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miércoles, 17 de octubre de 2018

ÁNGELES DEL ALTAR




LA IGLESIA


   La Iglesia es el lugar destinado a dar culto a Dios. Es la casa y morada de Dios y el lugar de la oración.

   La Iglesia es dedicada a Dios con especiales bendiciones, que la hacen cosa sagrada, digna de reverencia.

   En el plano puedes aprender las partes principales de una iglesia y a distinguir una parte de otra.





   Para fomentar tu respetó y amor a la Iglesia, el Papa ha concedido trescientos días de indulgencia por cada vez que hagas un gesto exterior de reverencia (por ejemplo, descubrirte, inclinar la cabeza) al pasar por delante de una iglesia en que está reservado el Sacramento. ¡Practícalo siempre como buen cristiano dedicado al servicio del Señor!



EL ALTAR


   El Altar es el lugar sobre el cual se ofrece el sacrificio de la Misa. Representa a Nuestro Señor Jesucristo y recuerda la mesa en la que el Señor celebró la última Cena.
Es lo más santo y sagrado de la iglesia, y merece todo respeto y veneración.




   Se llama Altar Mayor el altar principal, que está al fin de la nave central; se llaman laterales o secundarios los demás.

   Estudia en el grabado las partes y accesorios principales del Altar. 


   Siempre que pases delante del Altar mayor  aun fuera de cualquier función, le harás la debida reverencia: esto es, harás genuflexión doble, si está el Señor expuesto; harás genuflexión sencilla, si está el Santísimo reservado; inclinación profunda de cabeza, si no lo está. Conviene que hagas una reverencia de cabeza al pasar por delante de los demás altares.
   Harás genuflexión sencilla siempre que pases por delante del Altar en que está el Santísimo reservado, aunque sea en un Altar lateral; harás genuflexión doble, si está expuesto, el Señor.-



EL PRESBITERIO.


   El Presbiterio es todo el recinto próximo al altar. 

   Es el lugar reservado al Clero para el ejercicio de las sagradas funciones.



   Al Acólito se permite entrar: y estar en el Presbiterio por la participación que tiene en las sagradas funciones.

   Estudia en el grabado las, partes principales del Presbiterio.


    Acuérdate siempre del lugar distinguido que ocupas en la iglesia, dentro del mismo santuario; y no te hagas indigno de él con tu conducta menos reverente y menos piadosa. Sé modelo ejemplar para los demás.

  
ÁNGELES DEL ALTAR
Gregorio Martínez de Antoñana, C.M.F.
Censor de la Academia Litúrgica de Roma (1957).


  


martes, 16 de octubre de 2018

VIRTUDES DONES Y GRACIAS ACTUALES.




   Hasta ahora hemos considerado los títulos que nos confiere la vida divina de la gracia. Pero, como reza el dicho, «nobleza obliga»: esta vida ha de contar, como la vida natural, con un verdadero organismo, que nos haga obrar en conformidad con el ser y los títulos recibidos. Dicho organismo, que es infundido juntamente con la gracia, está constituido:
ante todo, por los hábitos sobrenaturales, que son de dos clases: las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo;
y luego, por las gracias actuales, que dan toda su eficiencia a las virtudes y dones.


1º Las virtudes infusas.


Las virtudes infusas son hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma para disponerlas a obrar sobrenaturalmente según el dictamen de la razón ilustrada por la fe.


Como su nombre lo indica, son otorgadas por una acción directa de Dios, que la teología llama «infusión» (de ahí su nombre de virtudes infusas), juntamente con la gracia, con la que crecen simultáneamente, y con la que también desaparecen por el pecado mortal.
A diferencia de la gracia, que es infundida en la esencia del alma, las virtudes son infundidas en las potencias del alma, inteligencia y voluntad, para elevar, no ya el ser, sino el obrar, al nivel sobrenatural.
Sus actos son inspirados por las luces divinas de la fe, y ejecutados por la voluntad con el socorro de la divina gracia, de modo que su valor es rigurosamente divino, y merecen en justicia un crecimiento de gracia santificante en esta vida y su correspondiente crecimiento de gloria en el cielo.
La finalidad del ejercicio de las virtudes sobrenaturales es nuestra perfección sobrenatural, esto es, la santidad, que consiste en la posesión de Dios por la gracia en esta vida, y por la gloria en el cielo.


