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miércoles, 13 de abril de 2022

DE LA INSTITUCIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO. Por Fray Luis de Granada.


 

   Entre todas las muestras de caridad que nuestro Salvador nos descubrió en este mundo, con mucha razón se cuenta por muy señalada la institución del Santísimo Sacramento. Por lo cual dice San Juan que, habiendo el Señor amado a los suyos que tenía en el mundo, esto es, a sus escogidos, en el fin de la vida señaladamente los amó, porque en este tiempo les hizo mayores beneficios y les descubrió mayores muestras de su amor.

   Pues para entendimiento de estas palabras, que son fundamento así de este misterio como de todos los demás que se siguen, conviene presuponer que ninguna lengua criada es bastante para declarar la grandeza del amor que Cristo tenía a su Eterno Padre, y consecuentemente a los hombres que Él le encomendó.

   Porque como las mercedes y beneficios que este Señor, en cuanto hombre, había recibido de este soberano Padre fuesen infinitas, y la gracia otrosí de su alma, de donde procede la caridad, fuere también infinita, de aquí es que el amor que a todo esto respondía era tan grande, que no hay entendimiento humano ni angélico que lo pueda comprender.

   Pues como sea propio del amor desear padecer trabajos por el amado, de aquí nace que también se puede comprender la grandeza del deseo que Cristo tenía de beber el cáliz de la muerte, y padecer trabajos por la gloria de Dios y por la salud de los hombres, que Él tanto deseaba por su amor.

   Pues este divino amor, que hasta este día estuvo como detenido y represado para que no hiciese todo lo que Él deseaba y podía hacer, este día le abrieron las puertas y le dieron licencia para que ordenase e hiciese todo cuanto quisiese por la gloria de Dios y por la salud de los hombres.

   Habida, pues, esta licencia, la primera cosa que hizo fue abrir la puerta a todos los dolores y tormentos de su Pasión, para que todos juntos envistiesen primero en su alma santísima con la aprehensión y representación de ellos y después en todo su sacratísimo cuerpo. Los cuales fueron tales, que la imaginación y representación de ellos bastó para hacerle sudar gotas de viva sangre.

   Este mismo le entregó luego en manos de pecadores y le ató a una columna, y le coronó con espinas, y le hizo llevar una Cruz a cuestas, y en ella misma le crucificó.

   Éste le hizo entregar sus manos para que las atasen, y sus mejillas para que las abofeteasen, y sus barbas para que las pelasen, y sus espaldas para que las azotasen, y sus pies y manos para que los enclavasen, y su costado precioso para que lo alanceasen, y, finalmente, todos sus miembros y sentidos para que por nuestra causa los atormentasen.

   Y de aquí se ha de tomar la medida de los trabajos de Cristo, no de la furia de sus enemigos, porque ésta no igualaba con su amor, ni de la muchedumbre de nuestros pecados, pues para éstos bastaba una sola gota de su sangre, sino de la grandeza de este amor.



   Mas ante todas estas cosas este mismo amor le hizo ordenar un Sacramento admirable, el cual por doquiera que le miréis está echando de sí llamas y rayos de amor.

   Por donde el que desea saber qué tan grande sea este amor, ponga los ojos en este divino Sacramento y considere los efectos y propósitos para que fue instituido, porque éstos le darán nuevas ciertas de la grandeza de la caridad que ardía en el pecho de donde este Sacramento procedió. Porque todos los indicios y señales que hay de verdadero y perfecto amor, en este divino Sacramento se hallan.

   Porque, primeramente, la principal señal y obra del verdadero amor es desear unirse y hacerse una cosa con lo que ama. De donde viene a ser que el que ama, todos los sentidos tiene en la cosa que ama: el entendimiento, la memoria, la voluntad, la imaginación, con todo lo demás. De suerte que el amor es una alienación y destierro de sí mismo, que nace de estar el hombre todo trasladado y transportado en el amado.

   Pues este tan principal efecto de amor nos mostró Cristo en este Sacramento; porque uno de los fines para que lo instituyó fue para incorporarnos y hacernos una cosa consigo, y por esto lo instituyó en especie de manjar, porque, así como del manjar y del que lo come se hace una misma cosa, así también de Cristo y del que dignamente lo recibe, como Él mismo lo significó diciendo: «El que come mi carne, y bebe mi sangre, él está en Mí, y Yo en él.»

   Lo cual se hace por la participación de un mismo espíritu que mora en ambos, que es como estar en ambos un mismo corazón y un alma; de donde se sigue una misma manera de vida y después una misma gloria, aunque en grados diferentes.

   Pues ¿qué cosa más para apreciar y estimar que ésta?

   La segunda señal y obra de verdadero amor es hacer bien a la persona amada y darle parte de cuanto tiene, después que le ha dado su corazón y a sí mismo.   Porque el verdadero amor nunca está ocioso: siempre obra y siempre trabaja por hacer bien a quien ama.

   Pues ¿qué mayores bienes, qué mayores dádivas que las que nos da Cristo en este Sacramento?

   Porque en él se nos da la misma carne y sangre de Cristo, y el fruto que con el sacrifico de esa misma sangre se ganó.
   De manera que aquí se nos da el panal juntamente con la miel, que es Cristo con sus merecimientos y trabajos, de que aquí nos hace participantes por virtud de este Sacramento, según la disposición y aparejo del que lo recibe.

   De donde, así como en tocando nuestra alma en la carne que desciende de Adán, cuando Dios la infunde y la cría, luego es hecha participante de todos los males y miserias de Adán; así, por el contrario, en tocando por medio de este Santísimo Sacramento dignamente en la carne de Cristo, se hace participante de todos los bienes y tesoros de Cristo.

