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sábado, 9 de abril de 2022
De la entrada en Jerusalén con los ramos— Por Fray Luis de Granada.
viernes, 18 de febrero de 2022
MEDITACIONES: Sobre las diversiones del carnaval.
PUNTO PRIMERO.
Considera que nada hay
más opuesto al espíritu del cristianismo que lo que se llaman diversiones del
carnaval; no solo porque es un resto del paganismo, sino también porque nada
hay más contrario al espíritu de Jesucristo, a las máximas del Evangelio, a la
moral cristiana, y al ejemplo de los santos. Ya
se considere su origen, y el fin de esta escandalosa licencia de costumbres; ya
se reflexione sobre los perniciosos efectos de estos desarreglos, y sus
consecuencias, nada se encontrará que no deba irritar a un espíritu cristiano,
nada que no deba alarmar la conciencia. El mes de
enero era profanado por los paganos con regocijos impíos, y con un libertinaje
de los más disolutos en honor de Baco, dios
de la borrachera. He aquí el origen de
estas fiestas escandalosas del carnaval.
No Habiendo podido el demonio impedir la
destrucción del paganismo, ha tratado de hacerle sobrevivir en las abominables
costumbres de los paganos. Los cristianos de estos últimos tiempos,
condenando y aborreciendo la idolatría que choca al espíritu y a la razón, se han
familiarizado poco a poco con aquellos usos que más lisonjean los sentidos. Contentos con mirar con horror el dogma extravagante de
los paganos, han adoptado una parte de su moral; y he aquí el principio de esa
licencia de costumbres, de esas comidas sensuales, de esos bailes que son el
oprobio de la Religión; de esas diversiones de carnaval, origen funesto de la
pérdida de tantas almas. ¿Y se pregunta qué mal hay en presentarse en estas
partidas de placer, en estas fiestas de carnaval? ¿no debería más bien
preguntarse si es posible tomar alguna parte en estas fiestas irreligiosas de
carnaval, sin encender la cólera de Dios sobre vosotros, y sobre toda vuestra
familia? ¡Qué monstruosa contradicción de creencia y de conducta! Creer
todo lo que nuestra Religión nos propone para creer en orden a aquellas
terribles verdades que han formado tantos penitentes y tantos mártires; en
orden a aquellos peligros de perder la inocencia en el mundo, que han poblado
los claustros y los desiertos; en orden a la necesidad indispensable y
universal de mortificarse continuamente, de macerar la carne, de hacer
penitencia para salvarse; en orden, en fin, al alejamiento de las ocasiones de
pecar , y al carácter de la vida cristiana: ¿ creer todo esto, y gustar de las diversiones del carnaval,
y tomar parte en estas diversiones? ¿conocéis bien la irregularidad, la
impiedad, la extravagancia de una conducta tan lamentable?
PUNTO SEGUNDO.