Hay dos grandes clases de virtudes infusas: las teologales y las morales.

1º Las VIRTUDES TEOLOGALES son las que tienen a Dios por objeto. Por ellas nos ordenamos directa e inmediatamente a Dios como a nuestro fin último sobrenatural. Son tres:


LA FE nos une a Dios dándonoslo a conocer como suma y primera Verdad, y nos hace verlo y apreciarlo todo tal como Dios lo ve y aprecia.
• LA ESPERANZA nos une a Dios haciéndonoslo desear como sumo Bien y fuente de nuestra felicidad, siempre dispuesto a derramar sus beneficios sobre nosotros y a ayudarnos con su socorro todopoderoso.
• LA CARIDAD nos une con Dios sumamente bueno y amable en Sí mismo, haciendo que nos complazcamos en El y en sus perfecciones divinas, y haciéndonos entrar en santa amistad y familiaridad con El.


2º Las VIRTUDES MORALES son las que tienen por objeto, no ya a Dios, sino los medios que a Él nos conducen, disponiendo las facultades del hombre para ordenar sus actos humanos hacia el fin último sobrenatural. Son muchas, pero se reducen a cuatro principales, llamadas cardinales:


• LA PRUDENCIA nos hace considerar el fin último en todas nuestras acciones, para elegir siempre los medios que mejor nos conduzcan a él. Corrige así la herida de ignorancia que el pecado original dejó en nuestra inteligencia.
• LA JUSTICIA nos hace dar al prójimo lo que le es debido, santificando nuestras relaciones con él para acercarnos más a Dios. Corrige la herida de malicia que el pecado original dejó en la voluntad.
• LA FORTALEZA arma nuestra alma para la lucha, haciéndonos soportar con paciencia los sufrimientos, y emprender con audacia los trabajos más rudos para procurar la gloria de Dios y nuestra salvación. Corrige la herida de debilidad, que el pecado original dejó en el apetito irascible.
• LA TEMPLANZA modera nuestra avidez por el placer, y lo somete a la ley de Dios, para que no nos aparte de nuestro último fin. Corrige la herida de concupiscencia, que el pecado original dejó en el apetito concupiscible.


2º Los dones del Espíritu Santo.


No basta con que el alma posea las virtudes infusas, ya que, aunque le confieren la aptitud de obrar sobrenaturalmente, lo hacen de modo humano, y, por lo tanto, no son capaces de llevarla hasta las cumbres de la Vida Interior. Es necesario que el Espíritu Santo intervenga en persona, tomando la dirección de la obra, y otorgando al alma la capacidad de obrar sobrenaturalmente según un modo divino. Es lo que hace mediante los dones.
   Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para disponerlas a recibir y secundar con facilidad las mociones del mismo Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.


Su finalidad es perfeccionar las virtudes infusas, haciendo a las facultades del hombre prontas y dóciles en corresponder a las inspiraciones del Espíritu Santo, y sobre todo dándoles una modalidad divina de acción.
Los dones son a la vez flexibilidades y energías, docilidades y fuerzas, que por un lado vuelven al alma más pasiva y dócil en secundar las mociones divinas, y por otro la hacen más activa para corresponder a dichas mociones y poner en práctica lo que ellas reclaman.
Son indispensables para alcanzar la perfección cristiana, que no sería consumada sin la intervención del mismo Dios. Por medio de ellos la luz de Dios sustituye a la de la razón, y su moción a la de la voluntad, sin suprimir la libertad; Dios desciende hasta las facultades para dirigir y sostener su acción, convirtiéndolas en instrumentos suyos. Pueden también ser necesarios para la eterna salvación, en circunstancias en que las virtudes infusas, por su modo humano de obrar, no sabrían reaccionar como conviene para evitar el pecado.