   Por lo cual se llama este Sacramento Comunión, porque por él nos comunica Dios no solamente su preciosa carne y sangre, mas también su parte de todos los trabajos y méritos que con el sacrificio de esa carne y sangre se alcanzaron.

   La tercera señal y obra de amor es desear vivir en la memoria del amado y querer que siempre se acuerde de él; y para eso se dan los que se aman, cuando se apartan, algunos memoriales y prendas que despiertan esta memoria.

   Pues por esto ordenó también el Señor este Sacramento, para que en su ausencia fuese memorial de su sacratísima Pasión y de su Persona. Y así, acabándolo de instituir, dijo: «Cada vez que celebrares este misterio, celebradlo en memoria de Mí»; esto es, para acordaros de lo mucho que os amé, de lo mucho que os quise y de lo mucho que por vuestra causa padecí.






   Pues quien esta memoria con tales prendas

   Mas no se contenta el verdadero amor con sola la memoria, sino, sobre todo, pide retomo de amor; porque toda otra paga tiene por pequeña en comparación de ésa, y a veces llega este deseo a tanto, que viene a buscar maneras de bocados y artificios para causar este amor cuando entiende que no lo hay.

   Pues hasta aquí llegó el soberano amor de Dios; que deseando ser amado de nosotros, ordenó este misterioso bocado con tales palabras consagrado, que quien dignamente lo recibe luego es herido y tocado de este amor. Pues ¿qué cosa más admirable que ésta?

   La cuarta señal y obra de amor, cuando es tierno, es desear dar placer y contentamiento al que ama, y buscarle cosas acomodadas para esto, como hacen los padres a los hijos chiquitos, que les procuran y traen algunas cositas que sirvan para su gusto y recreación.

   Pues esto mismo hizo aquí este soberano amador de los hombres ordenando este Sacramento, cuyo efecto propio es dar una espiritual refección y consolación a las almas puras y limpias, las cuales reciben con él tan grande gusto y suavidad, que, como dice Santo Tomás, no hay lengua que lo pueda explicar.

   Y mira, ruégote, en qué tiempo se puso el Señor a aparejarnos este bocado de tanta suavidad, que fue la noche de su Pasión, cuando a Él se le estaban aparejando los mayores trabajos y dolores del mundo.

   De manera que cuando a Él se aparejaban los dolores, nos aparejaba Él estos sabores; cuando a Él se aparejaba la hiel, nos aparejaba Él esta miel; cuando para Él se ordenaban estos tormentos, nos ordenaba Él estos regalos, sin que la presencia de la muerte y de tantos trabajos como le estaban aguardando, fuesen parte para ocupar su corazón de tal manera que lo retrajese de hacernos este grande beneficio.

   Verdaderamente con mucha razón se dice que es fuerte el amor como la muerte, pues las muchas aguas, y los grandes ríos de pasiones y dolores, no bastaron no sólo para apagar, mas ni aun para oscurecer la llama de este divino amor.

   La última señal y obra de amor es desear la presencia del amado por no poder sufrir el tormento de su ausencia. Esto verá claro quien leyere los extremos que hacía la madre de Tobías por la ausencia de su hijo, y lo que hizo el Patriarca Jacob por la vista de José, pues a cabo de ciento y treinta años de edad partió con toda su casa y familia para Egipto, por ver, antes que muriese, con sus ojos, lo que tanto amaba su corazón.
   Porque la condición del verdadero amor es querer tener presente lo que ama y gozar siempre de su compañía. Pues por esta causa este divino amador instituyó este admirable Sacramento, en que realmente está Él mismo en sustancia, para que, estando este Sacramento en el mundo, se quedase Él también con nosotros en el mundo, aunque se partiese para el Cielo. Lo cual es manifiesto argumento de su amor y de lo que Él deseaba nuestra compañía, porque la grandeza de este amor no sufría esta ausencia tan larga.

   Y hacer Él esto con nosotros fue la mayor honra, el mayor provecho, el mayor consuelo y mayor remedio que nos pudiera quedar en este mundo, para que en Él tuviésemos en quien poner los ojos, a quien llamar en nuestras necesidades, a quien hablar cara a cara cuando nos fuese menester, cuya presencia despertase nuestra devoción, acrecentase más nuestra reverencia, esforzase más nuestra confianza y encendiese más nuestro amor.

   Engrandecía Moisés al pueblo de Israel diciendo que no había en el mundo nación tan grande, que tuviese dioses tan cerca de sí cuanto lo estaba nuestro Dios a todas nuestras oraciones. Si esto decía él aun antes de la institución de este divino Sacramento, ¿qué dijera ahora cuando en Él y por Él tenemos a Dios presente, que nos ve y le vemos, y con quien rostro a rostro platicamos?

   Verdaderamente mucho hizo el Señor en ordenar este Sacramento para que le recibiésemos dentro de nosotros; pero mucho hizo también en querer que le tuviésemos perpetuamente en nuestra compañía en los lugares sagrados.   Dichosos los cristianos que todos los días pueden visitar estos lugares y asistir a la presencia de este Señor, y hablar cara a cara con Él. Pero mucho más los Sacerdotes y Religiosos que moran en los templos, y día y noche pueden gozar de esta misma presencia y tratar familiarmente con Dios.



   ¿Ves, pues, cómo toda las señales y obras de perfecto amor concurren en este divino Sacramento, y todas en sumo grado de perfección? Por donde no queda lugar para dudar de la grandeza de este amor, pues con tantos y tan evidentes argumentos se nos declara. En lo cual conocerás que no es Dios menos grande en amar que en todas las otras obras suyas.