Considera la indignidad extravagante de los motivos, todos los mas irreligiosos, los más frívolos, que sirven de pretextos para el uso escandaloso de las diversiones del carnaval. El ayuno y la penitencia que debe hacerse en el tiempo de Cuaresma es uno de los principales pretextos para estas licenciosas diversiones. Se debe guardar una abstinencia rigorosa, se debe ayunar por espacio de cuarenta días; es preciso, pues, otros cuarenta días antes, indemnizarse con adelanto de esta rigorosa abstinencia: es preciso hacer penitencia de sus pecados durante el santo tiempo de Cuaresma; pues también lo es el permitirse toda suerte de excesos, exponer la inocencia a todos los peligros, manchar su alma con mil pecados, conceder a sus sentidos todo género de libertades, abrazar todos los placeres crimínales, antes de hacer esta penitencia. Se debe hacer una vida cristiana durante la Cuaresma, preciso es prevenir este tiempo de regularidad por una vida toda pagana; será necesario guardar los mandamientos de Dios por todo este santo tiempo, también lo será el violarlos en las seis semanas que le preceden; habrán de humillarse nuestras cabezas bajo de la ceniza el primer día de Cuaresma, hágase, pues, ostentación de un lujo fastuoso durante el carnaval; se deberá, en fin, asistir al sermón en este tiempo de penitencia, saciémonos, pues, con los bailes y con espectáculos antes de los días del arrepentimiento. Dios pide un culto particular durante la Cuaresma, preciso es darle al demonio, durante el carnaval, el que él exigía en otro tiempo de los paganos. Y he aquí las razones en que se pretende apoyar la licencia que se toma en estos días de disoluciones; he aquí con lo que se trata de autorizar un uso, que la menor noción del Evangelio, la más ligera tintura de la religión proscribe, reprueba y condena. ¡Qué error, qué extraña ceguera la de los cristianos de nuestros días, el no ver la indignidad, la irreligión, la impiedad de una conducta tan escandalosa! ¿Y nos quejamos, después de esto, de los azotes continuos con que Dios castiga a pueblo? ¿Extrañamos ver que la fe se entibia todos los días? ¿Clamamos contra el pequeño número de los elegidos? Después de esto ¿se cuenta con algunos ademanes de religión que no son delante de Dios más que una visible mojiganga? Y lo que debe todavía excitar mas la indignación es que aquellos que más se entregan a estos desarreglos, a estas disoluciones a estos excesos bajo el miserable pretexto del ayuno y de la abstinencia de Cuaresma, son los que no le guardan.
¡Ah Señor! ¡Cual es nuestra ceguera! ¿Pudo darse jamás una
locura más grande, ni más criminal? Ilustrad, Señor, este entendimiento
embrutecido por los sentidos; tocad este corazón para hacerle volver de su
extravío; dadme vuestra gracia, Dios de misericordia, porque estoy resuelto a
reparar con mi conducta verdaderamente cristiana, los días que he pasado hasta
aquí como pagano.
JACULATORIAS.
Apartad, Señor, mis ojos de todos los ejemplos
peligrosos, y haced que marche con valor por vuestros santos caminos. (Salmo.
118.)
Afirmad, Señor, vuestra ley en el corazón de
vuestro siervo, manteniendo en él el temor de desagradaros. (Salmo.
118.)
PROPOSITOS.
1—
Si el deseo de nuestra salvación, si el celo de la
religión, si la obligación de dar buen ejemplo nos interesa, tengamos presente
que en ningún tiempo como en este deben darse a conocer. Privaos, pues, absolutamente de todas las diversiones profanas;
es una práctica de piedad muy agradable a Dios, y muy sobremanera útil, el
estar más retirado, más devoto, más mortificado en este tiempo, que en
cualquiera otro del año. No solo no toméis parte en estas diversiones del carnaval, sino
también privaos durante estos días hasta de las más lícitas; vosotros
experimentaréis bien pronto cuanto agrada a Dios esta práctica. Aumentad, durante el
carnaval, vuestros ejercicios de piedad: haced un poco más de oración, aunque
no sea más que un cuarto de hora. Rezad el oficio parvo de la Santísima Virgen,
y no dejéis de visitar todas las tardes a Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
Confesad y comulgad con más frecuencia que lo ordinario.
2 —No os contentéis con observar una conducta del todo contraria al
espíritu del mundo; inspirad los mismos sentimientos a vuestros hijos, y a
todos los que están a vuestro cargo.
Inclinadles a que se priven de todo lo que se
llama diversiones de carnaval, sobre todo de los bailes y de los espectáculos
profanos. Las
diversiones domésticas pueden permitirse con tal que sean cristianas. Es una
industria santa el compensar así a vuestros hijos. por estos pequeños festines
entre la familia. Pero lo que es de un gran mérito
delante de Dios, es si dais a los pobres lo que hubierais expendido en vuestros
placeres, si hubieseis seguido el torrente. ¡Cuántas familias
honestas carecen de lo necesario, al paso que se prodiga en banquetes
espléndidos lo que bastaría para mantener a muchos! Usad, pues, de esta santa
industria.