Los DONES DEL ESPÍRITU SANTO son siete: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios (Is. 11 1-2), porque vienen a perfeccionar las siete virtudes infusas.


El don de SABIDURÍA perfecciona la virtud de caridad, y hace que el alma saboree las cosas divinas, dándole una cierta con naturalidad con ellas.
El don de ENTENDIMIENTO perfecciona la virtud de fe, dándole una gran penetración de los grandes misterios sobrenaturales.
El don de CIENCIA perfecciona la misma virtud de fe, enseñándole a juzgar rectamente de las cosas creadas y a ver en todas ellas la huella de Dios.
El don de CONSEJO perfecciona la virtud de prudencia, haciéndole conocer en casos particulares y difíciles lo que hay que hacer o evitar.
El don de PIEDAD perfecciona la virtud de justicia, excitando en la voluntad un afecto filial hacia Dios considerado como Padre, y un sentimiento de fraternidad cristiana hacia todos los hombres.
El don de FORTALEZA perfecciona la virtud de fortaleza, haciéndola llegar al heroísmo más perfecto en su doble aspecto de acometida viril del cumplimiento del deber a pesar de las dificultades, y de resistencia ante toda clase de pruebas y peligros.
El don de TEMOR perfecciona la esperanza, extirpando de raíz el pecado de presunción y haciendo que nos apoyemos únicamente en el auxilio omnipotente de Dios, y la templanza, refrenando el apetito desordenado de los placeres por el temor de los castigos divinos.





Los actos de las virtudes perfeccionadas por los dones reciben el nombre:
de FRUTOS del Espíritu Santo, cuando alcanzan la suavidad y la madurez plena de la virtud;
y de BIENAVENTURANZAS, cuando además sobresalen por su grado eminente.


3º Las gracias actuales.


Digamos, finalmente, que nuestras facultades sobrenaturales, para ponerse en ejercicio, necesitan un socorro divino, que se llama gracia actual. Como su nombre lo indica, es una moción pasajera, una impulsión transitoria, que el Espíritu Santo nos ofrece para cada acción sobrenatural, y a la que comúnmente solemos dar el nombre de «inspiración de la gracia».


Así, desde la conversión hasta la perseverancia final, pasando por la permanencia en el bien y el crecimiento en santidad, el alma necesita verse continuamente respaldada por las gracias actuales. Pueden presentarse bajo forma de luz que ilumina el entendimiento, o de impulso que incita a la voluntad; ser interiores, y presentarse directamente al alma bajo forma de buen pensamiento, propósito o afecto; o exteriores, y obrar desde fuera, por medio de un consejo, una lectura, un buen ejemplo, un acontecimiento providencial.


Conclusión práctica para la Vida Interior.


La gracia actual es la que da eficacia, en definitiva, a la gracia santificante, a las virtudes y a los dones; pues sin esos socorros del Espíritu Santo, nunca pondríamos en acción el organismo sobrenatural que nos confiere la gracia. Es capital, por lo tanto, ser fieles a las inspiraciones de la gracia, a fin de hacer fructificar ese precioso tesoro. Para ello debemos:


1º Creer en las inspiraciones de la gracia, esto es, en la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.


Cada uno de nosotros está llamado a imitar de manera propia y personal la perfección de Jesús y de María. Ahora bien, ¿cómo saber a qué virtudes debemos aplicarnos más especialmente, qué actitudes de alma de Jesús y María debemos adoptar más particularmente? Sólo pueden indicárnoslo las inspiraciones de la gracia, que constituyen la dirección interior del Espíritu Santo.


2º Percibir y reconocer como tal esta dirección de la gracia; pues la voz de la gracia es una voz delicada y tenue, que no se escucha en medio del ruido del mundo.


Para percibirla hay que vivir en el recogimiento y en el silencio, y evitar todo contacto inútil con las criaturas.
Además, hay que discernir estas voces de la gracia; y así, reconoceremos que una inspiración es divina y mariana:
cuando es conforme a las enseñanzas del Evangelio y de la Iglesia, y a las directivas de nuestras Reglas y de nuestros Superiores;
cuando nos empuja a lo que es contrario a nuestras inclinaciones naturales y sensibles, esto es, al sacrificio;
cuando no pide lo que es imposible o excéntrico;
cuando deja la paz en el alma, incluso al exigir el sacrificio;
cuando el director espiritual reconoce en tal dirección una verdadera moción de la gracia.