   Porque, así como es grande en galardonar, y en consolar, y en castigar, así también lo es en el amar. Pues ¿qué mayor tesoro, qué mayor consolación puede ser que ésta?

   Porque cierto es que, hablando en todo rigor, el mayor bien que nuestro Señor puede hacer a una criatura es amarla. Porque el amor dice los teólogos que es el primer don y la primera dádiva que se da, de la cual nacen todas las otras dádivas como arroyos de su fuente o como efectos de su causa.

   Pues siendo esto así, ¿qué mayor riqueza ni consolación pueden tener los siervos de Dios, que saber que de esta manera son amados de Dios? Porque dado caso que de esto no se puede tener evidencia si Dios no lo revelase, pero todavía se pueden tener grandes conjeturas, cuales las tienen los que perseveran mucho tiempo sin pecado mortal, y esto basta para recibir, con esta manera de noticia, grandísima consolación, y no sólo consolación, sino también grandísimos estímulos y motivos, así para amar a Dios como para esperar en Él.

   Porque si con ninguna cosa se enciende más un fuego que con otro fuego, ¿con qué se podrá más encender en nuestros corazones su amor que con tal fuego de amor?

   Y si ninguna cosa esfuerza más la confianza que saber que nos ama el que puede remediarnos, ¿cómo no tendremos confianza en quien nos tiene tan grande amor? ¿Qué negará el que a sí mismo se dio y el que tanto nos amó, pues la primera de las dádivas es el amor?

   Mas hay aun aquí otra cosa que declara mucho la grandeza de este amor. Porque ya que esta dádiva era tan grande, si la diera Él a quien la mereciera, o a quien la agradeciera, o a quien supiera aprovecharse dignamente de ella, no fuera tanto más darla a muchos que tan mal la conocen y tan poco la agradecen y tan mal se saben de ella aprovechar, esto es, de caridad y misericordia singular.

   Quisiste, Señor, declarar la grandeza de tu caridad al mundo y supístelo muy bien hacer, porque para esto buscaste una tan ingrata y tan indigna criatura como yo, para que tanto más resplandeciese la grandeza de tu gracia, cuanto más indigna era esta persona.

   Los pintores, cuando pintan una imagen blanca, suelen ponerla en un campo negro, para que salga mejor lo blanco par de lo prieto. Pues así Tú, Señor, usaste de esta tan maravillosa gracia con una tan indigna criatura como es el hombre, para que la indignidad de esta criatura descubriese más la grandeza de tu gracia.

   Pues, ¡oh Rey de gloria!, ¿qué tiene este hombre porque tanto le amas y tanto quieres ser amado de él? ¡Oh cosa de grande admiración! Si todo tu ser y gloria dependiera del hombre, así como toda la del hombre pende de Ti, ¿qué más hicieras de lo que hiciste para ser amado de él?

   Cosa es por cierto maravillosa que, estando toda mi salud, toda mi gloria y bienaventuranza en Ti, huya yo de Ti; y teniendo Tú tan poca necesidad de mí, hagas tanto por amor de mí.

   Ni es menos argumento de esta caridad la especie en que este Señor quiso quedar acá con nosotros, porque si en su propia forma quedara, quedara para ser venerado; mas quedando en forma de pan, queda para ser comido y venerado: para que con lo uno se ejercitase la fe y con lo otro la caridad.

   Y llamase pan de vida, porque es la misma vida en figura de pan; por eso esto otro pan poco a poco va dando vida a quien lo come, después de muchas digestiones; mas el que dignamente come este pan, en un momento recibe vida, porque come la misma vida.

   De manera que, si tienes horror de este manjar porque es vivo, allégate a él porque es pan; y si lo tienes en poco porque es pan estímalo mucho porque es vivo.


martes, 12 de abril de 2022

Del lavatorio de los pies. Por Fray Luis de Granada.


 

    El dejo con que el Salvador del mundo acabó la vida y se despidió de sus discípulos, antes que entrase en la conquista de su Pasión, fue lavarles Él mismo los pies con sus propias manos y ordenarles el Santísimo Sacramento del Altar y predicarles un sermón lleno de toda la suavidad, doctrina y consolación que podía ser.

   Porque tal gracia y tal despedida como esta pertenecía a la suavidad y caridad grandes de este Señor.

   Pues el primero de estos misterios escribe el Evangelista San Juan diciendo: «Que antes del día de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora en que había de pasar de este mundo al Padre, habiendo Él amado a los suyos que tenía en el mundo, en el fin señaladamente los amó.

   Y hecha la cena, como el demonio hubiese ya puesto en el corazón de Judas que le vendiese, sabiendo Él que todas las cosas había puesto el Padre en sus manos y que había venido de Dios, y volvía a Dios, se levantó de la cena y quitó sus vestiduras, y tomando un lienzo, se ciñó con él, y echó agua en un baño, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y limpiarlos con el lienzo con que estaba ceñido.» Hasta aquí son palabras del Evangelista San Juan. 






   Pues como haya muchas cosas señaladas que considerar en este hecho tan notable, la primera que luego se nos ofrece es este ejemplo de humildad inestimable del Hijo de Dios, cuyas grandezas comenzó el Evangelista a contar al principio de este Evangelio, para que más claro se viese la grandeza de esta humildad, comparada con tan grande majestad.