“AÑO CRISTIANO”
Por el PADRE JUAN CROISSET.
lunes, 20 de diciembre de 2021
EL TIEMPO DE NAVIDAD.
CAPÍTULO I
HISTORIA DEL TIEMPO DE
NAVIDAD
Damos el nombre de
Tiempo de Navidad al período de cuarenta días que va desde la Natividad de
nuestro Señor, el 25 de Diciembre, hasta la Purificación de la Santísima
Virgen, el 2 de febrero. Este
período forma, en el Año litúrgico, un conjunto especial, como el Adviento, la
Cuaresma, el Tiempo Pascual, etc.; por todo este tiempo campea la idea del
mismo misterio, de suerte, que ni las fiestas de los Santos que ocurren durante
esta temporada, ni la llegada bastante frecuente de la Septuagésima con sus tonos
sombríos, son capaces de distraer a la Iglesia del inmenso gozo que la
anunciaron los Ángeles en esa noche radiante, durante tanto tiempo esperada por
el género humano, y cuya conmemoración litúrgica ha sido precedida de las
cuatro semanas que forman el Adviento.
La costumbre de
celebrar con cuarenta días festivos o de especial memoria la solemnidad del
Nacimiento del Salvador, se halla enraizada en el mismo santo Evangelio, el
cual nos dice que la virginal María, pasados cuarenta días en la contemplación
del suavísimo fruto de su gloriosa maternidad, se dirigió al templo para
cumplir, con perfectísima humildad, todo lo que la ley ordenaba a las mujeres
de Israel después de haber sido madres.
Por consiguiente, la
conmemoración de la Purificación de María está íntimamente unida a la del
Nacimiento del Salvador; y la costumbre de celebrar esta santa y festiva
cuarentena parece ser de una remota antigüedad en la Iglesia. En primer
lugar, por lo que se refiere a la celebración de la Natividad del Salvador en el
25 de diciembre, San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre esta fiesta, opina que los Occidentales la habían celebrado en esa
fecha desde el principio. Incluso se detiene a justificar esta tradición,
haciendo notar que la Iglesia romana había tenido todos los medios de conocer
el día verdadero del nacimiento del Salvador, ya que las actas del censo
ordenado por Augusto de Judea se conservaban en los archivos públicos de Roma. El
santo Doctor propone un segundo argumento, sacado del Evangelio
de San Lucas, haciendo
notar que, según el sagrado escritor, debió ser en
el ayuno del mes de setiembre, cuando el sacerdote Zacarías tuvo en el templo
la visión a raíz de la cual su esposa Isabel concibió a San Juan Bautista:
de donde se sigue que, habiendo la Santísima
Virgen, según el relato de San Lucas, recibido
la visita del Arcángel Gabriel, y concebido al Salvador del mundo en el sexto
mes después del embarazo de Isabel, o sea, en Marzo, debía dar a luz en el mes
de diciembre. (El documento más antiguo que nos permite afirmar que la
fiesta de Navidad era celebrada desde el año 336 en el dia 25 de diciembre, es
el calendarlo filocaliano compuesto en 354. Efectivamente, fué poco después del
concilio de Nicea (325) cuando la Iglesia romana instituyó una fiesta en conmemoración
del Nacimiento del Salvador. Aunque los historiadores modernos están de acuerdo
en decir que las fechas del 25 de diciembre y del 6 de enero no se apoyan en
una tradición histórica, es muy legítimo creer que la Iglesia las ha escogido
por algún motivo serlo)
No obstante, eso, las Iglesias orientales no
comenzaron a celebrar la Natividad de Nuestro Señor en el mes de diciembre
hasta el siglo cuarto. Hasta entonces la habían celebrado, bien el 6 de enero,
mezclándola bajo el nombre genérico de Epifanía con la Manifestación del
Salvador a los Gentiles; bien el 25 del mes Pachón
(15 de mayo) o el 25 del mes Pharmuth (20 de abril), si hemos de creer a Clemente de Alejandría. San Juan Crisóstomo afirma, en la Homilía que acabamos
de citar y que pronunció en 386, que la costumbre
de celebrar con la Iglesia romana el Nacimiento del Salvador el 25 de
diciembre, databa solamente de diez años atrás en la Iglesia de Antioquía. Parece
que este cambio fué ordenado por la autoridad de la Santa Sede, a la que vino a
añadirse al final del siglo cuarto un edicto de los emperadores Teodosio y Valentiniano,
prescribiendo la separación de las dos fiestas de la Natividad y de la
Epifanía. La práctica de celebrar el 6 de enero este doble misterio solamente
se ha conservado en la Iglesia cismática de Armenia; sin duda porque este país
era independiente de la autoridad imperial y además el cisma y la herejía le
sustrajeron a la influencia de Roma (Tampoco Jerusalén conoció más fiesta que
la del 6 de enero hasta fines del siglo IV).