3º Conceder un gran valor y estima a estas inspiraciones, haciendo con amor y fidelidad lo que esta gracia nos pide, o evitando lo que nos desaconseja.


Para ello, hemos de acordarnos de que estas gracias han costado muy caro a Jesús y a María: por cada una de ellas Jesús y María han rezado, trabajado, sufrido y llorado. Como decía el Padre Edouard Poppe, «en cada gracia brilla una gota de sangre de Jesús y una lágrima de María».


Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
Moreno, Pcia. de Buenos Aires.


jueves, 11 de octubre de 2018

EL MODELO Y PATRÓN DE LOS ACÓLITOS.




SANTO DOMINGO DEL VAL

   Santo Domingo del Val es el modelo y el patrón de los Acólitos.

   Nació en Zaragoza el año 1243, y desde los primeros años mostró su inclinación a la piedad y a la virtud. A los seis años entró a servir al Señor en la iglesia Catedral de la Seo, como infante de Coro.

   Entre todos los infantes se distinguía por su modestia, por su inocencia y por su piedad. A cuantos le veían arrodillado ante el altar, embelesaban aquél su modesto continente y el devoto recogimiento con que asistía a las santas funciones. Bien se conocía que su espíritu angelical hallaba sus complacencias en el servicio del Señor. Gozaba en cantar las divinas alabanzas, y su voz dulce reflejaba a la vez el candor de su inocencia y el amor divino que le abrasaba.

   Su piedad en los divinos oficios, su asiduidad en la iglesia y su caridad para los pobres desamparados atraían sobre Dominguito las miradas de todos. También atrajeron las de los judíos, que al reparar en él le cobraron odio y le escogieron como blanco en que ejecutar los criminales designios de odio contra los cristianos.



   Era un día del mes de agosto. Concluidos los divinos oficios, Dominguito regresaba de la iglesia a su casa, cuando de improviso se apoderaron de él unos judíos, le llevaron a su reunión y allí le martirizaron. Le arrimaron a una pared y renovaran en él la Pasión del Divino Redentor: le crucificaron, traspasándole con clavos los pies y manos; le abrieron el costado con una lanza, y cuando hubo expirado le enterraron a orillas del Ebro.

   Mas el cielo glorificó con prodigios al Santo Mártir. Su cuerpo fué descubierto milagrosamente y trasladado en triunfo hasta la santa iglesia Catedral.
   Desde entonces se le da incesante culto en su santa Capilla, y especialmente es venerado por los Infantes de Coro, que le tienen por Patrón. Su fiesta se celebra el 31 de agosto.


   Aprende tú de tu Patrón Santo Dominguito a ser bueno, a amar las cosas y funciones de la iglesia, a estar en ella con devoción y compostura.
Como tu Santo Patrón, sé muy devoto de la Santísima Virgen y no te olvides de visitar a Jesús Sacramentado. . .

Así el buen Jesús, a cuyo servicio te quieres consagrar, te bendecirá en esta vida y te dará una gran recompensa en el cielo.

  
ÁNGELES DEL ALTAR
Gregorio Martínez de Antoñana, C.M.F.
Censor de la Academia Litúrgica de Roma (1957).


martes, 9 de octubre de 2018

DE LOS MEDIOS PARA CONSERVAR LA VOCACION EN EL MUNDO —Por San Alfonso María de Ligorio.




El que desea obedecer fielmente a la voz de Dios debe determinarse, no sólo a seguirla, sino a seguirla sin demora y cuanto antes, si no quiere exponerse a grave riesgo de perder la vocación. Y si por circunstancias especiales se viere forzado a esperar, se esmerará por conservarla como la joya más preciosa que le hubieran confiado.

   Tres son los medios más principales para custodiar la vocación: secreto, oración y recogimiento.