   Como si dijera: Este Señor, que sabía todas las cosas; Este, que era Hijo de Dios y que de Él había venido y a Él se volvía; Éste, en cuyas manos el padre había puesto todas las cosas, el cielo, la tierra, el infierno, la vida, la muerte, los Ángeles, los hombres y los demonios, y, finalmente, todas las cosas; Éste, tan grande en la majestad, fue tan grande en la humildad que ni la grandeza de su poder le hizo despreciar este oficio, ni la presencia de la muerte olvidarse de este regalo, ni la alteza de su majestad dejar de abatirse a este tan humilde servicio, que es uno de los más bajos que suelen hacer los siervos. Y así como tal se desnudó y ciñó, y echó agua en una bacía, y Él con sus propias manos, con aquellas manos que criaron los cielos, con aquellas en que el Padre había puesto todas las cosas, comenzó a lavar los pies de unos pobres pescadores y (lo que más es) los pies del peor de todos los hombres: que eran los de aquel traidor que le tenía vendido.

   ¡Oh inmensa bondad! ¡Oh suprema caridad! ¡Oh humildad inefable del Hijo de Dios!

   ¿Quién no quedará atónito cuando vea al Criador del mundo, la gloria de los Ángeles, el Rey de los Cielos y el Señor de todo lo criado postrado a los pies de los pescadores, y más de Judas?

   No se contentó con bajar del Cielo y hacerse hombre, sino descendió más bajo, como dice el Apóstol, a deshacerse y humillarse de tal manera que, estando en forma de Dios, tomase no sólo forma de hombre, sino también de siervo, haciendo el oficio propio de los siervos.

   Se maravillaba el Fariseo que convidó a Cristo, de ver que se dejase tocar los pies de una mujer pecadora, pareciéndole ser esto cosa indigna de la dignidad de un Profeta.
   Pues si por tan indigna cosa tienes, oh Fariseo, que un Profeta deje tocar sus pies de una mujer pecadora, ¿qué hicieras si creyeras que este Señor era Dios y que con todo eso dejaba tocar sus pies de esa pecadora?

   Y si esto te pusiera grande admiración, dime, te ruego, ¿qué hicieras si, creyendo que este Señor era Dios, como lo era, vieras que no sólo dejaba tocar sus pies de pecadoras, sino que Él mismo, postrado en tierra, lavaba los pies de los pescadores?

   ¿Cuánto mayor es cosa Dios que un Profeta? ¿cuánto mayor lavar Él los pies ajenos que dejarse tocar los suyos propios?

   Pues ¿cuánto más atónito y pasmado quedaras si esto vieras y lo creyeras? Creo cierto que los mismos Ángeles quedaron espantados y maravillados de esta tan extraña humildad.

   «Quitóse, dice el Evangelista, las vestiduras», etc. ¡Oh ingratitud y miseria del linaje humano! Dios quita todos los impedimentos para servir al hombre; pues ¿por qué no los quitará el hombre para servir a Dios? Si el Cielo así se inclina a la tierra, ¿por qué no se inclinará la tierra al Cielo? Si el abismo de la misericordia así se inclina al de la miseria, ¿por qué no se inclinará el de la miseria al de la misma misericordia?

   Él mismo fue el que se ciñó y el que echó agua en el baño, y el que lavó los pies de los discípulos; para que por aquí entiendan los amadores de la virtud y los que tienen cargo de almas que no han de cometer a otros los oficios de piedad, sino ellos por sí mismos han de poner las manos en todo.   Porque si el hombre desea el galardón en sí, y no en otro, por sí mismo ha de hacer las obras de virtud y no por otro.

   Mira también cuán a propósito vino este acto cuando el Señor lo hizo. Porque comenzaron entonces los discípulos a disputar cuál de ellos era el mayor, la cual disputa habían ya otra vez tenido entre sí; y no se curó con la amonestación que el Señor entonces les hizo de palabra, y por esto acudió ahora a curarla con otra medicina más eficaz, que es con la obra, haciendo entre ellos y para ellos esta obra de tanta humildad, además de las que tenía hechas y de las que le quedaban por hacer.

   Porque sabía muy bien este Señor la necesidad que los hombres tienen de esta virtud y la repugnancia grande que por su parte hay para ella; y por esto acudió a curarla con esta tan fuerte medicina.

   Mas no sólo nos dejó aquí ejemplo de humildad, sino también de caridad; porque lavar los pies no sólo es servicio, sino también regalo, el cual hizo el Salvador a los pies de sus amigos víspera del día que habían de ser enclavados y lavados con sangre los suyos; para que veas cuán dura es la caridad para sí y cuán blanda para los otros.

   Pues este ejemplo de caridad y humildad deja el Señor en su testamento por manda a todos los suyos, encomendándoles en aquella hora postrimera que se tratasen ellos entre sí como Él los había tratado, y se hiciesen aquellos regalos y beneficios que Él entonces les había hecho.







   Pues ¿qué otra ley, qué otro mandamiento se pudiera esperar de aquel pecho tan lleno de caridad y misericordia, más propio que éste? ¿Qué otro mandamiento dejara un padre a la hora de su muerte a hijos que mucho amase, sino que se amasen ellos entre sí e hiciesen para consigo lo que Él hacía con ellos?

   Éste fue el mandamiento que el Santo José dio a sus hermanos cuando los envió a su padre, diciendo «No tengáis pasiones en el camino; caminad en paz y no os hagáis mal unos a otros».

   Mandamiento fue éste de verdadero hermano que de verdad amaba a sus hermanos y deseaba su bien.

   Pues para mostrar el Señor este mismo amor para con los hombres, pone aquí este mandamiento, que por excelencia se llama el mandamiento, en el cual nos mandó la cosa que más convenía para nuestra paz, para nuestro bien y para nuestro regalo; tanto, que si este mandamiento se guardase en el mundo, sin duda vivirían en él los hombres como en un paraíso.