La fiesta de la
Purificación de la Santísima Virgen, que cierra el ciclo de Navidad, es una de
las cuatro fiestas de María más antiguas: es posible que, por tener su origen
en el mismo relato evangélico, fuese ya celebrada en los primeros siglos del
Cristianismo. De todos modos, en la Iglesia oriental, no la vemos
establecida definitivamente el 2 de febrero hasta el siglo sexto, bajo el
emperador Justiniano (Los últimos trabajos de los Liturgistas han demostrado
que esta fiesta comenzó a celebrarse en Jerusalén, no el 2 de febrero, como lo
fué más tarde en Roma, sino el 14 de febrero, cuarenta días después de la
fiesta de Navidad que los Orientales celebraban el 6 de enero. La Peregrinatio Sylviae (hacia el año 400) hace
notar que esta fiesta era celebrada en 380 en Belén y Jerusalén, en la basílica
de la Anástasis, y con la misma solemnidad que la de Pascua. La Crónica de Teófanes nos dice que fué
Introducida en Constantinopla entre 534 y 542 y celebrada el 2 de febrero. De
allí pasó a Roma. El Líber Pontificalis señala
que Sergio (687-701) Instituyó una letanía para las
cuatro fiestas de Nuestra Señora (Purificación, Dormición, Natividad y
Anunciación), de donde se deduce que ya existían, sin que se pueda saber
desde cuándo)
Si pasamos ahora
a examinar el carácter del Tiempo de Navidad en la Liturgia latina, tenemos que
reconocer que es un tiempo dedicado de una manera especial al júbilo que
procura a la Iglesia la venida del Verbo divino en carne, y consagrado
particularmente a felicitar a la Santísima Virgen por la gloria de su
maternidad.
Esta doble idea de un Dios niño y de una Madre virgen se halla expresada de un modo
continuo en las oraciones y ritos litúrgicos.
Así, por ejemplo, los Domingos y todas las
tiestas que no son de rito doble durante
todo el curso de esta festiva cuarentena, la Iglesia hace memoria de la fecunda virginidad de la Madre de Dios, por medio de tres
Oraciones especiales que dice en la celebración del santo Sacrificio.
Estos mismos días, en los Oficios de Laudes y Vísperas, solicita el sufragio de María, poniendo de relieve su calidad
de Madre de Dios y la inviolable pureza que
permaneció en ella, aún después de su alumbramiento. Finalmente, hasta el mismo
día de la Purificación continúa con la costumbre de terminar todos sus Oficios
con la solemne antífona del monje Hernán Contracto, en
loor de la Madre del Redentor.
Tales son las demostraciones de amor y
veneración con las que la Iglesia, honrando al Hijo en la Madre, exterioriza su
religiosa alegría durante este período del Año litúrgico que conocemos con el
nombre de Tiempo de Navidad.