DE LA ORACIÓN.


   En segundo lugar hay que tener muy presente que la vocación religiosa sólo se conserva con la oración; el que abandona la oración, ciertamente la perderá. Hay que  rezar y rezar mucho. El alma que se sienta llamada por Dios, haga por la mañana al levantarse una hora, o por lo menos media hora de meditación en su propia casa; y si en su casa no la puede hacer con sosiego, que la haga en la Iglesia. Por la noche debe hacer otra media hora de oración mental.

   Para alcanzar la gracia de la perseverancia en la vocación, no deje ningún día la visita al Santísimo Sacramento y a María Santísima, y de comulgar tres veces, o al menos dos, cada semana.



    El asunto ordinario de la meditación sean las verdades que se relacionan con la vocación, considerando cuán grande es el favor divino que el Señor le ha dispensado, cuan bien asegura su salvación eterna si corresponde a él, y, por el contrario, si es infiel, cuanto se expone a condenarse eternamente. Traerá con frecuencia a la memoria el recuerdo y momento de la muerte, y considerara el gozo y contento que entonces experimentará si ha obedecido a la voz de Dios, y los remordimientos y torturas de conciencia que entonces sentirá si acaba su vida en el siglo.

   A este fin ponemos más adelante algunas consideraciones que pueden servir para la oración mental de que aquí vamos hablando.

   También es necesario que todas las plegarias que se dirijan a Jesús y María, especialmente en la visita y despues de la Comunión, vayan dirigidas  para alcanzar la perseverancia; y en todas las oraciones y comuniones renueve siempre la total entrega que de si hizo a Dios, diciendo:

   “Aquí me tenéis Señor, ya no soy mío, sino totalmente vuestro. Yo me he dado a Vos enteramente, ahora vuelvo a renovar mi donación y entrega. Aceptadla, Señor, y dadme la fuerza necesaria para seros fiel y entrar cuanto antes en vuestra santa casa”.  


LA VOCACIÓN RELIGIOSA”
“Editorial ICTION” Bs. As. Argentina. Año 1981.

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CATECISMO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN.




— ¿De qué vais ahora a tratar y con qué fin?

Voy a tratar del Sacramento del Orden sacerdotal, diciendo de él cosas utilísimas y muy dignas de saberse por los simples fieles. Y aunque no les toque a ellos tan directamente este sacramento, como a los que por vocación le reciben, pero pues todos los ministerios a que el Orden habilita son en provecho de los fieles, y ellos gozan abundantemente de tan grandes beneficios, muy justo es que conozcan la fuente de donde proceden, que es este divino sacramento. Además, en los jóvenes puede despertar este conocimiento una santa vocación, y en los padres de familia servirles para desearla en sus hijos, y pedirlo a Dios, y saber dirigirla.


—Decid, pues, ¿qué es el sacramento del Orden?

Es uno de los siete sacramentos, instituidos por Dios en el que se da al hombre la gracia con cierta potestad para las cosas espirituales. El santo Concilio de Trento definió como de fe que es uno de los sacramentos, que en él se da el Espíritu Santo, que imprime Carácter, y que requiere la santa Unción. Todo esto es contra los herejes que niegan estas cosas, y han abolido en sus sectas este sacramento.


— ¿Qué es el carácter?

Una especie de sello en el alma que imprimen tres sacramentos: Bautismo, la Confirmación y el Orden, el cual es indeleble, durando aún en la otra vida, y haciendo que esos sacramentos no se puedan reiterar. Es indicio de potestad, y en el Orden la confiere sobre el Cuerpo real y místico de Cristo.

Bautismo.


Confirmación.


El Orden. 


— ¿Más por qué se llama Orden el sacramento de que tratamos?

Lo primero, por el grande orden y concierto que hay en la república y jerarquía eclesiástica fundada por este sacramento; lo segundo porque tiene sus diversos-grados u órdenes que deben recibirse gradual y ordenadamente; lo tercero porque causa el orden en el pueblo cristiano, dándole cabezas que le gobiernen y dirijan en lo espiritual, sin lo cual no podrá haber orden ninguno.