   Donde advertirás también cuáles sean los mandamientos que nos manda   Dios nuestro Señor. Porque tales son y tan provechosos para los hombres que, si bien se considera, más debemos nos a Él por las cosas que nos manda que Él ha nos por la guarda de lo que manda, pues aun quitando, aparte del galardón del Cielo, ninguna cosa se nos podía mandar en este mundo que fuese más para nuestro provecho.



domingo, 10 de abril de 2022

De la grandeza de los dolores de Cristo— Por Fray Luis de Granada.


 

    Pregunta Santo Tomás en la tercera parte (Sum. Th. 3P., q. 46, a. 6.), si los dolores que padeció Cristo en su sacratísima Pasión fueron los mayores que se han padecido en el mundo.

   A lo cual responde él diciendo que, quitados aparte los dolores de la otra vida, que son los del infierno y del purgatorio, éstos fueron los mayores que en el mundo se padecieron ni padecerán jamás.

   Esta conclusión prueba él por muchas razones.

   La primera, por la grandeza de la caridad de Cristo, que era la mayor que podía ser, la cual le hacía desear la gloria de Dios y el remedio del hombre con sumo deseo. Y porque mientras mayores dolores padecía por los pecados, más enteramente satisfacía a la honra de Dios ofendido y más copiosamente redimía al hombre culpado; por esto quiso Él que sus dolores fuesen gravísimos, porque así fuese perfectísima esta redención.

   La segunda causa era la pureza de sus dolores, los cuales ninguna mixtura tenían de alivio ni consolación. Porque jamás en esta vida padeció nadie dolores tan puros que no se aguasen con alguna manera de consolación, con la cual se hiciesen a veces tolerables, y a veces también alegres como acaeció a los Mártires.

   Mas en Cristo no fue así, porque por la razón susodicha cerró El todas las puertas por donde le pudiese entrar algún rayo de luz o de consolación; y así, cruzados los brazos, se entregó al ímpetu de los tormentos, para que sin contradicción ni mitigación alguna le atormentasen todo cuanto le pudiesen atormentar.

   La tercera causa fue la delicadeza de su cuerpo, el cual no fue formado por virtud de hombres, sino del Espíritu Santo, por lo cual fue el más perfecto y más bien complexionado de todos los cuerpos, y así era el más delicado y más sensible de ellos, por lo cual sentía mucho más que otro alguno sus dolores.

   La cuarta, Juntamente con esto le afligía grandemente la memoria y compasión de su bendita Madre, cuyo corazón sabía Él que había de ser atravesado con el más agudo cuchillo de dolor que nunca Mártir alguno padeció. Porque así como ningún Mártir amó tanto su propia vida cuanto ella la de su Hijo, así nunca Mártir sintió tanto su propia muerte cuanto ella la del Hijo.

   También naturalmente le afligía la representación y memoria de su propia muerte; porque, así como es natural el amor de la vida, así lo es el horror de la muerte, y tanto más cuanto más merece ser amada la vida. Por donde dice Aristóteles que el sabio ama mucho la vida, porque, como sabio, entiende que tal vida merece ser muy amada. Pues, según esto, ¿cuánto amaría el Salvador aquella vida, de la cual sabía que una hora valía más que todas las vidas criadas?






   Pues estas cuatro (sic) causas de dolor afligían aquella alma santísima sobre todo lo que se puede encarecer. En lo cual parecen haber sido mucho mayores los dolores de su alma que los de su cuerpo, y mucho mayor la pasión invisible que padecía de dentro que la visible que padecía de fuera.

   Además de esto el mismo linaje de muerte, que fue de Cruz, es penosísimo, como adelante se verá, con lo cual se junta que en esta muerte concurrieron tantas maneras de injurias y tormentos, que ninguna cosa hubo en toda aquella sagrada humanidad, sacada la porción superior de su alma, en la cual no padeciese su propio tormento.

   Porque El primeramente padeció en su alma santísima los dolores que habernos dicho, y padeció en su cuerpo los que nos quedan por decir.

   Padeció también en la fama con los falsos testimonios y títulos ignominiosos con que fue condenado.

   Padeció en la honra con tantas invenciones y maneras de escarnios, injurias y vituperios como le fueron hechos.

   Padeció en la hacienda, que eran solas aquellas pobres vestiduras que tenía, de las cuales también fue despojado y puesto en la Cruz desnudo.

   Padeció en sus amigos, pues todos huyeron y le desampararon y le dejaron solo en poder de sus enemigos.

   Padeció también en todos los miembros y sentidos de su sacratísimo cuerpo, en cada uno su propio tormento. La cabeza fue coronada de espinas; los ojos, escurecidos con lágrimas; los oídos, atormentados con injurias; las mejillas, heridas con bofetadas; el rostro, afeado con salivas; la lengua, joropada con hiel y vinagre; la sagrada barba, repelada; sus manos, traspasadas con clavos; el costado, abierto con una lanza; las espaldas, molidas con azotes; los pies, atravesados con duros clavos, y todo el cuerpo, finalmente descoyuntado, ensangrentado y estirado en la Cruz.






   Porque así como todos los miembros de su cuerpo místico estaban especialmente heridos y llagados, así todos los del verdadero y natural estuviesen heridos y atormentados. Y asimismo, pues nuestra malicia había sido tal que con todas nuestras cosas y con todos nuestros miembros y sentidos habíamos ofendido a Dios, la satisfacción de Cristo fuese tal que en todas sus cosas padeciese tormento, pues nosotros con todas las nuestras habíamos cometido pecados.
   Creció también esta pena con la continuación y muchedumbre de trabajos que el Salvador padeció, desde la hora de su Pasión hasta que expiró en la Cruz.

