenga dicho día como celebérrimo y preclaro en honor de su santísima Madre).

 

En este decreto se alude a la celebración de tal fiesta en “muchas otras Iglesias lejanas” y se ordena que se retenga esta costumbre; aunque, para conformarse con la Iglesia romana, se celebrará también la fiesta del 25 de marzo. De hecho, fue en España una de las fiestas más solemnes, y consta que de Toledo pasó a muchas otras iglesias, tanto de la Península como de fuera de ella. Fue llamada también “día de Santa María”, y, como hoy, de “Nuestra Señora de la O”, por empezar en la víspera de esta fiesta las grandes antífonas de la O en las Vísperas.

 

Además de los padres que estuvieron presentes en el décimo concilio de Toledo, en especial del entonces obispo de aquella sede, San Eugenio III, intervino en su expansión —y también a él se debe el título concreto de Expectación del Parto— aquel otro gran prelado de la misma sede San Ildefonso, que tanto se distinguió por su amor a la Señora.

 

La fiesta de hoy tenía en los antiguos breviarios y misales su rezo y misa propios. Los textos del oficio, de rito doble mayor, tienen, además de su sabor mariano, el carácter peculiar del tiempo de Adviento, a base de las profecías de Isaías y de otros textos apropiados como los himnos. Nuestro Misal conserva todavía para la presente fecha una misa, toda a base de textos del Adviento. Es un resumen del ardiente suspiro de María, del pueblo de Israel, de la Iglesia y del alma por el Mesías que ha de venir. Sus textos —casi coinciden con la misa del miércoles de las témporas de Adviento, y todavía más con la misa votiva de la Virgen, propia de este período—son de Isaías (introito, epístola y comunión) y del evangelio de la Anunciación. Las oraciones son las propias de la Virgen en el tiempo de Adviento.

 

Precisamente en la víspera de este día dan comienzo las antífonas mayores de la O, llamadas así, por empezar todas ellas con antífonas mayores del Magnificat: O Sapientia, O Adonai, O Emmanuel..., veni!

 


ROMUALDO Mª DÍAZ CARBONELL OSB.

 

 





 

ORACIÓN

 

 

   Oh Dios, que quisisteis por el anuncio del Ángel que vuestro Verbo se hiciera carne en el seno de la bienaventurada Virgen María, concedednos os suplicamos, que cuantos la creemos verdaderamente como Madre de Dios, podamos ser socorridos por su intercesión ante Vos. Por el mismo J. C. N. S. Amén.