Ya saben todos que el Calendario
eclesiástico llega a contar seis semanas después de Epifanía, para los años en
que la fiesta de Pascua se retrasa hasta el mes de abril. La cuarentena de
Navidad a la Purificación cuenta a veces con cuatro de estos domingos. Otras
veces solamente dos, y algunas uno sólo, cuando en ciertos años se anticipa de
tal modo la Pascua, que obliga a celebrar en enero el domingo de Septuagésima,
y aun el de Sexagésima. A pesar de todo, y como hemos dicho, nada se cambia en
los ritos de esta alegre cuarentena, fuera del color morado y la omisión del
Himno angélico en los domingos que preceden a la Cuaresma.
Aunque la Santa Iglesia venera con
particular devoción, durante todo el curso del Tiempo de Navidad, el misterio de la Infancia del Salvador, el curso
del Calendario, que aun en los años en que la fiesta de Pascua viene más
atrasada, ofrece menos de seis meses para la celebración de toda la obra
redentora, o sea desde Navidad a Pentecostés obliga a la Iglesia a anticipar en
las lecturas del Evangelio, acontecimientos de la vida pública de Cristo; pero
la Iglesia continúa recordándonos los encantos del divino Infante y la gloria
única de su Madre, hasta el día en que vaya a presentarse en el Templo.
Los Griegos hacen también frecuentes Memorias de la maternidad de María en sus Oficios
de todo este tiempo; pero sobre todo guardan una veneración particular a los doce días que trascurren entre la fiesta de Navidad
y la de Epifanía, período designado en su Liturgia con el nombre de Dodecameron. Durante este tiempo no observan
ninguna abstinencia de carnes; incluso los Emperadores de Oriente habian
establecido que, por respeto a tan excelso misterio, estuviesen prohibidos los
trabajos serviles y aun el ejercicio de los Tribunales hasta después del día 6
de enero.
Estas son las características históricas y
los hechos positivos que contribuyen a crear el distintivo de esta segunda
parte del Año litúrgico que conocemos con el nombre de Tiempo de Navidad. El
capítulo siguiente tratará de desarrollar las ideas místicas de la Iglesia en
este período tan querido a la piedad de sus hijos.
“Año Litúrgico”
Dom Prospero Gueranger
martes, 23 de noviembre de 2021
¿QUÉ ES LA FAMILIA? ¿QUIÉN LA INSTITUYÓ?
La
familia, como su mismo nombre lo indica, quiere decir “servidumbre”
—de la palabra latina “fanmlus” o sea sirviente—.
Es, en sí misma, una agrupación de personas unidas por lazos consanguíneos o de
afecto y ligadas por derechos y deberes para el servicio mutuo En su acepción más
sencilla es la sociedad formada por una mujer y un hombre unidos en matrimonio
y sus hijos. En una concepción más amplia incluye a otros parientes e incluso a
personas sin parentesco alguno, pero que viven bajo un mismo techo y actúan bajo
las órdenes de un jefe de familia.
De estas definiciones podemos deducir “la grandeza de la familia”. A
primera vista, la palabra servidumbre choca. Nuestro primer impulso —siempre
egoísta y orgulloso— rechaza todo lo que nos lleva a servir, a sacrificamos, a
dar. Hemos sido creados para conocer, amar y servir
a Dios y así ganar el cielo, pero nuestra naturaleza caída por el pecado
original hace de nuestra vida una Lucha constante entre servir a Dios, Nuestro Señor,
o querer que todos nos sirvan a nosotros, inclusive el mismo Dios. Y
—precisamente— esa es la grandeza de la familia: es
una institución en donde recibimos la ayuda que necesitamos de los demás —el
sustento del padre, su guía, su ejemplo, el cariño de la madre, sus cuidados,
su apoyo; la comprensión de los abuelos, sus mimos, su experiencia, la ayuda mutua
entre los esposos, la compañía de los hermanos, la atención de los ancianos—, pero
también es el lugar en dónde nos enseñamos a dar, a vencer nuestro egoísmo, a
combatir nuestro orgullo, en una palabra a “amar”.