   Porque en este tiempo todos a porfía trabajaban por atormentarle, cada cual de su manera. Uno le prende, otro le ata, otro le acusa, otro le escarnece, otro le escupe, otro le abofetea, otro le azota, otro le corona, otro le hiere con la caña, otro le cubre los ojos, otro le viste, otro le desnuda, otro le blasfema, otro le carga la Cruz a cuestas, y todos, finalmente, se ocupan en darle cada cual su manera de tormento.

   Vuélvenle y revuélvenle, llévanle y tráenle de juicio en juicio, de tribunal en tribunal, de pontífice a pontífice, como si fuera un público ladrón y malhechor. ¡Oh Rey de gloria!, ¿qué te debemos, Señor, por tantas invenciones y maneras de trabajos como padeciste por nos?
Pues estas, y otras semejantes causas, claramente prueban que los dolores que el Salvador padeció sobrepujan todos cuantos dolores hasta hoy se han padecido en esta vida y padecerán jamás.

   Pues ¿qué fruto sacamos de esta consideración?

      Verdaderamente grande e inestimable.

   Porque todo cuanto enseña la filosofía cristiana nos enseña en breve la Cruz de Cristo, y todo cuanto obran la ley y el Evangelio, dándonos conocimiento del bien y amor de él, todo esto en su manera enseña y obra la filosofía de la Cruz.

   Porque primeramente por aquí mejor que por todos los medios del mundo se conoce la gravedad y malicia del pecado, viendo lo que el Hijo de Dios padeció por él y lo que hizo por destruirlo.

   Por aquí se conoce la gravedad de las penas del infierno; pues en tal infierno de penas y dolores quiso entrar este Señor por sacarnos de ellas.

   Por aquí se conoce cuán grandes sean los bienes, así de gracia como de gloria; pues tal mérito fue menester para alcanzarlos, después de perdidos, por vía de justicia.

   Por aquí se ve la dignidad del hombre y el valor de su alma; considerando en lo que Dios la estimó, pues tal precio quiso dar por ella.

   Por aquí también más que por otro medio venimos en conocimiento de Dios, no cual le tuvieron los filósofos (que tan poco les aprovechó, pues poco más conocieron que la omnipotencia y sabiduría suya, la cual resplandece en las cosas criadas), mas tal cual conviene para hacer a los hombres santos y religiosos, que es de la bondad, de la caridad, de la misericordia, de la providencia y de la justicia de Dios.

Porque este conocimiento causa en nuestras almas amor y temor de Dios, y confianza en su misericordia, y obediencia en sus mandamientos, en las cuales virtudes consiste la suma de la verdadera religión.

   Pues cuánto resplandezcan estas perfecciones divinas en este misterio, parece claro por esta razón.

   Porque a la bondad pertenece comunicar y darse a sí misma; al amor, hacer bien al amado; a la misericordia, tomar sobre sí todas las miserias y males del miserable, y a la justicia, castigar severamente los delitos del culpado.






   Pues siendo esto así, ¿qué mayor bondad que la que llegó a comunicar a sí mismo y hacerse una misma cosa con el hombre? ¿Qué mayor caridad que la que repartió cuantos bienes tenía con el hombre? ¿Qué mayor misericordia que la que tomó sobre si todas las miserias y deudas del hombre? ¿Qué mayor misericordia que recibir Dios en sus espaldas los azotes que nuestros hurtos merecían, padecer nuestra cruz, beber nuestro cáliz y querer ser atormentado por nuestros deleites, deshonrado por nuestras soberbias, despojado en la Cruz por nuestras codicias y, finalmente, entregado al poder de las tinieblas por librar los hombres de ellas? ¿Puede ser mayor misericordia que ésta?
   Pues no es menor la justicia que aquí resplandece. Porque ¿qué mayor justicia que haber querido tomar Dios tan extraña manera de venganza de los pecados del mundo, en la persona de su amantísimo e inocentísimo Hijo? Porque justísimo es el juez que a su mismo hijo no perdona por haber tomado sobre sí la culpa ajena.

   Pues siendo esto así, ¿quién no temerá tal justicia? ¿Y quién no esperará en tal misericordia? ¿Y quién no amará tal bondad?

      Verdaderamente no era posible darse al hombre mayores motivos de amor, de temor, de obediencia y de confianza de los que aquí le fueron dados; y en corazón que con esto no se vence, no sé cosa que lo pueda vencer.

   Además de esto, ¿qué tan grandes son los ejemplos y motivos que aquí se nos dan para todas las otras virtudes, y señaladamente para la virtud de la humildad, de la obediencia, de la paciencia, de la mansedumbre, de la pobreza de espíritu y para todas las demás?

   Porque, como dice Santo Tomás, los ejemplos de las virtudes tanto son más eficaces cuanto son de personas más altas. Porque ¿quién tendrá corazón para ir a caballo cuando ve su rey ir a pie, o para quedarse en la cama cuando lo ve entrar en la batalla?

   Pues si tanto pueden ejemplos de reyes, que al fin son hombres mortales como nosotros, ¿cuánto más deben poder los ejemplos de aquella Real Majestad que tanto más hizo por nosotros? Especialmente que los ejemplos de Cristo tienen otra dignidad y fuerza admirable, que en ningunos otros se puede hallar. Porque sus ejemplos de tal manera son ejemplos que también son beneficios, y remedios, y medicinas, y estímulos de amor, de devoción y de toda virtud.