— ¿A qué llamáis jerarquía eclesiástica?

Jerarquía quiere decir sacro principado, y el Concilio de Trento ha definido de fe, que en la Iglesia católica hay una jerarquía instituida por ordenación divina, y que consta de Obispos, presbíteros y ministros; y que los Obispos son superiores a los presbíteros. Y esto contra los herejes, que han igualado a unos con otros, o los han suprimido del todo.


—Declarad más que cosa sea la jerarquía eclesiástica.

—Declarémoslo. Así como en el cielo estableció el Señor la jerarquía angélica ordenando tres grupos de ángeles, cada uno de los cuales comprende tres coros y subiendo de grado en grado de los Ángeles, los Arcángeles; de estos a los Principados, luego a las Virtudes, Potestades y Dominaciones; y de allí a los Tronos, Querubines y Serafines, así ha querido en la Iglesia, que es su reino en la tierra, establecer también nueve grados de ministros, que incluyendo la tonsura, preparación para las Ordenes, se llaman: Tonsurados, Ostiarios, Lectores, Exorcistas, Acólitos, Subdiáconos, Diáconos, Presbíteros y Obispos, llamados los siete primeros, Ministros, por el Concilio. Son pues nueve grados de ministros que constituyen la jerarquía eclesiástica, como los nueve coros de los ángeles constituyen la celeste jerarquía.


—Y en eso sólo semejan a los Ángeles.

—No solamente; sino que como en ellos, la jerarquía superior tiene el oficio más alto, de perfeccionar, la jerarquía media el de iluminar y la íntima el de purgar, así los Obispos deben ser perfectos, y perfeccionar a los otros, los sacerdotes iluminar con la doctrina, y los ministros purgar de varios modos.


—Más si se cuentan nueve ordenes, ¿no serán otros tantos sacramentos?

No son nueve, sino siete, porque la tonsura, no es orden, sino sólo ceremonia preparatoria para las órdenes, y el episcopado no es totalmente distinto del presbiterado; pero aunque sean siete, no son sino como partes integrantes de un todo único, y por eso no son muchos sacramentos sino uno sólo.


—Confieso no entenderlo aun enteramente.


Pues nos valdremos de ejemplos para declararlo: así como una escala que lleva a lo alto, compuesta de muchos grados o escalones, es no obstante, una, porque destinada a dar acceso a dicha altura, toda ella sirve como medio ordenado a ese fin; así los diversos órdenes, todos se dirigen como una escala al más alto que es el Presbiterado, y forman con él un solo sacramento.


— ¿Y por qué son siete órdenes, y no más?

Por la institución del Señor que así lo quiso; pero dicen los Doctores que estos siete grados del Orden, son como las siete columnas de la casa de la Iglesia que edificó la divina Sabiduría, y como los siete ojos del Cordero y de la piedra viva que es Cristo; como las sietes estrellas que están en su mano derecha y como los siete espíritus que andan por toda la tierra, dando noticia de su majestad y su gloria.


— ¿Y que indican esas comparaciones?

Que con los siete Ordenes se provee a la Iglesia de ministros que son como columnas que la sustentan; como ojos que la vigilan, como astros que la alumbran y como espíritus que la dan a conocer por todo el mundo.


— ¿Y cuáles son estas Órdenes y como se llaman?

—Hay cuatros menores: los del Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado y tres mayores que son el Subdiaconado, Diaconado y Presbiterado. El Obispo es la perfección del Presbítero, y la tonsura una ceremonia preparatoria de las Órdenes como ya dijimos.


— ¿Por qué se llaman mayores y menores?

Porque unos tienen funciones más dignas, y los otros menos, y al mismo tiempo los unos imponen mayores cargos y obligaciones que los otros, como se verá claramente tratando de ellos en particular, sin omitir lo concerniente a su preparación, o sea la tonsura.

“CATECISMO DEL ORDEN SACERDOTAL”
Y
DEL RESPETO DEBIDO A LOS SACERDOTES.
Por el Presbítero  D. Gabino Chávez (1895).