Bendita
familia la que tenemos, con pocos o con muchos defectos de sus diferentes
miembros, pero familia al fin en donde recibimos tantas cosas que necesitamos,
que por cotidianas nos parecen comunes, habituales, pero que si lo pensamos
bien: ¿qué
hubiera sido de nosotros sin una familia, sin nuestra, familia? Y bendita familia en donde, aprendemos a dar, en donde
servimos diariamente casi sin sentirlo, porque nos mueve el cariño por los
nuestros y, cuando hay cariño, ¡qué fácil es servir!
Podemos resumir diciendo “la familia es una fábrica de amor”, es una institución que me permite
obtener lo necesario, —material, emocional y espiritualmente— para vivir, pero,
sobre todo, es el lugar en, donde me enseñan a amar,
me enseñan a vencer mi egoísmo, me enseñan a cumplir el fin para el que fui creado
y por lo tanto me muestran y me fuerzan —con la lucha de la vida diaria— a amar
a Dios y a ganar el cielo. Mi familia, mí bendita familia, nuestras
benditas familias, son “fábricas de: sanitos” que
santos son los que “venciéndose a sí mismos, se deciden a amar a Dios y así poder
algún día ganarse el cielo.”
LA FUNCION NATURAL Y SOBRENATURAL DE LA
FAMILIA.
Este es otro de los argumentos que muestran la
grandeza de la familia Santo Tomás dice: la familia completa está formada por tres
sociedades parciales: la sociedad conyugal, formada por marido y mujer, la paternal,
constituida por padres e hijos; y la heril, que resulta de la suma de otros
integrantes con inter cambio de servicios. El
conjunto de estas sociedades forma la sociedad doméstica (de “domus”, “casa”) porque todos los que componen la
familia viven bajo el mismo techo, en el mismo hogar. Así que la familia es un
cúmulo de sociedades naturales y por ello está por sobre cualquier institución
artificial. Pero ¿qué
quiero decirte con eso de que es una sociedad natural? Pues que la ha
creado el Creador de todas las cosas naturales, o sea Dios.
Dios creó a Adán,
el primer hombre, pero luego dijo: No está bien que el hombre esté solo, hagámosle
una ayuda semejante a él. Y así Dios creó a Eva, la primera mujer. Pero no quiso
dejar ahí las cosas, los bendijo (el primer
matrimonio) y les ordenó: Creced y multiplicaos (la primera familia) y
llenad la tierra (la creación de la sociedad a partir de la familia). Tal es el excelso origen de la familia:
es obra del pensamiento, de las manos, de las divinas complacencias del Sumo
Hacedor, y es obra inmutable, y, por lo tanto, no morirá mientras duren los
siglos. ¿Por
qué? Porque Dios ha querido darle
a la familia la función esencial de la “procreación de los
hijos”. ¡Misterio profundo el de este instinto vital! Dejará el hombre a su
Padre y a su Madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne. Y el prodigio se obra, la nueva vida
aparece en el mundo.
Me dirán, ¿por qué la vida humana no puede brotar de
otra fuente que no sea la familia? Porque Dios no lo quiso, así de sencillo. La familia y
sólo la familia es el gran reservorio de la vida humana en el mundo. Y
ello, por sí mismo, es una de las razones de su grandeza: porque en el orden, natural, nada hay más grande que el
poder generar nueva vida.