   Demos, pues, infinitas gracias al Señor por este tan grande beneficio, esto es, por lo mucho que Él nos dio y por lo mucho que le costó, y mucho más por lo mucho que nos amó, porque mucho más amó que padeció y mucho más padeciera si nos fuera necesario.
   Por todos estos títulos le debemos eterno agradecimiento. Y pues de nuestra parte no tenemos cosa digna que le dar, a lo menos trabajemos porque toda nuestra vida sea suya, pues la suya fue toda nuestra.

sábado, 9 de abril de 2022

De la entrada en Jerusalén con los ramos— Por Fray Luis de Granada.


 

   Pues como se llegase ya el tiempo en que el Salvador tenía determinado ofrecerse en sacrificio por la salud del mundo, así como Él por su propia voluntad se quiso sacrificar, así por ella misma se vino al lugar del sacrificio, que era la ciudad de Jerusalén, para que en la ciudad y en el día que el cordero místico era sacrificado, en ése lo fuese también el verdadero; y donde habían sido tantas veces muertos los Profetas, allí también lo fuese el Señor de los Profetas, y donde poco antes había sido tan honrado y celebrado, allí fuese condenado y crucificado, para que así fuese su Pasión tanto más ignominiosa, cuanto el lugar era más público y el día más solemne.

   Y por eso, habiendo escogido la aldea de Belén para su nacimiento, escogió la ciudad de Jerusalén para este sacrificio, porque la gloria de su nacimiento se escondiese en el rinconcillo de Belén y la ignominia de su Pasión se publicase más en la ciudad de Jerusalén.

   Entrando, pues, en esta ciudad, fue recibido con grande solemnidad y fiesta, con ramos de olivas y palmas, y con tender muchos sus vestiduras por tierra y clamar todos a una voz: «Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Sálvanos en las alturas.»






   Aquí primeramente se nos ofrece luego que considerar la grandeza de la caridad de nuestro Salvador, y la alegría y prontitud de voluntad con que iba a ofrecerse a la muerte por nosotros; pues en este día quiso ser recibido con tan grande fiesta, en señal de la alegría y fiesta que en su corazón había por ver que se llegaba ya la hora de nuestra redención.

   Porque si de Santa Águeda se dice que, siendo presa por Cristiana, iba a la cárcel con tan grande alegría, como si fuera llevada a un convite, por la honra de Dios, ¿con qué prontitud y devoción iría el que tanto mayor caridad y gracia tenía, cuando fuese a obrar la obra de nuestra redención por la obediencia y honra del mismo Dios?

   Donde claramente aprenderás con qué manera de prontitud y voluntad debes entender en las obras de su servicio, pues con tanta alegría entendió Él en las de tu remedio, acordándote que, por una parte, dice el Apóstol que huelga mucho Dios con alegre servidor, y que, por otra, se dice: «Maldito sea el hombre que hace las obras de Dios pesada y negligentemente».

   Considera también las palabras de la profecía con que esta entrada se representa, que son éstas: «Alégrate mucho, hija de Sión, y haz fiesta, hija de Jerusalén, y mira cómo viene para ti tu Rey pobre y manso, asentado sobre una asna y un pollino, hijo suyo».

   Todas estas palabras son palabras de grande consolación. Porque decir «tu Rey y para ti» es decir que este Señor es todo tuyo, y que todos sus pasos y trabajos son para ti.

   Para ti viene, para ti nace, para ti trabaja, para ti ayuna, para ti ora, para ti vive, para ti muere, para ti, finalmente, resucita y sube al Cielo.

  Y no te escandalice el nombre de Rey, porque este Rey no es como los otros reyes del mundo, que reinan más para su provecho que para el de sus vasallos, empobreciendo a ellos para enriquecer a sí, y poniendo a peligro las vidas de ellos por guardar la suya. Mas este nuevo Rey no ha de ser de esta manera, porque Él te ha de enriquecer a costa suya, y defenderte, con la sangre suya, y darte vida perdiendo Él la suya.

   Porque para esto dice Él por San Juan que le fue dado poderío sobre toda carne, para que a todos los que fueren suyos de Él la vida eterna. Y éste es aquel Principado de que dice el Profeta que está puesto sobre los hombros del que lo tiene, y no sobre los de su pueblo, para que el trabajo de la carga sea suyo, y el provecho y fruto sea nuestro.

   Y dice más: que viene manso y asentado sobre una pobre cabalgadura.  De manera que aquel Dios de venganzas, aquel que está asentado sobre los Querubines y vuela sobre las plumas de los vientos, y trae millares de carros de Ángeles a par de sí, ése viene ahora tan manso y humilde como aquí se nos representa, para que ya no huyas de Él, como lo hizo Adán en el Paraíso, y como el pueblo de los judíos cuando les daba ley; antes te llegues a Él, viéndole hecho cordero de león, porque el que hasta aquí no venció tu corazón con la fuerza del poder ni con la grandeza de la majestad, quiere ahora vencerlo con la grandeza de su humildad y con la fuerza de su amor.

   Ésta es la nueva manera de pelear que escogió el Señor, como dijo la Santa Profetisa, y con esto quebrantó las puertas de sus enemigos y venció sus corazones.





   Y esto es lo que por figura se nos representa en este tan solemne recibimiento que aquí se hizo; donde, como dice el evangelista, toda aquella ciudad se revolvió y todos salieron a recibirle con ramos de palmas y olivas en las manos, y otros echando sus vestiduras por tierra, cantando sus alabanzas y pidiéndole salud eterna.

   Pues ¿qué es esto sino representamos aquí el Espíritu Santo cómo habiendo este Señor batallado antes con el mundo con rigores, con diluvios, con castigos y amenazas espantosas, sin acabar de rendirlos, después que escogió esta nueva manera de pelear, y procedió no con castigos, sino con beneficios; no con rigor, sino con amor; no con ira, sino con mansedumbre; no con majestad, sino con humildad, y, finalmente, no matando a sus enemigos, sino muriendo por ellos, entonces se apoderó de sus corazones y trajo todas las cosas así, como dice Él en su Evangelio: «Si Yo fuere levantado en un madero, poniendo la vida por el mundo, todas las cosas traeré a Mí, no con fuerzas de acero, sino con cadenas de amor; no con azotes y castigos, sino con buenas obras y beneficios»?

   Entonces, pues, comenzaron luego los hombres unos a cortar ramos de oliva, despojándose de sus haciendas y gastándolas en obras de piedad y misericordia, que por la oliva es entendida, y otros pasaron más adelante, que tendieron sus ropas por tierra para adornar el camino por donde iba el Salvador, que son los que con la mortificación de sus apetitos y propias voluntades, y con el castigo y mal tratamiento de su carne, y con la muerte de sus propios cuerpos sirvieron a la Gloria de este Señor; como lo hicieron innumerables Mártires, que dejaron arrastrar las túnicas de sus cuerpos por la confesión y gloria de Él.

   En lo cual se nos encomiendan tres maneras de virtudes, con que habernos de salir a recibir a este Señor cuando viene espiritualmente a nuestras almas.

   La primera es la oración, figurada en aquellos que le alababan con sus voces y le pedían salud.

   La segunda es la limosna y misericordia, que es figurada en los otros que cortaban ramos de olivas, porque ya dijimos que por la oliva se entiende la misericordia.

   La tercera es la mortificación de la carne y el menosprecio de sí mismo, que es figurada por aquellos que arrastraban sus ropas por tierra para que fuesen pisadas y acoceadas por honra de Cristo. De las cuales virtudes la primera, que es la oración, se debe a Dios; la segunda, que es la misericordia, al prójimo; más la tercera, que es la mortificación, debe el hombre a sí mismo.

   Estas son tres cruces espirituales que ha de traer el cristiano siempre sobre sí. Y cuando se levantare por la mañana, así como acabare de dar gracias a Dios y encomendarle todo el curso de aquel día, luego se ha de cargar de estas tres cruces, que son estas tres grandes obligaciones, y andar todo el día con una perpetua atención para cumplir con ellas, trayendo un corazón devotísimo para con Dios y otro piadosísimo para con su prójimo, y otro muy severo para consigo, castigando su carne, enfrenando su lengua y mortificando todos sus apetitos.

   Sobre todo esto tienes también aquí un grande argumento y motivo para despreciar la gloria del mundo, tras que los hombres andan tan perdidos, y por cuya causa hacen tantos extremos. ¿Quieres, pues, ver en qué se debe estimar esa gloria? Pon los ojos en esta honra que aquí hace el mundo a este Señor, y verás que el mismo mundo que hoy le recibió con tanta honra, de ahí a cinco días lo tuvo por peor que Barrabás, y le pidió la muerte, y dio contra Él voces diciendo: «Crucifícalo, crucifícalo.»





   De manera que el que hoy le predicaba por hijo de David, que es por el más Santo de los Santos, mañana le tiene por el peor de los hombres y por más indigno de la vida que Barrabás.

   Pues ¿qué ejemplo más claro para ver lo que es la gloria del mundo y en lo que se deben estimar los testimonios y juicios de los hombres? ¿Qué cosa más liviana, más antojadiza, más ciega, más desleal y más inconstante en sus pareceres que el juicio y testimonio de este mundo?

   Hoy dice, y mañana desdice; hoy alaba, y mañana blasfema; hoy livianamente os levanta sobre las nubes, y mañana con mayor liviandad os sume en los abismos; hoy dice que sois hijo de David, mañana dice que sois peor que Barrabás.

   Tal es el juicio de esta bestia de muchas cabezas y de este engañoso monstruo que ninguna fe, ni lealtad, ni verdad guarda con nadie, y ninguna virtud ni valor mide sino con su propio interés. No es bueno sino quien es para con él pródigo, aunque sea pagano, y no es malo sino el que le trata como él merece, aunque haga milagros, porque no tiene otro peso para medir la virtud sino sólo interés.

   Pues ¿qué diré de sus mentiras y engaños? ¿A quién jamás guardó fielmente su palabra? ¿A quién dio lo que prometió? ¿Con quién tuvo amistad perpetua? ¿A quién conservó mucho tiempo lo que le dio? ¿A quién jamás vendió vino que no se lo diese aguado con mil zozobras?


   Sólo esto tiene de constante y de fiel: que a ninguno fue fiel. Este es aquel falso Judas que, besando a sus amigos, los entrega a la muerte. Éste es aquél traidor de Joab que, abrazando al que saludaba como amigo, secretamente le metió la espada por el cuerpo. Pregona vino y vende vinagre; promete paz y tiene de secreto armada la guerra.

   Malo de conservar, peor de alcanzar, peligroso para tener y dificultoso de dejar.

   ¡Oh mundo perverso, prometedor falso, engañador cierto, amigo fingido, enemigo verdadero, lisonjeador público, traidor secreto, en los principios dulce, en los dejos amargo, en la cara blando, en las manos cruel, en las dádivas escaso, en los dolores pródigo, al parecer algo, de dentro vacío, por de fuera florido y debajo de la flor espinoso!