Pero, ¿y en el orden sobrenatural? Pues en este segundo
orden la familia católica es obra de Jesucristo. El sobrenaturalizó a la
familia, al fundamentarla en él sacramento del matrimonio. En la elevó a lo
sobrenatural, ya que no sólo procreará hijos, sino, como lo mencioné antes,
podrá forjar sus almas para llevarlas al cielo, y esa es una función divina. Es
por ello que la familia tiene, —y siempre debe de
tener— un carácter religioso, ella se constituye en presencia de la Iglesia, la
sociedad religiosa fundada por Jesucristo; se proclama ante los fieles en medio
de las solemnidades litúrgicas y se mantiene indisoluble recibiendo la gracia
sacramental.
¿Qué piensas ahora de la familia, de tu familia? Dios la creó para ti. Para servirte de ella y para servir en ella. Para amar y ser amado en ella, pero, sobre todo, para que te ayuden y tú ayudes —a los demás miembros de tu familia— a ganar el cielo, enamorándose todos de Dios.
LA FAMILIA, LA BASE DE LA SOCIEDAD.
Dios puso en el hombre el instinto social,
el cual se inicia en la familia, pero ese instinto social rebasa los límites de
la casa y tiende a la asociación de las familias entre sí para constituir los
pueblos, los municipios, las ciudades, las provincias, los países, los reinos o
imperios No le basta al hombre la familia, porque sólo en ella no puede lograr
todos sus fines, las familias necesitan unir esfuerzos, mancomunándose para ser
más fuertes, para lograr aprovechar todos los bienes que Dios puso en el mundo
y para poder defenderse de los diferentes peligros —naturales o morales— que
atacan a la sociedad.
Si bien, la familia no es el todo, no es la
sociedad completa, si es la base, la semilla, la célula de la sociedad: ésta es
otra causa de su grandeza. Sin embargo, al igual que el cuerpo humano, si las
células son vigorosas, si están sanas, si cumplen sus funciones ¿el cuerpo está
sano y funciona estupendamente? Pero, si la célula enferma, si la
familia se “naturaliza”, si deja de ser religiosa,
el cuerpo, —es decir, la sociedad— degenera
en una institución amorfa, vacía e inmediatamente se degrada y comienza —como
le sucede al cuerpo— a pudrirse, a entrar en
putrefacción.
Forma familias religiosas,
familias unidas, familias santas y tendrás pueblos buenos, ciudades fuertes,
honradas y trabajadoras, una civilización católica. Teocéntrica, en donde Dios
es el centro de la vida de esa civilización. Vean nuestros pueblos mexicanos,
la mayoría tiene tradiciones católicas y la mayoría tienen una iglesia, una
basílica, una catedral en el centro del mismo, en la parte más importante de la
ciudad. Vean —en cambio— las ciudades donde las
familias tienen otras religiones o donde no hay ya religión alguna y en el
centro de ellas encontrarán —como su dios— los
bancos, los centros comerciales, los cabarets y los burdeles. Esta
última sociedad ha empezado por ser antropocéntrica (teniendo como centro al
hombre) para acabar, en poco tiempo, poniendo como centro la degeneración
moral, o, en otras palabras —reales, aunque suenen duras— al mismo Satanás.
Permítanme terminar estas líneas sobre la familia,
enfatizando el papel de Dios en ella:
•
Dios formó y trató directamente a la primera familia.
•Dios
fue el vengador del primer agravio fraternal en la persona de Caín.
•Dios
salva al mundo pervertido valiéndose de la familia de Noé.
•Dios
elige a su pueblo de la familia de Abraham.
•Dios
envía a su Único Hijo a hacerse hombre para salvamos: Jesucristo, N.S., que, concebido
por obra del Espíritu Santo, nace de Santa María Virgen ¡y quiso! con Ella y con San José, su padre adoptivo, formar la Sagrada
Familia. para que fuera el modelo a seguir para todas las familias católicas.
La familia viene de Dios
y a Dios se dirige. No impidamos que alcance la grandeza para la que Dios la
creó. Tu familia puede, tu familia debe, hacer “SANTOS”.
H. Guiscafré G.
FAMILIA CATOLICA —1997.



